Por fin, llegó a la vereda que le había dicho ella y
siguió por allí entre los arbustos. No tenía reloj, pero
no podían ser todavía las quince. Había tantas flores
silvestres, que le era imposible no pisarlas. Se arrodilló y
empezó a coger algunas, en parte por echar algún tiempo fuera y
también con la vaga idea de reunir un ramillete para ofrecérselo
a la muchacha. Pronto formó un gran ramo y estaba oliendo su enfermizo
aroma cuando se quedó helado al oír el inconfundible crujido de
unos pasos tras él sobre las ramas secas. Siguió cogiendo
florecillas. Era lo mejor que podía hacer. Quizá fuese la
chica, pero también pudieran haberío seguido. Mirar para
atrás era mostrarse culpable. Todavía le dio tiempo de coger dos
flores más. Una mano se le posó levemente sobre el hombro.
Levantó la cabeza. Era la muchacha. Ésta volvió la cabeza
para prevenirle de que siguiera callado, luego apartó las ramas de los
arbustos para abrir paso hacia el bosque. Era evidente que había estado
allí antes, pues sus movimientos eran los de una persona que tiene la
costumbre de ir siempre por el mismo sitio. Winston la siguió sin
soltar su ramo de flores. Su primera sensación fue de alivio, pero
mientras contemplaba el cuerpo femenino, esbelto y fuerte a la vez, que se
movía ante él, y se fijaba en el ancho cinturón rojo, lo
bastante apretado para hacer resaltar la curva de sus caderas, empezó a
sentir su propia inferioridad. Incluso ahora le parecía muy probable que
cuando ella se volviera y lo mirara, lo abandonaría. La dulzura del
aire y el verdor de las hojas lo hechizaban. Ya cuando venía de la
estación, el sol de mayo le había hecho sentirse sucio y gastado,
una criatura de puertas adentro que llevaba pegado a la piel el polvo de
Londres. Se le ocurrió pensar que hasta ahora no lo había visto
ella de cara a plena luz. Llegaron al árbol derribado del que la joven
había hablado. Esta saltó por encima del tronco y, separando las
grandes matas que lo rodeaban, pasó a un pequeño claro. Winston,
al seguirla, vio que el pequeño espacio estaba rodeado todo por arbustos
y oculto por ellos. La muchacha se detuvo y, volviéndose hacia
él, le dijo:
-Ya hemos llegado.
Winston se hallaba a varios pasos de ella. Aún no se atrevía a
acercársela más.
-No quise hablar en la vereda -prosiguió ella- por si acaso había
algún micrófono escondido. No creo que lo haya, pero no es
imposible. Siempre cabe la posibilidad de que uno de esos cerdos te reconozcan
la voz. Aquí estamos bien.
Todavía le faltaba valor a Winston para acercarse a ella. Por eso, se
limitó a repetir tontamente:
-Estamos bien aqui.
-Sí. Mira los árboles eran unos arbolillos de ramas
finísimas-. No hay nada lo bastante grande para ocultar un micro.
Además, ya he estado aquí antes.
Sólo hablaban. Él se había decidido ya a acercarse
más a ella. Sonriente, con cierta ironía en la expresión,
la joven estaba muy derecha ante él como preguntándose por
qué tardaba tanto en empezar. El ramo de flores silvestre se
había caído al suelo. Winston le cogió la mano.
-¿Quieres creer -dijo- que hasta este momento no sabía de
qué color tienes los ojos? -Eran castaños, bastante claros, con
pestañas negras-. Ahora que me has visto a plena luz y cara a cara,
¿puedes soportar mi presencia?
-Sí, bastante bien.
-Tengo treinta y nueve años. Estoy casado y no me puedo librar de mi
mujer. Tengo varices y cinco dientes postizos.
-Todo eso no me importa en absoluto -dijo la muchacha.
Un instante después, sin saber cómo, se la encontró
Winston en sus brazos. Al principio, su única sensación era de
incredulidad. El juvenil cuerpo se apretaba contra el suyo y la masa de
cabello negro le daba en la cara y, aunque le pareciera increíble, le
acercaba su boca y él la besaba. Sí, estaba besando aquella boca
grande y roja. Ella le echó los brazos al cuello y empezó a
llamarle «querido, amor mío, precioso ... ». Winston la
tendió en el suelo. Ella no se resistió; podía hacer con
ella lo que quisiera. Pero la verdad era que no sentía ningún
impulso físico, ninguna sensación aparte de la del abrazo. Le
dominaban la incredulidad y el orgullo. Se alegraba de que esto ocurriera,
pero no tenía deseo físico alguno. Era demasiado pronto. La
juventud y la belleza de aquel cuerpo le habían asustado; estaba
demasiado acostumbrado a vivir sin mujeres. Quizá fuera por alguna de
estas razones o quizá por alguna otra desconocida. La joven se
levantó y se sacudió del cabello una florecilla que se le
había quedado prendida en él. Sentóse junto a él y
le rodeó la cintura con su brazo.
-No te preocupes, querido, no hay prisa. Tenemos toda la tarde. ¿Verdad
que es un escondite magnífico? Me perdí una vez en una
excursión colectiva y descubrí este lugar. Si viniera alguien,
lo oiríamos a cien metros.
-¿Cómo te llamas? -dijo Winston.
-Julia. Tu nombre ya lo conozco. Winston... Winston Smith.
-¿Cómo te enteraste?
-Creo que tengo más habilidad que tú para descubrir cosas,
querido. Dime, ¿qué pensaste de mí antes de darte aquel
papelito?
Winston no tuvo ni la menor tentación de mentirle. Era una especie de
ofrenda amorosa empezar confesando lo peor.
-Te odiaba. Quería abusar de ti y luego asesinarle. Hace dos semanas
pensé seriamente romperte la cabeza con una piedra- Si quieres saberlo,
te diré que te creía en relación con la Policía del
Pensamiento.
La muchacha se reía encantada, tomando aquello como un piropo por lo
bien que se había disfrazado.
-¡La Policía del Pensamiento!, qué ocurrencias No es posible
que lo creyeras.
-Bueno, quizá no fuera exactamente eso. Pero, por tu aspecto...
quizá por tu juventud y por lo saludable que eres; en fin, ya
comprendes, creí que probablemente...
-Pensaste que era una excelente afiliada. Pura en palabras y en hechos.
Estandartes, desfiles, consignas, excursiones colectivas y todo eso. Y
creíste que a las primeras de cambio te denunciaría como criminal
mental y haría que te mataran.
-Sí, algo así... Ya sabes que muchas chicas son de ese modo.
-La culpa la tiene esa porquería -dijo Julia quitándose el
cinturón rojo de la liga Anti-Sex y tirándolo a una rama, donde
quedó colgado. Luego, como si el tocarse la cintura le hubiera recordado
algo, sacó del bolsillo de su «mono» una tableta de
chocolate. La partió por la mitad y le dio a Winston uno de los
pedazos. Antes de probarlo, ya sabía él por el olor que era un
chocolate muy poco frecuente. Era oscuro y brillante, envuelto en papel de
plata. El chocolate, corrientemente, era de un color castaño claro y
desmigajaba con gran facilidad; y en cuanto a su sabor, era algo así
como el del humo de la goma quemada. Pero alguna vez había probado
chocolate como el que ella le daba ahora. Su aroma le había despertado
recuerdos que no podía localizar, pero que lo turbaban intensamente.
-¿Dónde encontraste esto? -dijo.
-En el mercado negro -dijo ella con indiferencia. Yo me las arreglo bastante
bien. Fui jefe de sección en los Espías. Trabajo voluntariamente
tres tardes a la semana en la Liga juvenil Anti-Sex. Me he pasado horas y
horas desfilando por Londres. Siempre soy yo la que lleva uno de los
estandartes. Pongo muy buena cara y nunca intento librarme de una lata.
Mi lema es «grita siempre con los demás». Es el
único modo de estar seguros.
El primer trocito de chocolate se le había derretido a Winston en la
lengua. Su sabor era delicioso. Pero le seguía rondando aquel recuerdo
que no podía fijar, algo así como un objeto visto por el rabillo
del ojo. Hizo por librarse de él quedándole la sensación
de que se trataba de algo que él había hecho en tiempos y que
hubiera preferido no haber hecho.
-Eres muy joven -dijo-. Debes de ser unos diez o quince años más
joven que yo. ¿Qué has podido ver en un hombre como yo que te haya
atraído?
-Algo en tu cara. Me decidí a arriesgarme. Conozco en seguida a la
gente de la acera de enfrente. En cuanto te vi supe que estabas contra
ellos.
Ellos, por lo visto, quería decir el Partido, y sobre todo el
Partido Interior, sobre el cual hablaba Julia con un odio manifiesto que
intranquilizaba a Winston, aunque sabía que aquel sitio en que se
hallaban era uno de los poquísimos lugares donde nada tenían que
temer. Le asombraba la rudeza con que hablaba Julia. Se suponía que
los miembros del Partido no decían palabrotas, y el propio Winston
apenas las decía como no fuera entre dientes. Sin embargo, Julia no
podía nombrar al Partido, especialmente al Partido Interior, sin usar
palabras de esas que solían aparecer escritas con tiza en los callejones
solitarios. A él no le disgustaba eso, puesto que era un síntoma
de la rebelión de la joven contra el Partido y sus métodos. Y
semejante actitud resultaba natural y saludable, como el estornudo de un
caballo que huele mala avena. Habían salido del claro y paseaban por
entre los arbustos. Iban cogidos de la cintura siempre que tenían sitio
suficiente para pasar los dos juntos. Notó que la cintura de Julia
resultaba mucho más suave ahora que se había quitado el
cinturón. Seguían hablando en voz muy baja. Fuera del claro,
dijo Julia, era mejor ir con prudencia. Llegaron hasta la linde del
bosquecillo. Ella lo detuvo.
-No salgas a campo abierto. Podría haber alguien que nos viera.
Estaremos mejor detrás de las ramas.
Y permanecieron a la sombra de los arbustos. La luz del sol,
filtrándose por las innumerables hojas, les seguía caldeando el
rostro. Winston observó el campo que los rodeaba y experimentó,
poco a poco, la curiosa sensación de reconocer aquel lugar. Era tierra
de pastos, con un sendero que la cruzaba y alguna pequeña
elevación de cuando en cuando. En la valla, medio rota, que se
veía al otro lado, se divisaban las ramas de unos olmos que se
balanceaban con la brisa, y sus hojas se movían en densas masas como
cabelleras femeninas. Seguramente por allí cerca, pero fuera de su
vista, habría un arroyuelo.
-¿No hay por aquí cerca un arroyo? -murmuró.
-Sí lo hay. Está al borde del terreno colindante con
éste. Hay peces, muy grandes por cierto. Se puede verlos en las
charcas que se forman bajo los sauces.
-Es el País Dorado... casi -murmuró.
-¿El País Dorado?
-No tiene importancia. Es un paisaje que he visto algunas veces en
sueños.
-¡Mira! -susurró Julia.
Un pájaro se había movido en una rarna a unos cinco metros de
ellos y casi al nivel de sus caras. Quizá no los hubiera visto. Estaba
en el sol y ellos a la sombra. Extendió las alas, volvió a
colocárselas cuidadosamente en su sitio, inclinó la cabecita un
momento, como si saludara respetuosamente al sol y empezó a cantar
torrencialrnente. En el silencio de la tarde, sobrecogía el volumen de
aquel sonido. Winston y Julia se abrazaron fascinados. La música del
ave continuó, minuto tras minuto, con asombrosas variaciones y sin
repetirse nunca, casi como si estuviera demostrando a propósito su
virtuosismo. A veces se detenía unos segundos, extendía y
recogía sus alas, luego hinchaba su pecho moteado y empezaba de nuevo su
concierto. Winston lo contemplaba con un vago respeto. ¿Para
quién, para qué cantaba aquel pájaro? No tenía
pareja ni rival que lo contemplaran. ¿Qué le impulsaba a estarse
allí, al borde del bosque solitario, regalándole su música
al vacío? Se preguntó si no habría algún
micrófono escondido allí cerca. Julia y él habían
hablado sólo en murmullo, y ningún aparato podría
registrar lo que ellos habían dicho, pero sí el canto del
pájaro. Quizás al otro extremo del instrumento algún
hombrecillo mecanizado estuviera escuchando con toda atención;
sí, escuchando aquello. Gradualmente la música del ave
fue despertando en él sus pensamientos. Era como un líquido que
saliera de se mezclara con la luz del sol, que se filtraba por entre hojas.
Dejó de pensar y se limitó a sentir. La cintura de la muchacha
bajo su brazo era suave y cálida. Le dio la vuelta hasta quedar
abrazados cara a cara. El cuerpo de Julia parecía fundirse con el suyo.
Donde quiera que tocaran sus manos, cedía todo como si fuera agua. Sus
bocas se unieron con besos muy distintos de los duros besos que se
habían dado antes. Cuando volvieron a apartar sus rostros, suspiraron
ambos profundamente.
El pájaro se asustó y salió volando con un aleteo
alarmado.
Rápidamente, sin poder evitar el crujido de las ramas bajo sus pies,
regresaron al claro. Cuando estuvieron ya en su refugio, se volvió Julia
hacia él y lo miró fijamente. Los dos respiraban pesadamente,
pero la sonrisa había desaparecido en las comisuras de sus labios.
Estaban de pie y ella lo miró por un instante y luego tanteó la
cremallera de su rnono con las manos. ¡Sí! ¡Fue casi como en
un sueño! Casi tan velozmente como él se lo había
imaginado, ella se arrancó la ropa y cuando la tiró a un lado fue
con el mismo magnífico gesto con el cual toda una civilización
parecía anihilarse. Su blanco cuerpo brillaba al sol. Por un momento
él no miró su cuerpo. Sus ojos habían buscado
ancoraje en el pecoso rostro con su débil y franca sonrisa. Se
arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas.
-¿Has hecho esto antes?
-Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces. -¿Con miembros del
Partido?
-Sí, siempre con miembros del Partido.
-¿Con miembros del Partido del Interior?
-No, con esos cerdos no. Pero muchos lo harían si pudieran. No son tan
sagrados como pretenden. Su corazón dio un salto. Lo había hecho
muchas veces. Todo lo que oliera a corrupción le llenaba de una
esperanza salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo
la superficie, su culto de fuerza y autocontrol no era más que una
trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido contagiarlos a todos con la
lepra o la sífilis, ¡con qué alegría lo hubiera
hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de minar.
La atrajo hacia sí, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.
-Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo
comprendes?
-Sí, perfectamente.
-Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en
ninguna parte. Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta los
huesos.
-Pues bien, debo irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los
huesos.
-¿Te gusfa hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la
cosa en si.
-Lo adoro.
Esto era sobre todas las cosas lo que quería oír. No simplemente
el amor por una persona sino el instinto animal, el simple indiferenciado
deseo. Ésta era la fuerza que destruiría al Partido. La
empujó contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo
dificultad. El movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal
y con un movimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía
haber intensificado su calor. Los dos estaban adormilados. Él
alcanzó su desechado mono y la cubrió parcialmente.
Al poco tiempo se durmieron profundamente. Al cabo de media hora se
despertó Winston. Se incorporó y contempló a Julia, que
seguía durmiendo tranquilamente con su cara pecosa en la palma de la
mano. Aparte de la boca, sus facciones no eran hermosas. Si se miraba con
atención, se descubrían unas pequeñas arrugas en torno a
los ojos. El cabello negro y corto era extraordinariamente abundante y suave.
Pensó entonces que todavía ignoraba el apellido y el domicilio de
ella.
Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueño,
despertó en él un compasivo y protector sentimiento. Pero la
ternura que había sentido mientras escuchaba el canto del pájaro
había desaparecido ya. Le apartó el mono a un lado y
estudió su cadera. En los viejos tiempos, pensó, un hombre
miraba el cuerpo de una muchacha y veía que era deseable y aquí
se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor puro o deseo
puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo
y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una
victoria. Era un golpe contra el Partido. Era un acto político.