
SOCRATES Y LOS SOFISTAS: LA
FILOSOFIA DE LA POLIS
En el siglo V a.C., Atenas se convirtió en el
indiscutible centro político y cultural de Grecia bajo el impulso de Pericles,
político y militar que fue amigo personal de Anaxágoras, el primer gran filósofo
que se estableció en esa ciudad-estado. Tal florecimiento motivó que acudieran
a Atenas gran número de pensadores y artistas, los cuales dieron lugar a un
movimiento cultural sin precedentes, hoy conocido como la «¡lustración»
griega.
Los sofistas
La palabra «sofista» —originalmente «sabio» o «maestro
del saber»— adquirió por obra de Platón un significado peyorativo que se ha
perpetuado casi hasta nuestros días. No obstante, Hegel inició una
revalorización de estos pensadores, a los que llamó «maestros de Grecia», si
bien esta nueva consideración ha llegado en ocasiones a adoptar criterios
exagerados. Intentaremos, pues, esclarecer el papel que realmente desempeñó la
sofístico en su tiempo.
En primer lugar, es necesario comprender los rasgos
peculiares que caracterizaban en aquel momento a la filosofía. Las
especulaciones de los filósofos anteriores se habían centrado fundamentalmente
en el «ser» de la naturaleza —en algunos casos con evidente énfasis teológico—,
quedando relegada a un segundo término la reflexión sobre la conducta del
hombre en sociedad. Con el desarrollo de la
polis, la ciudad, como núcleo y símbolo del orden social, era preciso
establecer una serie de normas éticas que se fundamentaran en una definición
de la naturaleza del hombre. Así pues, como afirma el profesor Bowra, lo que
preocupaba a los primeros sofistas era definir la diferenciación entre phisis
y ley, y crear dentro de esta última unas pautas de conducta que
determinaran el comportamiento individual.
Los sofistas poseían un pensamiento claramente
relativista, observable también en las tragedias de su contemporáneo Eurípides.
Protágoras de Abdera (h. 485-410) afirmaba que «el hombre es la medida de
todas las cosas», y que, por lo que se refiere a los dioses, «no puedo conocer
si existen o no, ya que se oponen a este conocimiento muchas cosas: la oscuridad
del problema y la breve duración de la vida humana». Esta afirmación, vertida
en su tratado Sobre los dioses, originó
una condena de destierro para el filósofo. Otro sofista, Gorgias (h. 480-390),
acentuó aún más este relativismo y adoptó una actitud nihilista con respecto
a la posibilidad de conocimiento; ello le indujo, en mayor medida que a Protágoras,
a caer en ocasiones en el ejercicio de la mera retórica.
De cualquier forma, estos pensadores adoptaron una
actitud ética y didáctica de gran altura, y aun los diálogos platónicos
respetan su figura (si bien se critica en ellos que aceptaran remuneración, lo
que, en definitiva, no implica sino su calidad de «profesionales de la enseñanza»).
Compartían con Demócrito la convicción de que el hombre puede hacerse libre
por medio de la educación, que permite llegar a la areté
(virtud), y preconizaban el respeto a la ley social. Contribuyeron además
al desarrollo de la lingüística y la filología; otro de estos primeros
sofistas, Pródico, introdujo asimismo notables avances en el campo del estudio
de la religión.
Sus continuadores,
pertenecientes a la llamada «segunda sofística», no poseyeron, sin embargo,
el mismo talante. La dialéctica se convirtió ya decididamente en retórica,
debido en gran parte al influjo de Gorgias, y el recto juicio se sustituyó por
el ardid lingüístico, pues no se pretendía ya inculcar unos conocimientos,
sino proporcionar técnicas adecuadas para el éxito individual. Contra esta
confusión pretendió alzarse Sócrates, que, por lo demás, tampoco podía
aceptar el relativismo de Protágoras y Gorgias. Contemplado el problema desde
la distancia, resulta de cualquier forma indiscutible que los pensadores
citados, y en menor medida otros como Hipias y Trasímaco, contribuyeron en gran
medida al desarrollo cultural de su siglo. Sus planteamientos acerca de la
posibilidad del conocimiento supusieron de hecho el estímulo que condujo a la
reacción idealista de Platón. La primera sofística, pues, supone sin duda un
jalón insoslayable en la evolución del pensamiento filosófico occidental.
Sócrates
La figura del ateniense Sócrates (469-399) constituiría,
por medio de su discípulo Platón, un punto de inflexión capital en el
tratamiento de la especulación filosófica. Sócrates no dejó, sin embargo,
escrito alguno, y su pensamiento es conocido sobre todo a través de los diálogos
platónicos, y por los testimonios de Jenofonte, Aristófanes y otros. Esto ha
llevado a plantear el llamado «problema socrático»: ¿hasta qué punto las
ideas que Platón pone en boca del maestro corresponden a éste o al discípulo?
Por otra parte, la revalorización de la sofística, movimiento al que Sócrates
se enfrentó abiertamente, ha motivado que numerosos especialistas adopten un
enfoque más crítico respecto a la figura de este filósofo, creando una cierta
controversia crítica.
El pensamiento de Sócrates supone, ante todo, una
reacción frente al relativismo de los sofistas. Al igual que éstos, pretende
la búsqueda de la areté (virtud),
pero niega que deba hallarse su fundamento en el campo estrictamente humano y
social. Por tanto, es preciso que esa virtud, basada en la razón, responda a
una verdad absoluta situada por encima de la contingencia temporal. Este es el
germen de la teoría de las ideas de Platón.
El método que Sócrates va a emplear para alcanzar el
conocimiento y transmitirlo, consiste en la «ironía socrática», que estriba
en plantear a su oponente determinadas preguntas e ir refutando por medio de la
razón sus respuestas, hasta obtener las conclusiones deseadas. Este método,
como se ve, no es muy diferente del de los sofistas, si bien su fundamento es
radicalmente distinto, pues Sócrates parte de que existe una verdad a la que de
forma necesaria debe conducir el conocimiento. Por ello hace referencia a un
daimon interno, que permite distinguir el bien del mal.
Es innegable, en todo caso, que el dogmatismo socrático
responde a un deseo de conducir al perfeccionamiento moral, si bien para ello se
ve obligado a limitar hasta cierto punto la libertad humana, ya que considera
que existe un único camino hacia la virtud. El famoso episodio de su muerte,
ordenada por los gobernantes y aceptada serenamente por el filósofo, muestra la
grandeza moral de éste. Su objetivo esencial, sería, pues, establecer una ley
ética basada en criterios inmutables que todo hombre, si se esfuerza, puede
hallar en su interior. Esto supone, tanto en el campo de la ética como en el
del conocimiento, una decidida negación del relativismo de Protágoras, filósofo
que constituye tal vez la referencia principal de estas concepciones.
Las escuelas socráticas
Entre las diversas tendencias filosóficas influidas
por las de Sócrates, cabe distinguir fundamentalmente tres: cirenaicos, megáricos
y cínicos.
La escuela cirenaica, fundada por Aristipo de Cirene
(h. 435-360) supone en cierta medida un intento de conjugar el relativismo de
los sofistas con el logos socrático.
Para ello establecieron una teoría hedonista, basada en el placer como bien
supremo; este placer, sin embargo, no ha de ser desordenado, sino controlado por
la inteligencia.
El fundador de la escuela megárica fue Euclides de
Megara (nacido h. 400), que identificó el Bien socrático con el Uno de Parménides,
lo que le condujo a una dialéctica negativa y dogmática.
El movimiento cínico tuvo su principal exponente en
Antístenes (h. 445-370), pensador que recogió la interiorización ética
expuesta por Sócrates y afirmó que sólo por medio de ella debía llegar el
hombre a la virtud, eliminando todo lo accesorio. Al igual que los cirenaicos,
los cínicos predicaban la autarquía, es
decir, la autosuficiencia del sabio, que halla en sí mismo las condiciones del
bien. Su utilización de la ironía fue llevada al extremo por un discípulo de
Antístenes, Diógenes de Sínope, que encareció la necesidad de una vida
natural y fustigó ferozmente las convenciones y tradiciones sociales.