El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al
fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior,
estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de
más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y
cinco años con un gran bigote negro y facciones hennosas y endurecidas.
Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar
subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la
corriente se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de las
restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía
que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una
úlcera de varices por encima del tobillo derecho, subió
lentamente, descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta
del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era
uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno
adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las
palabras al pie.
Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que
tenían algo que ver con la producción de lingotes de hierro. La
voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de espejo
empeñado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la
derecha. Winston hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó de
volumen aunque las palabras seguían distinguiéndose. El
instrumento (llamado teidoatítalia) podía ser amortiguado,
pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la
ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba
realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el
cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un
jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un invierno
que acababa de terminar.
Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo
parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos
de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el
sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener
color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes
negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En
la casa de enfrente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE
VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos
miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con
aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba
espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo
alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba
entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba
otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de
vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo,
las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la
Policía del Pensamiento.
A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando
datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La
telepantalla recibía y transmitía simultáneamente.
Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el
aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio de
visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que
oído. Por supuesto, no había manera de saber si le contemplaban
a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la frecuencia
y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo
privado. Incluso se concebía que los vigilaran a todos a la vez. Pero,
desde luego, podían intervenir su línea de usted cada vez que se
les antojara. Tenía usted que vivir -y en esto el hábito se
convertía en un instinto- con la seguridad de que cualquier sonido
emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que,
excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados.
Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más
seguro; aunque, como él sabía muy bien, incluso una espalda
podía ser reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio
de la Verdad, donde trabajaba Winston, se elevaba inmenso y blanco sobre el
sombrío paisaje. «Esto es Londres», pensó con una
sensación vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de la Franja
aérea 1, que era a su vez la tercera de las provincias más
pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria
algún recuerdo infantil que le dijera si Londres había sido
siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas
decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas
tapadas con cartón, los techos remendados con planchas de cinc acanalado
y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares
bombardeados, cuyos restos de yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el
aire, y el césped amontonado, y los lugares donde las bombas
habían abierto claros de mayor extensión y habían surgido
en ellos sórdidas colonias de chozas de madera que parecían
gallineros? Pero era inútil, no podía recordar: nada le quedaba
de su infancia excepto una serie de cuadros brillantemente iluminados y sin
fondo, que en su mayoría le resultaban ininteligibles.
El Ministerio de la Verdad -que en neolengua (La lengua oficial de
Oceanía) se le llamaba el Minver- era diferente, hasta un extremo
asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una
enorme estructura pirarnidal de cemento armado blanco y reluciente, que se
elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde
donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca
fachada en letras de elegante forma, las tres consignas del Partido:
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil
habitaciones sobre el nivel del suelo y las correspondientes ramificaciones en
el subsuelo. En Londres sólo había otros tres edificios del
mismo aspecto y tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la
arquitectura de los alrededores que desde el techo de las Casas de la Victoria
se podían distinguir, a la vez, los cuatro edificios. En ellos estaban
instalados los cuatro Ministerios entre los cuales se dividía todo el
sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las
noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes.
El Ministerio de la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor,
encargado de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, al
que correspondían los asuntos económicos. Sus nombres, en
neolengua: Miniver, Minipax, Minimor y Minindantia.
El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en
absoluto. Winston nunca había estado dentro del Minimor, ni siquiera se
había acercado a medio kilómetro de él. Era imposible
entrar allí a no ser por un asunto oficial y en ese caso había
que pasar por un laberinto de caminos rodeados de alambre espinoso, puertas de
acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles que
conducían a sus salidas extremas, estaban muy vigiladas por guardias,
con caras de gorila y uniformes negros, armados con porras.
Winston se volvió de pronto. Había adquirido su rostro
instantáneamente la expresión de tranquilo optimismo que era
prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la
habitación hacia la diminuta cocina. Por haber salido del Ministerio a
esta hora tuvo que renunciar a almorzar en la cantina y en seguida
comprobó que no le quedaban víveres en la cocina a no ser un
mendrugo de pan muy oscuro que debía guardar para el desayuno del
día siguiente. Tomó de un estante una botella de un
líquido incoloro con una sencilla etiqueta que decía: Ginebra
de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el
espíritu de arroz chino. Winston se sirvió una tacita, se
preparó los nervios para el choque, y se lo tragó de un golpe
como si se lo hubieran recetado.
Al momento, se le volvió roja la cara y los ojos empezaron a llorarle.
Este líquido era como ácido nítrico; además, al
tragarlo, se tenía la misma sensación que si le dieran a uno un
golpe en la nuca con una porra de goma. Sin embargo, unos segundos
después, desaparecía la incandescencia del vientre y el mundo
empezaba a resultar más alegre. Winston sacó un cigarrillo de
una cajetilla sobre la cual se leía: Cigarrillos de la Victoria,
y como lo tenía cogido verticalmente por distracción, se le
vació en el suelo. Con el próximo pitillo tuvo ya cuidado y el
tabaco no se salió. Volvió al cuarto de estar y se sentó
ante una mesita situada a la izquierda de la telepantalla. Del cajón
sacó un portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de
tamaño in-quarto, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón
imitaban el mármol.
Por alguna razón la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en
una posición insólita. En vez de hallarse colocada, como era
normal, en la pared del fondo, desde donde podría dominar toda la
habitación, estaba en la pared más larga, frente a la ventana. A
un lado de ella había una alcoba que apenas tenía fondo, en la
que se había instalado ahora Winston. Era un hueco que, al ser
construido el edificio, habría sido calculado seguramente para alacena o
biblioteca. Sentado en aquel hueco y situándose lo más dentro
posible, Winston podía mantenerse fuera del alcance de la telepantalla
en cuanto a la visualidad, ya que no podía evitar que oyera sus ruidos.
En parte, fue la misma distribución insólita del cuarto lo que le
indujo a lo que ahora se disponía a hacer.
Pero también se lo había sugerido el libro que acababa de sacar
del cajón. Era un libro excepcionalmente bello. Su papel, suave y
cremoso, un poco amarillento por el paso del tiempo, por lo menos hacía
cuarenta años que no se fabricaba. Sin embargo, Winston suponía
que el libro tenía muchos años más. Lo había visto
en el escaparate de un establecimiento de compraventa en un barrio miserable de
la ciudad (no recordaba exactamente en qué barrio había sido) y
en el mismísimo instante en que lo vio, sintió un irreprimible
deseo de poseerlo. Los miembros del Partido no deben entrar en las tiendas
corrientes (a esto se le llamaba, en tono de severa censura, «traficar en
el mercado libre»), pero no se
acataba rigurosamente esta prohibición porque había varios
obietos como cordones para los zapatos y hojas de afeitar- que era imposible
adquirir de otra manera. Winston, antes de entrar en la tienda, había
mirado en ambas direcciones de la calle para asegurarse de que no venía
nadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dólares
cincuenta. En aquel momento no sabía exactamente para qué
deseaba el libro. Sintiéndose culpable se lo había llevado a su
casa, guardado en su cartera de mano. Aunque estuviera en blanco, era
comprometido guardar aquel libro.
Lo que ahora se disponía Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no
se consideraba ilegal (en realidad, nada era ilegal, ya que no existían
leyes), pero si lo detenían podía estar seguro de que lo
condenarían a muerte, o por lo menos a veinticinco años de
trabajos forzados. Winston puso un plumín en el portaplumas y lo
chupó primero para quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento
arcaico. Se usaba rarísimas veces, ni siquiera para firmar, pero
él se había procurado una, furtivamente y con mucha dificultad,
simplemente porque tenía la sensación de que el bello papel
cremoso merecía una plurna de verdad en vez de ser rascado con un
lápiz tinta. Pero lo malo era que no estaba acostumbrado a escribir a
mano. Aparte de las notas muy breves, lo corriente era dictárselo todo
al hablescribe, totalmente inadecuado para las circunstancias actuales.
Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En los
intestinos se le había producido un ruido que podía delatarle.
El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra
pequeña e inhábil escribió:
Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente
desconcertado. Lo prirnero que no sabía con certeza era si aquel era,
de verdad, el año 1984. Desde luego, la fecha había de
ser aquélla rnuy aproximadamente, puesto que él había
nacido en 1944 o 1945, según creía; pero, «¡cualquiera
va a saber
hoy en qué año vive!», se decía Winston.
Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para qué estaba
escribiendo él este diario? Para el futuro, para los que aún no
habían nacido. Su mente se posó durante unos momentos en la
fecha que había escrito a la cabecera y luego se le presentó,
sobresaltándose terriblemente, la palabra
neolingüística doblepensar. Por primera vez
comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer.
¿Cómo iba a comunicar con el futuro? Esto era imposible por su
misma naturaleza. Una de dos: o el futuro se parecía al presente y
entonces no le haría ningún caso, o sería una cosa
distinta y, en tal caso, lo que él dijera carecería de todo
sentido para ese futuro.
Durante algún tiempo permaneció contemplando estúpidamente
el papel. La telepantalla transmitía ahora estridente rnúsica
militar. Es curioso: Winston no sólo parecía haber perdido la
facultad de expresarse, sino haber olvidado de qué iba a ocuparse. Por
espacio de varias semanas se había estado preparando para este momento y
no se le había ocurrido pensar que para realizar esa tarea se necesitara
algo más que atrevimiento. El hecho mismo de expresarse por escrito,
creía él, le sería muy fácil. Sólo
tenía que trasladar al papel el interminable e inquieto monólogo
que desde hacia muchos años venía corriéndose por la
cabeza. Sin embargo, en este momento hasta el monólogo se le
había secado. Además, sus varices habían empezado a
escocerle insoportablemente. No se atrevía a rascarse porque siempre
que lo hacía se le inflamaba aquello. Transcurrían los segundos
y él sólo tenía conciencia de la blancura del papel ante
sus ojos, el absoluto vacío de esta blancura, el escozor de la piel
sobre el tobillo, el estruendo de la música militar, y una leve
sensación de atontamiento producido por la ginebra.
De repente, empezó a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara el
pánico, dándose apenas cuenta de lo que escribía. Con su
letrita infantil iba trazando líneas torcidas y si primero empezó
a «comerse» las mayúsculas, luego suprimió incluso los
puntos:
4 de abril de 1984. Anoche estuve en los flicks. Todas las películas
eras de guerra Había una muy buena de su barrio lleno de refugiados que
lo bombardeaban no sé dónde del Mediterráneo. Al
público lo divirtieron mucho los planos de un hombre muy muy gordo
que intentaba escaparse nadando de un helicóptero que lo
perseguía, primero se le veía en el agua chapoteando como una
tortuga, luego lo veías por los visores de las ametraltadoras del
helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando
a tiros y el agua a su alrededor que se ponía toda roja y el gordo se
hundía como si el agua le entrara por los agujeros que le habían
hecho las balas. La gente se moría de rísa cuando el gordo se
iba hundíendo en el agua, y también una lancha salvavidas llena
de niños con un helicoptero que venía dando vueltas y más
vueltas había una mujer de edad madura que bíen podía ser
una judía y estaba sentada la proa con un níño en los
brazos que quízás tuviera unos tres años, el niño
chillaba con mucho pánico, metía la cabeza entre los pehos de la
mujer y parecía que se quería esonder así y la mujer lo
rodeaba con los brazos y lo consolaba como si ella no estuviese
tambíén aterrada y como sí por tenerlo así en los
brazos fuera a evitar que le mataran al niño las balas. Entonces va el
helicoptero y tira una bomba de veinte kilos sobre el barco y no queda ni una
astilla de él, que fue una explosión pero que magnífica, y
luego salía su primer plano maravilloso del brazo del niño
subiendo por el aíre yo creo que un helicóptero con su
cámara debe haberlo seguido así por el aire y la gente
aplaudió muchísímo pero una mujer que estaba entro los
proletarios empezó a armar un escándalo terrible chillando que no
debían echar eso, no debían echarlo delante de los críos,
que no debían, hasta que la policía la sacó de allí
a rastras no creo que le pasara nada, a nadie le importa lo que dicen los
proletarios, la reacción típica de los proletaríos y no se
hace caso nunca...
Winston dejó de escribir, en parte debido a que le daban calambres. No
sabía por qué había soltado esta sarta de incongruencias.
Pero lo curioso era que mientras lo hacía se le había aclarado
otra faceta de su memoria hasta el punto de que ya se creía en
condiciones de escribir lo que realmente había querido poner en su
libro. Ahora se daba cuenta de que si había querido venir a casa a
empezar su diario precisamente hoy era a causa de este otro incidente.
Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministerio, si es que
algo de tal vaguedad podía haber ocurrido.
Cerca de las once y ciento en el Departamento de Registro, donde trabajaba
Winston, sacaban las sillas de las cabinas y las agrupaban en el centro del
vestíbulo, frente a la gran telepantalia, preparándose para los
Dos Minutos de Odio. Winston acababa de sentarse en su sitio, en una de las
filas de en medio, cuando entraron dos personas a quienes él
conocía de vista, pero a las cuales nunca había hablado. Una de
estas personas era una muchacha con la que se había encontrado
frecuentemente en los pasillos. No sabía su nombre. pero sí que
trabajaba en el Departamento de Novela. Probablemente -ya que la había
visto algunas veces con las manos grasientas y llevando paquetes de
composición de imprenta- tendría alguna labor mecánica en
una de las máquinas de escribir novelas. Era una joven de aspecto
audaz, de unos veintisiete años, con espeso cabello negro, cara pecosa y
movimientos rápidos y atléticos. Llevaba el «mono»
cedido por una estrecha faja roja que le daba varias veces la vuelta a la
cintura realzando así la atractiva forma de sus caderas; y ese
cinturón era el emblema de la Liga juvenil AntiSex. A Winston le
produjo una sensación desagradable desde el primer momento en que la
vio. Y sabía la razón de este mal efecto: la atmósfera de
los campos de hockey y duchas frías, de excursiones colectivas y el aire
general de higiene mental que trascendía de ella. En realidad, a
Winston le molestaban casi todas las mujeres y especialmente las jóvenes
y bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jóvenes, lo
más fanático del Partido, las que se tragaban todos los
slogans de propaganda y abundaban entre ellas las espías aficionadas
y las que mostraban demasiada curiosidad por lo heterodoxo de los demás.
Pero esta muchacha determinada le había dado la impresión de ser
más peligrosa que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el
corredor, la joven le dirigió una rápida mirada oblicua que por
unos momentos dejó aterrado a Winston. Incluso se le había
ocurrido que podía ser una agente de la Policía del Pensamiento.
No era, desde luego, muy probable. Sin embargo, Winston siguió
sintiendo una intranquilidad muy especial cada vez que la muchacha se hallaba
cerca de él, una mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un
hombre llamado O'Brien, miembro del Partido Interior y titular de un cargo tan
remoto e importante, que Winston tenía una idea muy confusa de
qué se trataba. Un rápido murmullo pasó por el grupo ya
instalado en las sillas cuando vieron acercarse el «mono» negro de un
miembro del Partido Interior. O'Brien era un hombre corpulento con un ancho
cuello y un rostro basto, brutal, y sin embargo rebosante de buen humor. A
pesar de su formidable aspecto, sus modales eran bastante agradables.
Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizaba a sus
interlocutores, un gesto que tenía algo de civilizado, y esto era
sorprendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto -si alguien hubiera
sido capaz de pensar así todavía- podía haber recordado a
un aristócrata del siglo XVI ofreciendo rapé en su cajita.
Winston había visto a O'Brien quizás sólo una docena de
veces en otros tantos años. Sentíase fuertemente atraído
por él y no sólo porque le intrigaba el contraste entre los
delicados modales de O'Brien y su aspecto de campeón de lucha libre,
sino mucho más por una convicción secreta que quizás ni
siquiera fuera una convicción, sino sólo una esperanza- de que la
ortodoxia política de O'Brien no era perfecta. Algo había en su
cara que le impulsaba a uno a sospecharlo irresistiblemente. Y quizás
no fuera ni siquiera heterodoxia lo que estaba escrito en su rostro, sino,
sencillamente, inteligencia. Pero de todos modos su aspecto era el de una
persona a la cual se le podría hablar si, de algún modo, se
pudiera eludir la telepantalla y llevarlo aparte. Winston no había
hecho nunca el menor esfuerzo para comprobar su sospecha y es que, en verdad,
no había manera de hacerlo. En este momento, O'Brien miró su
reloj de pulsera y, al ver que eran las once y ciento, seguramente
decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que pasaran los
Dos Minutos de Odio. Tomó asiento en la misma fila que Winston,
separado de él por dos sillas., Una mujer bajita y de cabello color
arena, que trabajaba en la cabina vecina a la de Winston, se instaló
entre ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás de
Winston.
Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una
monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran
telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le
hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta.
Había empezado el Odio.
Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel
Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y
allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido
mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho
tiempo (nadie podía recordar cuánto) había sido una de las
figuras principales del Partido, casi con la misma importancia que el Gran
Hermano, y luego se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias,
había sido condenado a muerte y se había escapado
misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos
de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser
Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y
más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los
subsiguientes crímenes contra el Partido, todos los actos de sabotaje,
herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían
directamente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y
conspirando.
Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos
extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera
escondido en algún sitio de la propia Oceanía.
El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía ver la cara de
Goldstein sin experimentar una penosa mezcla de emociones. Era un rostro
judío, delgado, con una aureola de pelo blanco y una barbita de chivo:
una cara inteligente que tenía sin embargo, algo de despreciable y una
especie de tontería senil que le prestaba su larga nariz, a cuyo extremo
se sostenían en dificil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro
de una oveja y su misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein
pronunciaba su habitual discurso en el que atacaba venenosamente las doctrinas
del Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño
podía darse cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y
sin embargo, lo bastante plausible para que pudiera uno alarmarse y no fueran a
dejarse influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran
Hermano, acusaba al Partido de ejercer una dictadura y pedía que se
firmara inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra,
la libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de
pensamiento, gritando histéricamente que la revolución
había sido traicionada. Y todo esto a una rapidez asombrosa que era una
especie de parodia del estilo habitual de los oradores del Partido e incluso
utilizando palabras de neolengua, quizás con más palabras
neolingüísticas de las que solían emplear los miembros del
Partido en la vida corriente. Y mientras gritaba, por detrás de
él desfilaban interminables columnas del ejército de Eurasia,
para que nadie interpretase como simple palabrería la oculta maldad de
las frases de Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y más
filas de forzudos soldados, con impasibles rostros asiáticos; se
acercaban a primer término y desaparecían. El sordo y
rítmico clap-clap de las botas militares formaba el contrapunto de la
hiriente voz de Goldstein.
Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los
espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y
ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que
desfilaba a sus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera resistirlo
indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en
él surgían el miedo y la ira automáticamente. Era
él un objeto de odio más constante que Eurasia o que Asia
Oriental, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de estas
potencias, solía hallarse en paz con la otra. Pero lo extraño
era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos
lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día -y cada día
ocurría esto mil veces- sin que sus teorías fueran refutadas,
aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas,
en los periódicos y en los libros... a pesar de todo ello, su influencia
no parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a
dejarse engañar por él. No pasaba ni un solo día sin que
espías y saboteadores que trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran
atrapados por la Policía del Pensamiento. Era el jefe supremo de un
inmenso ejército que actuaba en la sombra, una subterránea red de
conspiradores que se proponían derribar al Estado. Se suponía
que esa organización se llamaba la Hermandad. Y también se
rumoreaba que existía un libro terrible, compendio de todas las
herejías, del cual era autor Goldstein y que circulaba clandestinamente.
Era un libro sin título. La gente se refería a él
llamándole sencillamente el libro. Pero de estas cosas
sólo era posible enterarse por vagos rumores. Los miembros corrientes
del Partido no hablaban jamás de la Hermandad ni del libro si
tenían manera de evitarlo.
En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores
saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante
voz que salía de la pantalla. La mujer del cabello color arena se
había puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez
al que acaban de dejar en tierra. Incluso O'Brien tenía la cara
congestionada. Estaba sentado muy rígido y respiraba con su poderoso
pecho como si estuviera resistiendo la presión de una gigantesca ola.
La joven sentada exactamente detrás de Winston, aquella morena,
había empezado a gritar: «¡Cerdo! ¡Cerdo!
¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario de neolengua,
lo arrojó a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz
y rebotó. Pero la voz continuó inexorable. En un momento de
lucidez descubrió Winston que estaba chillando histéricarnente
como los demás y dando fuertes patadas con los talones contra los palos
de su propia silla. Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada
uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que
era absolutamente imposible evitar la participación porque era uno
arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta
fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar,
de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los
presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno,
incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante. Y sin
embargo, la rabia que se sentía era una emoción abstracta e
indirecta que podía aplicarse a uno u otro objeto como la llama de una
lámpara de soldadura autógena. Así, en un momento
determinado, el odio de Winston no se dirigta contra Goldstein, sino contra el
propio Gran Hermano, contra el Partido y contra la Policía del
Pensamiento; y entonces su corazón estaba de parte del solitario e
insultado hereje de la pantalla, único guardián de la verdad y la
cordura en un mundo de mentiras. Pero al instante siguiente, se hallaba
identificado por completo con la gente que le rodeaba y le parecía
verdad todo lo que decían de Goldstein. Entonces, su odio contra el
Gran Hermano se transformaba en adoración, y el Gran Hermano se elevaba
como una invencible torre, como una valiente roca capaz de resistir los ataques
de las hordas asiáticas, y Goldstein, a pesar de su aislamiento, de su
desamparo y de la duda que flotaba sobre su existencia misma, aparecía
como un siniestro brujo capaz de acabar con la civilización entera tan
sólo con el poder de su voz.
Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u otra
dirección mediante un esfuerzo de voluntad. De pronto, por un esfuerzo
semejante al que nos permite separar de la almohada la cabeza para huir de una
pesadilla, Winston conseguía trasladar su odio a la muchacha que se
encontraba detrás de él. Por su mente pasaban, como
ráfagas, bellas y deslumbrantes alucinaciones. Le daría
latigazos con una porra de goma hasta matarla. La ataría desnuda en un
piquete y la atravesaría con flechas como a san Sebastián. La
violaría y en el momento del clímax le cortaría la
garganta. Sin embargo se dio cuenta mejor que antes de por qué la
odiaba. La odiaba porque era joven y bonita y asexuada; porque quería
irse a la cama con ella y no lo haría nunca; porque alrededor de su
dulce y cimbreante cintura, que parecía pedir que la rodearan con el
brazo, no había más que la odiosa banda roja, agresivo
símbolo de castidad.
El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. La voz de
Goldstein se había convertido en un auténtico balido ovejuno. Y
su rostro, que había llegado a ser el de una oveja, se transformó
en la cara de un soldado de Eurasia, el cual parecía avanzar, enorme y
terrible, sobre los espectadores disparando atronadoramente su fusil
ametralladora. Enteramente parecía salirse de la pantalla, hasta tal
punto que muchos de los presentes se echaban hacia atrás en sus
asientos. Pero en el mismo instante, produciendo con ello un hondo suspiro de
alivio en todos, la amenazadora figura se fundía para que surgiera en su
lugar el rostro del Gran Hermano, con su negra cabellera y sus grandes bigotes
negros, un rostro rebosante de poder y de misteriosa calma y tan grande que
llenaba casi la pantalla. Nadie oía lo que el gran camarada estaba
diciendo. Eran sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras
que suelen decirse a las tropas en cualquier batalla, y que no es preciso
entenderlas una por una, sino que infunden confianza por el simple hecho de ser
pronunciadas. Entonces, desapareció a su vez la monumental cara del
Gran Hermano y en su lugar aparecieron los tres slogans del Partido en
grandes letras:
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Pero daba la impresión de un fenómeno óptico
psicológico de que el rostro del Gran Hermano persistía en la
pantalla durante algunos segundos, como si el «impacto» que
había producido en las retinas de los espectadores fuera demasiado
intenso para borrarse inmediatamente. La mujeruca del cabello color arena se
lanzó hacia delante, agarrándose a la silla de la fila anterior y
luego, con un trémulo murmullo que sonaba algo así como
«¡Mi salvador!», extendió los brazos hacia la pantalla.
Después ocultó la cara entre sus manos. Sin duda, estaba rezando
a su manera.
Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y
profundo: «¡Ge-Hache. Ge-Hache... Ge-Hache!», dejando una gran
pausa entre la G y la H. Era un canto monótono y salvaje en cuyo fondo
parecían oírse pisadas de pies desnudos y el batir de los
tam-tam. Este canturreo duró unos treinta segundos. Era un
estribillo que surgía en todas las ocasiones de gran emoción
colectiva. En parte, era una especie de himno a la sabiduría y majestad
del Gran Hermano; pero, más aún, constituía aquello un
procedimiento de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar la conciencia
mediante un ruido rítmico. A Winston parecían enfriársele
las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no podía evitar que la
oleada emotiva le arrastrase, pero este infrahumano canturreo «iG-H... G-H
... G-H!» siempre le llenaba de horror. Desde luego, se unía al
coro; esto era obligatorio. Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo
mismo que hicieran los demás era una reacción natural. Pero
durante un par de segundos, sus ojos podían haberío delatado. Y
fue precisamente en esos instantes cuando ocurrió aquello que a
él le había parecido significativo... si es que había
ocurrido.
Momentáneamente, sorprendió la mirada de O'Brien. Éste se
había levantado; se había quitado las gafas volviéndoselas
a colocar con su delicado y característico gesto. Pero durante una
fracción de segundo, se encontraron sus ojos con los de Winston y
éste supo -sí, lo supo- que O'Brien pensaba lo mismo que
él. Un inconfundible mensaje se había cruzado entre ellos. Era
como si sus dos mentes se hubieran abierto y los pensamientos hubieran volado
de la una a la otra a través de los ojos. «Estoy contigo»,
parecía estarle diciendo O'Brien. «Sé en qué
estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te
preocupes; ¡estoy contigo!» Y luego la fugacísima
comunicación se había interrumpido y la expresión de
O'Brien volvió a ser tan inescrutable como la de todos los
demás.
Esto fue todo y ya no estaba seguro de si había sucedido efectivamente.
Tales incidentes nunca tenían consecuencias para Winston. Lo
único que hacían era mantener viva en él la creencia o la
esperanza de que otros, además de él, eran enemigos del Partido.
Quizás, después de todo, resultaran ciertos los rumores de
extensas conspiraciones subterráneas; quizás existiera de verdad
la Hermandad. Era imposible, a pesar de los continuos arrestos y las
constantes confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no era
sencillamente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros, no.
No había pruebas, sólo destellos que podían significar
algo o no significar nada: retazos de conversaciones oídas al pasar,
algunas palabras garrapateadas en las paredes de los lavabos, y, alguna vez, al
encontrarse dos desconocidos, ciertos movimientos de las manos que
podían parecer señales de reconocimiento. Pero todo ello eran
suposiciones que podían resultar totalmente falsas. Winston
había vuelto a su cubículo sin mirar otra vez a O'Brien. Apenas
cruzó por su mente la idea de continuar este momentáneo contacto.
Hubiera sido extremadamente peligroso incluso si hubiera sabido él
cómo entablar esa relación. Durante uno o dos segundos, se
había cruzado entre ellos una mirada equívoca, y eso era todo.
Pero incluso así, se trataba de un acontecimiento memorable en el
aislamiento casi hermético en que uno tenía que vivir.
Winston se sacudió de encima estos pensamientos y tomó una
posición más erguida en su silla. Se le escapó un eructo.
La ginebra estaba haciendo su efecto.
Volvieron a fijarse sus ojos en la página. Descubrió entonces
que durante todo el tiempo en que había estado recordando, no
había dejado de escribir como por una acción automática.
Y ya no era la inhábil escritura retorcida de antes. Su pluma se
había deslizado voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en
claras y grandes mayúsculas lo siguiente:
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
Una vez y otra, hasta llenar media página.
No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que
escribir aquellas palabras no era más peligroso que el acto inicial de
abrir un diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper las
páginas ya escritas y abandonar su propósito.
Sin embargo, no lo hizo, porque sabía que era inútil. El hecho
de escribir ABAJO EL GRAN HERMANO o no escribirlo, era completamente igual.
Seguir con el diario o renunciar a escribirlo, venía a ser lo mismo. La
Policía del Pensamiento lo descubriría de todas maneras. Winston
había cometido -seguiría habiendo cometido aunque no hubiera
llegado a posar la pluma sobre el papel- el crimen esencial que contenía
en sí todos los demás. El crimental (crimen mental), como
lo llamaban. El crimental no podía ocultarse durante mucho
tiempo. En ocasiones, se podía llegar a tenerlo oculto años
enteros, pero antes o después lo descubrían a uno.
Las detenciones ocurrían invariablemente por la noche. Se despertaba
uno sobresaltado porque una mano le sacudía a uno el hombro, una
linterna le enfocaba los ojos y un círculo de sombríos rostros
aparecía en torno al lecho. En la mayoría de los casos no
había proceso alguno ni se daba cuenta oficialmente de la
detención. La gente desaparecía sencillamente y siempre durante
la noche. El nombre del individuo en cuestión desaparecía de los
registros, se borraba de todas partes toda referencia a lo que hubiera hecho y
su paso por la vida quedaba totalmente anulado como si jamás hubiera
existido. Para esto se empleaba la palabra vaporizado.
Winston sintió una especie de histeria al pensar en estas cosas.
Empezó a escribir rápidamente y con muy mala letra:
me matarán no me importa me matarán me dispararán en la
nuca me da lo mismo abajo el gran hermano siempre lo matan a uno por la nuca no
me importa abajo el gran hermano...
Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzado de sí
mismo, y dejó la pluma sobre la mesa. De repente, se sobresaltó
espantosamente. Habían llamado a la puerta.
¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como un ratón
asustado, con la tonta esperanza de que quien fuese se marchara al ver que no
le abrían. Pero no, la llamada se repitió. Lo peor que
podía hacer Winston era tardar en abrir. Le redoblaba el corazón
como un tambor, pero es muy probable que sus facciones, a fuerza de la
costumbre, resultaran inexpresivas. Levantóse y se acercó
pesadamente a la puerta.