Una figura solitaria avanzaba hacia él desde el otro extremo del largo
pasillo brillantemente iluminado. Era la muchacha morena. Habían
pasado cuatro días desde la tarde en que se la había encontrado
cerca de la tienda. Al acercarse, vio Winston que la joven llevaba en
cabestrillo el brazo derecho. De lejos no se había fijado en ello
porque las vendas tenían el mismo color que el «mono».
Probablemente, se habría aplastado la mano para hacer girar uno de los
grandes calidoscopios donde se fabricaban los argumentos de las novelas. Era
un accidente que ocurría con frecuencia en el Departamento de Novela.
Estaban separados todavía por cuatro metros cuando la joven dio un
traspié y se cayó de cara al suelo exhalando un grito de dolor.
Por lo visto, había caído sobre el brazo herido. Winston se
paró en seco. La muchacha logró ponerse de rodillas.
Tenía la cara muy pálida y los labios, por contraste, más
rojos que nunca. Clavó los ojos en Winston con una expresión
desolada que más parecía de miedo que de dolor.
Una curiosa emoción conmovió a Winston. Frente a él
tenía a la enemiga que procuraba su muerte. Frente a él,
también, había una criatura humana que sufría y que
quizás se hubiera partido el hueso de la nariz. Se acercó a ella
instintivamente, para ayudarla. Winston había sentido el dolor de ella
en su propio cuerpo al verla caer con el brazo vendado.
-¿Estás herida? -le dijo.
-No es nada. El brazo. Estaré bien en seguida.
Hablaba como si le saltara el corazón. Estaba temblando y
palidísima.
-¿No te has roto nada?
-No, estoy bien. Me dolió un momento nada más.
Le tendió a Winston su mano libre y él la ayudó a
levantarse. Le había vuelto algo de color y parecía hallarse
mucho mejor.
-No ha sido nada -repitió poco después-. Lo que me dolió
fue la muñeca. ¡Gracias, camarada?
Y sin más, continuó en la dirección que traía con
paso tan vivo como si realmente no le hubiera sucedido nada. El incidente no
había durado más de medio minuto. Era un hábito adquirido
por instinto ocultar los sentimientos, y además cuando ocurrió
aquello se hallaban exactamente delante de una telepantalla. Sin embargo, a
Winston le había sido muy difícil no traicionarse y manifestar
una sorpresa momentánea, pues en los dos o tres segundos en que
ayudó a la joven a levantarse, ésta le había deslizado
algo en la mano. Evidentemente, lo había hecho a propósito. Era
un pequeño papel doblado. Al pasar por la puerta de los lavabos, se lo
metió en el bolsillo.
Mientras estuvo en el urinario, se las arregló para desdoblarlo dentro
del bolsillo. Descle luego, tenía que haber algún mensaje en ese
papel. Estuvo tentado de entrar en uno de los waters y leerlo
allí. Pero eso habría sido una locura. En ningún sitio
vigilaban las telepantallas con más interés que en los
retretes.
Volvió a su cabina-, sentóse, arrojó el pedazo de papel
entre los demás de encima de la mesa, se puso las gafas y se
acercó al hablescribe. «¡Todavía cinco minutos! se dijo
a sí mismo-, ¡por lo menos cinco minutosi». Le galopaba el
corazón en el pecho con aterradora velocidad. Afortunadamente, el
trabajo que estaba realizando era de simple rutina -la rectificación de
una larga lista de números- y no necesitaba fijar la atención.
Las palabras contenidas en el papel tendrían con toda seguridad un
significado político. Había dos posibilidades. calculaba Winston.
Una, la más probable, era que la chica fuera un agente de la
Policía del Pensamiento, como él temía. No sabía
por qué empleaba la Policía del Pensamiento ese procedimiento
para entregar sus mensajes, pero podía tener sus razones para ello. Lo
escrito en el papel podía ser una amenaza, una orden de suicidarse, una
trampa... Pero había otra posibilidad, aunque Winston trataba de
convencerse de que era una locura: que este mensaje no viniera de la
Policía del Pensamiento, sino de alguna organización clandestina.
¡Quizás existiera una Hermandad! ¡Quizás fuera aquella
muchacha uno de sus miembros! La idea era absurda, pero se le había
ocurrido en el mismo instante en que sintió el roce del papel en su
mano. Hasta unos minutos después no pensó en la otra
posibilidad, mucho más sensata. E incluso ahora, aunque su cabeza le
decía que el mensaje significaría probablemente la muerte, no
acababa de creerlo y persistía en él la disparatada esperanza.
Le latía el corazón y le costaba un gran esfuerzo conseguir que
no le temblara la voz mientras murmuraba las cantidades en el hablescribe.
Cuando terminó, hizo un rollo con sus papeles y los introdujo en el tubo
neumático. Habían pasado ocho minutos. Se ajustó las
gafas sobre la nariz, suspiró y se acercó el otro montón
de hojas que había de examinar. Encima estaba el papelito doblado. Lo
desdobló; en él había escritas estas palabras con letra
impersonal:
Winston se quedó tan estupefacto que ni siquiera tiró aquella
prueba delictiva en el «agujero de la memoria». Cuando por fin,
reaccionando, se dispuso a hacerlo, aunque sabía muy bien cuánto
peligro había en manifestar demasiado interés por algún
papel escrito, volvió a leerlo antes para convencerse de que no
había soñado.
Durante el resto de la mañana, le fue muy difícil trabajar. Peor
aún que fijar su mente sobre las tareas habituales, era la necesidad de
ocultarle a la telepantalla su agitación interior. Sintió como
si le quemara un fuego en el estómago. La comida en la atestada y
ruidosa cantina le resultó un tormento. Había esperado hallarse
un rato solo durante el almuerzo, pero tuvo la mala suerte de que el
imbécil de Parsons se le colocara a su lado y le soltara una
interminable sarta de tonterías sobre los preparativos para la Semana
del Odio. Lo que más le entusiasmaba a aquel simple era un modelo en
cartón de la cabeza del Gran Hermano, de dos metros de anchura, que
estaban preparando en el grupo de espías al que pertenecía la
niña de Parsons. Lo más irritante era que Winston apenas
podía oír lo que decía Parsons y tenía que rogarle
constantemente que repitiera las estupideces que acababa de decir. Por un
momento, divisó a la chica morena, que estaba en una mesa con otras dos
compañeras al otro extremo de la estancia. Pareció no verle y
él no volvió a mirar en aquella dirección.
La tarde fue más soportable. Después de comer recibió un
delicado y dificil trabajo que le había de ocupar varias horas y
acaparar su atención. Consistía en falsificar una serie de
informes de producción de dos años antes con objeto de
desacreditar a un prominente miembro del Partido Interior que empezaba a estar
mal -visto. Winston servía para estas cosas y durante más de dos
horas logró apartar a la joven de su mente. Entonces le volvió
el recuerdo de su cara y sintió un rabioso e intolerable deseo de estar
solo. Porque necesitaba la soledad para pensar a fondo en sus nuevas
circunstancias. Aquella noche era una de las elegidas por el Centro Comunal
para sus reuniones. Tomó una cena temprana -otra insípida
comida- en la cantina, se marchó al Centro a toda prisa,
participó en las solemnes tonterías de un «grupo de
polemistas», jugó dos veces al tenis de mesa, se tragó
varios vasos de ginebra y soportó durante una hora la conferencia
titulada «Los principios de Ingsoc en el juego de ajedrez». Su alma
se retorcía de puro aburrimiento, pero por primera vez no sintió
el menor impulso de evitarse una tarde en el Centro. A la vista de las
palabras Te quiero, el deseo de seguir viviendo le dominaba y
parecía tonto exponerse a correr unos riesgos que podían evitarse
tan fácilmente. Hasta las veintitrés, cuando ya estaba acostado
en la oscuridad, donde estaba uno libre hasta de la telepantalla con tal de no
hacer ningún ruido- no pudo dejar fluir libremente sus pensamientos.
Se trataba de un problema físico que había de ser
resuelcómo ponerse en relación con la muchacha y preparar una
cita. No creía ya posible que la joven le estuviera tendiendo una
trampa. Estaba seguro de que no era así por la inconfundible
agitación que ella no había podido ocultar al entregarle el
papelito. Era evidente que estaba asustadísima, y con motivo sobrado.
A Winston no le pasó siquiera por la cabeza la idea de rechazar a la
muchacha. Sólo hacía cinco noches que se había propuesto
romperle el cráneo con una piedra. Pero lo mismo daba. Ahora se la
imaginaba desnuda como la había visto en su ensueño. Se la
había figurado idiota como las demás, con la cabeza llena de
mentiras y de odios y el vientre helado. Una angustia febril se apoderó
de él al pensar que pudiera perderla, que aquel cuerpo blanco y juvenil
se le escapara. Lo que más temía era que la muchacha cambiase de
idea si no se ponía en relación con ella rápidamente.
Pero la dificultad física de esta aproximación era enorme.
Resultaba tan difícd como intentar un movimiento en el juego de ajedrez
cuando ya le han dado a uno el mate. Adondequiera que fuera uno, allí
estaba la telepantalla. Todos los medios posibles para comunicarse con la
joven se le ocurrieron a Winston a los cinco minutos de leer la nota; pero una
vez acostado y con tiempo para pensar bien, los fue analizando uno a uno como
si tuviera esparcidas en una mesa una fila de herramientas para probarlas.
Desde luego, la clase de encuentro de aquella mañana no podía
repetirse. Si ella hubiera trabajado en el Departamento de Registro,
habría sido muy sencillo, pero Winston tenía una idea muy remota
de dónde estaba el Departamento de Novela en el edificio del Ministerio
y no tenía pretexto alguno para ir allí. Si hubiera sabido
dónde vivía y a qué hora salía del trabajo, se las
habría arreglado para hacerse el encontradizo; pero no era prudente
seguirla a casa ya que esto suponía esperarla delante del Ministerio a
la salida, lo cual llamaría la atención indefectiblemente. En
cuanto a mandar una carta por correo, sería una locura. Ni siquiera se
ocultaba que todas las cartas se abrían, por lo cual casi nadie
escribía ya cartas. Para los mensajes que se necesitaba mandar,
había tarjetas impresas con largas listas de frases y se escogía
la más adecuada borrando las demás. En todo caso, no sólo
ignoraba la dirección de la muchacha, sino incluso su nombre.
Finalmente, decidió que el sitio más seguro era la cantina. Si
pudiera ocupar una mesa junto a la de ella hacia la mitad del local, no
demasiado cerca de la telepantalla y con el zumbido de las conversaciones
alrededor, le bastaba con treinta segundos para ponerse de acuerdo con ella.
Durante una semana después, la vida fue para Winston como una pesadilla.
Al día siguiente, la joven no apareció por la cantina hasta el
momento en que él se marchaba cuando ya había sonado la sirena.
Seguramente, la habían cambiado a otro turno. Se cruzaron sin mirarse.
Al día siguiente, estuvo ella en la cantina a la hora de costumbre, pero
con otras tres chicas y debajo de una telepantalla. Pasaron tres días
insoportables para Winston, en que no la vio en la cantina. Tanto su
espíritu como su cuerpo habían adquirido una hipersensibilidad
que casi le imposibilitaba para hablar y moverse. Incluso en sueños no
podía librarse por completo de aquella imagen. Durante aquellos
días no abrió su Diario. El único alivio lo encontraba en
el trabajo; entonces conseguía olvidarla durante diez minutos seguidos.
No tenía ni la menor idea de lo que pudiera haberle ocurrido y no
había que pensar en hacer una investigación. Quizá. la
hubieran vaporizado, quizá se hubiera suicidado o, a lo mejor, la
habían trasladado al otro extremo de Oceanía.
La posibilidad a la vez mejor y peor de todas era que la joven, sencillamente,
hubiera cambiado de idea y le rehuyera.
Pero al día siguiente reapareció. Ya no traía el brazo en
cabestrillo; sólo una protección de yeso alrededor de la
muñeca. El alivio que sintió al verla de nuevo fue tan grande que
no pudo evitar mirarla directamente durante varios segundos. Al día
siguiente, casi logró hablar con ella. Cuando Winston llegó a la
cantina, la encontró sentada a una mesa muy alejada de la pared. Estaba
completamente sola. Era temprano y había poca gente. La cola
avanzó hasta que Winston se encontró casi junto al mostrador,
pero se detuvo allí unos dos minutos a causa de que alguien se quejaba
de no haber recibido su pastilla de sacarina. Pero la muchacha seguía
sola cuando Winston tuvo ya servida su bandeja y avanzaba hacia ella. Lo hizo
como por casualidad fingiendo que buscaba un sitio más allá de
donde se encontraba la joven. Estaban separados todavía unos tres
metros. Bastaban dos segundos para reunirse, pero entonces sonó una voz
detrás de él: «¡Smith!». Winston hizo como que no
oía. Entonces la voz repitió más alto:
«¡Smith!». Era inútil hacerse el tonto. Se
volvió. Un muchacho llamado Wilsher, a quien apenas conocía
Winston, le invitaba sonriente a sentarse en un sitio vacío junto a
él. No era prudente rechazar esta invitación. Después de
haber sido reconocido, no podía ir a sentarse junto a una muchacha sola.
Quedaría demasiado en evidencia. Haciendo de tripas corazón, le
sonrió amablemente al muchacho, que le miraba con un rostro
beatífico. Winston, como en una alucinación, se veía a
sí mismo partiéndole la cara a aquel estúpido con un
hacha. La mesa donde estaba ella se llenó a los pocos minutos.
Por lo menos, la joven tenía que haberlo visto ir hacia ella y se
habría dado cuenta de su intención. Al día siguiente,
tuvo buen cuidado de llegar temprano. Allí estaba ella, exactamente, en
la misma mesa y otra vez sola. La persona que precedía a Winston en la
cola era un hombrecillo nervioso con una cara aplastada y ojos suspicaces. Al
alejarse Winston del mostrador, vio que aquel hombre se dirigía hacia la
mesa de ella. Sus esperanzas se vinieron abajo. Había un sitio
vacío una mesa más allá, pero algo en el aspecto de aquel
tipejo le convenció a Winston de que éste no se instalaría
en la mesa donde no había nadie para evitarse la molestia de verse
obligado a soportar a los desconocidos que luego se quisieran sentar
allí. Con verdadera angustia, lo siguió Winston. De nada le
serviría sentarse con ella si alguien más los acompañaba.
En aquel momento, hubo un ruido tremendo. El hombrecillo se había
caído de bruces y la bandeja salió volando derramándose la
sopa y el café. Se puso en pie y miró ferozmente a Winston.
Evidentemente, sospechaba que éste le había puesto la zancadilla.
Pero daba lo mismo porque poco después, con el corazón
galopándole, se instalaba Winston junto a la muchacha.
No la miró. Colocó en la mesa el contenido de su bandeja y
empezó a comer. Era importantísimo hablar en seguida antes de
que alguna otra persona se uniera a ellos. Pero le invadía un miedo
terrible. Había pasado una semana desde que la joven se había
acercado a él. Podía haber cambiado de idea, es decir,
tenía que haber cambiado de idea. Era imposible que este asunto
terminara felizmente; estas cosas no suceden en la vida real, y probablemente
no habría llegado a hablarle si en aquel momento no hubiera visto a
Ampleforth, el poeta de orejas velludas, que andaba de un lado a otro buscando
sitio. Era seguro que Ampleforth, que conocía bastante a Winston, se
sentaría en su mesa en cuanto lo viera. Tenía, pues, un minuto
para actuar. Tanto él como la muchacha comían
rápidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz muy
baja, empezó Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la boca la
comida y entre cucharada y cucharada se decían las palabras
indispensables en voz baja e inexpresivo.
-¿A qué hora sales del trabajo? -Dieciocho treinta.
-¿Dónde podemos vernos?
-En la Plaza de la Victoria, cerca del Monumento.
-Hay muchas telepantallas allí.
-No importa, porque hay mucha circulación.
-¿Alguna señal?
-No. No te acerques hasta que no me veas entre mucha gente. Y no me mires.
Sigue andando cerca de mí.
-¿A qué hora?
-A las diecinueve.
-Muy bien.
Ampleforth no vio a Winston y se sentó en otra mesa. No volvieron a
hablar y, en lo humanamente posible entre dos personas sentadas una frente a
otra y en la misma mesa, no se miraban. La joven acabó de comer a toda
velocidad y se marchó. Winston se quedó fumando un
cigarrillo.
Antes de la hora convenida estaba Winston en la Plaza de la Victoria. Dio
vueltas en torno a la enorme columna en lo alto de la cual la estatua del Gran
Hermano miraba hacia el Sur, hacia los cielos donde había vencido a los
aviones eurasiáticos (pocos años antes, los vencidos fueron los
aviones de Asia Oriental), en la batalla de la Primera Franja Aérea. En
la calle de enfrente había una estatua ecuestre cuyo jinete
representaba, según decían, a Oliver Cromwell. Cinco minutos
después de la hora que fijaron, aún no se había presentado
la muchacha. Otra vez le entró a Winston un gran pánico.
¡No veníal ¡Había cambiado de idea! Se dirigió
lentamente hacia el norte de la plaza y tuvo el placer de identificar la
iglesia de San Martín, cuyas campanas -cuando existían-
habían cantado aquello de «me debes tres peniques». Entonces
vio a la chica parada al pie del monumento, leyendo o fingiendo que leía
un cartel arrollado a la columna en espiral. No era prudente acercarse a ella
hasta que se hubiera acumulado más gente. Había telepantallas en
todo el contorno del monumento. Pero en aquel mismo momento se produjo una
gran gritería y el ruido de unos vehículos pesados que
venían por la izquierda. De pronto, todos cruzaron corriendo la plaza.
La joven dio la vuelta ágilmente junto a los leones que formaban la base
del monumento y se unió a la desbandada. Winston la siguió. Al
correr, le oyó decir a alguien que un convoy de prisioneros
eurasiáticos pasaba por allí cerca.
Una densa masa de gente. bloqueaba el lado sur de la plaza. Winston, que
normalmente era de esas personas que rehuyen todas las aglomeraciones, se
esforzaba esta vez, a codazos y empujones, en abrirse paso hasta el centro de
la multitud. Pronto estuvo a un paso de la joven, pero entre los dos
había un corpulento prole y una mujer casi tan enorme como él,
seguramente su esposa. Entre los dos parecían formar un impenetrable
muro de carne. Winston se fue metiendo de lado y, con un violento
empujón, logró meter entre la pareja su hombro. Por un instante
creyó que se le deshacían las entrañas aplastadas entre
las dos caderas forzudas. Pero, con un esfuerzo supremo, sudoroso,
consiguió hallarse por fin junto a la chica. Estaban hombro con hombro
y ambos miraban fijamente frente a ellos.
Una caravana de camiones, con soldados de cara pétrea armados con
fusiles ametralladoras, pasaban calle abajo. En los camiones, unos hombres
pequeños de tez amarilla y harapientos uniformes verdosos formaban una
masa compacta tan apretados como iban. Sus tristes caras mongólicas
miraban a la gente sin la menor curiosidad. De vez en cuando se oían
ruidos metálicos al dar un brinco alguno de los camiones. Este ruido lo
producían los grilletes que llevaban los prisioneros en los pies.
Pasaron muchos camiones con la misma carga y los mismos rostros indiferentes.
Winston conocía de sobra el contenido, pero sólo podía
verlos intermitentemente. La muchacha apoyaba el hombro y el brazo derecho,
hasta el codo, contra el costado de Winston. Sus mejillas estaban tan
próximas que casi se tocaban. Ella se había puesto
inmediatamente a tono con la situación lo mismo que lo había
hecho en la cantina. Empezó a hablar con la misma voz inexpresivo,
moviendo apenas los labios. Era un leve murmullo apagado por las voces y el
estruendo del desfile.
-¿Me oyes?
-Sí.
-¿Puedes salir el domingo?
-Sí.
-Entonces escucha bien. No lo olvides. Irás a la estación de
Paddington...
Con una precisión casi militar que asombró a Winston, la chica le
fue describiendo la ruta que había de seguir: un viaje de media hora en
tren; torcer luego a la izquierda al salir de la estación;
después de dos kilómetros por carretera y, al llegar a un
portillo al que le faltaba una barra, entrar por él y seguir por aquel
sendero cruzando hasta una extensión de césped; de allí
partía una vereda entre arbustos; por fin, un árbol derribado y
cubierto de musgo. Era como si tuviese un mapa dentro de la cabeza.
-¿Te acordarás? -murmuró al teminar sus indicaciones.
-Sí.
-Tuerces a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda. Y al
portillo le falta una barra.
-Sí. ¿A qué hora?
-Hacia las quince. A lo mejor tienes que esperar. Yo llegaré por otro
camino. ¿Te acordarás bien de todo?
-Sí.
-Entonces, márchate de mi lado lo más pronto que puedas.
No necesitaba habérselo dicho. Pero, por lo pronto, no se podía
mover. Los camiones no dejaban de pasar y la gente no se cansaba de expresar
su entusiasmo. Aunque es verdad que solamente lo expresaban abriendo la boca
en señal de estupefacción. Al Principio había habido
algunos abucheos y silbidos, pero procedían sólo de los miembros
del Partido y pronto cesaron. La emoción dominante era sólo la
curiosidad. Los extranjeros, ya fueran de Eurasia o de Asia Oriental, eran
como animales raros. No había manera de verlos, sino como prisioneros;
e incluso como prisioneros no era posible verlos más que unos segundos.
Tampoco se sabía qué hacían con ellos aparte de los
ejecutados públicamente como criminales de guerra. Los demás se
esfumaban, seguramente en los campos de trabajos forzados. Los redondos
rostros mongólicos habían dejado paso a los de tipo más
europeo, sucios, barbudos y exhaustos. Por encima de los salientes
pómulos, los ojos de algunos miraban a los de Winston con una
extraña intensidad y pasaban al instante. El convoy se estaba
terminando. En el último camión vio Winston a un anciano con la
cara casi oculta por una masa de cabello, muy erguido y con los puños
cruzados sobre el pecho. Daba la sensación de estar acostumbrado a que
lo ataran. Era imprescindible que Winston y la chica se separaran ya. Pero en
el último momento, mientras que la multitud los seguía apretando
el uno contra el otro, ella le cogió la mano y se la estrechó.
No habría durado aquello más de diez segundos y, sin embargo,
parecía que sus manos habían estado unidas durante una eternidad.
Por lo menos, tuvo Winston tiempo sobrado para aprenderse de memoria todos los
detalles de aquella mano de mujer. Exploró sus largos dedos, sus
uñas bien formadas, la palma endurecida por el trabajo con varios callos
y la suavidad de la carne junto a la muñeca. Sólo con verla la
habría reconocido, entre todas las manos. En ese instante se le
ocurrió que no sabía de qué color tenía ella los
ojos. Probablemente, castaños, pero también es verdad que mucha
gente de cabello negro tienen ojos azules. Volver la cabeza y mirarla hubiera
sido una imperdonable locura. Mientras había durado aquel
apretón de manos invisible entre la presión de tanta gente,
miraban ambos impasibles adelante y Winston, en vez de los ojos de ella,
contempló los del anciano prisionero que lo miraban con tristeza por
entre sus greñas de pelo.