Hacía un calor horrible. En el laberíntico Ministerio las
habitaciones sin ventanas y con buena refrigeración mantenían una
temperatura normal, pero en la calle el pavimento echaba humo y el ambiente del
metro a las horas de aglomeración era espantoso. Seguían en
pleno hervor los preparativos para la Semana del Odio y los funcionarios de
todos los Ministerios dedicaban a esta tarea horas extraordinarias.
Había que organizar los desfiles, manifestaciones, conferencias,
exposiciones de figuras de cera, programas cinematográficos y de
telepantalla, erigir tribunas, construir efigies, inventar consignas, escribir
canciones, extender rumores, falsificar fotografías... La sección
de Julia en el Departamento de Novela había interrumpido su tarea
habitual y confeccionaba una serie de panfletos de atrocidades. Winston,
aparte de su trabajo corriente, pasaba mucho tiempo cada día revisando
colecciones del Times y alterando o embelleciendo noticias que iban a
ser citadas en los discursos. Hasta última hora de la noche, cuando las
multitudes de los incultos proles paseaban por las calles, la ciudad presentaba
un aspecto febril. Las bombas cohete caían con más frecuencia
que nunca y a veces se percibían allá muy lejos enormes
explosiones que nadie podía explicar y sobre las cuales se
esparcían insensatos rumores.
La nueva canción que había de ser el tema de la Semana del Odio
(se llamaba la Canción del Odio) había sido ya compuesta y era
repetida incansablemente por las telepantallas. Tenía un ritmo salvaje,
de ladridos y no podía llamarse con exactitud música. Más
bien era como el redoble de un tambor. Centenares de voces rugían con
aquellos sones que se mezclaban con el chas-chas de sus renqueantes
pies. Era aterrador. Los proles se habían aficionado a la
canción, y por las calles, a media noche, competía con la que
seguía siendo popular: «Era una ilusión sin esperanza».
Los niños de Parsons la tocaban a todas horas, de un modo alucinante, en
su peine cubierto de papel higiénico. Winston tenía las tardes
más ocupadas que nunca. Brigadas de voluntarios organizadas por Parsons
preparaban la calle para la Semana del Odio cosiendo banderas y estandartes,
pintando carteles, clavando palos en los tejados para que sirvieran de astas y
tendiendo peligrosarnente alambres a través de la calle para colgar
pancartas. Parsons se jactaba de que las casas de la Victoria era el
único grupo que desplegaría cuatrocientos metros de propaganda.
Se hallaba en su elemento y era más feliz que una alondra. El calor y
el trabajo manual le habían dado pretexto para ponerse otra vez los
shorts y la camisa abierta. Estaba en todas partes a la vez, empujaba,
tiraba, aserraba, daba tremendos martillazos, improvisaba, aconsejaba a todos y
expulsaba pródigamente una inagotable cantidad de sudor.
En todo Londres había aparecido de pronto un nuevo cartel que se
repetía infinitamente. No tenía palabras. Se limitaba a
representar, en una altura de tres o cuatro metros, la monstruosa figura de un
soldado eurasiático que parecía avanzar hacia el que lo miraba,
una cara mogólica inexpresiva, unas botas enormes y, apoyado en la
cadera, un fusil ametralladora a punto de disparar. Desde cualquier parte que
mirase uno el cartel, la boca del arma, ampliada por la perspectiva, por el
escorzo, parecía apuntarle a uno sin remisión. No había
quedado ni un solo hueco en la ciudad sin aprovechar para colocar aquel
monstruo. Y lo curioso era que había más retratos de este
enemigo simbólico que del propio Gran Hermano. Los proles, que
normalmente se mostraban apáticos respecto a la guerra, recibían
así un trallazo para que entraran en uno de sus periódicos
frenesíes de patriotismo. Como para armonizar con el estado de
ánimo general, las bombas cohetes habían matado a más
gente que de costumbre. Una cayó en un local de cine de Stepney,
enterrando en las ruinas a varios centenares de víctimas. Todos los
habitantes del barrio asistieron a un imponente entierro que duró muchas
horas y que en realidad constituyó un mitin patriótico. Otra
bomba cayó en un solar inmenso que utilizaban los niños para
jugar y varias docenas de éstos fueron despedazados. Hubo muchas
más manifestaciones indignadas, Goidstein fue quemado en efigie,
centenares de carteles representando al soldado eurasiático fueron
rasgados y arrojados a las llamas y muchas tiendas fueron asaltadas. Luego se
esparció el rumor de que unos espías dirigían los cohetes
mortíferos por medio de la radio y un anciano matrimonio acusado de
extranjería pereció abrasado cuando las turbas incendiaron su
casa.
En la habitación encima de la tienda del señor Charrington,
cuando podían ir allí, Julia y Winston se quedaban echados uno
junto al otro en la desnuda cama bajo la ventana abierta, desnudos para estar
más frescos. La rata no volvió, pero las chinches se
multiplicaban odiosamente con ese calor. No importaba. Sucia o limpia, la
habitación era un paraíso. Al llegar echaban pimienta comprada
en el mercado negro sobre todos los objetos, se sacaban la ropa y hacían
el amor con los cuerpos sudorosos, luego se dormían y al despertar se
encontraban con que las chinches se estaban formando para el contraataque.
Cuatro, cinco, seis, hasta siete veces se encontraron allí durante el
mes de junio. Winston había dejado de beber ginebra a todas horas. Le
parecía que ya no lo necesitaba. Había engordado. Sus varices
ya no le molestaban; en realidad casi habían desaparecido y por las
mañanas ya no tosía al despertarse. La vida había dejado
de serie intolerable, no sentía la necesidad de hacerle muecas a la
telepantalla ni el sufrimiento de no poder gritar palabrotas cada vez que
oía un discurso. Ahora que casi tenían un hogar, no les
parecía mortificante reunirse tan pocas veces y sólo un par de
horas cada vez. Lo importante es que existiese aquella habitación;
saber que estaba allí era casi lo mismo que hallarse en ella. Aquel
dormitorio era un mundo completo, una bolsa del pasado donde animales de
especies extinguidas podían circular. También el señor
Charrington, pensó Winston, pertenecía a una especie extinguida.
Solía hablar con él un rato antes de subir. El viejo
salía poco, por lo visto, y apenas tenía clientes. Llevaba una
existencia fantasmal entre la minúscula tienda y la cocina,
todavía más pequeña, donde él mismo se guisaba y
donde tenía, entre otras cosas raras, un gramófono
increíblemente viejo con una enorme bocina. Parecía alegrarse de
poder charlar. Entre sus inútiles mercancías, con su larga nariz
y gruesos lentes, encorvado bajo su chaqueta de terciopelo, tenía
más aire de coleccionista que de mercader. De vez en cuando, con un
entusiasmo muy moderado, cogía alguno de los objetos que tenía a
la venta, sin preguntarle nunca a Winston si lo quería comprar, sino
enseñándoselo sólo para que lo admirase. Hablar con
él era como escuchar el tintineo de una desvencijada cajita de
música. Algunas veces, se sacaba de los desvanes de su memoria algunos
polvorientos retazos de canciones olvidadas. Había una sobre
veinticuatro pájaros negros y otra sobre una vaca con un cuerno torcido
y otra que relataba la muerte del pobre gallo Robin. «He pensado
que podría gustarle a usted» -decía con una risita
tímida cuando repetía algunos versos sueltos de aquellas
canciones. Pero nunca recordaba ninguna canción completa.
Julia y Winston sabían perfectamente -en verdad, ni un solo momento
dejaban de tenerlo presente- que aquello no podía durar. A veces la
sensación de que la muerte se cernía sobre ellos les resultaba
tan sólida como el lecho donde estaban echados y se abrazaban con una
desesperada sensualidad, como un alma condenada aferrándose a su
último rato de placer cuando faltan cinco minutos para que suene el
reloj. Pero también había veces en que no sólo se
sentían seguros, sino que tenían una sensación de
permanencia. Creían entonces que nada podría ocurrirles mientras
estuvieran en su habitación. Llegar hasta allí era dificil y
peligroso, pero el refugio era invulnerable. Igualmente, Winston, mirando el
corazón del pisapapeles, había sentido como si fuera posible
penetrar en aquel mundo de cristal y que una vez dentro el tiempo se
podría detener. Con frecuencia se entregaban ambos a ensueños de
fuga. Se imaginaban que tendrían una suerte magnífica por tiempo
indefinido y que podrían continuar llevando aquella vida clandestina
durante toda su vida natural. O bien Katharine moriría, lo cual les
permitiría a Winston y Julia, mediante sutiles maniobras, llegar a
casarse. O se suicidarían juntos. O desaparecerían,
disfrazándose de tal modo que nadie los reconocería, aprendiendo
a hablar con acento proletario, logrando trabajo en una fábrica y
viviendo siempre, sin ser descubiertos, en una callejuela como aquélla.
Los dos sabían que todo esto eran tonterías. En reafidad no
había escapatoria. E incluso el único plan posible, el suicidio,
no estaban dispuestos a llevarlo a efecto. Dejar pasar los días y las
semanas, devanando un presente sin futuro, era lo instintivo, lo mismo que
nuestros pulmones ejecutan el movimiento respiratorio siguiente mientras tienen
aire disponible.
Además, a veces hablaban de rebelarse contra el Partido de un modo
activo, pero no tenían idea de cómo dar el primer paso. Incluso
si la fabulosa Hermandad existía, quedaba la dificultad de entrar en
ella. Winston le contó a Julia la extraña intimidad que
había, o parecía haber, entre él y O'Brien, y del impulso
que sentía a veces de salirle al encuentro a O'Brien y decirle que era
enemigo del Partido y pedirle ayuda. Era muy curioso que a Julia no le
pareciera una locura semejante proyecto. Estaba acostumbrada a juzgar a las
gentes por su cara y le parecía natural que Winston confiase en O'Brien
basándose solamente en un destello de sus ojos. Además, Julia
daba por cierto que todos, o casi to dos, odiaban secretamente al Partido e
infringirían sus normas si creían poderlo hacer con impunidad.
Pero se negaba a admitir que existiera ni pudiera existir jamás una
oposición amplia y organizada. Los cuentos sobre Goldstein y su
ejército subterráneo, decía, eran sólo un
montón de estupideces que el Partido se había inventado para sus
propios fines y en los que todos fingían creer. Innumerables veces, en
manifestaciones espontáneas y asambleas del Partido, había
gritado Julia con todas sus fuerzas pidiendo la ejecución de personas
cuyos nombres nunca había oído y en cuyos supuestos
crímenes no creía ni mucho menos. Cuando tenían efecto
los procesos públicos, Julia acudía entre las jóvenes de
la Liga juvenil que rodeaban el edificio de los tribunales noche y día y
gritaba con ellas: «¡Muerte a los traidores!». Durante los Dos
Minutos de Odio siempre insultaba a Goldstein con más energía que
los demás. Sin embargo, no tenía la menor idea de quién
era Goldstein ni de las doctrinas que pudiera representar. Había
crecido dentro de la Revolución y era demasiado joven para recordar las
batallas ideológicas de los años cincuenta y sesenta y tantos.
No podía imaginar un movimiento político independiente; y en todo
caso el Partido era invencible. Siempre existiría. Y nunca iba a
cambiar ni en lo más mínimo. Lo más que podía
hacerse era rebelarse secretamente o, en ciertos casos, por actos aislados de
violencia como matar a alguien o poner una bomba en cualquier sitio.
En cierto modo, Julia era menos susceptible que Winston a la propaganda del
Partido. Una vez se refirió él a la guerra contra Eurasia y se
quedó asombrado cuando ella, sin concederle importancia a la cosa, dio
por cierto que no había tal guerra. Casi con toda seguridad, las bombas
cohete que caían diariamente sobre Londres eran lanzadas por el mismo
Gobierno de Oceanía sólo para que la gente estuviera siempre
asustada. A Winston nunca se le había ocurrido esto. También
despertó en él Julia una especie de envidia al confesarle que
durante los dos Minutos de Odio lo peor para ella era contenerse y no romper a
reír a carcajadas, pero Julia nunca discutía las
enseñanzas del Partido a no ser que afectaran a su propia vida. Estaba
dispuesta a aceptar la mitología oficial, porque no le parecía
importante la diferencia entre verdad y falsedad. Creía por ejemplo
-porque lo había aprendido en la escuela- que el Partido había
inventado los aeroplanos. (En cuanto a Winston, recordaba que en su
época escolar, en los años cincuenta y tantos, el Partido no
pretendía haber inventado, en el campo de la aviación, más
que el autogiro; una docena de años después, cuando Julia iba a
la escuela, se trataba ya del aeroplano en general; al cabo de otra
generación, asegurarían haber descubierto la máquina de
vapor.) Y cuando Winston le dijo que los aeroplanos existían ya antes de
nacer él y mucho antes de la Revolución, esto le pareció a
la joven carecer de todo interés. ¿Qué importaba,
después de todo, quién hubiese inventado los aeroplanos? Mucho
más le llamó la atención a Winston que Julia no recordaba
que Oceanía había estado en guerra, hacía cuatro
años, con Asia Oriental y en paz con Eurasia. Desde luego, para ella la
guerra era una filfa, pero por lo visto no se había dado cuenta de que
el nombre del enemigo había cambiado. «Yo creía que siempre
habíamos estado en guerra con Eurasia», dijo en tono vago. Esto le
impresionó mucho a Winston. El invento de los aeroplanos era muy
anterior a cuando ella nació, pero el cambiazo en la guerra sólo
había sucedido cuatro años antes, cuando ya Julia era una
muchacha mayor. Estuvo discutiendo con ella sobre esto durante un cuarto de
hora. Al final, logró hacerle recordar confusamente que hubo una
época en que el enemigo había sido Asia Oriental y no Eurasia.
Pero ella seguía sin comprender que esto tuviera importancia.
«¿Qué más da?», dijo con impaciencia.
«Siempre ha sido una puñetera guerra tras otra y de sobras sabemos
que las noticias de guerra son todas una pura mentira.»
A veces le hablaba Winston del Departamento de Registro y de las descaradas
falsificaciones que él perpetraba allí por encargo del Partido.
Todo esto no la escandalizaba. Él le contó la historia de Jones,
Aaronson y Rutherford, así como el trascendental papelito que
había tenido en su mano casualmente. Nada de esto la impresionaba.
Incluso le costaba trabajo comprender el sentido de lo que Winston
decía.
-¿Es que eran amigos tuyos? -le preguntó.
-No, no los conocía personalmente. Eran miembros del Partido Interior.
Además, eran mucho mayores que yo. Conocieron la época anterior
a la Revolución. Yo sólo los conocía de vista.
-Entonces ¿por qué te preocupas? Todos los días matan
gente; es lo corriente.
Intentó hacerse comprender:
-Ése era un caso excepcional. No se trataba sólo de que mataran
a alguien. ¿No te das cuenta de que el pasado, incluso el de ayer mismo,
ha sido suprimido? Si sobrevive, es únicamente en unos cuantos objetos
sólidos, y sin etiquetas que los distingan, como este pedazo de cristal.
Y ya apenas conocemos nada de la Revolución y mucho menos de los
años anteriores a ella. Todos los documentos han sido destruidos o
falsificados, todos los libros han sido otra vez escritos, los cuadros vueltos
a pintar, las estatuas, las calles y los edificios tienen nuevos nombres y
todas las fechas han sido alteradas. Ese proceso continúa día
tras día y minuto tras minuto. La Historia se ha parado en seco. No
existe más que un interminable presente en el cual el Partido lleva
siempre razón. Naturalmente, yo sé que el pasado está
falsificado, pero nunca podría probarlo aunque se trate de
falsificaciones realizadas por mí. Una vez que he cometido el hecho, no
quedan pruebas. La única evidencia se halla en mi propia mente y no
puedo asegurar con certeza que exista otro ser humano con la misma
convicción que yo. Solamente en ese ejemplo que te he citado
llegué a tener en mis manos una prueba irrefutable de la
falsificación del pasado después de haber ocurrido; años
después.
-Y total, ¿qué interés puede tener eso? ¿De qué
te sirve saberlo?
-De nada, porque inmediatamente destruí la prueba. Pero si hoy volviera
a tener una ocasión semejante guardaría el papel.
-¡Pues yo no! -dijo Julia-. Estoy dispuesta a arriesgarme, pero
sólo por algo que merezca la pena, no por unos trozos de papel viejo.
¿Qué habrías hecho con esa fotografia si la hubieras
guardado?
-Quizás nada de particular. Pero al fin y al cabo, se trataba de una
prueba y habría sembrado algunas dudas aquí y allá,
suponiendo que me hubiese atrevido a enseñársela a alguien. No
creo que podamos cambiar el curso de los acontecimientos mientras vivamos. Pero
es posible que se creen algunos centros de resistencia, grupos de descontentos
que vayan aumentando e incluso dejando testimonios tras ellos de modo que la
generación siguiente pueda recoger la antorcha y continuar nuestra
obra.
-No me interesa la próxima generación, cariño. Me
interesa nosotros.
-No eres una rebelde más que de cintura para abajo -dijo él.
Ella encontró esto muy divertido y le echó los brazos al cuello,
complacida.
Julia no se interesaba en absoluto por las ramificaciones de la doctrina del
partido. Cuando Winston hablaba de los principios de Ingsoc, el doblepensar,
la mutabilidad del pasado y la degeneración de la realidad objetiva y se
ponía a emplear palabras de neolengua, la joven se aburría
espantosamente, además de hacerse un lío, y se disculpaba
diciendo que nunca se había fijado en esas cosas. Si se sabía
que todo ello era un absoluto camelo, ¿para qué preocuparse? Lo
único que a ella le interesaba era saber cuándo tenía que
vitorear y cuándo le correspondía abuchear. Si Winston
persistía en hablar de tales temas, Julia se quedaba dormida del modo
más desconcertante. Era una de esas personas que pueden dormirse en
cualquier momento y en las posturas más increíbles.
Hablándole, comprendía Winston qué fácil era
presentar toda la apariencia de la ortodoxia sin tener idea de qué
significaba realmente lo ortodoxo. En cierto modo la visión del mundo
inventada por el Partido se imponía con excelente éxito a la
gente incapaz de comprenderla. Hacía aceptar las violaciones más
flagrantes de la realidad porque nadie comprendía del todo la enormidad
de lo que se les exigía ni se interesaba lo suficiente por los
acontecimientos públicos para darse cuenta de lo que ocurría.
Por falta de comprensión, todos eran políticamente sanos y
fieles. Sencillamente, se lo tragaban todo y lo que se tragaban no les sentaba
mal porque no les dejaba residuos lo mismo que un grano de trigo puede pasar,
sin ser digerido y sin hacerle daño, por el cuerpecito de un
pájaro.