Había trabajado más de noventa horas en cinco días, lo
mismo que todos los funcionarios del Ministerio. Ahora había terminado
todo y nada tenía que hacer hasta el día siguiente por la
mañana. Podía pasar seis horas en su refugio y otras nueve en su
cama. Bajo el tibio sol de la tarde se dirigió despacio en
dirección a la tienda del señor Charrington, sin perder de vista
las patrullas, pero convencido, irracionalmente, de que aquella tarde no se
cernía sobre él ningún peligro. La pesada cartera que
llevaba le golpeaba la rodilla a cada paso. Dentro llevaba el libro,
que tenía ya desde seis días antes pero que aún no
había abierto. Ni siquiera lo había mirado.
En el sexto día de la Semana del Odio, después de los desfiles,
discursos, gritos, cánticos, banderas, películas, figuras de
cera, estruendo de trompetas y tambores, arrastrar de pies cansados, rechinar
de tanques, zumbido de las escuadrillas aéreas, salvas de
cañonazos..., después de seis días de todo esto, cuando el
gran orgasmo político llegaba a su punto culminante y el odio general
contra Eurasia era ya un delirio tan exacerbado que si la multitud hubiera
podido apoderarse de los dos mil prisioneros de guerra eurasiáticos que
habían sido ahorcados públicamente el último día de
los festejos, los habría despedazado..., en ese momento precisamente se
había anunciado que Oceanía no estaba en guerra
con Eurasia. Oceanía luchaba ahora contra Asia Oriental. Eurasia era
aliada.
Desde luego, no se reconoció que se hubiera producido ningún
engaño. Sencillamente, se hizo saber del modo más repentino y en
todas partes al mismo tiempo que el enemigo no era Eurasia, sino Asia Oriental.
Winston tomaba parte en una manifestación que se celebraba en una de las
plazas centrales de Londres en el momento del cambiazo. Era de noche y todo
estaba cegadorarnente iluminado con focos. En la plaza había varios
millares de personas, incluyendo mil niños de las escuelas con el
uniforme de los Espías. En una plataforma forrada de trapos rojos, un
orador del Partido Interior, un hombre delgaducho y bajito con unos brazos
desproporcionadamente largos y un cráneo grande y calvo con unos cuantos
mechones sueltos atravesados sobre él, arengaba a la multitud. La
pequeña figura, retorcida de odio, se agarraba al micrófono con
una mano mientras que con la otra, enorme, al final de un brazo huesudo, daba
zarpazos amenazadores por encima de su cabeza. Su voz, que los altavoces
hacían metálica, soltaba una interminable sarta de atrocidades,
matanzas en masa, deportaciones, saqueos, violaciones, torturas de prisioneros,
bombardeos de poblaciones civiles, agresiones injustas, propaganda mentirosa y
tratados incumplidos. Era casi imposible escucharle sin convencerse primero y
luego volverse loco. A cada momento, la furia de la multitud hervía
inconteniblemente y la voz del orador era ahogada por una salvaje y bestial
gritería que brotaba incontrolablemente de millares de gargantas. Los
chillidos más salvajes eran los de los niños de las escuelas. El
discurso duraba ya unos veinte minutos cuando un mensajero subió
apresuradamente a la plataforma y le entregó a aquel hombre un papelito.
Él lo desenrolló y lo leyó sin dejar de hablar. Nada se
alteró en su voz ni en su gesto, ni siquiera en el contenido de lo que
decía. Pero, de pronto, los nombres eran diferentes. Sin necesidad de
comunicárselo por palabras, una oleada de comprensión
agitó a la multitud. ¡Oceanía estaba en guerra con Asia
Oriental! Pero, inmediatamente, se produjo una tremenda conmoción. Las
banderas, los carteles que decoraban la plaza estaban todos equivocados.
Aquellos no eran los rostros del enemigo. ¡Sabotaje! ¡Los agentes de
Goldstein eran los culpables! Hubo una fenomenal algarabía mientras
todos se dedicaban a arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando luego
los trozos de papel y cartón roto. Los Espías realizaron
prodigios de actividad subiéndose a los tejados para cortar las bandas
de tela pintada que cruzaban la calle. Pero a los dos o tres minutos se
había terminado todo. El orador, que no había soltado el
micrófono, seguía vociferando y dando zarpazos al aire. Al
minuto siguiente, la masa volvía a gritar su odio exactamente come
antes. Sólo que el objetivo había cambiado.
Lo que más le impresionó a Winston fue que el orador dio el
cambiazo exactamente a la mitad de una frase, no sólo sin detenerse,
sino sin cambiar siquiera la construcción de la frase. Pero en aquellos
momentos tenía Winston otras cosas de qué preocuparse. Fue
entonces, en medio de la gran algarabía, cuando se le acercó un
desconocido y, dándole un golpecito en un hombro, le dijo:
«Perdone, creo que se le ha caído a usted esta cartera».
Winston tomó la cartera sin hablar, como abstraído. Sabía
que iban a pasar varios días sin que pudiera abrirla. En cuanto
terminó la manifestación, se fue directamente al Ministerio de la
Verdad, aunque eran va las veintitrés. Lo mismo hizo todo el personal
del Ministerio. En verdad, las órdenes que repetían
continuamente las telepantallas ordenándoles reintegrarse a sus puestos
apenas eran necesarias. Todos sabían lo que les tocaba hacer en tales
casos.
Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental; Oceanía había
estado siempre en guerra con Asia Oriental. Una gran parte de la literatura
política de aquellos cinco años quedaba anticuada, absolutamente
inservible. Documentos e informes de todas clases, periódicos, libros,
folletos de propaganda, películas, bandas sonoras, fotografías...
todo ello tenía que ser rectificado a la velocidad del rayo. Aunque
nunca se daban órdenes en estos casos, se sabía que los jefes de
departamento deseaban que dentro de una semana no quedara en toda
Oceanía ni una sola referencia a la guerra con Eurasia ni a la afianza
con Asia Oriental. El trabajo que esto suponía era aplastante. Sobre
todo porque las operaciones necesarias para realizarlo no se llamaban por sus
nombres verdaderos. En el Departamento de Registro todos trabajaban dieciocho
horas de las veinticuatro con dos turnos de tres horas cada uno para dormir.
Bajaron colchones y los pusieron por los pasillos. Las comidas se
componían de sandwiches y café de la Victoria traído en
carritos por los camareros de la cantina-. Cada vez que Winston
interrumpía el trabajo para uno de sus dos descansos diarios, procuraba
dejarlo todo terminado y que en su mesa no quedaran papeles. Pero cuando
volvía al cabo de tres horas, con el cuerpo dolorido y los ojos
hinchados, se encontraba con que otra lluvia de cilindros de papel le
había cubierto la mesa como una nevada, casi enterrando el hablescribe y
esparciéndose por el suelo, de modo que su primer trabajo
consistía en ordenar todo aquello para tener sitio donde moverse. Lo
peor de todo era que no se trataba de un trabajo mecánico. A veces
bastaba con sustituir un nombre por otro, pero los informes detallados de
acontecimientos exigían mucho cuidado e imaginación.
Incluso los conocimientos geográficos necesarios para trasladar la
guerra de una parte del mundo a otra eran considerables.
Al tercer día le dolían los ojos insoportablemente y tenía
que limpiarse las gafas cada cinco minutos. Era como luchar contra alguna
tarea física aplastante, algo que uno tenía derecho a negarse a
realizar y que sin embargo se hacía por una impaciencia neurótica
de verlo terminado. Es curioso que no le preocupara el hecho de que todas las
palabras que iba murmurando en el hablescribe, así como cada
línea escrita con su lápiz-pluma, era una mentira deliberada. Lo
único que le angustiaba era el temor de que la falsificación no
fuera perfecta, y esto mismo les ocurría a todos sus compañeros.
En la mañana del sexto día el aluvión de cilindros de
papel fue disminuyendo. Pasó media hora sin que saliera ninguno por el
tubo; luego salió otro rollo y después nada absolutamente. Por
todas partes ocurría igual. Un hondo y secreto suspiro recorrió
el Ministerio. Se acababa de realizar una hazaña que nadie
podría mencionar nunca. Era imposible ya que ningún ser humano
pudiera probar documentalmente que la guerra con Eurasia había sucedido.
Inesperadamente, se anunció que todos los trabajadores del Ministerio
estaban libres hasta el día siguiente por la mañana. Era
mediodía. Winston, que llevaba todavía la cartera con el
libro, la cual había permanecido entre sus pies -mientras
trabajaba- y debajo de su cuerpo mientras dormía. Se fue a casa, se
afeitó y casi se quedó dormido en el baño, aunque el agua
estaba casi fría.
Luego, con una sensación voluptuosa, subió las escaleras de la
tienda del señor Charrington. Por supuesto, estaba cansadísimo,
pero se la había pasado el sueño. Abrió la ventana,
encendió la pequeña y sucia estufa y puso a calentar un cazo con
agua. Julia llegaría en seguida. Mientras la esperaba, tenía el
libro. Sentóse en la desvencijada butaca y desprendió las
correas de la cartera.
Era un pesado volumen negro, encuadernado por algún aficionado y en cuya
cubierta no había nombre ni título alguno. La impresión
también era algo irregular. Las páginas estaban muy gastadas por
los bordes y el libro se abría con mucha facilidad, como si hubiera
pasado por muchas manos. La inscripción de la portada decía:
por
EMMANUEL GOLDSTEIN
Winston empezó a leer:
CAPITULO PRIMERO
La ignorancia es Ia fuerza
Durante todo el tiempo de que se tiene noticia -probablemente desde fines del
periodo neolítico- ha habido en el mundo tres clases de personas: los
Altos, los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de muchos modos, han
llevado muy diversos nombres y su número relativo, así como la
actitud que han guardado unos hacia otros, ha variado de época en
época; pero la estructura esencial de la sociedad nunca ha cambiado.
Incluso después de enormes conmociones y de cambios que parecían
irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual que un
giroscopio vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho que lo
empujemos en un sentido o en otro.
Los objetivos de estos tres grupos son por completo inconciliables.
Winston interrumpid la lectura, sobre todo para poder disfrutar bien del hecho
asombroso de hallarse leyendo tranquilo y seguro. Estaba solo, sin
telepantalla, sin nadie que escuchara por la cerradura, sin sentir el impulso
nervioso de mirar por encima del hombro o de cubrir la página con la
mano. Un airecillo suave le acariciaba la mejilla. De lejos venían los
gritos de los niños que jugaban. En la habitación misma no
había más sonido que el débil tic-tac del reloj, un ruido
como de insecto. Se arrellanó más cómodamente en la butaca
y puso los pies en los hierros de la chimenea. Aquello era una
bendición, era la eternidad. De pronto, como suele hacerse cuando
sabemos que un libro será leído y releído por nosotros,
sintió el deseo de «calarlo» primero. Así, lo
abrió por un sitio distinto y se encontró en el capítulo
III. Siguió leyendo:
CAPITULO III
La guerra es la paz
La desintegración del mundo en tres grandes superestados fue un
acontecimiento que pudo haber sido previsto -y que en realidad lo fue antes de
mediar el siglo XX. Al ser absorbida Europa por Rusia y el Imperio
Británico por los Estados Unidos, habían nacido ya en esencia dos
de los tres poderes ahora existentes, Eurasia y Oceanía. El tercero,
Asia Oriental, sólo surgió como unidad aparte después de
otra década de confusa lucha. Las fronteras entre los tres superestados
son arbitrarias en algunas zonas y en otras fluctúan según los
altibajos de la guerra, pero en general se atienen a líneas
geográficas. Eurasia comprende toda la parte norte de la masa terrestre
europea y asiática, desde Portugal hasta el Estrecho de Bering.
Oceanía comprende las Américas, las islas del Atlántico,
incluyendo a las Islas Británicas, Australasia y Africa meridional.
Asia Oriental, potencia más pequeña que las otras y con una
frontera occidental menos definida, abarca China y los países que se
hallan al sur de ella, las islas del Japón y una amplia y fluctuante
porción de Manchuria, Mongolia y el Tibet.
Estos tres superestados, en una combinación o en otra, están en
guerra permanente y llevan así veinticinco años. Sin embargo, ya
no es la guerra aquella lucha desesperada y aniquiladora que era en las
primeras décadas del siglo XX. Es una lucha por objetivos limitados
entre combatientes incapaces de destruirse unos a otros, sin una causa material
para luchar y que no se hallan divididos por diferencias ideológicas
claras. Esto no quiere decir que la conducta en la guerra ni la actitud hacia
ella sean menos sangrientas ni más caballerosas. Por el contrario, el
histerismo bélico es continuo v universal, y las violaciones, los
saqueos, la matanza de niños, la esclavización de poblaciones
enteras y represalias contra los pri sioneros hasta el punto de quemarlos y
enterrarlos vivos, se consideran normales, y cuando esto no lo comete el
enemigo sino el bando propio, se estima meritorio. Pero en un sentido
físico, Ia guerra afecta a muy pocas personas, la mayoría
especialistas muy bien preparados, y causa pocas bajas relativamente. Cuando
hay lucha, tiene lugar en confusas fronteras que el hombre medio apenas puede
situar en un mapa o en torno a las fortalezas flotantes que guardan los lugares
estratégicos en el mar. En los centros de civilización la guerra
no significa más que una continua escasez de víveres y alguna que
otra bomba cohete que puede causar unas veintenas de víctimas. En
realidad, la guerra ha cambiado de carácter. Con más exactitud,
puede decirse que ha variado el orden de importancia de las razones que
determinaban una guerra. Se han convertido en dominantes y son reconocidos
conscientemente motivos que ya estaban latentes en las grandes guerras de la
primera mitad del siglo XX.
Para comprender la naturaleza de la guerra actual -pues, a pesar del
reagrupamiento que ocurre cada pocos años, siempre es la misma guerra-
hay que darse cuenta en primer lugar de que esta guerra no puede ser decisiva.
Ninguno de los tres superestados podría ser conquistado definitivamente
ni siquiera por los otros dos en combinación. Sus fuerzas están
demasiado bien equilibradas. Y sus defensas son demasiado poderosas. Eurasia
está protegida por sus grandes espacios terrestres, Oceanía por
la anchura del Atlántico y del Pacífico, Asia Oriental por la
fecundidad y laboriosidad de sus habitantes. Además, ya no hay nada por
qué luchar. Con las economías autárquicas, la lucha por
los mercados, que era una de las causas principales de las guerras anteriores,
ha dejado de tener sentido, y la competencia por las materias primas ya no es
una cuestión de vida o muerte. Cada uno de los tres superestados es tan
inmenso que puede obtener casi todas las materias que necesita dentro de sus
propias fronteras. Si acaso, se propone la guerra el dominio del trabajo.
Entre las fronteras de los superestados, y sin pertenecer de un modo permanente
a ninguno de ellos, se extiende un cuadrilátero, con sus ángulos
en Tánger, Brazzaville, Darwin y Hong-Kong, que contiene casi una quinta
parte de la población de la Tierra. Las tres potencias luchan
constantemente por la posesión de estas regiones densamente pobladas,
así como por las zonas polares. En la práctica, ningún
poder controla totalmente esa área disputada. Porciones de ella
están cambiando a cada momento de manos, y lo que en realidad determina
los súbitos y múltiples cambios de afianzas es la posibilidad de
apoderarse de uno u otro pedazo de tierra mediante una inesperada
traición.
Todos esos territorios disputados contienen valiosos minerales y algunos de
ellos producen ciertas cosas, como la goma, que en los climas fríos es
preciso sintetizar por métodos relativamente caros. Pero, sobre todo,
proporcionan una inagotable reserva de mano de obra muy barata. La potencia
que controle el África Ecuatorial, los países del Oriente Medio,
la India Meridional o el Archipiélago Indonesio, dispone también
de centenares de millones de trabajadores mal pagados y muy resistentes. Los
habitantes de esas regiones, reducidos más o menos abiertamente a la
condición de esclavos, pasan continuamente de un conquistador a otro y
son empleados como carbón o aceite en la carrera de armamento, armas que
sirven para capturar más territorios y ganar así más mano
de obra, con lo cual se pueden tener más armas que servirán para
conquistar más territorios, y así indefinidamente. Es
interesante observar que la lucha nunca sobrepasa los límites de las
zonas disputadas. Las fronteras de Eurasia avanzan y retroceden entre la
cuenca del Congo y la orilla septentrional del Mediterráneo; las islas
del Océano Indico y del Pacífico son conquistadas y
reconquistadas constantemente por Oceanía y por Asia Oriental; en
Mongolia, la línea divisoria entre Eurasia y Asia Oriental nunca es
estable; en torno al Polo Norte, las tres potencias reclaman inmensos
territorios en su mayor parte inhabitados e inexplorados; pero el equilibrio de
poder no se altera apenas con todo ello y el territorio que constituye el suelo
patrio de cada uno de los tres superestados nunca pierde su independencia.
Además, la mano de obra de los pueblos explotados alrededor del Ecuador
no es verdaderamente necesaria para la economía mundial. Nada
atañe a la riqueza del mundo, ya que todo lo que produce se dedica a
fines de guerra, y el objeto de prepararse para una guerra no es más que
ponerse en situación de emprender otra guerra. Las poblaciones
esclavizadas permiten, con su trabajo, que se acelere el ritmo de la guerra.
Pero si no existiera ese refuerzo de trabajo, la estructura de la sociedad y el
proceso por el cual ésta se mantiene no variarían en lo
esencial.
La finalidad principal de la guerra moderna (de acuerdo con los principios del
doblepensar) la reconocen y, a la vez, no la reconocen, los cerebros dirigentes
del Partido Interior. Consiste en usar los productos de las máquinas
sin elevar por eso el nivel general de la vida. Hasta fines del siglo XIX
había sido un problema latente de la sociedad industrial qué
había de hacerse con el sobrante de los artículos de consumo.
Ahora, aunque son pocos los seres humanos que pueden comer lo suficiente, este
problema no es urgente y nunca podría tener caracteres graves aunque no
se emplearan procedimientos artificiales para destruir esos productos. El
mundo de hoy, si lo comparamos con el anterior a 1914, está desnudo,
hambriento y lleno de desolación; y aún más si lo
comparamos con el futuro que las gentes de aquella época esperaba. A
principios del siglo XX la visión de una sociedad futura
increíblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para todo -un
reluciente mundo antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de
nívea blancura- era el ideal de casi todas las personas cultas. La
ciencia y la tecnología se desarrollaban a una velocidad prodigiosa y
parecía natural que este desarrollo no se interrumpiera jamás.
Sin embargo, no continuó el perfeccionamiento, en parte por el
empobrecimiento causado por una larga serie de guerras y revoluciones, y en
parte porque el progreso científico y técnico se basaba en un
hábito empírico de pensamiento que no podía existir en una
sociedad estrictamente reglamentada. En conjunto, el mundo es hoy más
primitivo que hace cincuenta años. Algunas zonas secundarias han
progresado y se han realizado algunos perfeccionamientos, ligados siempre a la
guerra y al espionaje policíaco, pero los experimentos
científicos y los inventos no han seguido su curso y los destrozos
causados por la guerra atómica de los años cincuenta y tantos
nunca llegaron a ser reparados. No obstante, perduran los peligros del
maquinismo. Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó,
lógicamente, que cada
vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto
contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la
condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente
con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las
enfertnedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de
unas cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad,
sino sólo por un proceso automático -produciendo riqueza que no
había más remedio que distribuir-, elevó efectivamente la
máquina el nivel de vida de las gentes que vivían a mediados de
siglo. Estas gentes vivían muchísimo mejor que las de fines del
siglo XIX.
Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan
extraordinario amenazaba con la destrucción -era ya, en sí mismo,
la destrucción- de una sociedad jerárquica. En un mundo en que
todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas
cómodas e higiénicas, con cuarto de baño,
calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o
quizás un aeroplano, habría desaparecido la forma más
obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba a generalizarse, no
serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una
sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos
personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder
siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta
privilegiada. Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría
conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio,
la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar,
aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí
mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto
o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho
alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles.
A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible
basándose en la pobreza y en la ignorancia. Regresar al pasado
agrícola -como querían algunos pensadores de principios de este
siglo- no era una solución práctica, puesto que estaría en
contra de la tendencia a la mecanización, que se había hecho casi
instintiva en el mundo entero, y, además, cualquier país que
permaneciera atrasado industrialmente sería inútil en un sentido
militar y caería antes o después bajo el dominio de un enemigo
bien armado.
Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas
restringiendo la producción. Esto se practicó en gran medida
entre 1920 y 1940. Muchos países dejaron que su economía se
anquilosara. No se renovaba el material indispensable para la buena marcha de
las industrias, quedaban sin cultivar las tierras, y grandes masas de
población, sin tener en qué trabajar, vivían de la caridad
del Estado. Pero también esto implicaba una debilidad militar, y como
las privaciones que infligía eran innecesarias, despertaba
inevitablemente una gran oposición. El problema era mantener en marcha
las ruedas de la industria sin aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes
habían de ser producidos, pero no distribuidos. Y, en la
práctica, la única manera de lograr esto era la guerra
continua.
El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de
vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de
pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz
constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva
comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes. Aunque
las armas no se destruyeran, su fabricación no deja de ser un
método conveniente de gastar trabajo sin producir nada que pueda ser
consumido. En una fortaleza flotante, por ejemplo, se emplea el trabajo que
hubieran dado varios centenares de barcos de carga. Cuando se queda anticuada,
y sin haber producido ningún beneficio material para nadie, se construye
una nueva fortaleza flotante mediante un enorme acopio de mano de obra. En
principio, el esfuerzo de guerra se planea para consumir todo lo que sobre
después de haber cubierto unas mínimas necesidades de la
población. Este mínimo se calcula siempre en mucho menos de lo
necesario, de manera que hay una escasez crónica de casi todos los
artículos necesarios para la vida, lo cual se considera como una
ventaja. Constituye una táctica deliberada mantener incluso a los
grupos favorecidos al borde de la escasez, porque un estado general de escasez
aumenta la importancia de los pequeños privilegios y hace que la
distinción entre un grupo y otro resulte más evidente. En
comparación con el nivel de vida de principios del siglo XX, incluso los
miembros del Partido Interior llevan una vida austera y laboriosa. Sin
embargo, los pocos lujos que disfrutan -un buen piso, mejores telas, buena
calidad del alimento, bebidas y tabaco, dos o tres criados, un auto o un
autogiro privado- los colocan en un mundo diferente del de los miembros del
Partido Exterior, y estos últimos poseen una ventaja similar en
comparación con las masas sumergidas, a las que llamamos «los
proles». La atmósfera social es la de una ciudad sitiada, donde la
posesión de un trozo de carne de caballo establece la diferencia entre
la riqueza y la pobreza. Y, al mismo tiempo, la idea de que se está en
guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una
reducida casta parezca la condición natural e inevitable para
sobrevivir.
Se verá que la guerra no sólo realiza la necesaria
distinción, sino que la efectúa de un modo aceptable
psicológicamente. En principio, sería muy sencillo derrochar el
trabajo sobrante construyendo templos y pirámides, abriendo zanjas y
volviéndolas a llenar o incluso produciendo inmensas cantidades de
bienes y prendiéndoles fuego. Pero esto sólo daría la
base económica y no la emotiva para una sociedad jerarquizada. Lo que
interesa no es la moral de las masas, cuya actitud no importa mientras se
hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido mismo. Se espera
que hasta el más humilde de los miembros del Partido sea competente,
laborioso e incluso inteligente -siempre dentro de límites reducidos,
claro está-, pero siempre es preciso que sea un fanático
ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la
adulación y una continua sensación orgiástico de triunfo.
En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad
típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no
es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal.
Lo único preciso es que exista un estado de guerra. La
desintegración de la inteligencia especial que el Partido necesita de
sus miembros, y que se logra mucho mejor en una atmósfera de guerra, es
ya casi universal, pero se nota con más relieve a medida que subimos en
la escala jerárquica. Precisamente es en el Partido Interior donde la
histeria bélica y el odio al enemigo son más intensos. Para
ejercer bien sus funciones administrativas, se ve obligado con frecuencia el
miembro del Partido Interior a saber que esta o aquella noticia de guerra es
falsa y puede saber muchas veces que una pretendida guerra o no existe o se
está realizando con fines completamente distintos a los declarados.
Pero ese conocimiento queda neutralizado fácilmente mediante la
técnica del doblepensar. De modo que ningún miembro del Partido
Interior vacila ni un solo instante en su creencia mística de que la
guerra es una realidad y que terminará victoriosamente con el dominio
indiscutible de Oceanía sobre el mundo entero.
Todos los miembros del Partido Interior creen en esta futura victoria total
como en un artículo de fe. Se conseguirá, o bien paulatinamente
mediante la adquisición de más territorios sobre los que se
basará una aplastante preponderancia, o bien por el descubrimiento de
algún arma secreta. Continúa sin cesar la búsqueda de
nuevas armas, y ésta es una de las poquísimas actividades en que
todavía pueden encontrar salida la inventiva y las investigaciones
científicas. En la Oceanía de hoy la ciencia en su antiguo
sentido ha dejado casi de existir. En neolengua no hay palabra para ciencia.
El método empírico de pensamiento, en el cual se basaron todos
los adelantos científicos del pasado, es opuesto a los principios
fimdamentales de Ingsoc. E incluso el progreso técnico sólo
existe cuando sus productos pueden ser empleados para disminuir la libertad
humana.
Las dos finalidades del Partido son conquistar toda la superficie de la Tierra
y extinguir de una vez para siempre la posibilidad de toda libertad del
pensamiento. Hay, por tanto, dos grandes problemas que ha de resolver el
Partido. Uno es el de descubrir, contra la voluntad del interesado, lo que
está pensando determinado ser humano, y el otro es cómo suprimir,
en pocos segundos y sin previo aviso, a varios centenares de millones de
personas. Éste es el principal objetivo de las investigaciones
científicas. El hombre de ciencia actual es una mezcla de
psicólogo y policía que estudia con extraordinaria minuciosidad
el significado de las expresiones faciales, gestos y tonos de voz, los efectos
de las drogas que obligan a decir la verdad, la terapéutica del
shock, del hipnotismo y de la tortura física; y si es un
químico, un físico o un biólogo, sólo se
preocupará por aquellas ramas que dentro de su especialidad sirvan para
matar. En los grandes laboratorios del Ministerio de la Paz, en las estaciones
experimentales ocultas en las selvas brasileñas, en el desierto
australiano o en las islas perdidas del Atlántico, trabajan
incansablemente los equipos técnicos. Unos se dedican sólo a
planear la logística de las guerras futuras; otros, a idear bombas
cohete cada vez mayores, explosivos cada vez más poderosos y corazas
cada vez más impenetrables; otros buscan gases más
mortíferos o venenos que puedan ser producidos en cantidades tan
inmensas que destruyan la vegetación de todo un continente, o cultivan
gérmenes inmunizados contra todos los posibles antibióticos;
otros se esfuerzan por producir un vehículo que se abra paso por la
tierra como un submarino bajo el agua, o un aeroplano tan independiente de su
base como un barco en el mar, otros exploran posibilidades aún
más remotas, como la de concentrar los rayos del sol mediante
gigantescas lentes suspendidas en el espacio a miles de kilómetros, o
producir terremotos artificiales utilizando el calor del centro de la
Tierra.
Pero ninguno de estos proyectos se aproxima nunca a su realización, y
ninguno de los tres superestados adelanta a los otros dos de un modo
definitivo. Lo más notable es que las tres potencias tienen ya, con la
bomba atómica, un arma mucho más poderosa que cualquiera de las
que ahora tratan de convertir en realidad. Aunque el Partido, según su
costumbre, quiere atribuirse el invento, las bombas atómicas aparecieron
por primera vez a principios de los años cuarenta y tantos de este siglo
y fueron usadas en gran escala unos diez años después. En
aquella época cayeron unos centenares de bombas en los centros
industriales, principalmente de la Rusia Europea, Europa Occidental y
Norteamérica. El objeto perseguido era convencer a los gobernantes de
todos los países que unas cuantas bombas más terminarían
con la sociedad organizada y por tanto con su poder. A partir de entonces, y
aunque no se llegó a ningún acuerdo formal, no se arrojaron
más bombas atómicas. Las potencias actuales siguen produciendo
bombas atómicas y almacenándolas en espera de la oportunidad
decisiva que todos creen llegará algún día. Mientras
tanto, el arte de la guerra ha permanecido estacionado durante treinta o
cuarenta años. Los autogiros se usan más que antes, los aviones
de bombardeo han sido sustituidos en gran parte por los proyectiles
autoimpulsados y el frágil tipo de barco de guerra fue reemplazado por
las fortalezas flotantes, casi imposibles de hundir. Pero, aparte de ello,
apenas ha habido adelantos bélicos. Se siguen usando el tanque, el
submarino, el torpedo, la ametralladora e incluso el rifle y la granada de
mano. Y, a pesar de las interminables matanzas comunicadas por la Prensa y las
telepantallas, las desesperadas batallas de las guerras anteriores en las
cuales morían en pocas semanas centenares de miles e incluso millones de
hombres- no han vuelto a repetirse.
Ninguno de los tres superestados intenta nunca una maniobra que suponga el
riesgo de una seria derrota. Cuando se lleva a cabo una operación de
grandes proporciones, suele tratarse de un ataque por sorpresa contra un
aliado. La estrategia que siguen los tres superestados -o que pretenden seguir
es la misma. Su plan es adquirir, mediante una combinación, un anillo
de bases que rodee completamente a uno de los estados rivales para firmar luego
un pacto de amistad con ese rival y seguir en relaciones pacíficas con
él durante el tiempo que sea preciso para que se confíen. En
este tiempo, se almacenan bombas atómicas en los sitios
estratégicos. Esas bombas, cargadas en los cohetes, serán
disparadas algún día simultáneamente, con efectos tan
devastadores que no habrá posibilidad de respuesta. Entonces se
firmará un pacto de amistad con la otra potencia, en preparación
de un nuevo ataque. No es preciso advertir que este plan es un ensueño
de imposible realización. Nunca hay verdadera lucha a no ser en las
zonas disputadas en el Ecuador y en los Polos: no hay invasiones del territorio
enemigo. Lo cual explica que en algunos sitios sean arbitrarias las fronteras
entre los superestados. Por ejemplo, Eurasia podría conquistar
fácilmente las Islas Británicas, que forman parte,
geográficamente, de Europa, y también sería posible para
Oceanía avanzar sus fronteras hasta el Rin e incluso hasta el
Vístula. Pero esto violaría el principio -seguido por todos los
bandos, aunque nunca formulado- de la integridad cultural. Así, si
Oceanía conquistara las áreas que antes se conocían con
los nombres de Francia y Alemania, sería necesario exterminar a todos
sus habitantes -tarea de gran dificultad física o asimilarse una
población de un centenar de millones de personas que, en lo
técnico, están a la misma altura que los oceánicos. El
problema es el mismo para todos los superestados, siendo absolutamente
imprescindible aue su estructura no entre en contacto con extranjeros, excepto
en reducidas proporciones con prisioneros de guerra y esclavos de color.
Incluso el aliado oficial del momento es considerado con mucha suspicacia. El
ciudadano medio de Oceanía nunca ve a un ciudadano de Eurasia ni de Asia
Oriental -aparte de los prisioneros- y se le prohibe que aprenda lenguas
extranjeras. Si se le permitiera entrar en relación con extranjeros,
descubriría que son criaturas iguales a él en lo esencial y que
casi todo lo que se le ha dicho sobre ellos es una sarta de mentiras. Se
rompería así el mundo cerrado y en que vive y quizá
desaparecieran el miedo, el odio y la rigidez fanática en que se basa su
moral. Se admite, por tanto, en los tres Estados que por mucho que cambien de
manos Persia, Egipto, Java o Ceilán, las fronteras principales nunca
podrán ser cruzadas más que por las bombas.
Bajo todo esto hallamos un hecho al que nunca se alude, pero admitido
tácitamente y sobre el que se basa toda conducta oficial, a saber: que
las condiciones de vida de los tres superestados son casi las mismas. En
Oceanía prevalece la ideología llamada Ingsoc, en Eurasia el
neobolchevismo y en Asia Oriental lo que se conoce por un nombre chino que
suele traducirse por «adoración de la muerte», pero que
quizá quedaríá mejor expresado como
«desaparición del yo». Al ciudadano de Oceanía no se
le permite saber nada de las otras dos ideologías, pero se le
enseña a condenarlas como bárbaros insultos contra la moralidad y
el sentido común. La verdad es que apenas puden distinguirse las tres
ideologías, y los sistemas sociales que ellas soportan son los mismos.
En los tres existe la misma estructura piramidal, idéntica
adoración a un jefe semidivino, la misma economía orientada hacia
una guerra continua. De ahí que no sólo no puedan conquistarse
mutuamente los tres superestados, sino que no tendrían ventaja alguna si
lo consiguieran. Por el contrario, se ayudan mutuamente manteniéndose
en pugna. Y los grupos dirigentes de las tres Potencias saben y no saben, a la
vez, lo que están haciendo. Dedican sus vidas a la conquista del mundo,
pero están convencidos al mismo tiempo de que es absolutamente necesario
que la guerra continúe eternamente sin ninguna victoria definitiva.
Mientras tanto, el hecho de que no hay peligro de conquista hace posible la
denegación sistemática de la realidad, que es la
característica principal del Ingsoc y de sus sistemas rivales. Y
aquí hemos de repetir que, al hacerse continua, la guerra ha cambiado
fundamentalmente de carácter.
En tiempos pasados, una guerra, casi por definición, era algo que
más pronto o más tarde tenía un fmal; generalmente, una
clara victoria o una derrota indiscutible. Además, en el pasado, la
guerra era uno de los principales instrumentos con que se mantenían las
sociedades humanas en contacto con la realidad física. Todos los
gobernantes de todas las épocas intentaron imponer un falso concepto del
mundo a sus súbditos, pero no podían fomentar ilusiones que
perjudicasen la eficacia militar. Como quiera que la derrota significaba la
pérdida de la independencia o cualquier otro resultado indeseable,
habían de tomar serias precauciones para evitar la derrota. Estos
hechos no podían ser ignorados. Aun admitiendo que en filosofía,
en ciencia, en ética o en política dos y dos pudieran ser cinco,
cuando se fabricaba un cañón o un aeroplano tenían que ser
cuatro. Las naciones mal preparadas acababan siempre siendo conquistadas, y la
lucha por una mayor eficacia no admitía ilusiones. Además, para
ser eficaces había que aprender del pasado, lo cual suponía estar
bien enterado de lo ocurrido en épocas anteriores. Los
periódicos y los libros de historia eran parciales, naturalmente, pero
habría sido imposible una falsificación como la que hoy se
realiza. La guerra era una garantía de cordura. Y respecto a las
clases gobemantes, era el freno más seguro. Nadie podía ser,
desde el poder, absolutamente irresponsable desde el momento en que una guerra
cualquiera podía ser ganada o perdida.
Pero cuando una guerra se hace continua, deja de ser peligrosa porque
desaparece toda necesidad militar. El progreso técnico puede cesar y
los hechos más palpables pueden ser negados o descartados como cosas sin
importancia. Lo único eficaz en Oceanía es la Policía del
Pensamiento. Como cada uno de los tres superestados es inconquistable, cada uno
de ellos es, por tanto, un mundo separado dentro del cual puede ser practicada
con toda tranquilidad cualquier perversión mental. La realidad
sólo ejerce su presión sobre las necesidades de la vida
cotidiana: la necesidad de comer y de beber, de vestirse y tener un techo, de
no beber venenos ni caerse de las ventanas, etc... Entre la vida y la muerte, y
entre el placer físico y el dolor físico, sigue habiendo una
distinción, pero eso es todo. Cortados todos los contactos con el mundo
exterior y con el pasado, el ciudadano de Oceanía es como un hombre en
el espacio interestelar, que no tiene manera de saber por dónde se va
hacia arriba y por dónde hacia abajo. Los gobernantes de un Estado como
éste son absolutos como pudieran serlo los faraones o los
césares. Se ven obligados a evitar que sus gentes se mueran de hambre
en cantidades excesivas, y han de mantenerse al mismo nivel de baja
técnica militar que sus rivales. Pero, una vez conseguido ese
mínimo, pueden retorcer y deformar la realidad dándole la forma
que se les antoje.
Por tanto, la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura. Se
podría comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes cuyos cuernos
están colocados de tal manera que no pueden herirse. Pero aunque es una
impostura, no deja de tener sentido. Sirve para consumir el sobrante de bienes
y ayuda a conservar la atmósfera mental imprescindible para una sociedad
jerarquizado. Como se ve, la guerra es ya sólo un asunto de
política interna. En el pasado, los grupos dirigentes de todos los
países, aunque reconocieran sus propios intereses e incluso los de sus
enemigos y gritaran en lo posible la destructividad de la guerra, en definitiva
luchaban unos contra otros y el vencedor aplastaba al vencido. En nuestros
días no luchan unos contra otros, sino cada grupo dirigente contra sus
propios súbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio
ni defenderlo, sino mantener intacta la estructura de la sociedad. Por lo
tanto, la palabra guerra se ha hecho equívoca. Quizá
sería acertado decir que la guerra, al hacerse continua, ha dejado de
existir. La presión que ejercía sobre los seres humanos entre la
Edad neolítica y principios del siglo XX ha desaparecido, siendo
sustituida por algo completamente distinto. El efecto sería muy
parecido si los tres superestados, en vez de pelear cada uno con los otros,
llegaran al acuerdo -respetándole- de vivir en paz perpetua sin
traspasar cada uno las fronteras del otro. En ese caso, cada uno de ellos
seguiría siendo un mundo cerrado libre de la angustiosa influencia del
peligro externo. Una paz que fuera de verdad permanente sería lo mismo
que una guerra permanente. Éste es el sentido verdadero (aunque la
mayoría de los miembros del Partido lo entienden sólo de un modo
superficial) de la consigna del Partido: la guerra es la paz.
Winston dejó de leer un momento. A una gran distarcia había
estallado una bomba. La inefable sensación de estar leyendo el libro
prohibido, en una habitación sin telepantalla, seguía
llenándolo de satisfacción. La soledad y la seguridad eran
sensaciones físicas, mezcladas por el cansancio de su cuerpo, la
suavidad de la alfombra, la caricia de la débil brisa que entraba por la
ventana... El libro le fascinaba o, más exactamente, lo tranquilizaba.
En cierto sentido, no le enseñaba nada nuevo, pero esto era una parte de
su encanto. Decía lo que el propio Winston podía haber dicho, si
le hubiera sido posible ordenar sus propios pensamientos y darles una clara
expresión. Este libro era el producto de una mente semejante a la suya,
pero mucho más poderosa, más sistemática y libre de
temores. Pensó Winston que los mejores libros son los que nos dicen lo
que ya sabemos. Había vuelto al capítulo I cuando oyó los
pasos de Julia en la escalera. Se levantó del sillón para
salirle al encuentro. Julia entró en ese momento, tiró su bolsa
al suelo y se lanzó a los brazos de él. Hacía más
de una semana que no se habían visto.
-Tengo el libro -dijo Winston en cuanto se apartaron. -¿Ah,
sí?. Muy bien -dijo ella sin gran interés y casi inmediatamente
se arrodilló junto a la estufa para hacer café.
No volvieron a hablar del libro hasta después de media hora de estar en
la cama. La tarde era bastante fresca para que mereciera la pena cerrar la
ventana. De abajo llegaban las habituales canciones y el ruido de botas sobre
el empedrado. La mujer de los brazos rojizos parecía no moverse del
patio. A todas horas del día estaba lavando y tendiendo ropa. Julia
tenía sueño, Winston volvió a coger el libro, que estaba
en el suelo, y se sentó apoyando la espalda en la cabecera de la
cama.
-Tenemos que leerlo -dijo-. Y tú también. Todos los miembros de
la Hermandad deben leerlo.
-Léelo tú -dijo Julia con los ojos cerrados-. Léelo en
voz alta. Así es mejor. Y me puedes explicar los puntos
difíciles.
El viejo reloj marcaba las seis, o sea, las dieciocho. Disponían de
tres o cuatro horas más. Winston se puso el libro abierto sobre las
rodillas en ángulo y empezó a leer:
CAPÍTULO PRIMERO
La ignorancia es la fuerza
»Durante todo el tiempo de que se tiene noticia, probablemente desde fines
del período neolítico, ha habido en el mundo tres clases de
personas: los Altos, los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de muchos
modos, han llevado muy diversos nombres y su número relativo, así
como la actitud que han guardado unos hacia otros, han variado de época
en época; pero la estructura esencial de la sociedad nunca ha cambiado.
Incluso después de enormes con mociones y de cambios que parecían
irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual que un
giroscopio vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho que lo
empujemos en un sentido o en otro.
-Julia, ¿estás despierta? -dijo Winston.
-Sí, amor mío, te escucho. Sigue. Es maravilloso.
Winston continuó leyendo:
Los fines de estos tres grupos son inconcibables. Los Altos quieren quedarse
donde están. Los Medianos tratan de arrebatarles sus puestos a los
Altos. La finalidad de los Bajos, cuando la tienen -porque su principal
característica es hallarse aplastados por las exigencias de la vida
cotidiana-, consiste en abolir todas las distinciones y crear una sociedad en
que todos los hombres sean iguales. Así, vuelve a presentarse
continuamente la misma lucha social. Durante largos períodos, parece
que los Altos se encuentran muy seguros en su poder, pero siempre llega un
momento en que pierden la confianza en sí mismos o se debilita su
capacidad para gobernar, o ambas cosas a la vez. Entonces son derrotados por
los Medianos, que llevan junto a ellos a los Bajos porque les han asegurado que
ellos representan la libertad y la justicia. En cuanto logran sus objetivos,
los Medianos abandonan a los Bajos y los relegan a su antigua posición
de servidumbre, convirtiéndose ellos en los Altos. Entonces, un grupo
de los Medianos se separa de los demás y empiezan a luchar entre ellos.
De los tres grupos, solamente los Bajos no logran sus objetivos ni siquiera
transitoriamente. Sería exagerado afirmar que en toda la Historia no ha
habido progreso material. Aun hoy, en un período de decadencia, el ser
humano se encuentra mejor que hace unos cuantos siglos. Pero ninguna reforma
ni revolución alguna han conseguido acercarse ni un milímetro a
la igualdad humana. Desde el punto de vista de los Bajos, ningún cambio
histórico ha significado mucho más que un cambio en el nombre de
sus amos.
A fines del siglo XIX eran muchos los que habían visto claro este juego.
De ahí que surgieran escuelas del pensamiento que interpretaban la
Historia como un proceso cíclico y aseguraban que la desigualdad era la
ley inalterable de la vida humana. Desde luego, esta doctrina ha tenido
siempre sus partidarios, pero se había introducido un cambio
significativo. En el pasado, la necesidad de una forma jerárquica de la
sociedad había sido la doctrina privativa de los Altos. Fue defendida
por reyes, aristócratas, jurisconsultos, etc. Los Medianos, mientras
luchaban por el poder, utilizaban términos como «libertad»,
«justicia» y «fraternidad». Sin embargo, el concepto de la
fraternidad humana empezó a ser atacado por individuos que
todavía no estaban en el Poder, pero que esperaban estarlo pronto. En
el pasado, los Medianos hicieron revoluciones bajo la bandera de la igualdad,
pero se limitaron a imponer una nueva tiranía apenas desaparecida la
anterior. En cambio, los nuevos grupos de Medianos proclamaron de antemano su
tiranía. El socialismo, teoría que apareció a principios
del siglo XIX y que fue el último eslabón de una cadena que se
extendía hasta las rebeliones de esclavos en la Antigüedad,
seguía profundamente infestado por las viejas utopías. Pero a
cada variante de socialismo aparecida a partir de 1900 se abandonaba más
abiertamente la pretensión de establecer la libertad y la igualdad. Los
nuevos movimientos que surgieron a mediados del siglo, Ingsoc en
Oceanía, neobolchevismo en Eurasia y adoración de la muerte en
Asia oriental, tenían como finalidad consciente la perpetuación
de la falta de libertad y de la desigualdad social. Estos nuevos movimientos,
claro está, nacieron de los antiguos y tendieron a conservar sus nombres
y aparentaron respetar sus ideologías. Pero el propósito de
todos ellos era sólo detener el progreso e inmovilizar a la Historia en
un momento dado. El movimiento de péndulo iba a ocurrir una vez
más y luego a detenerse. Como de costumbre, los Altos serían
desplazados por los Medianos, que entonces se convertirían a su vez en
Altos, pero esta vez, por una estrategia consciente, estos últimos Altos
conservarían su posición permanentemente.
Las nuevas doctrinas surgieron en parte a causa de la acumulación de
conocimientos históricos y del aumento del sentido histórico, que
apenas había existido antes del siglo XIX. Se entendía ya el
movimiento cíclico de la Historia, o parecía entenderse; y al ser
comprendido podía ser también alterado. Pero la causa principal
y subyacente era que ya a principios del siglo XX era técnicamente
posible la igualdad humana. Seguía siendo cierto que los hombres no
eran iguales en sus facultades innatas y que las funciones habían de
especializarse de modo que favorecían inevitablemente a unos individuos
sobre otros; pero ya no eran precisas las diferencias de clase ni las grandes
diferencias de riqueza. Antiguamente, las diferencias de clase no sólo
habían sido inevitables, sino deseables. La desigualdad era el precio
de la civilización. Sin embargo, el desarrollo del maquinismo iba a
cambiar esto. Aunque fuera aún necesario que los seres humanos
realizaran diferentes clases de trabajo, ya no era preciso que vivieran en
diferentes niveles sociales o económicos. Por tanto, desde el punto de
vista de los nuevos grupos que estaban a punto de apoderarse del mando, no era
ya la igualdad humana un ideal por el que convenía luchar, sino un
peligro que había de ser evitado. En épocas más antiguas,
cuando una sociedad justa y pacífica no era posible, resultaba muv
fácil creer en ella. La idea de un paraíso terrenal en el que
los hombres vivirían como hermanos, sin leyes y sin trabajo agotador,
estuvo obsesionando a muchas imaginaciones durante miles de años. Y
esta visión tuvo una cierta importancia incluso entre los grupos que de
hecho se aprovecharon de cada cambio histórico. Los herederos de la
Revolución francesa, inglesa y americana habían creído
parcialmente en sus frases sobre los derechos humanos, libertad de
expresión, igualdad ante la ley y demás, e incluso se dejaron
influir en su conducta por algunas de ellas hasta cierto punto. Pero hacia la
década cuarta del siglo XX todas las corrientes de pensamiento
político eran autoritarias. Pero ese paraíso terrenal
quedó desacreditado precisamente cuando podía haber sido
realizado, y en el segundo cuarto del siglo XX volvieron a ponerse en
práctica procedimientos que ya no se usaban desde hacía siglos:
encarcelamiento sin proceso, empleo de los prisioneros de guerra como esclavos,
ejecuciones públicas, tortura para extraer confesiones, uso de rehenes y
deportación de poblaciones en masa. Todo esto se hizo habitual y fue
defendido por individuos considerados como inteligentes y avanzados. Los
nuevos sistemas políticos se basaban en la jerarquía v la
regimentación.
Después de una década de guerras nacionales, guerras civiles,
revoluciones v contrarrevoluciones en todas partes del mundo, surgieron el
Ingsoc v sus rivales como teorías políticas inconmovibles. Pero
ya las habían anunciado los varios sistemas, generalmente llamados
totalitarios, que aparecieron durante el segundo cuarto de siglo y se
veía claramente el perfil que había de tener el mundo futuro. La
nueva aristocracia estaba formada en su mayoría por burócratas,
hombres de ciencia, técnicos, organizadores sindicales, especialistas en
propaganda, sociólogos, educadores, Periodistas y políticos
profesionales. Esta gente, cuyo origen estaba en la clase media asalariada y
en la capa superior de la clase obrera, había sido formada y agrupada
por el mundo inhóspito de la industria monopolizada y el gobierno
centralizado. Comparados con los miembros de las clases dirigentes en el
pasado, esos hombres eran menos avariciosos, les tentaba menos el lujo y
más el placer de mandar, y, sobre todo, tenían más
consciencia de lo que estaban haciendo y se dedicaban con mayor intensidad a
aplastar a la oposición. Esta última diferencia era esencial.
Comparadas con la que hoy existe, todas las tiranías del pasado fueron
débiles e ineficaces. Los grupos gobernantes se hallaban contagiados
siempre en cierta medida por las ideas liberales y no les importaba dejar cabos
sueltos por todas partes. Sólo se preocupaban por los actos realizados
y no se interesaban por lo que los súbditos pudieran pensar. En parte,
esto se debe a que en el pasado ningún Estado tenía el poder
necesario para someter a todos sus ciudadanos a una vigilancia constante. Sin
embargo, el invento de la imprenta facilitó mucho el manejo de la
opinión pública, y el cine y la radio contribuyeron en gran
escala a acentuar este proceso. Con el desarrollo de la televisión y el
adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir
simultáneamente en el mismo aparato, terminó la vida privada.
Todos los ciudadanos, o por lo menos todos aquellos ciudadanos que
poseían la suficiente importancia para que mereciese la pena vigilarlos,
podían ser tenidos durante las veinticuatro horas del día bajo la
constante observación de la policía y rodeados sin cesar por la
propaganda oficial, mientras que se les cortaba toda comunicación con el
mundo exterior.
Por primera vez en la Historia existía la posibilidad de forzar a los
gobernados, no sólo a una completa obediencia a la voluntad del Estado,
sino a la completa uniformidad de opinión.
Después del período revolucionario entre los años
cincuenta y tantos y setenta, la sociedad volvió a agruparse como
siempre, en Altos, Medios y Bajos. Pero el nuevo grupo de Altos, a diferencia
de sus predecesores, no actuaba ya por instinto, sino que sabía lo que
necesitaba hacer para salvaguardar su posición. Los privilegiados se
habían dado cuenta desde hacía bastante tiempo de que la base
más segura para la oligarquía es el colectivismo. La riqueza y
los privilegios se defienden más fácilmente cuando se poseen
conjuntamente. La llamada «abolición de la propiedad
privada», que ocurrió a mediados de este siglo, quería decir
que la propiedad iba a concentrarse en un número mucho menor de manos
que anteriormente, pero con esta diferencia: que los nuevos dueños
constituirían un grupo en vez de una masa de individuos.
Individualmente, ningún miembro del Partido posee nada, excepto
insignificantes objetos de uso personal. Colectivamente, el Partido es el
dueño de todo lo que hay en Oceanía, porque lo controla todo y
dispone de los productos como mejor se le antoja. En los años que
siguieron , la Revolución pudo ese grupo tomar el mando sin encontrar
apenas oposición porque todo el proceso fue presentado como un acto de
colectivización. Siempre se había dado por cierto que si la
clase capitalista era expropiada, el socialismo se impondría, y era un
hecho que los capitalistas habían sido expropiados. Las
fábricas, las minas, las tierras, las casas, los medios de transporte,
todo se les había quitado, y como todo ello dejaba de ser propiedad
privada, era evidente que pasaba a ser propiedad pública. El Ingsoc,
procedente del antiguo socialismo y que había heredado su
fraseología, realizó, los principios fundamentales de ese
socialismo, con el resultado previsto y deseado, de que la desigualdad
económica se hizo permanente.
Pero los problemas que plantea la perpetuación de una sociedad
jerarquizada son mucho más complicados. Sólo hay cuatro medios
de que un grupo dirigente sea derribado del Poder. O es vencido desde fuera, o
gobierna tan ineficazmente que las masas se le rebelan, o permite la
formación de un grupo medio que lo pueda desplazar, o pierde la
confianza en sí mismo y la voluntad de mando. Estas causas no operan
sueltas, y por lo general se presentan las cuatro combinadas en cierta medida.
El factor que decide en última instancia es la actitud mental de la
propia clase gobernante.
Después de mediados del siglo XX, el primer peligro había
desaparecido. No había posibilidad de una derrota infligida por una
Potencia enemiga. Cada uno de los tres superestados en que ahora se divide el
mundo es inconquistable, y sólo podría llegar a ser conquistado
por lentos cambios demográficos, que un Gobierno con amplios poderes
puede evitar muy fácilmente. El segundo peligro es sólo
teórico. Las masas nunca se levantan por su propio impulso y nunca lo
harán por la sola razón de que están oprimidas. Las
crisis económicas del pasado fueron absolutamente innecesarias y ahora
no se tolera que ocurran, pero de todos modos ninguna razón de
descontento podrá tener ahora resultados políticos, ya que no hay
modo de que el descontento se articule. En cuanto al problema de la
superproducción, que ha estado latente en nuestra socielad desde el
desarrollo del maquinismo, queda resuelto por el recurso de la guerra continua
(véase el capítulo III), que es también necesaria para
mantener la moral pública a un elevado nivel. Por tanto, desde el punto
de vista de nuestros actuales gobernantes, los únicos peligros
auténticos son la aparición de un nuevo grupo de personas muy
capacitadas y ávidas de poder o el crecimiento del espíritu
liberal y del escepticismo en las propias filas gubernamentales. O sea, todo se
reduce a un problema de educación, a moldear continuamente la mentalidad
del grupo dirigente y del que se halla inmediatamente debajo de él. En
cambio, la consciencia de las masas sólo ha de ser influida de un modo
negativo.
Con este fondo se puede deducir la estructura general de la sociedad de
Oceanía. En el vértice de la pirámide está el Gran
Hermano. Éste es infalible v todopoderoso. Todo triunfo, todo
descubrimiento científico, toda sabiduría, toda felicidad, toda
virtud, se considera que procede directamente de su inspiración y de su
poder. Nadie ha visto nunca al Gran Hermano. Es una cara en los carteles, una
voz en la telepantalla. Podemos estar seguros de que nunca morirá y no
hay manera de saber cuándo nació. El Gran Hermano es la
concreción con que el Partido se presenta al mundo. Su función
es actuar como punto de mira para todo amor, miedo o respeto, emociones que se
sienten con mucha mayor facilidad hacia un individuo que hacia una
organización. Detrás del Gran Hermano se halla el Partido
Interior, del cual sólo forman parte seis millones de personas, o sea,
menos del seis por ciento de la población de Oceanía.
Después del Partido Interior, tenernos el Partido Exterior; y si el
primero puede ser descrito como «el cerebro del Estado», el segundo
pudiera ser comparado a las manos. Más abajo se encuentra la masa
amorfa de los proles, que constituyen quizá el 85 por ciento de la
población. En los términos de nuestra anterior
clasificación, los proles son los Bajos. Y las masas de esclavos
procedentes de las tierras ecuatoriales, que pasan constantemente de vencedor a
vencedor (no olvidemos que «vencedor» sólo debe ser tomado de
un modo relativo) y no forman parte de la población propiamente
dicha.
En principio, la pertenencia a estos tres grupos no es hereditaria. No se
considera que un niño nazca dentro del Partido Interior porque sus
padres pertenezcan a él. La entrada en cada una de las ramas del
Partido se realiza mediante examen a la edad de dieciséis años.
Tampoco hay prejuicios raciales ni dominio de una provincia sobre otra. En los
más elevados puestos del Partido encontramos judíos, negros,
sudamericanos de pura sangre india, y los dirigentes de cualquier -zona
proceden siempre de los habitantes de ese área. En ninguna parte de
Oceanía tienen sus habitantes la sensación de ser una
población colonial regida desde una capital remota. Oceanía no
tiene capital y su jefe titular es una persona cuya residencia nadie conoce.
No está centralizada en modo alguno, aparte de que el inglés es
su principal lingua franca y que la neolengua es su idioma oficial. Sus
gobernantes no se hallan ligados por lazos de sangre, sino por la adherencia a
una doctrina común. Es verdad que nuestra sociedad se compone de
estratos -una división muy rígida en estratos- ateniéndose
a lo que a primera vista parecen normas hereditarias. Hay mucho menos
intercambio entre los diferentes grupos de lo que había en la
época capitalista o en las épocas preindustriales. Entre las dos
ramas del Partido se verifica algún intercarnbio, pero solamente lo
necesario para que los débiles sean excluidos del Partido Interior y que
los miembros ambiciosos del Partido Exterior pasen a ser inofensivos al subir
de categoría. En la práctica, los proletarios no pueden entrar
en el Partido. Los más dotados de ellos, que podían quizá
constituir un núcleo de descontentos, son fichados por la Policía
del Pensamiento y eliminados. Pero semejante estado de cosas no es permanente
ni de ello se hace cuestión de principio. El Partido no es una clase en
el antiguo sentido de la palabra. No se propone transmitir el poder a sus
hijos como tales descendientes directos, y si no hubiera otra manera de
mantener en los puestos de mando a los individuos más capaces,
estaría dispuesto el Partido a reclutar una generación
completamente nueva de entre las filas del proletariado. En los años
cruciales, el hecho de que el Partido no fuera un cuerpo hereditario
contribuyó muchísimo a neutralizar la oposición. El
socialista de la vieja escuela, acostumbrado a luchar contra algo que se
llamaba «privilegios de clase», daba por cierto que todo lo que no es
hereditario no puede ser permanente. No comprendía que la continuidad
de una oligarquía no necesita ser física ni se paraba a pensar
que las aristocracias hereditarias han sido siempre de corta vida, mientras que
organizaciones basadas en la adopción han durado centenares y miles de
años. Lo esencial de la regla oligárquica no es la herencia de
padre a hijo, sino la persistencia de una cierta manera de ver el mundo y de un
cierto modo de vida impuesto por los muertos a los vivos. Un grupo dirigente
es tal grupo dirigente en tanto pueda nombrarla sus sucesores. El Partido no
se preocupa de perpetuar su sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No
importa quién detenta el Poder con tal de que la estructura
jerárquica sea siempre la misma.
Todas las creencias, costumbres, aficiones, emociones y actitudes mentales que
caracterizan a nuestro tiempo sirven para sostener la mística del
Partido y evitar que la naturaleza de la sociedad actual sea percibido por la
masa. La rebelión física o cualquier movimiento preliminar hacia
la rebelión no es posible en nuestros días. Nada hay que temer
de los proletarios. Dejados aparte, continuarán, de generación
en generación y de siglo en siglo, trabajando, procreando y muriendo, no
sólo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin la facultad de
comprender que el mundo podría ser diferente de lo que es. Sólo
podrían convertirse en peligrosos si el progreso de la técnica
industrial hiciera necesario educarles mejor; pero como la rivahdad militar y
comercial ha perdido toda importancia, el nivel de la educación popular
declina continuamente. Las opiniones que tenga o no tenga la masa se
consideran con absoluta indiferencia. A los proletarios se les puede conceder
la libertad intelectual por la sencilla razón de que no tienen intelecto
alguno. En cambio, a un miembro del Partido no se le puede tolerar ni siquiera
la más pequeña desviación ideológica.
Todo miembro del Partido vive, desde su nacimiento hasta su muerte, vigilado
por la Policía del Pensamiento. Incluso cuando está solo no
puede tener la seguridad de hallarse efectivamente solo. Dondequiera que
esté, dormido o despierto, trabajando o descansando, en el baño o
en la cama, puede ser inspeccionado sin previo aviso y sin que él sepa
que lo inspeccionan. Nada de lo que hace es indiferente para la Policía
del Pensamiento. Sus amistades, sus distracciones, su conducta con su mujer y
sus hijos, la expresión de su rostro cuando se encuentra solo, las
palabras que murmura durmiendo, incluso los movimientos característicos
de su cuerpo, son analizados escrupulosamente. No sólo una falta
efectiva en su conducta, sino cualquier pequeña excentricidad, cualquier
cambio de costumbres, cualquier gesto nervioso que pueda ser el síntoma
de una lucha interna, será estudiado con todo interés. El
miembro del Partido carece de toda libertad para decidirse por una
dirección determinada; no puede elegir en modo alguno. Por otra parte,
sus actos no están regulados por ninguna ley ni por un código de
conducta claramente formulado. En Oceanía no existen leyes. Los
pensarnientos y actos que, una vez descubiertos, acarrean la muerte segura, no
están prohibidos expresamente y las interminables purgas, torturas,
detenciones y vaporizaciones no se le aplican al individuo como castigo por
crímenes que haya cometido, sino que son sencillamente el barrido de
personas que quizás algún día pudieran cometer un crimen
político. No sólo se le exige al miembro del Partido que tenga
las opiniones que se consideran buenas, sino tambien los instintos ortodoxos.
Muchas de las creencias y actitudes que se le piden no llegan a fijarse nunca
en normas estrictas y no podrían ser proclamadas sin incurrir en
flagrantes contradicciones con los principios mismos del Ingsoc. Si una
persona es ortodoxa por naturaleza (en neolengua se le llama piensabien)
sabrá en cualquier circunstancia, sin detenerse a pensarlo,
cuál es la creencia acertada o la emoción deseable. Pero en todo
caso, un enfrentamiento mental complicado, que comienza en la infancia y se
concentra en torno a las palabras neolingüísticas paracrimen,
negroblanco y dobíepensar, le convierte en un ser incapaz de pensar
demasiado sobre cualquier tema.
Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que su
entusiasmo no se enfríe en ningún momento. Se supone que vive en
un continuo frenesí de odio contra los enemigos extranjeros y los
traidores de su propio país, en una exaltación triunfal de las
victorias y en absoluta humildad y entrega ante el Poder y la sabiduría
del Partido. Los descontentos producidos por esta vida tan seca y poco
satisfactoria son suprimidos de raíz mediante la vibración
emocional de los Dos Minutos de Odio, y las especulaciones que podrían
quizá llevar a una actitud escéptica o rebelde son aplastadas en
sus comienzos o, mejor dicho, antes de asomar a la consciencia, mediante la
disciplina interna adquirida desde la niñez. La primera etapa de esta
disciplina, que puede ser enseñada incluso a los niños, se llama
en neolengua paracrimen. Paracrimen significa la facultad de
parar, de cortar en seco, de un modo casi instintivo, todo pensamiento
peligroso que pretenda salir a la superficie. Incluye esta facultad la de no
percibir las analogías, de no darse cuenta de los errores de
lógica, de no comprender los razonamientos más sencillos si son
contrarios a los principios del Ingsoc de sentirse fastidiado e incluso
asqueado por todo pensamiento orientado en una dirección
herética. Paracrimen equivale, pues, a estupidez protectora.
Pero no basta con la estupidez. Por el contrario, la ortodoxia en su
más completo sentido exige un control sobre nuestros procesos mentales,
un autodominio tan completo como el de una contorsionista sobre su cuerpo. La
sociedad oceánica se apoya en definitiva sobre la creencia de que el
Gran Hermano es omnipotente y que el Partido es infalible. Pero como en
realidad el Gran Hermano no es omnipotente y el Partido no es infalible, se
requiere una incesante flexibilidad para enfrentarse con los hechos. La
palabra clave en esto es negroblanco. Como tantas palabras
neolingüísticas, ésta tiene dos significados
contradictorios. Aplicada a un contrario, significa la costumbre de asegurar
descaradamente que lo negro es blanco en contradicción con la realidad
de los hechos. Aplicada a un miembro del Partido significa la buena y leal
voluntad de afirmar que lo negro es blanco cuando la disciplina del Partido lo
exija. Pero también se designa con esa palabra la facultad de creer
que lo negro es blanco, más aún, de saber que lo negro
es blanco y olvidar que alguna vez se creyó lo contrario. Esto exige
una continua alteración del pasado, posible gracias al sistema de
pensamiento que abarca a todo lo demás y que se conoce con el nombre de
doblepensar.
La alteración del pasado es necesaria por dos razones, una de las cuales
es subsidiaria y, por decirlo así, de precaución. La
razón subsidiaria es que el miembro del Partido, lo mismo que el
proletario, tolera las condiciones de vida actuales, en gran parte porque no
tiene con qué cornpararlas. Hay que cortarle radicalmente toda
relación con el pasado, así como hay que aislarlo de los
países extranjeros, porque es necesario que se crea en mejores
condiciones que sus antepasados y que se haga la ilusión de que el nivel
de comodidades materiales crece sin cesar. Pero la razón más
importante para «reformar» el pasado es la necesidad de salvaguardar
la infalibilidad del Partido. No solamente es preciso poner al día los
discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que las
predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en
ningún caso que la doctrina política del Partido haya cambiado lo
más mínimo porque cualquier variación de táctica
política es una confesión de debilidad. Si, por ejemplo, Eurasia
o Asia Orienta¡ es la enemiga de hoy, es necesario que ese país (el
que sea de los dos, según las circunstancias) figure como el enemigo de
siempre. Y si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los
hechos. Así, la Historia ha de ser escrita continuamente. Esta
falsificación diaria del pasado, realizada por el Ministerio de la
Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del régimen como la
represión y el espionaje efectuados por el Ministerio del Amor.
La mutabilidad del pasado es el eje del Ingsoc. Los acontecimientos
pretéritos no tienen existencia objetiva, sostiene el Partido, sino que
sobreviven sólo en los documentos y en las memorias de los hombres. El
pasado es únicamente lo que digan los testimonios escritos y la memoria
humana. Pero como quiera que el Partido controla por completo todos los
documentos y también la mente de todos sus miembros, resulta que el
pasado será lo que el Partido quiera que sea. También resulta
que aunque el pasado puede ser cambiado, nunca lo ha sido en ningún caso
concreto. En efecto, cada vez que ha habido que darle nueva forma por las
exigencias del momento, esta nueva versión es ya el pasado y no
ha existido ningún pasado diferente. Esto sigue siendo así
incluso cuando -como ocurre a menudo- el mismo acontecimiento tenga que ser
alterado, hasta hacerse irreconocible, varias veces en el transcurso de un
año. En cualquier momento se halla el Partido en posesión de la
verdad absoluta y, naturalmente, lo absoluto no puede haber sido diferente de
lo que es ahora. Se verá, pues, que el control del pasado depende por
completo del entrenamiento de la memoria. La seguridad de que todos los
escritos están de acuerdo con el punto de vista ortodoxo que exigen las
circunstancias, no es más que una labor mecánica. Pero
también es preciso recordar que los acontecimientos ocurrieron de
la manera deseada. Y si es necesario adaptar de nuevo nuestros recuerdos o
falsificar los documentos, también es necesario olvidar que se ha
hecho esto. Este truco puede aprenderse como cualquier otra técnica
mental. La mayoría de los miembros del Partido lo aprenden y desde
luego lo consiguen muy bien todos aquellos que son inteligentes además
de ortodoxos. En el antiguo idioma se conoce esta operación con toda
franqueza como «control de la realidad». En neolengua se le llama
doblepensar, aunque también es verdad que doblepensar
comprende muchas cosas.
Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones
contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a
la vez en la mente. El intelectual del Partido sabe en qué
dirección han de ser alterados sus recuerdos; por tanto, sabe que
está trucando la realidad; pero al mismo tiempo se satisface a sí
mismo por medio del ejercicio del doblepensar en el sentido de que la
realidad no queda violada. Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no
se verificaría con la suficiente precisión, pero también
tiene que ser inconsciente para que no deje un sentimiento de falsedad y, por
tanto, de culpabilidad. El doblepensar está arraigando en el
corazón mismo del Ingsoc, ya que el acto esencial del Partido es el
empleo del engaño consciente, conservando a la vez la firmeza de
propósito que caracteriza a la auténtica honradez. Decir
mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no
convenga recordar, y luego, cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido
sólo por el tiempo que convenga, negar la existencia de la realidad
objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad que se
niega.... todo esto es indispensable. Incluso para usar la palabra
doblepensar es preciso emplear el doblepensar. Porque para usar la
palabra se admite que se están haciendo trampas con la realidad.
Mediante un nuevo acto de doblepensar se borra este conocimiento; y así
indefinidamente, manteniéndose la mentira siempre unos pasos delante de
la verdad. En definitiva, gracias al doblepensar ha sido capaz el Partido -y
seguirá siéndolo durante miles de años- de parar el curso
de la Historia.
Todas las oligarquías del pasado han perdido el poder porque se
anquilosaron o por haberse reblandecido excesivamente. O bien se hacían
estúpidas y arrogantes, incapaces de adaptarse a las nuevas
circunstancias, y eran vencidas, o bien se volvían liberales y
corbardes, haciendo concesiones cuando debieron usar la fuerza, y
también fueron derrotadas. Es decir, cayeron por exceso de consciencia
o por pura inconsciencia. El gran éxito del Partido es haber logrado un
sistema de pensamiento en que tanto la consciencia como la inconsciencia pueden
existir simultáneamente. Y ninguna otra base intelectual podría
servirle al Partido para asegurar su permanencia. Si uno ha de gobernar, y de
seguir gobernando siempre, es imprescindible que desquicie el sentido de la
realidad. Porque el secreto del gobierno infalible consiste en combinar la
creencia en la propia infalibibdad con la facultad de aprender de los pasados
errores.
No es preciso decir que los más sutiles cultivadores del doblepensar son
aquellos que lo inventaron y que saben perfectamente que este sistema es la
mejor organización del engaño mental. En nuestra sociedad,
aquellos que saben mejor lo que está ocurriendo son a la vez los que
están más lejos de ver al mundo como realmente es. En general, a
mayor comprensión, mayor autoengaño: los más inteligentes
son en esto los menos cuerdos. Un claro ejemplo de ello es que la histeria de
guerra aumenta en intensidad a medida que subimos en la escala social.
Aquellos cuya actitud hacia la guerra es más racional son los
súbditos de los territorios disputados. Para estas gentes, la guerra es
sencillamente una calamidad continua que pasa por encima de ellos con
movimiento de marca. Para ellos es completamente indiferente cuál de los
bandos va a ganar. Saben que un cambio de dueño significa sólo
que seguirán haciendo el mismo trabajo que antes, pero sometidos a
nuevos amos que los tratarán lo mismo que los anteriores. Los
trabajadores algo más favorecidos, a los que llamamos proles,
sólo se dan cuenta de un modo intermitente de que hay guerra. Cuando es
necesario se les inculca el frenesí de odio y miedo, pero si se les deja
tranquilos son capaces de olvidar durante largos períodos que existe una
guerra. Y en las filas del Partido sobre todo en las del Partido Interior
hallarnos el verdadero entusiasmo bélico. Sólo creen en la
conquista del mundo los que saben que es imposible. Esta peculiar
trabazón de elementos opuestos -conocimiento con ignorancia, cinismo con
fanatismo- es una de las características distintivas de la sociedad
oceánica. La ideología oficial abunda en contradicciones incluso
cuando no hay razón alguna que las justifique. Así, el Partido
rechaza y vilifica todos los principios que defendió en un principio el
movimiento socialista, y pronuncia esa condenación precisamente en
nombre del socialismo. Predica el desprecio de las clases trabajadoras. Un
desprecio al que nunca se había llegado, y a la vez viste a sus miembros
con un uniforme que fue en tiempos el distintivo de los obreros manuales y que
fue adoptado por esa misma razón. Sistemáticamente socava la
solidaridad de la familia y al mismo tiempo llama a su jefe supremo con un
nombre que es una evocación de la lealtad familiar. Incluso los nombres
de los cuatro ministerios que los gobiernan revelan un gran descaro al
tergiversar deliberadamente los hechos. El Ministerio de la Paz se ocupa de la
guerra; El Ministerio de la Verdad, de las mentiras; el Ministerio del Amor, de
Ia tortura, y el Ministerio de la Abundancia, del hambre. Estas
contradicciones no son accidentales, no resultan de la hipocresía
corriente. Son ejercicios de doblepensar. Porque sólo mediante la
reconciliación de las contradicciones es posible retener el mando
indefinidamente. Si no, se volvería al antiguo ciclo. Si la igualdad
humana ha de ser evitada para siempre, si los Altos, como los hemos llamado,
han de conservar sus puestos de un modo permanente, será imprescindible
que el estado mental predominante sea la locura controlada.
Pero hay una cuestión que hasta ahora hemos dejado a un lado. A saber:
¿por qué debe ser evitada la igualdad humana? Suponiendo que la
mecánica de este proceso haya quedado aquí claramente descrita,
debemos preguntamos ¿cuál es el motivo de este enorme y minucioso
esfuerzo planeado para congelar la historia de un determinado momento?
Llegamos con esto al secreto central. Como hemos visto, la mística del
Partido, y sobre todo la del Partido Interior, depende del doblepensar. Pero a
más profundidad aún, se halla el motivo central, el instinto
nunca puesto en duda, el instinto que los llevó por primera vez a
apoderarse de los mandos y que produjo el doblepensar, la Policía del
Pensamiento, la guerra continua y todos los demás elementos que se han
hecho necesarios para el sostenimiento del Poder. Este motivo consiste
realmente en...
Winston se dio cuenta del silencio, lo mismo que se da uno cuenta de un nuevo
ruido. Le parecía que Julia había estado completamente
inmóvil desde hacia un rato. Estaba echada de lado, desnuda de la
cintura para arriba, con su mejilla apoyada en la mano y una sombra oscura
atravesándole los ojos. Su seno subía y bajaba poco a poco y con
regularidad.
-Julia.
No hubo respuesta.
-Julia, ¿estás despierta?
Silencio. Estaba dormida. Cerró el libro y lo depositó
cuidadosamente en el suelo, se echó y estiró la colcha sobre los
dos.
Todavía, pensó, no se había enterado de cuál era el
último secreto. Entendía el cómo; no
entendía el porqué. El capítulo I, como el
capítulo III, no le habían enseñado nada que él no
supiera. Solamente le habían servido para sistematizar los
conocimientos que ya poseía. Pero después de leer aquellas
páginas tenía una mayor seguridad de no estar loco. Encontrarse
en minoría, incluso en minoría de uno solo, no significaba estar
loco. Había la verdad y lo que no era verdad, y si uno se aferraba a la
verdad incluso contra el mundo entero, no estaba uno loco. Un rayo amarillento
del sol poniente entraba por la ventana y se aplastaba sobre la almohada.
Winston cerró los ojos. El sol en sus ojos y el suave cuerpo de la
muchacha tocando al suyo le daba una sensación de sueño, fuerza y
confianza. Todo estaba bien y él se hallaba completamente seguro
allí. Se durmió con el pensamiento «la cordura no depende
de las estadísticas», convencido de que esta observación
contenía una sabiduría profunda.