En aquel momento en el sueño -su madre estaba sentada en un sitio
profundo junto a él y con su niña en brazos. De esta hermana
sólo recordaba Winston que era una chiquilla débil e
insignificante, siempre callada y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se
hallaban las dos en algún sitio subterráneo por ejemplo, el fondo
de un pozo o en una cueva muy honda-, pero era un lugar que, estando ya muy por
debajo de él, se iba hundiendo sin cesar. Si, era la cámara de
un barco que se hundía y la madre y la hermana lo miraban a él
desde la tenebrosidad de las aguas que invadían el buque. Aún
había aire en la cámara. Su madre y su hermanita podían
verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irse hundiendo ni
un solo instante, de ir cayendo en las aguas, de un verde muy oscuro, que de un
momento a otro las ocultarían para siempre. Winston, en cambio, se
encontraba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tragando la
muerte, y ellas se hundían porque él estaba allí
arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y
él descubría en las caras de ellas este conocimiento. Pero la
expresión de las dos no le reprochaba nada ni sus corazones tampoco -el
lo sabía- y sólo se transparentaba la convicción de que
ellas morían para que él pudiera seguir viviendo allá
arriba y que esto formaba parte del orden inevitable de las cosas.
No podía recordar qué había ocurrido, pero mientras
soñaba estaba seguro de que, de un modo u otro, las vidas de su madre y
su hermana fueron sacrificadas para que él viviera. Era uno de esos
ensueños que, a pesar de utilizar toda la escenografía
onírica habitual, son una continuación de nuestra vida
intelectual y en los que nos damos cuenta de hechos e ideas que siguen teniendo
un valor después del despertar. Pero lo que de pronto sobresaltó
a Winston, al pensar luego en lo que había soñado, fue que la
muerte de su madre, ocurrida treinta años antes, había sido
trágica y dolorosa de un modo que ya no era posible. Pensó que
la tragedia pertenecía a los tiempos antiguos y que sólo
podía concebirse en una época en que había aún
intimidad -vida privada, amor y amistad- y en que los miembros de una familia
permanecían juntos sin necesidad de tener una razón especial para
ello. El recuerdo de su madre le torturaba porque había muerto
amándole cuando él era demasiado joven y egoísta para
devolverle ese cariño y porque de alguna manera -no recordaba
cómo- se había sacrificado a un concepto de la lealtad que era
privatísimo e inalterable. Bien comprendía Winston que esas
cosas no podían suceder ahora. Lo que ahora había era miedo,
odio y dolor físico, pero no emociones dignas ni penas profundas y
complejas. Todo esto lo había visto, soñando, en los ojos de su
madre y su hermanita, que lo miraban a él a través de las aguas
verdeoscuras, a una inmensa profundidad y sin dejar de hundirse.
De pronto, se vio de pie sobre el césped en una tarde de verano en que
los rayos oblicuos del sol doraban la corta hierba. El paisaje que se le
aparecía ahora se le presentaba con tanta frecuencia en sueños
que nunca estaba completamente seguro de si lo había visto alguna vez en
la vida real. Cuando estaba despierto, lo llamaba el País Dorado. Lo
cubrían pastos mordidos por los conejos con un sendero que serpenteaba
por él y, aquí y allá, unas pequeñísimas
elevaciones del terreno. Al fondo, se velan unos olmos que se balanceaban
suavemente con la brisa y sus follajes parecían cabelleras de mujer.
Cerca, aunque fuera de la vista, corría un claro arroyuelo de lento
fluir.
La muchacha morena venía hacia él por aquel campo.
Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y las arrojó
despectivamente a un lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no despertaba
deseo en Winston, que se limitaba a contemplarlo. Lo que le llenaba de
entusiasmo en aquel momento era el gesto con que la joven se había
librado de sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel gesto,
parecía estar aniquilando toda su cultura, todo un sistema de
pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Policía del
Pensamiento pudieran ser barridos y enviados a la Nada con un simple movimiento
del brazo. También aquel gesto pertenecía a los tiempos
antiguos. Winston se despertó con la palabra «Shakespeare» en
los labios.
La telepantalla emitía en aquel instante un prolongado silbido que
partía el tímpano y que continuaba en la misma nota treinta
segundos. Eran las cero-siete-quince, la hora de levantarse para los
oficinistas. Winston se echó abajo de la cama desnudo porque los
miembros del Partido Exterior recibían sólo tres mil cupones para
vestimenta durante el año y un pijama necesitaba seiscientos cupones- y
se puso un sucio singlet y unos shorts que estaban sobre una
silla. Dentro de tres minutos empezarían las Sacudidas Físicas.
Inmediatamente le entró el ataque de tos habitual en él en cuanto
se despertaba.
Vació tanto sus pulmones que, para volver a respirar, tuvo que tenderse
de espaldas abriendo y cerrando la boca repetidas veces y en rápida
sucesión. Con el esfuerzo de la tos se le hinchaban las venas y sus
varices le habían empezado a escocer.
-¡Grupo de treinta a cuarenta! -ladró una penetrante voz de mujer-.
¡Grupo de treinta a cuarenta! Ocupad vuestros sitios, por favor.
Winston se colocó de un salto a la vista de la telepantalla, en la cual
había aparecido ya la imagen de una mujer más bien joven,
musculoso y de facciones duras, vestida con una túnica y calzando
sandalias de gimnasia.
-¡Doblad y extended los brazos! -gritó-. ¡Contad a la vez que
yo! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro!
¡Vamos, camaradas, un poco de vida en lo que hacéis! ¡Uno,
dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ...
La intensa molestia de su ataque de tos no había logrado desvanecer en
Winston la impresión que le había dejado el ensueño y los
movimientos rítmicos de la gimnasia contribuían a conservarle
aquel recuerdo. Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos
-sin perder ni por un instante la expresión de contento que se
consideraba apropiada durante las Sacudidas Físicas-, se esforzaba por
resucitar el confuso período de su primera infancia. Pero le resultaba
extraordinariamente dificil. Más allá de los años
cincuenta y tantos -final de la década- todo se desvanecía. Sin
datos externos de ninguna clase a que referirse era imposible reconstruir ni
siquiera el esquema de la propia vida. Se recordaban los acontecimientos de
enormes proporciones -que muy bien podían no haber acaecido-, se
recordaban también detalles sueltos de hechos sucedidos en la infancia,
de cada uno, pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos
períodos en blanco donde no se podía colocar absolutamente nada.
Entonces todo había sido diferente. Incluso los nombres de los
países y sus formas en el mapa. La Franja Aérea número 1,
por ejemplo, no se llamaba así en aquellos días: la llamaban
Inglaterra o Bretaña, aunque Londres -Winston estaba casi seguro de
ello- se había llamado siempre Londres.
No podía recordar claramente una época en que su país no
hubiera estado en guerra, pero era evidente que había un intervalo de
paz bastante largo durante su infancia porque uno de sus primeros recuerdos era
el de un ataque aéreo que parecía haber cogido a todos por
sorpresa. Quizá fue cuando la bomba atómica cayó en
Colchester. No se acordaba del ataque propiamente dicho, pero sí de la
mano de su padre que le tenía cogida la suya mientras descendían
precipitadamente por algún lugar subterráneo muy profundo, dando
vueltas por una escalera de caracol que finalmente le había cansado
tanto las piernas que empezó a sollozar y su padre tuvo que dejarle
descansar un poco. Su madre, lenta y pensativa como siempre, los seguía
a bastante distancia. La madre llevaba a la hermanita de Winston, o
quizá sólo llevase un lío de mantas. Winston no estaba
seguro de que su hermanita hubiera nacido por entonces. Por último,
desembocaron a un sitio ruidoso y atestado de gente, una estación de
Metro.
Muchas personas se hallaban sentadas en el suelo de piedra y otras,
arracimadas, se habían instalado en diversos objetos que llevaban.
Winston y sus padres encontraron un sitio libre en el suelo y junto a ellos un
viejo y una vieja se apretaban el uno contra el otro. El anciano vestía
un buen traje oscuro y una boina de paño negro bajo la cual le asomaba
abundante cabello muy blanco. Tenía la cara enrojecida; los ojos,
azules y lacrimosos. Olía a ginebra. Ésta parecía
salírsele por los poros en vez del sudor y podría haberse pensado
que las lágrimas que le brotaban de los ojos eran ginebra pura. Sin
embargo, a pesar de su borrachera, sufría de algún dolor
auténtico e insoportable. De un modo infantil, Winston
comprendió que algo terrible, más allá del perdón y
que jamás podría tener remedio, acababa de ocurrirle al viejo.
También creía saber de qué se trataba. Alguien a quien el
anciano amaba, quizás alguna nietecita, había muerto en el
bombardeo. Cada pocos minutos, repetía el viejo:
-No debíamos habernos fiado de ellos. ¿Verdad que te lo dije,
abuelita? Nos ha pasado esto por fiarnos de ellos. Siempre lo he dicho.
Nunca debimos confiar en esos canallas.
Lo que Winston no podía recordar es a quién se refería el
viejo y quiénes eran esos de los que no había que fiarse.
Desde entonces, la guerra había sido continua, aunque hablando con
exactitud no se trataba siempre de la misma guerra. Durante algunos meses de
su infancia había habido una confusa lucha callejera en el mismo Londres
y él recordaba con toda claridad algunas escenas. Pero hubiera sido
imposible reconstruir la historia de aquel período ni saber quién
luchaba contra quién en un momento dado, pues no quedaba ningún
documento ni pruebas de ninguna clase que permitieran pensar que la
disposición de las fuerzas en lucha hubiera sido en algún momento
distinta a la actual. Por ejemplo, en este momento, en 1984 (si es que
efectivamente era 1984), Oceanía estaba en guerra con Eurasia y era
aliada de Asia Oriental. En ningún discurso público ni
conversación privada se admitía que estas tres potencias se
hubieran hallado alguna vez en distinta posición cada una respecto a las
otras. Winston sabía muy bien que, hacia sólo cuatro
años, Oceanía había estado en guerra contra Asia Orienta]
y aliada con Eurasia. Pero aquello era sólo un conocimiento furtivo que
él tenía porque su memoria «fallaba» mucho, es decir,
no estaba lo suficientemente controlada. Oficialmente, nunca se había
producido un cambio en las alianzas. Oceanía estaba en guerra con
Eurasia; por tanto, Oceanía siempre había luchado contra Eurasia.
El enemigo circunstancial representaba siempre el absoluto mal, y de ahí
resultaba que era totalmente imposible cualquier acuerdo pasado o futuro con
él.
Lo horrible, pensó por diezrnilésima vez mientras se forzaba los
hombros dolorosamente hacia atrás (con las manos en las caderas, giraban
sus cuerpos por la cintura, ejercicio que se suponía conveniente para
los músculos de la espalda), lo horrible era que todo ello podía
ser verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir
que este o aquel acontecimiento nunca había ocurrido, esto
resultaba mucho más horrible que la tortura y la muerte.
El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia.
Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado
aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba
ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso,
iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la
mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo,
entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad.
«El que controla el pasado -decia el slogan del Partido-, controla
también el futuro. El que controla el presente, controla el
pasado.» Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza,
nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había
sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo
único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada
persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban
«control de la realidad». Pero en neolengua había una
palabra especial para ello: doblepensar.
-¡Descansen! -ladró la instructora, cuya voz parecía ahora
menos malhumorada.
Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvió a llenar de
aire sus pulmones. Su mente se deslizó por el laberíntico mundo
del doplepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es
realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener
simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer
sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica,
repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es
imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar
cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a
traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y, sobre
todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Ésta era la
más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la
inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se
había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la
palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.
La instructora había vuelto a llamarles la atención:
-Y ahora, a ver cuáles de vosotros pueden tocarse los dedos de los pies
sin doblar las rodillas -gritó la mujer con gran entusiasmo- ¡Por
favor, camaradas! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos ... !
A Winston le fastidiaba indeciblemente este ejercicio que le hacía doler
todo el cuerpo y a veces le causaba golpes de tos. Ya no disfrutaba con sus
meditaciones. El pasado, pensó Winston, no sólo había
sido alterado, sino que estaba siendo destruido. Pues, ¿cómo iba
usted a establecer el hecho más evidente si no existía más
prueba que el recuerdo de su propia memoria? Trató de recordar en
qué año había oído hablar por primera vez del Gran
Hermano. Creía que debió de ser hacia el sesenta y tantos, pero
era imposible estar seguro. Por supuesto, en los libros de historia editados
por el Partido, el Gran Hermano figuraba como jefe y guardián de la
Revolución desde los primeros días de ésta. Sus
hazañas habían ido retrocediendo en el tiempo cada vez más
y ya se extendían hasta el mundo fabuloso de los años cuarenta y
treinta cuando los capitalistas, con sus extraños sombreros
cilíndricos, cruzaban todavía por las calles de Londres en
relucientes automóviles o en coches de caballos -pues aún
quedaban vehículos de éstos-, con lados de cristal. Desde luego,
se ignoraba cuánto había de cierto en esta leyenda y
cuánto de inventado. Winston no podía recordar ni siquiera en
qué fecha había empezado el Partido a existir. No creía
haber oído la palabra «Ingsoc» antes de 1960. Pero era
posible que en su forma viejolingüística es decir, «socialismo
inglés»- hubiera existido antes. Todo se había desvanecido
en la niebla. Sin embargo, a veces era posible poner el dedo sobre una mentira
concreta. Por ejemplo, no era verdad, como pretendían los libros de
historia lanzados por el Partido, que éste hubiera inventado los
aeroplanos. Winston recordaba los aeroplanos desde su más temprana
infancia. Pero tampoco podría probarlo. Nunca se podía probar
nada. Sólo una vez en su vida había tenido en sus manos la
innegable prueba documental de la falsificación de un hecho
histórico. Y en aquella ocasión...
-¡Smith! -chilló la voz de la telepantalla-; i6O79 Smith W!
¡Sí, tú! ¡Inclínate más, por favor!
Puedes hacerlo mejor; es que no te esfuerzas; más doblado, haz el favor.
Ahora está mucho mejor, camarada.
Descansad todos y fijaos en mí.
Winston sudaba por todo su cuerpo, pero su cara permanecía completamente
inescrutable. ¡Nunca os manifestéis desanimados! ¡Nunca os
mostréis resentidos! Un leve pestañeo podría
traicioneros. Por eso, Winston miraba impávido a la instructora
mientras ésta levantaba los brazos por encima de la cabeza y, si no con
gracia, sí con notable precisión y eficacia, se dobló y se
tocó los dedos de los pies sin doblar las rodillas.
-¡Ya habéis visto, camaradas; así es como quiero que lo
hagáis! Miradme otra vez. Tengo treinta y nueve años y cuatro
hijos. Mirad -volvió a doblarse . Ya veis que mis rodillas no se han
doblado. Todos Vosotros podéis hacerlo si queréis
-añadió mientras se ponía derecha-. Cualquier persona de
menos de cuarenta y cinco años es perfectamente capaz de tocarse
así los dedos de los pies. No todos nosotros tenemos el privilegio de
luchar en el frente, pero por lo menos podemos mantenemos en forma.
¡Recordad a nuestros muchachos en el frente malabar! ¡Y a los
marineros de las fortalezas flotantes! Pensad en las penalidades que han de
soportar. Ahora, probad otra vez. Eso está mejor, camaradas, mucho
mejor -añadió en tono estimulante dirigiéndose a Winston,
el cual, con un violento esfuerzo, había logrado tocarse los dedos de
los pies sin doblar las rodillas. Desde varios años atrás, no lo
conseguía.