La habitación donde estaban era alargada y de suave iluminación.
La telepantalla había sido amortiguada hasta producir sólo un
leve murmullo. La riqueza de la alfombra azul oscuro daba la impresión
de andar sobre el terciopelo. En un extremo de la habitación estaba
sentado O'Brien ante una mesa, bajo una lámpara de pantalla verde, con
un montón de papeles a cada lado. No se molestó en levantar la
cabeza cuando el criado hizo pasar a Julia y Winston.
El corazón de Winston latía tan fuerte que dudaba de poder
hablar. Lo habían hecho; por fin lo habían hecho... Esto era lo
único que Winston podía pensar. Había sido un acto de
inmensa audacia entrar en este despacho, y una locura inconcebible venir
juntos; aunque realmente habían llegado por caminos diferentes y
sólo se reunieron a la puerta de O'Brien. Pero sólo el hecho de
traspasar aquel umbral requería un gran esfuerzo nervioso. En muy raras
ocasiones se podía penetrar en las residencias del Partido Interior, ni
siquiera en el barrio donde tenían sus domicilios. La atmósfera
del inmenso bloque de casas, la riqueza de amplitud de todo lo que allí
había, los olores -tan poco familiares- a buena comida y a excelente
tabaco, los ascensores silenciosos e increíblemente rápidos, los
criados con chaqueta blanca apresurándose de un lado a otro... todo ello
era intimidante. Aunque tenía un buen pretexto para ir allí,
temblaba a cada paso por miedo a que surgiera de algún rincón un
guardia uniformado de negro, le pidiera sus documentos y le mandara salir. Sin
embargo, el criado de O'Brien los había hecho entrar a los dos sin
demora. Era un hombre sencillo, de pelo negro y chaqueta blanca con un rostro
inexpresivo y achinado. El corredor por el que los había conducido,
estaba muy bien alfombrado y las paredes cubiertas con papel crema de absoluta
limpieza. Winston no recordaba haber visto ningún pasillo cuyas paredes
no estuvieran manchadas por el contacto de cuerpos humanos.
O'Brien tenía un pedazo de papel entre los dedos y parecía
estarlo estudiando atentamente. Su pesado rostro inclinado tenía un
aspecto formidable e inteligente a la vez. Se estuvo unos veinte segundos
inmóvil. Luego se acercó el hablescribe y dictó un
mensaje en la híbrida jerga de los ministerios.
«Ref 1 coma 5 coma 7 aprobado excelente. Sugerencia contenida doc 6
doblemás ridículo rozando crimental destruir. No conviene
construir antes conseguir completa información maquinaria puntofinal
mensaje.»
Se levantó de la silla y se acercó a ellos cruzando parte de la
silenciosa alfombra. Algo del ambiente oficial parecía haberse
desprendido de él al terminar con las palabras de neolengua, pero su
expresión era más severa que de costumbre, como si no le agradara
ser interrumpido. El terror que ya sentía Winston se vio aumentado por
el azoramiento corriente que se experimenta al serle molesto a alguien.
Creía haber cometido una estúpida equivocación. Pues
¿qué prueba tenía él de que O'Brien fuera un
conspirador político? Sólo un destello de sus ojos y una
observación equívoca. Aparte de eso, todo eran figuraciones
suyas fundadas en un ensueño. Ni siquiera podía fingir que
habían venido solamente a recoger el diccionario porque en tal caso no
podría explicar la presencia de Julia. Al pasar O'Brien frente a la
telepantalla, pareció acordarse de algo. Se detuvo, volvióse y
giró una llave que había en la pared. Se oyó un
chasquido. La voz se había callado de golpe.
Julia lanzó una pequeña exclamación, un apagado grito de
sorpresa. En medio de su pánico, a Winston le causó aquello una
impresión tan fuerte que no pudo evitar estas palabras:
-¿Puedes cerrarlo?
-Sí -dijo O'Brien-, podemos cerrarlos. Tenemos ese privilegio.
Estaba sentado frente a ellos. Su maciza figura los dominaba y la
expresión de su cara continuaba indescifrable. Esperaba a que Winston
hablase; pero ¿sobre qué? Incluso ahora podía concebirse
perfectamente que no fuese más que un hombre ocupado
preguntándose con irritación por qué lo habían
interrumpido. Nadie hablaba. Después de cerrar la telepantalla, la
habitación parecía mortalmente silenciosa. Los segundos
transcurrían enormes. Winston dificultosamente conseguía
mantener su mirada fija en los ojos de O'Brien. Luego, de pronto, el
sombrío rostro se iluminó con el inicio de una sonrisa. Con su
gesto característico, O'Brien se aseguró las gafas sobre la
nariz.
-¿Lo digo yo o lo dices tú? -preguntó O'Brien.
-Lo diré yo -respondió Winston al instante-. ¿Está
eso completamente cerrado?
-Sí-, no funciona ningún aparato en esta habitación.
Estamos solos.
-Pues vinimos aquí porque...
Se interrumpió dándose cuenta por primera vez de la vaguedad de
sus propósitos. No sabía exactamente qué clase de ayuda
esperaba de O'Brien. Prosiguió, consciente de que sus palabras sonaban
vacilantes y presuntuosas:
Creemos que existe un movimiento clandestino, una especie de
organización secreta que actúa contra el Partido y que tú
estás metido en esto. Queremos formar parte de esta organización
y trabajar en lo que podamos. Somos enemigos del Partido. No creemos en los
principios de Ingsoc. Somos criminales del pensamiento. Además, somos
adúlteros. Te digo todo esto porque deseamos ponernos a tu merced. Si
quieres que nos acusemos de cualquier otra cosa, estamos dispuestos a
hacerlo.
Winston dejó de hablar al darse cuenta de que la puerta se había
abierto. Miró por encima de su hombro. Era el criado de cara
amarillenta, que había entrado sin llamar. Traía una bandeja con
una botella y vasos.
-Martín es uno de los nuestros -dijo O'Brien impasible . Pon aquí
las bebidas, Martín. Sí, en la mesa redonda. ¿Tenemos
bastantes sillas? Sentémonos para hablar cómodamente.
Siéntate tú también, Martín. Ahora puedes dejar de
ser criado durante diez minutos.
El hombrecillo se sentó a sus anchas, pero sin abandonar el aire servil.
Parecía un lacayo al que le han concedido el privilegio de sentarse con
sus amos. Winston lo miraba con el rabillo del ojo. Le admiraba que aquel
hombre se pasara la vida representando un papel y que le pareciera peligroso
prescindir de su fingida personalidad aunque fuera por unos momentos. O'Brien
tomó la botella por el cuello y llenó los vasos de un
líquido rojo oscuro. A Winston le recordó algo que desde
hacía muchos años no bebía, un anuncio luminoso que
representaba una botella que se movía sola y llenaba un vaso incontables
veces. Visto desde arriba, el líquido parecía casi negro, pero
la botella, de buen cristal, tenía un color rubí. Su sabor era
agridulce. Vio que Julia cogía su vaso y lo olía con gran
curiosidad.
-Se llama vino -dijo O'Brien con una débil sonrisa-. Seguramente,
ustedes lo habrán oído citar en los libros. Creo que a los
miembros del Partido Exterior no les llega. -Su cara volvió a
ensombrecerse y levantó el vaso-. Creo que debemos empezar brindando
por nuestro jefe: por Emmanuel Goldstein.
Winston cogió su vaso titubeando. Había leído referencias
del vino y había soñado con él. Como el pisapapeles de
cristal o las canciones del señor Charrington, pertenecía al
romántico y desaparecido pasado, la época en que él se
recreaba en sus secretas meditaciones. No sabía por qué, siempre
había creído que el vino tenía un sabor intensamente
dulce, como de mermelada y un efecto intoxicante inmediato. Pero al beberlo
ahora por primera vez, le decepcionó. La verdad era que después
de tantos años de beber ginebra aquello le parecía
insípido. Volvió a dejar el vaso vacío sobre la mesa.
-Entonces, ¿existe de verdad ese Goldstein? -preguntó.
-Sí, esa persona no es ninguna fantasía, y vive. Dónde,
no lo sé.
-Y la conspiración..., la organización, ¿es
auténtica?, ¿no es sólo un invento de la Policía del
Pensamiento?
-No, es una realidad. La llamamos la Hermandad. Nunca se sabe de la
Hermandad, sino que existe y que uno pertenece a ella. En seguida
volveré a hablarte de eso. -Miró el reloj de pulsera-. Ni
siquiera los miembros del Partido Interior deben mantener cerrada la
telepantalla más de media hora. No debíais haber venido
aquí juntos; tendréis que marcharos por separado. Tú,
camarada -le dijo a Julia-, te marcharás primero. Disponemos de unos
veinte minutos. Comprenderéis que debo empezar por haceros algunas
preguntas. En términos generales, ¿qué estáis
dispuestos a hacer?
-Todo aquello de que seamos capaces -dijo Winston.
O'Brien había ladeado un poco su silla hacia Winston de manera que casi
le volvía la espalda a Julia, dando por cierto que, Winston podía
hablar a la vez por sí y por ella. Empezó pestañeando un
momento y luego inició sus preguntas con voz baja e inexpresivo, como si
se tratara de una rutina, una especie de catecismo, la mayoría de cuyas
respuestas le fueran ya conocidas.
-¿Estáis dispuestos a dar vuestras vidas?
-Sí.
-¿Estáis dispuestos a cometer asesinatos?
-Sí.
-¿A cometer actos de sabotaje que pueden causar la muerte de centenares de
personas inocentes?
-Sí.
-¿Vender a vuestro país a las potencias extranjeras?
-Sí.
-¿Estáis dispuestos a hacer trampas, a falsificar, a hacer
chantaje, a corromper a los niños, a distribuir drogas, a fomentar la
prostitución, a extender enfermedades venéreas... a hacer todo lo
que pueda causar desmoralización y debilitar el poder del Partido?
-Sí.
-Si, por ejemplo, sirviera de algún modo a nuestros intereses arrojar
ácido sulfúrico a la cara de un niño,
¿estaríais dispuestos a hacerlo?
-Sí.
-¿Estáis dispuestos a perder vuestra identidad y a vivir el resto
de vuestras vidas como camareros, cargadores de puerto, etc.?
-Sí
-¿Estáis dispuestos a suicidaros si os lo ordenamos y en el momento
en que lo ordenásemos?
-Sí.
-¿Estáis dispuestos, los dos, a separaros y no volveros a ver
nunca?
-No
-interrumpió Julia.
A Winston le pareció que había pasado muchísimo tiempo
antes de contestar. Durante algunos momentos creyó haber perdido el
habla. Se le movía la lengua sin emitir sonidos, formando las primeras
sílabas de una palabra y luego de otra. Hasta que lo dijo, no
sabía qué palabra iba a decir:
-No -dijo por fin.
-Hacéis bien en decírmelo -repuso O'Brien-. Es necesario que lo
conozcamos todo.
Se volvió hacia Julia y añadió con una voz algo más
animada:
-¿Te das cuenta de que, aunque él sobreviviera, sería una
persona diferente? Podríamos vernos obligados a darle una nueva
identidad. Le cambiaríamos la cara, los movimientos, la forma de sus
manos, el color del pelo... hasta la voz, y tú también
podrías convertirte en una persona distinta. Nuestros cirujanos
transforman a las personas de manera que es imposible reconocerlas. A veces,
es necesario. En ciertos casos, amputamos algún miembro.
Winston no pudo evitar otra mirada de soslayo a la cara mongólica de
Martín. No se le notaban cicatrices. Julia estaba algo más
pálida y le resaltaban las pecas, pero miró a O'Brien con
valentía. Murmuró algo que parecía conformidad.
-Bueno. Entonces ya está todo arreglado -dijo O'Brien.
Sobre la mesa había una caja de plata con cigarrillos. Con aire
distraído, O'Brien la fue acercando a los otros. Tomó él
un cigarrillo, se levantó y empezó a pasear por la
habitación como si de este modo pudiera pensar mejor. Eran cigarrillos
muy buenos; no se les caía el tabaco y el papel era sedoso. O'Brien
volvió a mirar su reloj de pulsera.
-Vuelve a tu servicio, Martín -dijo-. Volveré a poner en marcha
la telepantalla dentro de un cuarto de hora. Fíjate bien en las caras
de estos camaradas antes de salir. Es posible que los vuelvas a ver. Yo
quizá no.
Exactamente como habían hecho al entrar, los ojos oscuros del
hombrecillo recorrieron rápidos los rostros de Julia y Winston. No
había en su actitud la menor afabilidad. Estaba registrando unas
facciones, grabándoselas, pero no sentía el menor interés
por ellos o parecía no sentirlo. Se le ocurrió a Winston que
quizás un rostro transformado no fuera capaz de variar de
expresión. Sin hablar ni una palabra ni hacer el menor gesto de
despedida, salió Martín, cerrando silenciosamente la puerta tras
él. O'Brien seguía paseando por la estancia con una mano en el
bolsillo de su «mono» negro y en la otra el cigarrillo.
-Ya comprenderéis -dijo- que tendréis que luchar a oscuras.
Siempre a oscuras. Recibiréis órdenes y las obedeceréis
sin saber por qué. Más adelante os mandaré un libro que
os aclarará la verdadera naturaleza de la sociedad en que vivimos y la
estrategia que hemos de emplear para destruirla. Cuando hayáis
leído el libro, seréis plenamente miembros de la Hermandad. Pero
entre los fines generales por los que luchamos y las tareas inmediatas de cada
momento habrá un vacío para vosotros sobre el que nada
sabréis. Os digo que la Hermandad existe, pero no puedo deciros si la
constituyen un centenar de miembros o diez millones. Por vosotros mismos no
llegaréis a saber nunca si hay una docena de afiliados. Tendréis
sólo tres o cuatro personas en contacto con vosotros que se
renovarán de vez en cuando a medida que vayan desapareciendo. Como yo he
sido el primero en entrar en contacto con vosotros, seguiremos manteniendo la
comunicación. Cuando recibáis órdenes, procederán
de mí. Si creemos necesario comunicaras algo, lo haremos por medio de
Martín. Cuando, finalmente, os cojan, confesaréis. Esto es
inevitable. Pero tendréis muy poco que confesar aparte de vuestra
propia actuación. No podeis traicionar más que a unas cuantas
personas sin importancia. Quizá ni siquiera os sea posible delatarme.
Por entonces, quizá yo haya muerto o seré ya una persona
diferente con una cara distinta.
Siguió paseando sobre la suave alfombra. A pesar de su corpulencia,
tenía una notable gracia de movimientos. Gracia que aparecía
incluso en el gesto de meterse la mano en el bolsillo o de manejar el
cigarrillo. Más que de fuerza daba una impresión de confianza y
de comprensión irónica. Aunque hablara en serio, nada
tenía de la rigidez del fanático. Cuando hablaba de asesinatos,
suicidio, enfermedades venéreas, miembros amputados o caras cambiadas,
lo hacía en tono de broma. «Esto es inevitable»
-parecía decir su voz-; «esto es lo que hemos de hacer queramos o
no. Pero ya no tendremos que hacerlo cuando la vida vuelva a ser digna de ser
vivida.» Una oleada de admiración, casi de adoración, iba de
Winston a O'Brien. Casi había olvidado la sombría figura de
Goldstein. Contemplando las vigorosas espaldas de O'Brien y su rostro
enérgicamente tallado, tan feo y a la vez tan civilizado, era imposible
creer-en la derrota, en que él fuera vencido. No se concebía una
estratagema, un peligro a que él no pudiera hacer frente. Hasta Julia
parecía impresionada. Había dejado quemarse solo su cigarrillo y
escuchaba con intensa atención. O'Brien prosiguió:
-Habréis oído rumores sobre la existencia de la Hermandad.
Supongo que la habréis imaginado a vuestra manera. Seguramente
creeréis que se trata de un mundo subterráneo de conspiradores
que se reúnen en sótanos, que escriben mensajes sobre los muros y
se reconocen unos a otros por señales secretas, palabras misteriosas o
movimientos especiales de las manos. Nada de eso. Los miembros de la
Herrnandad no tienen modo alguno de reconocerse entre ellos y es imposible que
ninguno de los miembros llegue a individualizar sino a muy contados de sus
afiliados. El propio Goldstein, si cayera en manos de la Policía del
Pensamiento, no podría dar una lista completa de los afiliados ni
información alguna que les sirviera para hacer el servicio. En
realidad, no hay tal lista. La Hermandad no puede ser barrida porque no es una
organización en el sentido corriente de la palabra. Nada mantiene su
cohesión a no ser la idea de que es indestructible. No tendréis
nada en que apoyaros aparte de esa idea. No encontraréis
camaradería ni estímulo. Cuando finalmente seáis
detenidos por la Policía, nadie os ayudará. Nunca ayudamos a
nuestros afiliados. Todo lo más, cuando es absolutamente necesario que
alguien calle, introducimos clandestinamente una hoja de afeitar en la celda
del compañero detenido. Es la única ayuda que a veces prestamos.
Debéis acostumbraras a la idea de vivir sin esperanza.
Trabajaréis algún tiempo, os detendrán, confesaréis
y luego os matarán. Esos serán los únicos resultados que
podréis ver. No hay posibilidad de que se produzca ningún cambio
perceptible durante vuestras vidas. Nosotros somos los muertos. Nuestra
única vida verdadera está en el futuro. Tomaremos parte en
él como puñados de polvo y astillas de hueso. Pero no se sabe si
este futuro está más o menos lejos. Quizá tarde mil
años. Por ahora lo único posible es ir extendiendo el
área de la cordura poco a poco. No podemos actuar colectivamente.
Sólo podemos difundir nuestro conocimiento de individuo en individuo, de
generación en generación. Ante la Policía del Pensamiento
no hay otro medio.
Se detuvo y miró por tercera vez su reloj.
-Ya es casi la hora de que te vayas, camarada -le dijo a Julia-. Espera. La
botella está todavía por la mitad.
Llenó los vasos y levantó el suyo.
-¿Por qué brindaremos esta vez? -dijo, sin perder su tono
irónico-. ¿Por el despiste de la Policía del Pensamiento?
¿Por la muerte del Gran Hermano? ¿Por la humanidad? ¿Por el
futuro?
-Por el pasado -dijo Winston.
-Sí, el pasado es más importante -concedió O'Brien
seriamente.
Vaciaron los vasos y un momento después se levantó Julia para
marcharse. O'Brien cogió una cajita que estaba sobre un pequeño
armario y le dió a la joven una tableta delgada y blanca para que se la
colocara en la lengua. Era muy importante no salir oliendo a vino; los
encargados del ascensor eran muy observadores. En cuanto Julia cerró la
puerta, O'Brien pareció olvidarse de su existencia. Dio unos cuantos
pasos más y se paró.
-Hay que arreglar todavía unos cuantos detalles -dijo-. Supongo que
tendrás algún escondite.
Winston le explicó lo de la habitación sobre la tienda del
señor Charrington.
-Por ahora, basta con eso. Más tarde te buscaremos otra cosa. Hay que
cambiar de escondite con frecuencia. Mientras tanto, te enviaré una
copia del libro. -Winston observó que hasta O'Brien
parecía pronunciar esa palabra en cursiva-. Ya supondrás que me
refiero al libro de Goldstein. Te lo mandaré lo más pronto
posible. Quizá tarde algunos días en lograr el ejemplar.
Comprenderás que circulan muy pocos. La Policía del Pensamiento
los descubre y destruye casi con la misma rapidez que los imprimimos nosotros.
Pero da lo mismo. Ese libro es indestructible. Si el último ejemplar
desapareciera, podríamos reproducirlo de memoria. ¿Sueles llevar
una cartera a la oficina? Añadió.
-Sí. Casi siempre.
-¿Cómo es?
-Negra, muy usada. Con dos correas.
-Negra, dos correas, muy usada... Bien. Algún día de
éstos, no puedo darte una fecha exacta, uno de los mensajes que te
lleguen en tu trabajo de la mañana contendrá una errata y
tendrás que pedir que te lo repitan. Al día siguiente
irás al trabajo sin la cartera. A cierta hora del día, en la
calle, se te acercará un hombre y te tocará en el brazo,
diciéndote: «Creo que se te ha caído esta cartera». La
que te dé contendrá un ejemplar del libro de Goldstein. Tienes
que devolverlo a los catorce días o antes por el mismo procedimiento.
Estuvieron callados un momento.
-Falta un par de minutos para que tengas que irte -dijo O'Brien-. Quizá
volvamos a encontrarnos, aunque es muy poco probable, y entonces nos veremos
en...
Winston lo miró fijamente.
... En el sitio donde no hay oscuridad? -dijo vacilando.
O'Brien asintió con la cabeza, sin dar señales de
extrañeza:
-En el sitio donde no hay oscuridad -repitió como si hubiera recogido la
alusión-. Y mientras tanto, ¿hay algo que quieras decirme antes de
salir de aquí ¿Alguna pregunta?
Winston pensó unos instantes. No creía tener nada más que
preguntar. En vez de cosas relacionadas con O'Brien o la Hermandad, le
-acudía a la mente una imagen superpuesta de la oscura habitación
donde su madre había pasado los últimos días y el
dormitorio en casa del seríor Charrington, el pisapapeles de cristal y
el grabado con su marco de palo rosa. Entonces dijo:
Oíste alguna vez una vieja canción que empieza: Naranjas y
limones, dicen las campanas de San Clemente.
O'Brien, muy serio, continuó la canción:
Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín.
¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey.
Cuando me haga rico, dicen las campanas de Shoreditch
-¡¡Sabías el último verso!! -dijo Winston.
-Sí, lo sé, y ahora creo que es hora de que te vayas. Pero,
espera, toma antes una de estas tabletas. O'Brien, después de darle la
tableta, le estrechó la mano con tanta fuerza que los huesos de Winston
casi crujieron. Winston se volvió al llegar a la puerta, pero ya O'Brien
empezaba a eliminarlo de sus pensamientos. Esperaba con la mano puesta en la
llave que controlaba la telepantalla. Más allá veía
Winston la mesa despacho con su lámpara de pantalla verde, el
hablescribe y las bandejas de alambre cargadas de papeles. El incidente
había terminado. Dentro de treinta segundos -pensó Winston-
reanudaría O'Brien su interrumpido e importante trabajo al servicio del
Partido.