Winston había andado varios kilómetros por las calles y se le
habían irritado sus varices. Era la segunda vez en tres semanas que no
había llegado a tiempo a una reunión del Centro Comunal, lo cual
era muy peligroso ya que el número de asistencias al Centro era anotado
cuidadosamente. En principio, un miembro del Partido no tenía tiempo
libre y nunca estaba solo a no ser en la cama. Se suponía que, de no
hallarse trabajando, comiendo, o durmiendo, estaría participando en
algún recreo colectivo. Hacer algo que implicara una inclinación
a la soledad, aunque sólo fuera dar un paseo, era siempre un poco
peligroso. Había una palabra para ello en neolengua: vidapropia,
es decir, individualismo y excentricidad. Pero esa tarde, al salir del
Ministerio, el aromático aire abrileño le había tentado.
El cielo tenía un azul más intenso que en todo el año y de
pronto le había resultado intolerable a Winston la perspectiva del
aburrimiento, de los juegos anotadores, de las conferencias, de la falsa
camaradería lubricada por la ginebra... Sintió el impulso de
marcharse de la parada del autobús y callejear por el laberinto de
Londres, primero hacia el Sur, luego hacia el Este y otra vez hacia el Norte,
perdiéndose por calles desconocidas y sin preocuparse apenas por la
dirección que tomaba.
«Si hay esperanza -habría escrito en el Diario-, está en los
proles.» Estas palabras le volvían como afirmación de una
verdad mística y de un absurdo palpable. Penetró por los
suburbios del Norte y del Este alrededor de lo que en tiempos había sido
la estación de San Pancracio. Marchaba por una calle empedrada, cuyas
viejas casas sólo tenían dos pisos y cuyas puertas abiertas
descubrían los sórdidos interiores. De trecho en trecho
había charcos de agua sucia por entre las piedras. Entraban y
salían en las casuchas y llenaban las callejuelas infinidad de personas:
muchachas en la flor de la edad con bocas violentamente pintadas, muchachos que
perseguían a las jóvenes, y mujeres de cuerpos obesos y
bamboleantes, vivas pruebas de lo que serían las muchachas cuando
tuvieran diez años más, ancianos que se movían
dificultosamente y niños descalzos que jugaban en los charcos y
salían corriendo al oír los irritados chillidos de sus madres.
La cuarta parte de las ventanas de la calle estaban rotas y tapadas con
cartones. La mayoría de la gente no prestaba atención a Winston.
Algunos lo miraban con cauta curiosidad. Dos monstruosas mujeres de brazos
rojizos cruzados sobre los delantales, hablaban en una de las puertas. Winston
oyó algunos retazos de la conversación.
-Pues, sí, fui y le dije: «Todo eso está muy bien, pero si
hubieras estado en mi lugar hubieras hecho lo mismo que yo. Es muy sencillo
eso de criticar -le dije , pero tú no tienes los mismos problemas que
yo».
-Claro -dijo la otra-, ahí está la cosa. Cada uno sabe lo
suyo.
Estas voces estridentes se callaron de pronto. Las mujeres observaron a
Winston con hostil silencio cuando pasó ante ellas. Pero no era
exactamente hostilidad sino una especie de alerta momentánea como cuando
nos cruzamos con un animal desconocido. El «mono» azul del Partido
no se veía con frecuencia en una calle como ésta. Desde luego,
era muy poco prudente que lo vieran a uno en semejantes sitios a no ser que se
tuviera algo muy concreto que hacer allí: Las patrullas le
detenían a uno en cuanto lo sorprendían en una calle de proles y
le preguntaban: «¿Quieres enseñarme la documentación
camarada? ¿Qué haces por aquí? ¿A qué hora
saliste del trabajo? ¿Tienes la costumbre de tomar este camino para ir a
tu casa?, y así sucesivamente. No es que hubiera una disposición
especial prohibiendo regresar a casa por un camino insólito, mas era lo
suficiente para hacerse notar si la Policía del Pensamiento lo
descubría.
De pronto, toda la calle empezó a agitarse. Hubo gritos de aviso por
todas partes. Hombres, mujeres y niños se metían veloces en sus
casas como conejos. Una joven salió como una flecha por una puerta
cerca de donde estaba Winston, cogió a un nifio que jugaba en un charco,
lo envolvió con el delantal y entró de nuevo en su casa; todo
ello realizado con increíble rapidez. En el mismo instante, un hombre
vestido de negro, que había salido de una callejuela lateral,
corrió hacia Winston señalándole nervioso el cielo.
-¡El vapor! -gritó-. Mire, maestro. ¡Échese pronto en
el suelo!
«El vapor» era el apodo que, no se sabía por qué, le
habían puesto los proles a las bombas cohetes.
Winston se tiró al suelo rápidamente. Los proles llevaban casi
siempre razón cuando daban una alarma de esta clase. Parecían
poseer una especie de instinto que les prevenía con varios segundos de
anticipación de la llegada de un cohete, aunque se suponía que
los cohetes volaban con más rapidez que el sonido. Winston se
protegió la cabeza con los brazos. Se oyó un rugido que hizo
temblar el pavimento, una lluvia de pequeños objetos le cayó
sobre la espalda. Cuando se levantó, se encontró cubierto con
pedazos de cristal de la ventana más próxima. Siguió
andando. La bomba había destruido un grupo de casas de aquella calle
doscientos metros más arriba. En el cielo flotaba una negra nube de
humo y debajo otra nube, ésta de polvo, envolvía las ruinas en
torno a las cuales se agolpaba ya una multitud. Había un pequeño
montón de yeso en el pavimento delante de él y en medio se
podía ver una brillante raya roja. Cuando se levantó y se
acercó a ver qué era vio que se trataba de una mano humana
cortada por la muñeca. Aparte del sangriento muñón, la
mano era tan blanca que parecía un molde de yeso. Le dio una patada y
la echó a la cloaca, y para evitar la multitud, torció por una
calle lateral a la derecha. A los tres o cuatro minutos estaba fuera de la
zona afectada por la bomba y la sórdida vida del suburbio se
había reanudado como si nada hubiera ocurrido. Eran casi las veinte y
los establecimientos de bebida frecuentados por los proles (les llamaban, con
una palabra antiquísima, «tabernas») estaban llenas de
clientes. De sus puertas oscilantes, que se abrían y cerraban sin
cesar, salía un olor mezclado de orines, serrín y cerveza.
En un ángulo formado por una casa de fachada saliente estaban reunidos
tres hombres. El de en medio tenía en la mano un periódico
doblado que los otros dos miraban por encima de sus hombros. Antes ya de
acercarse lo suficiente para ver la expresión de sus caras, pudo deducir
Winston, por la inmovilidad de sus cuerpos, que estaban absortos. Lo que
leían era seguramente algo de mucha importancia. Estaba a pocos pasos
de ellos cuando de pronto se deshizo el grupo y dos de los hombres empezaron a
discutir violentamente. Parecía que estaban a punto de pegarse.
-¿No puedes escuchar lo que te digo? Te aseguro que ningún
número terminado en siete ha ganado en estos catorce meses.
-Te digo que sí.
-No, no ha salido ninguno terminado en siete. En casa los tengo apuntados
todos en un papel desde hace dos años. Nunca dejo de copiar el
número. Y te digo que ningún número ha terminado en
siete...
-Sí; un siete ganó. Además, sé que terminaba en
cuatro, cero, siete. Fue en febrero... En la segunda semana de febrero.
-Ni en febrero ni nada. Te digo que lo tengo apuntado. -Bueno, a ver si lo
dejáis -dijo el tercer hombre.
Estaban hablando de la lotería. Winston volvió la cabeza cuando
ya estaba a treinta metros de distancia. Todavía seguían
discutiendo apasionadamente. La lotería, que pagaba cada semana enormes
premios, era el único acontecimiento público al que los proles
concedían una seria atención. Probablemente, había
millones de proles para quienes la lotería era la principal razón
de su existencia. Era toda su delicia, su locura, su estimulante intelectual.
En todo lo referente a la lotería, hasta la gente que apenas
sabía leer y escribir parecía capaz de intrincados
cálculos matemáticos y de asombrosas proezas memorísticas.
Toda una tribu de proles se ganaba la vida vendiendo predicciones, amuletos,
sistemas para dominar el azar y otras cosas que servían a los
maniáticos. Winston nada tenía que ver con la orgnización
de la lotería, dependiente del Ministerio de la Abundancia. Pero
sabía perfectamente (como cualquier miembro del Partido) que los premios
eran en su mayoría imaginarios. Sólo se pagaban pequeñas
sumas y los ganadores de los grandes premios eran personas inexistentes. Como
no había verdadera comunicación entre una y otra parte de
Oceanía, esto resultaba muy fácil.
Si había esperanzas, estaba en los proles. Ésta era la idea
esencial. Decirlo, sonaba a cosa razonable, pero al mirar aquellos pobres
seres humanos, se convertía en un acto de fe. La calle por la que
descendía Winston, le despertó la sensación de que ya
antes había estado por allí y que no hacía mucho tiempo
fue una calle importante. Al final de ella había una escalinata por
donde se bajaba a otra calle en la que estaba un mercadillo de legumbres.
Entonces recordó Winston dónde estaba: en la primera esquina, a
unos cinco minutos de marcha, estaba la tienda de compraventa donde él
había adquirido el libro en blanco donde ahora llevaba su Diario. Y en
otra tienda no muy distante, había comprado la pluma y el frasco de
tinta.
Se detuvo un momento en lo alto de la escalinata. Al otro lado de la calle
había una sórdida taberna cuyas ventanas parecían
cubiertas de escarcha; pero sólo era polvo. Un hombre muy viejo con
bigotes blancos, encorvado, pero bastante activo, empujó la puerta
oscilante y entró. Mientras observaba desde allí, se le
ocurrió a Winston que aquel viejo, que por lo menos debía de
tener ochenta años, habría sido ya un hombre maduro cuando
ocurrió la Revolución. Él y unos cuantos como él
eran los últimos eslabones que unían al mundo actual con el mundo
desaparecido del capitalismo. En el Partido no había mucha gente cuyas
ideas se hubieran formado antes de la Revolución. La generación
más vieja había sido barrida casi por completo en las grandes
purgas de los años cincuenta y sesenta y los pocos que sobrevivieron
vivían aterrorizados y en una entrega intelectual absoluta. Si
vivía aún alguien que pudiera contar con veracidad las
condiciones de vida en la primera mitad del siglo, tenía que ser un
prole. De pronto recordó Winston el trozo del libro de historia que
había copiado en su Diario y le asaltó un impulso loco.
Entraría en la taberna, trabaría conocimiento con aquel viejo y
le interrogaría. Le diría: «Cuénteme su vida cuando
era usted un muchacho, ¿se vivía entonces mejor que ahora o peor?.
Precipitadamente, para no tener tiempo de asustarse, bajó la escalinata
y cruzó la calle. Desde luego, era una locura. Como de costumbre, no
había ninguna prohibición concreta de hablar con los proles y
frecuentar sus tabernas, pero no podía pasar inadvertido ya que era
rarísimo que alguien lo hiciera. Si aparecía alguna patrulla,
Winston podría decir que se había sentido mal, pero no lo iban a
creer. Empujó la puerta y le dio en la cara un repugnante olor a queso
y a cerveza agria. Al entrar él, las voces casi se apagaron. Todos los
presentes le miraban su «mono» azul. Unos individuos que jugaban al
blanco con unos dardos se interrumpieron durante medio minuto. El viejo al que
él había seguido estaba acodado en el bar discutiendo con el
barman, un joven corpulento de nariz ganchuda y enormes antebrazos. Otros
clientes, con vasos en la mano, contemplaban la escena.
¿Vas a decirme que no puedes servirme una pinta de cerveza? -decía
el viejo.
-¿Y qué demonios de nombre es ese de «pinta»?
-preguntó el tabernero inclinándose sobre el mostrador con los
dedos apoyados en él.
-Escuchad, presume de tabernero y no sabe lo que es una pinta. A éste
hay que mandarle a la escuela.
-Nunca he oído hablar de pintas para beber. Aquí se sirve por
litros, medios litros... Ahí enfrente tiene usted los vasos en ese
estante para cada cantidad de líquido.
-Cuando yo era joven -insistió el viejo- no bebíamos por litros
ni por medios litros.
-Cuando usted era joven nosotros vivíamos en las copas de los
árboles -dijo el tabernero guiñándoles el ojo a los otros
clientes.
Hubo una carcajada general y la intranquilidad causada por la llegada de
Winston parecía haber desaparecido. El viejo enrojeció, se
volvió para marcharse, refunfuñando, y tropezó con
Winston. Winston lo cogió deferentemente por el brazo.
-¿Me permite invitarle a beber algo? -dijo.
-Usted es un caballero -dijo el otro, que parecía no haberse fijado en
el «mono» azul de Winston-. ¡Una pinta, quiera usted o no
quiera! -añadió agresivo dirigiéndose al tabernero.
Éste llenó dos vasos de medio litro con cerveza negra. La
cerveza era la única bebida que se podía conseguir en los
establecimientos de bebidas de los proles. Estos no estaban autorizados a
beber cerveza aunque en la práctica se la proporcionaban con mucha
facilidad. El tiro al blanco con dardos estaba otra vez en plena actividad y
los hombres que bebían en el mostrador discutían sobre billetes
de lotería. Todos olvidaron durante unos momentos la presencia de
Winston. Había una mesa debajo de una ventana donde el viejo y
él podrían hablar sin miedo a ser oídos. Era
terriblemente peligroso, pero no había telepantalla en la
habitación. De esto se había asegurado Winston en cuanto
entró.
-Debe usted de haber visto grandes cambios desde que era usted un muchacho
empezó a explorar Winston.
La pálida mirada azul del viejo recorrió el local como si fuera
allí donde los cambios habían ocurrido.
-La cerveza era mejor -dijo por último-; y más barata. Cuando yo
era un jovencito, la cerveza costaba cuatro peniques los tres cuartos. Eso era
antes de la guerra, naturalmente.
-¿Qué guerra era ésa? -preguntó Winston.
-Siempre hay alguna guerra -dijo el anciano con vaguedad. Levantó el
vaso y brindó. ¡A su salud, caballero!
En su delgada garganta la nuez puntiaguda hizo un movimiento de sorprendente
rapidez arriba y abajo y la cerveza desapareció. Winston se
acercó al mostrador y volvió con otros dos medios litros.
-Usted es mucho mayor que yo -dijo Winston-. Cuando yo nací
sería usted ya un hombre hecho y derecho.
Usted puede recordar lo que pasaba en los tiempos anteriores a la
Revolución; en cambio, la gente de mi edad no sabe nada de esa
época. Sólo podemos leerlo en los libros, y lo que dicen los
libros puede no ser verdad. Me gustaría saber su opinión sobre
esto. Los libros de historia dicen que la vida anterior a la Revolución
era por completo distinta de la de ahora. Había una opresión
terrible, injusticias, pobreza... en fin, que no puede uno imaginar siquiera lo
malo que era aquello. Aquí, en Londres, la gran masa de gente no
tenía qué comer desde que nacían hasta que morían.
La mitad de aquellos desgraciados no tenían zapatos que ponerse.
Trabajaban doce horas al día, dejaban de estudiar a los nueve
años y en cada habitación dormían diez personas. Y a la
vez había algunos individuos, muy pocos, sólo unos cuantos miles
en todo el mundo, los capitalistas, que eran ricos y poderosos. Eran
dueños de todo. Vivían en casas enormes y suntuosas con treinta
criados, sólo se movían en autos y coches de cuatro caballos,
bebían champán y llevaban sombrero de copa.
El viejo se animó de pronto.
-¡Sombreros de copa! exclamó. Es curioso que los nombre usted.
Ayer mismo pensé en ellos no sé por qué. Me acordé
de cuánto tiempo hace que no se ve un sombrero de copa. Han
desaparecido por completo. La última vez que llevé uno fue en el
entierro de mi cuñada. Y aquello fue... pues por lo menos hace
cincuenta años, aunque la fecha exacta no puedo saberla. Claro, ya
comprenderá usted que lo alquilé para aquella
ocasión...
-Lo de los sombreros de copa no tiene gran importancia -dijo Winston con
paciencia-. Pero estos capitalistas -ellos, unos cuantos abogados y sacerdotes
y los demás auxiliares que vivían de ellos- eran los
dueños de la tierra. Todo lo que existía era para ellos.
Ustedes, la gente corriente, los trabajadores, eran sus esclavos. Los
capitalistas podían hacer con ustedes lo que quisieran. Por ejemplo,
mandarlos al Canadá como ganado. Si se les antojaba, se podían
acostar con las hijas de ustedes. Y cuando se enfadaban, los azotaban a
ustedes con un látigo llamado el gato de nueve colas. Si se encontraban
ustedes a un capitalista por la calle, tenían que quitarse la gorra.
Cada capitalista salía acompañado por una pandilla de lacayos
que...
-¡Lacayos! Ahí tiene usted una palabra que no he oído desde
hace muchísimos años. ¡Lacayos! Eso me recuerda muchas
cosas pasadas. Hará medio siglo aproximadamente, solía pasear yo
a veces por Hyde Park los domingos por la tarde para escuchar a unos tipos que
pronunciaban discursos: Ejército de salvación, católicos,
judíos, indios... En fin, allí había de todo. Y uno de
ellos..., no puedo recordar el nombre, pero era un orador de primera, no
hacía más que gritar: «¡Lacayos, lacayos de la
burguesía! ¡Esclavos de las clases dirigentes!». Y
también le gustaba mucho llamarlos parásitos y a los otros les
llamaba hienas. Sí, una palabra algo así como hiena. Claro que
se refería al Partido Laborista, ya se hará usted cargo.
Winston tenía la sensación de que cada uno de ellos estaba
hablando por su cuenta. Debía orientar un poco la
conversación:
-Lo que yo quiero saber es si le parece a usted que hoy día tenemos
más libertad que en la época de usted. ¿Le tratan a usted
más como un ser humano? En el pasado, los ricos, los que estaban en lo
alto...
-La Cámara de los Lores -evocó el viejo.
-Bueno, la Cámara de los Lores. Le pregunto a usted si esa gente le
trataba como a un inferior por el simple hecho de que ellos eran ricos y usted
pobre. Por ejemplo, ¿es cierto que tenía usted que quitarse la
gorra y llamarles «señor» cuando se los cruzaba usted por la
calle?
El hombre reflexionó profundamente. Antes de contestar se bebió
un cuarto de litro de cerveza.
-Sí -dijo por fin-. Les gustaba que uno se llevara la mano a la gorra.
Era una señal de respeto. Yo no estaba conforme con eso, pero lo
hacía muchas veces. No tenía más remedio.
-¿Y era habitual? -tenga usted en cuenta que estoy repitiendo lo que he
leído en nuestros libros de texto para las escuelas-, era habitual en
aquella gente, en los capitalistas, empujarles a ustedes de la acera para tener
libre el paso?
-Uno me empujó una vez -dijo el anciano-. Lo recuerdo como si fuera
ayer. Era un día de regatas nocturnas y en esas noches había
mucha gente grosera, y me tropecé con un tipo joven y jactancioso en la
avenida Shaftesbury. Era un caballero, iba vestido de etiqueta y con sombrero
de copa. Venía haciendo zigzags por la acera y tropezó conmigo.
Me dijo: «¿Por qué no mira usted por dónde va?».
Yo le dije: «¡A ver si se ha creído usted que ha comprado la
acera!». Y va y me contesta: «Le voy a dar a usted para el pelo si se
descara así conmigo». Entonces yo le solté: «Usted
está borracho y, si quiero, acabo con usted en medio minuto».
Sí señor, eso le dije y no sé si me creerá usted,
pero fue y me dio un empujón que casi me manda debajo de las ruedas de
un autobús. Pero yo por entonces era joven y me dispuse a darle su
merecido; sin embargo...
Winston perdía la esperanza de que el viejo le dijera algo interesante.
La memoria de aquel hombre no era más que un montón de detalles.
Aunque se pasara el día interrogándole, nada sacaría en
claro. Según sus «declaraciones», los libros de Historia
publicados por el Partido podían seguir siendo verdad, después de
todo; podían ser incluso completamente verídicos. Hizo un
último intento.
-Quizás no me he explicado bien. Lo que trato de decir es esto: usted
ha vivido mucho tiempo; la mitad de su vida ha transcurrido antes de la
Revolución. En 1925, por ejemplo, era usted ya un hombre.
¿Podría usted decir, por lo que recuerda de entonces, que la vida
era en 1925 mejor que ahora o peor? Si tuviera usted que escoger,
¿preferiría usted vivir entonces o ahora?
El anciano contempló meditabundo a los que tiraban al blanco.
Terminó su cerveza con más lentitud que la vez anterior y por
último habló con un tono filosófico y tolerante como si la
cerveza lo hubiera dulcificado.
-Ya sé lo que espera usted que le diga. Usted querría que le
dijera que prefiero volver a ser joven. Muchos lo dicen porque en la juventud
se tiene salud y fuerza. En cambio, a mis años nunca se está
bien del todo. Tengo muchos achaques. He de levantarme seis y siete veces por
la noche cuando me da el dolor. Por otra parte, esto de ser viejo tiene muchas
ventajas. Por ejemplo, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran
ventaja. Yo hace treinta años que no he estado con una mujer, no
sé si me creerá usted. Pero lo más grande es que no he
tenido ganas.
Winston se apoyó en el alféizar de la ventana. Era inútil
proseguir. Iba a pedir más cerveza cuando el viejo se levantó de
pronto y se dirigió renqueando hacia el urinario apestoso que estaba al
fondo del local. Winston siguió unos minutos sentado contemplando su
vaso vacío y, casi sin darse cuenta, se encontró otra vez en la
calle. Dentro de veinte años, a lo más -pensó-, la
inmensa y sencilla pregunta «¿Era la vida antes de la
Revolución mejor que ahora?» dejaría de tener sentido por
completo. Pero ya ahora era imposible contestarla, puesto que los escasos
supervivientes del mundo antiguo eran incapaces de comparar una época
con otra. Recordaban un millón de cosas insignificantes, una pelea con
un, compañero de trabajo, la búsqueda de una bomba de bicicleta
que habían perdido, la expresión habitual de una hermana
fallecida hacía muchos años, los torbellinos de polvo que se
formaron en una mañana tormentosa hace setenta años... pero todos
los hechos trascendentales quedaban fuera del radio de su atención.
Eran como las hormigas, que pueden ver los objetos pequeños, pero no los
grandes. Y cuando la memoria fallaba y los testimonios escritos eran
falsificados, la: pretensiones del Partido de haber mejorado las condiciones de
la vida humana tenían que ser aceptadas necesariamente porque no
existía ni volvería nunca a existir un nivel de vida con el cual
pudieran ser comparadas.
En aquel momento el fluir de sus pensamientos se interrumpió de repente.
Se detuvo y levantó la vista. Se halle ha en una calle estrecha con
unas cuantas tiendecitas oscura salpicadas entre casas de vecinos. Exactamente
encima de su cabeza pendían unas bolas de metal descoloridas que
habíar. sido doradas. Conocía este sitio. Era la tienda donde
había comprado el Diario. Sintió miedo. Ya había sido
bastante, arriesgado comprar el libro y se había jurado a sí
mismo no aparecer nunca más por allí. Sin embargo, en cuanto
permitió a sus pensamientos que corrieran en libertad, le habían
traído sus pies a aquel mismo sitio. Precisamente, había
iniciado su Diario para librarse de impulsos suicidas como aquél. Al
mismo tiempo, notó que aunque eran las veintiuna seguía abierta
la tienda. Creyendo que sería más prudente estar oculto dentro
de la tienda que a la vista de todos en medio de la calle, entró. Si le
preguntaban podía decir que andaba buscando hojas de afeitar.
El dueño acababa de encender una lámpara de aceite que echaba un
olor molesto, pero tranquilizador. Era un hombre de unos sesenta años,
de aspecto frágil, y un poco encorvado, con una nariz larga y
simpática y ojos de suave mirar a pesar de las gafas de gruesos
cristales. Su cabello era casi blanco, pero las cejas, muy pobladas, se
conservaban negras. Sus gafas, sus movimientos acompañados y el hecho
de que llevaba una vieja chaqueta de terciopelo negro le daban un cierto aire
intelectual como si hubiera sido un hombre de letras o quizás un
músico. De voz suave, algo apagada, tenía un acento menos
marcado que la mayoría de los proles.
-Le reconocí a usted cuando estaba ahí fuera parado -dijo
inmediatamente . Usted es el caballero que me compró aquel álbum
para regalárselo, seguramente, a alguna señorita. Era de muy
buen papel. «Papel crema» solían llamarle. Por lo menos hace
cincuenta años que no se ha vuelto a fabricar un papel como ése
-miró a Winston por encima de sus gafas . ¿Puedo servirle en algo
especial? ¿O sólo quería usted echar un vistazo?
-Pasaba por aquí -dijo Winston vagamente . He entrado a mirar estas
cosas. No deseo nada concreto.
-Me alegro -dijo el otro- porque no creo que pudiera haberle servido. -Hizo un
gesto de disculpa con su fina mano derecha-. Ya ve usted; la tienda
está casi vacía. Entre nosotros, le diré que el negocio
de antigüedades está casi agotado. Ni hay clientes ni disponemos
de género. Los muebles, los objetos de porcelana y de cristal... todo
eso ha ido desapareciendo poco a poco, y los hierros artísticos y
demás metales han sido fundidos casi en su totalidad. No he vuelto a
ver un candelabro de bronce desde hace muchos años.
En efecto, el interior de la pequeña tienda estaba atestado de objetos,
pero casi ninguno de ellos tenía el más pequeño valor.
Había muchos cuadros que cubrían por completo las paredes. En el
escaparate se exhibían portaplumas rotos, cinceles mellados, relojes
mohosos que no pretendían funcionar y otras baratijas. Sólo en
una mesita de un rincón había algunas cosas de interés:
cajitas de rapé, broches de ágata, etc. Al acercarse Winston a
esta mesa le sorprendió un objeto redondo y brillante que cogió
para examinarlo.
Era un trozo de cristal en forma de hemisferio. Tenía una suavidad muy
especial, tanto por su color como por la calidad del cristal. En su centro,
aumentado por la superficie curvada, se veía un objeto extraño
que recordaba a una rosa o una anémona.
-¿Qué es esto? -dijo Winston, fascinado.
-Eso es coral -dijo el hombre-. Creo que procede del Océano Indico.
Solían engarzarlo dentro de una cubierta de cristal. Por lo menos hace
un siglo que lo hicieron. Segurarnente más, a juzgar por su aspecto.
-Es de una gran belleza -dijo Winston.
-De una gran belleza, sí, señor -repitió el otro con tono
de entendido-. Pero hoy día no hay muchas personas que lo sepan
reconocer -carraspeó-. Si usted quisiera comprarlo, le costaría
cuatro dólares. Recuerdo el tiempo en que una cosa como ésta
costaba ocho libras, y ocho libras representaban... en fin, no sé
exactamente cuánto; desde luego, muchísimo dinero. Pero
¿quién se preocupa hoy por las antigüedades auténticas,
por las pocas que han quedado?
Winston pagó inmediatamente los cuatro dólares y se guardó
el codiciado objeto en el bolsillo. Lo que le atrafa de él no era tanto
su belleza como el aire que tenía de pertenecer a una época
completamente distinta de la actual. Aquel cristal no se parecía a
ninguno de los que él había visto. Era de una suavidad
extraordinaria, con reflejos acuosos. Era el coral doblemente atractivo por su
aparente inutilidad, aunque Winston pensó que en tiempos lo
habían utilizado como pisapapeles. Pesaba mucho, pero afortunadamente,
no le abultaba demasiado en el bolsillo. Para un miembro del Partido era
comprometedor llevar una cosa como aquélla. Todo lo antiguo, y mucho
más lo que tuviera alguna belleza, resultaba vagamente sospechoso. El
dueño de la tienda pareció alegrarse mucho de cobrar los cuatro
dólares. Winston comprendió que se habría contentado con
tres e incluso con dos.
-Arriba tengo otra habitación que quizás le interesara a usted
ver -le propuso-. No hay gran cosa en ella, pero tengo dos o tres piezas...
Llevaremos una luz.
Encendió otra lámpara y agachándose subió
lentamente por la empinada escalera, de peldaños medio rotos. Luego
entraron por un pasillo estrecho siguiendo hasta una habitación que no
daba a la calle, sino a un patio y a un bosque de chimeneas. Winston
notó que los muebles estaban dispuestos como si fuera a vivir alguien en
el cuarto. Había una alfombra en el suelo, un cuadro o dos en las
paredes, y un sillón junto a la chimenea. Un antiguo reloj de cristal,
en cuya esfera figuraban las doce horas, estilo antiguo, emitía su
tic-tac desde la repisa de la chimenea. Bajo la ventana y ocupando casi la
cuarta parte de la estancia había una enorme cama con el colchón
descubierto.
-Aquí vivíamos hasta que murió mi mujer -dijo el vendedor
disculpándose . Voy vendiendo los muebles poco a poco. Ésa es una
preciosa cama de caoba. Lo malo son las chinches. Si hubiera manera de acabar
con ellas...
Sostenía la lámpara lo más alto posible para iluminar toda
la habitación y a su débil luz resultaba aquel sitio muy
acogedor. A Winston se le ocurrió pensar que sería muy
fácil alquilar este cuarto por unos cuantos dólares a la semana
si se decidiera a correr el riesgo. Era una idea descabellada, desde luego,
pero el dormitorio había despertado en él una especie de
nostalgia, un recuerdo ancestral. Le parecía saber exactamente lo que
se experimentaba al reposar en una habitación como aquélla,
hundido en un butacón junto al fuego de la chimenea mientras se
calentaba la tetera en las brasas. Allí solo, completamente seguro, sin
nadie más que le vigilara a uno, sin voces que le persiguieran ni
más sonido que el murmullo de la tetera y el amable tic-tac del
reloj.
-¡No hay telepantalla! -se le escapó en voz baja.
-Ah -dijo el hombre . Nunca he tenido esas cosas. Son demasiado caras.
Además no veo la necesidad... Fíjese en esa mesita de aquella
esquina. Aunque, naturalmente, tendría usted que poner nuevos goznes si
quisiera utilizar las alas.
En otro rincón había una pequeña librería. Winston
se apresuró a examinarla. No había ningún libro
interesante en ella. La caza y destrucción de libros se había
realizado de un modo tan completo en los barrios proles como en las casas del
Partido y en todas partes. Era casi imposible que existiera en toda
Oceanía un ejemplar de un libro impreso antes de 1960. El vendedor, sin
dejar la lámpara, se había detenido ante un cuadrito enmarcado en
palo rosa, colgado al otro lado de la chimenea, frente a la cama.
-Si le interesan a usted los grabados antiguos... -propuso delicadamente.
Winston se acercó para examinar el cuadro. Era un grabado en acero de
un edificio ovalado con ventanas rectangulares y una pequeña torre en la
fachada. En torno al edificio corría una verja y al fondo se
veía una estatua. Winston la contempló unos momentos. Le
parecía algo familiar, pero no podía recordar la estatua.
-El marco está clavado en la pared -dijo el otro-, pero podría
destornillarlo si usted lo quiere.
-Conozco ese edificio -dijo Winston por fin-. Está ahora en ruinas,
cerca del Palacio de Justicia.
-Exactamente. Fue bombardeado hace muchos años. En tiempos fue una
iglesia. Creo que la llamaban San Clemente. -Sonrió como
disculpándose por haber dicho algo ridículo y
añadió-. «Naranjas y limones, dicen las campanas de San
Clemente».
-¿Cómo? -dijo Winston.
-Es de unos versos que yo sabía de pequeño. Empezaban:
«Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente». Ya
no recuerdo cómo sigue. Pero sí me acuerdo de la
terminación: «Aquí tienes una vela para alumbrarte cuando te
vayas a acostar. Aquí tienes un hacha para cortarte la cabeza».
Era una especie de danza. Unos tendían los brazos y otros pasaban por
dentro y cuando llegaban a aquello de
«He aquí el hacha para cortarte la cabeza», bajaban los brazos
y le cogían a uno. La canción estaba formada por los nombres de
varias iglesias, de todas las principales que había en Londres.
Winston se preguntó a qué siglo pertenecerían las
iglesias. Siempre era dificil determinar la edad de un edificio de Londres.
Cualquier construcción de gran tamaño e impresionante aspecto,
con tal de que no se estuviera derrumbando de puro vieja, se decía
automáticarnente que había sido construida después de la
Revolución, mientras que todo lo anterior se adscribía a un
oscuro período llamado la Edad Media. Los siglos de capitalismo no
habían producido nada de valor. Era imposible aprender historia a
través de los monumentos y de la arquitectura. Las estatuas,
inscripciones, lápidas, los nombres de las calles, todo lo que pudiera
arrojar alguna luz sobre el pasado, había sido alterado
sistemáticamente.
-No sabía que había sido una iglesia -dijo Winston.
-En realidad, hay todavía muchas de ellas aunque se han dedicado a otros
fines -le aclaró el dueño de la tienda-. Ahora recuerdo otro
verso:
Naranjas y límones, dícen las campanas de San Clemente, me
debes
tres peníques, dícen las campanas de San Martín.
No puedo recordar más versos.
-¿Dónde estaba San Martín? -dijo Winston.
-¿San Martín? Está todavía en pie. Sí, en la
Plaza de la Victoria, junto al Museo de Pinturas. Es una especie de porche
triangular con columnas y grandes escalinatas.
Winston conocía bien aquel lugar. El edificio se usaba para propaganda
de varias clases: exposiciones de maquetas de bombas cohete y de fortalezas
volantes, grupos de figuras de cera que ilustraban las atrocidades del enemigo
y cosas por el estilo.
-San Martín de los Campos, como le llamaban -aclaró el otro-,
aunque no recuerdo que hubiera campos por esa parte.
Winston no compró el cuadro. Hubiera sido una posesión
aún más incongruente que el pisapapeles de cristal e imposible de
llevar a casa a no ser que le hubiera quitado el marco. Pero se quedó
unos minutos más hablando con el dueño, cuyo nombre no era Weeks
-como él había supuesto por el rótulo de la tienda-, sino
Charrington. El señor Charrington era viudo, tenía sesenta y
tres años y había habitado en la tienda desde hacía
treinta. En todo este tiempo había pensado cambiar el nombre que
figuraba en el rótulo, pero nunca había llegado a convencerse de
la necesidad de hacerlo. Durante toda su conversación, la canción
medio recordada le zumbaba a Winston en la cabeza. Naranjas y
límones, dícen las campanas de San Clemente, me debes tres
peníques, dícen las campanas de San Martín. Era
curioso que al repetirse esos versos tuviera la sensación de estar
oyendo campanas, las campanas de un Londres desaparecido o que existía
en alguna parte. Winston, sin embargo, no recordaba haber oído campanas
en su vida.
Salió de la tienda del señor Charrington. Se había
adelantado a él desde el piso de arriba. No quería que lo
acompañase hasta la puerta para que no se diera cuenta de que
reconocía la calle por si había alguien. En efecto, había
decidido volver a visitar la tienda cuando pasara un tiempo prudencial; por
ejemplo, un mes. Después de todo, esto no era más peligroso que
faltar una tarde al Centro. Lo más arriesgado había sido volver
después de comprar el Diario sin saber si el dueño de la tienda
era de fiar. Sin embargo...
Sí, pensó otra vez, volvería. Compraría más
objetos antiguos y bellos. Compraría el grabado de San Clemente y se lo
llevaría a casa sin el marco escondiéndolo debajo del
«mono». Le haría recordar al señor Charrington el
resto de aquel poema. Incluso el desatinado proyecto de alquilar la
habitación del primer piso, le tentó de nuevo. Durante unos
cinco segundos, su exaltación le hizo imprudente y salió a la
calle sin asegurarse antes por el escaparate de que no pasaba nadie. Incluso
empezó a tararear con música improvisada.
Naranjas y límones, dícen las campanas de San Clemente, me
debes tres peníques, dícen las ...
De pronto pareció helársele el corazón y
derretírsele las entrañas. Una figura en «mono» azul
avanzaba hacia él a unos diez metros de distancia. Era la muchacha del
Departamento de Novela, la joven del cabello negro. Anochecía, pero
podía reconocerla fácilmente. Ella lo miró directamente a
la cara y luego apresuró el paso y pasó junto a él como si
no lo hubiera visto.
Durante unos cuantos segundos, Winston quedó paralizado. Luego
torció a la derecha y anduvo sin notar que iba en dirección
equivocada. De todos modos, era evidente que la joven lo espiaba. Tenía
que haberío seguido hasta allí, pues no podía creerse que
por pura casualidad hubiera estado paseando en la misma tarde por la misma
callejuela oscura a varios kilómetros de distancia de todos los barrios
habitados por los miembros del Partido. Era una coincidencia demasiado grande.
Que fuera una agente de la Policía del Pensamiento o sólo una
espía aficionada que actuase por oficiosidad, poco importaba. Bastaba
con que estuviera viéndolo. Probablemente, lo había visto
también en la taberna.
Le costaba gran trabajo andar. El pisapapeles de cristal que llevaba en el
bolsillo le golpeaba el muslo a cada paso y estuvo tentado de arrojarlo muy
lejos. Lo peor era que le dolía el vientre. Por unos instantes tuvo la
seguridad de que se moriría si no encontraba en seguida un retrete
público, Pero en un barrio como aquél no había tales
comodidades. Afortunadamente, se le pasaron esas angustias quedándole
sólo un sordo dolor.
La calle no tenía salida. Winston se detuvo, preguntándose
qué haría. Mas hizo lo único que le era posible, volver a
recorrería hasta la salida. Sólo hacía tres minutos que
la joven se había cruzado con él, y si corría,
podría alcanzarla. Podría seguirla hasta algún sitio
solitario y romperle allí el cráneo con una piedra. Le
bastaría con el pisapapeles. Pero abandonó en seguida esta idea,
ya que le era intolerable realizar un esfuerzo físico. No podía
correr ni dar el golpe. Además, la muchacha era joven y vigorosa y se
defendería bien. Se le ocurrió también acudir al Centro
Comunal y estarse allí hasta que cerraran para tener una coartada de su
empleo del tiempo durante la tarde. Pero aparte de que sería
sólo una coartada parcial, el proyecto era imposible de realizar. Le
invadió una mortal laxitud. Sólo quería llegar a casa
pronto y descansar.
Eran más de las veintidós cuando regresó al piso.
Apagarían las luces a las veintitrés treinta. Entró en su
cocina y se tragó casi una taza de ginebra de la Victoria. Luego se
dirigió a la mesita, sentóse y sacó el Diario del
cajón. Pero no lo abrió en seguida. En la telepantalla una
violenta voz femenina cantaba una canción patriótica a grito
pelado. Observó la tapa del libro intentando inútilmente no
prestar atención a la voz.
Las detenciones no eran siempre de noche. Lo mejor era matarse antes de que lo
cogieran a uno. Algunos lo hacían. Muchas de las llamadas
desapariciones no eran más que suicidios. Pero hacía falta un
valor desesperado para matarse en un mundo donde las armas de fuego y cualquier
veneno rápido y seguro eran imposibles de encontrar. Pensó con
asombro en la inutilidad biológica del dolor y del miedo, en la
traición del cuerpo humano, que siempre se inmoviliza en el momento
exacto en que es necesario realizar algún esfuerzo especial.
Podía haber eliminado a la muchacha morena sólo con haber actuado
rápida y eficazmente; pero precisamente por lo extremo del peligro en
que se hallaba había perdido la facultad de actuar. Le
sorprendió que en los momentos de crisis no estemos luchando nunca
contra un enemigo externo, sino siempre contra nuestro propio cuerpo. Incluso
ahora, a pesar de la ginebra, la sorda molestia de su vientre le impedía
pensar ordenadamente. Y lo mismo ocurre en todas las situaciones aparentemente
heroicas o trágicas. En el campo de batalla, en la cámara de las
torturas, en un barco que naufraga, se olvida siempre por qué se debate
uno ya que el cuerpo acaba llenando el universo, e incluso cuando no estamos
paralizados por el miedo o chillando de dolor, la vida es una lucha de cada
momento contra el hambre, el frío o el insomnio, contra un
estómago dolorido o un dolor de muelas.
Abrió el Diario. Era importante escribir algo. La mujer de la
telepantalla había empezado una nueva canción. Su voz se le
clavaba a Winston en el cerebro como pedacitos de vidrio. Procuró
pensar en O'Brien, a quien dirigía su Diario, pero en vez de ello,
empezó a pensar en las cosas que le sucederían cuando lo
detuviera la Policía del Pensamiento. No importaba que lo matasen a uno
en seguida. Esa muerte era la esperada. Pero antes de morir (nadie hablaba de
estas cosas aunque nadie las ignoraba) había que pasar por la rutina de
la confesión: arrastrarse por el suelo, gritar pidiendo misericordia, el
chasquido de los huesos rotos, los dientes partidos y los mechones
ensangrentados de pelo. ¿Para qué sufrir todo esto si el fin era el
mismo? ¿Por qué no ahorrarse todo esto? Nadie escapaba a la
vigilancia ni dejaba de confesar. El culpable de crimental estaba
completamente seguro de que lo matarían antes o después.
¿Para qué, pues, todo ese horror que nada alteraba?
Por fin, consiguió evocar la imagen de O'Brien. «Nos encontraremos
en el sitio donde no hay oscuridad», le había dicho O'Brien en el
sueño. Winston sabía lo que esto significaba, o se figuraba
saberlo. El lugar donde no hay oscuridad era el futuro imaginado, que nunca se
vería; pero, por adivinación, podría uno participar en
él místicamente. Con la voz de la telepantalla zumbándole
en los oídos no podía pensar con ilación. Se puso un
cigarrdlo en la boca. La mitad del tabaco se le cayó en la lengua, un
polvillo amargo que luego no se podía escupir. El rostro del Gran
Hermano flotaba en su mente desplazando al de O'Brien. Lo mismo que
había hecho unos días antes, se sacó una moneda del
bolsillo y la contempló. El rostro le miraba pesado, tranquilo,
protector. Pero, ¿qué clase de sonrisa se escondía bajo el
oscuro bigote? Las palabras de las consignas martilleaban el cerebro de
Winston:
LA LIIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA