Era sólo una ilusión sin espera
que pasó como un día de abríl;
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueños que despertaron
me robaron el corazón.
Esta canción conservaba su popularidad. Se oía por todas partes.
Había sobrevivido a la Canción del Odio. Julia se despertó
al oírla, se estiró con lujuria y se levantó.
-Tengo hambre -dijo-. Vamos a hacer un poco de café. ¡Cararnba!
La estufa se ha apagado y el agua está fria. -Cogió la estufa y
la sacudió-. No tiene ya gasolina.
-Supongo que el viejo Charrington podrá dejarnos alguna -dijo
Winston.
-Lo curioso es que me había asegurado de que estuviera llena
-añadió ella-. Parece que se ha enfriado.
Él también se levantó y se vistió. La incansable
voz proseguía:
Dicen que el tiempo lo cura todo,
dicen que siempre se olvida,
pero las sonrisas y lágrimas
a lo largo de los años
me retuercen el corazón
Mientras se apretaba el cinturón del «mono», Winston se
asomó a la ventana. El sol debía de haberse ocultado
detrás de las casas porque ya no daba en el patio. El cielo estaba tan
azul, entre las chimeneas, que parecía recién lavado.
Incansablemente, la lavandera seguía yendo del lavadero a las cuerdas,
cantando y callándose y no dejaba de colgar pañales. Se
preguntó Winston si aquella mujer lavaría ropa como medio de
vida, o si era la esclava de veinte o treinta nietos. Julia se acercó a
él; juntos contemplaron fascinados el ir y venir de la mujerona. Al
mirarla en su actitud característica, alcanzando el tenderero con sus
fuertes brazos, o al agacharse sacando sus poderosas ancas, pensó
Winston, sorprendido, que era una hermosa mujer. Nunca se le había
ocurrido que el cuerpo de una mujer de cincuenta años, deformado hasta
adquirir dimensiones monstruosas a causa de los partos y endurecido,
embastecido por el trabajo, pudiera ser un hermoso cuerpo. Pero así
era, y después de todo, ¿por qué no? El sólido y
deformado cuerpo, como un bloque de granito, y la basta piel enrojecida
guardaba la misma relación con el cuerpo de una muchacha que un fruto
con la flor de su árbol. ¿Y por qué va a ser inferior el
fruto a la flor?
-Es hermosa -murmuró.
-Por lo menos tiene un metro de caderas -dijo Julia.
-Es su estilo de belleza.
Winston abarcó con su brazo derecho el fino talle de Julia, que se
apoyó sobre su costado. Nunca podrían permitírselo. La
mujer de abajo no se preocupaba con sutilezas mentales; tenía fuertes
brazos, un corazón cálido y un vientre fértil. Se
preguntó Winston cuántos hijos habría tenido. Seguramente
unos quince. Habría florecido momentáneamente -quizá
durante un año- y luego se había hinchado como una fruta
fertilizada y se había hecho dura y basta, y a partir de entonces su
vida se había reducido a lavar, fregar, remendar, guisar, barrer, sacar
brillo, primero para sus hijos y luego para sus nietos durante una continuidad
de treinta años. Y al final todavía cantaba. La reverencia
mística que Winston sentía hacia ella tenía cierta
relación con el aspecto del pálido y limpio cielo que se
extendía por entre las chimeneas y los tejados en una distancia
infinita. Era curioso pensar que el cielo era el mismo para todo el mundo, lo
mismo para los habitantes de Eurasia y de Asia Oriental, que para los de
Oceanía. Y en realidad las gentes que vivían bajo ese mismo
cielo eran muy parecidas en todas partes, centenares o millares de millones de
personas como aquélla, personas que ignoraban mutuamente sus
existencias, separadas por muros de odio y mentiras, y sin embargo casi
exactamente iguales; gentes que nunca habían aprendido a pensar, pero
que almacenaban en sus corazones, en sus vientres y en sus músculos la
energía que en el futuro habría de cambiar al mundo. ¡Si
había alguna esperanza, radicaba en los proles! .Sin haber leído
el final del libro, sabía Winston que ese tenía que ser el
mensaje final de Goldstein. El futuro pertenecía a los proles. Y,
¿podía él estar seguro de que cuando llegara el tiempo de
los proles, el mundo que éstos construyeran no le resultaría tan
extraño a él, a Winston Smith, como le era ahora el mundo del
Partido? Sí, porque por lo menos sería un mundo de cordura.
Donde hay igualdad puede haber sensatez. Antes o después
ocurriría esto, la fuerza almacenada se transmutaría en
consciencia. Los proles eran imnortales, no cabía dudarlo cuando se
miraba aquella heroica figura del patio. Al final se despertarían. Y
hasta que ello ocurriera, aunque tardasen mil años, sobrevivirían
a pesar de todos los obstáculos como los pájaros,
pasándose de cuerpo a cuerpo la vitalidad que el Partido no
poseía y que éste nunca podría aniquilar.
-Te acuerdas -le dijo a Julia- de aquel pájaro que cantó para
nosotros, el primer día en que estuvimos juntos en el lindero del
bosque?
-No cantaba para nosotros -respondió ella-. Cantaba para distraerse,
porque le gustaba. Tampoco; sencillamente, estaba cantando.
Los pájaros cantaban; los proles cantaban también, pero el
Partido no cantaba. Por todo el mundo, en Londres y en Nueva York, en
África y en el Brasil, así como en las tierras prohibidas
más allá de las fronteras, en las calles de París o
Berlín, en las aldeas de la interminable llanura rusa, en los bazares de
China y del Japón, por todas partes existía la misma figura
inconquistable, el mismo cuerpo deformado por el trabajo y por los partos, en
lucha permanente desde el nacer al morir, y que sin embargo cantaba. De esas
poderosas entrañas nacería antes o después una raza de
seres conscientes. «Nosotros somos los muertos; el futuro es de
ellos», pensó Winston pero era posible participar de ese futuro si
se mantenía alerta la mente como ellos, los proles, mantenían
vivos sus cuerpos. Todo el secreto estaba en pasarse de unos a otros la
doctrina secreta de que dos y dos son cuatro.
-Nosotros somos los muertos -dijo Winston.
-Nosotros somos los muertos -repitió Julia con obediencia escolar.
-Vosotros sois los muertos -dijo una voz de hierro tras ellos.
Winston y Julia se separaron con un violento sobresalto. A Winston
parecían habérsele helado las entrañas y, mirando a Julia,
observó que se le habían abierto los ojos desmesuradamente y que
había empalidecido hasta adquirir su cara un color amarillo lechoso. La
mancha del colorete en las mejillas se destacaba violentamente como si fueran
parches sobre la piel.
-Vosotros sois los muertos -repitió la voz de hierro.
-Ha sido detrás del cuadro -murmuró Julia.
-Ha sido detrás del cuadro -repitió la voz-. Quedaos exactamente
donde estáis. No hagáis ningún movimiento hasta que se os
ordene.
¡Por fin, aquello había empezado! Nada podían hacer sino
mirarse fijamente. Ni siquiera se les ocurrió escaparse, salir de la
casa antes de que fuera demasiado tarde. Sabían que era inútil.
Era absurdo pensar que la voz de hierro procedente del muro pudiera ser
desobedecida. Se oyó un chasquido como si hubiese girado un resorte, y
un ruido de cristal roto. El cuadro había caído al suelo
descubriendo la telepantalla que ocultaba.
-Ahora pueden vernos -dijo Julia.
-Ahora podemos veros -dijo la voz-. Permaneced en el centro de la
habitación. Espalda contra espalda. Poneos las manos enlazadas
detrás de la cabeza. No os toquéis el uno al otro.
Por supuesto, no se tocaban, pero a Winston le parecía sentir el temblor
del cuerpo de Julia. 0 quizá no fuera más que su propio temblor.
Podía evitar que los dientes le castañetearan, pero no
podía controlar las rodillas. Se oyeron unos pasos de pesadas botas en
el piso bajo dentro y fuera de la casa. El patio parecía estar lleno de
hombres; arrastraban algo sobre las piedras. La mujer dejó de cantar
súbitamente. Se produjo un resonante ruido, como si algo rodara por el
patio. Seguramente, era el barreño de lavar la ropa. Luego, varios
gritos de ira que terminaron con un alarido de dolor.
-La casa está rodeada -dijo Winston.
-La casa está rodeada -dijo la voz.
Winston oyó que Julia le decía:
-Supongo que podremos decirnos adiós.
-Podéis deciros adiós -dijo la voz. Y luego, otra voz por
completo distinta, una voz fina y culta que Winston creía haber
oído alguna vez, dijo:
-Y ya que estamos en esto, aquí tenéis una vela para
alumbraros mientras os aostáis; aquí tenéis mi hacha para
cortaros la cabeza.
Algo cayó con estrépito sobre la cama a espaldas de Winston. Era
el marco de la ventana, que había sido derribado por la escalera de mano
que habían apoyado allí desde abajo. Por la escalera de la casa
subía gente. Pronto se llenó la habitación de hombres
corpulentos con uniformes negros, botas fuertes y altas porras en las manos.
Ya Winston no temblaba. Ni siquiera movía los ojos. Sólo le
importaba una cosa: estarse inmóvil y no darles motivo para que le
golpearan. Un individuo con aspecto de campeón de lucha libre, cuya
boca era sólo una raya, se detuvo frente a él, balanceando la
porra entre los dedos pulgar e índice mientras parecía meditar.
Winston lo miró a los ojos. Era casi intolerable la sensación de
hallarse desnudo, con las manos detrás de la cabeza. El hombre
sacó un poco la lengua, una lengua blanquecina, y se lamió el
sitio donde debía haber tenido los labios. Dejó de prestarle
atención a Winston. Hubo otro ruido violento. Alguien había
cogido el pisapapeles de cristal y lo había arrojado contra el hogar de
la chimenea, donde se había hecho trizas.
El fragmento de coral, un pedacito de materia roja como un capuilito de los que
adornan algunas tartas, rodó por la estera. «¡Qué
pequeño es!», pensó Winston. Detrás de él se
produjo un ruido sordo y una exclamación contenida, a la vez que
recibía un violento golpe en el tobillo que casi le hizo caer al suelo.
Uno de los hombres le había dado a Julia un puñetazo en la boca
del estómago, haciéndola doblarse como un metro de bolsillo. La
joven se retorcía en el suelo esforzándose por respirar. Winston
no se atrevió a volver la cabeza ni un milímetro, pero a veces
entraba en su radio de visión la lívida y angustiada cara de
Julia. A pesar del terror que sentía, era como si el dolor que
hacía retorcerse a la joven lo tuviera él dentro de su cuerpo,
aquel dolor espantoso que sin embargo era menos importante que la lucha por
volver a respirar. Winston sabía de qué se trataba:
conocía el terrible dolor que ni siquiera puede ser sentido porque antes
que nada es necesario volver a respirar. Entonces, dos de los hombres la
levantaron por las rodillas y los hombros y se la llevaron de la
habitación como un saco. Winston pudo verle la cara amarilla. y
contorsionada, con los ojos cerrados y sin haber perdido todavía el
colorete de las mejillas.
Siguió inmóvil como una estatua. Aún no le habían
pegado. Le acudían a la mente pensamientos de muy poco interés
en aquel momento, pero que no podía evitar. Se preguntó
qué habría sido del señor Charrington y qué le
habrían hecho a la mujer del patio. Sintió urgentes deseos de
orinar y se sorprendió de ello porque lo había hecho dos horas
antes. Notó que el reloj de la repisa de la chimenea marcaba las nueve,
es decir, las veintiuna, pero por la luz parecía ser más
temprano. ¿No debía estar oscureciendo a las veintiuna de una tarde
de agosto? Pensó que quizás Julia y él se hubieran
equivocado de hora. Quizás habían creído que eran las
veinte y treinta cuando fueran en realidad las cero treinta de la mañana
siguiente, pero no siguió pensando en ello. Aquello no tenía
interés. Se sintieron otros pasos, más leves éstos, en el
pasillo. El señor Charrington entró en la habitación.
Los hombres de los uniformes negros adoptaron en seguida una actitud más
sumisa. También habían cambiado la actitud y el aspecto del
señor Charrington. Se fijó en los fragmentos del pisapapeles de
cristal.
-Recoged esos pedazos -dijo con tono severo.
Un hombre se agachó para recogerlos.
Charrington no hablaba ya con acento cokney. Winston comprendió
en seguida que aquélla era la voz que él había oído
poco antes en la telepantalla. Charrington llevaba todavía su chaqueta
de terciopelo, pero el cabello, que antes tenía casi blanco, se le
había vuelto completamente negro. No llevaba ya gafas. Miró a
Winston de un modo breve y cortante, como si sólo le interesase
comprobar su identidad y no le prestó más atención. Se le
reconocía fácilmente, pero ya no era la misma persona. Se le
había enderezado el cuerpo y parecía haber crecido. En el rostro
sólo se le notaban cambios muy pequeños, pero que sin embargo lo
transformaban por completo. Las cejas negras eran menos peludas, no
tenía arrugas, e incluso las facciones le habían cambiado algo.
Parecía tener ahora la nariz más corta. Era el rostro alerta y
frío de un hombre de unos treinta y cinco años. Pensó
Winston que por primera vez en su vida contemplaba, sabiendo que era uno de
ellos, a un miembro de la Policía del Pensamiento.