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La Filosofía del renacimiento

Las características de la nueva época

El período histórico que conocemos como Renacimiento, y que tiene su inicio en Italia a principios del siglo XV, posee unas coordenadas históricas que lo diferencian nítidamente del conjunto de la época medieval, si bien a lo largo del siglo XIV fueron desarrollándose de manera progresiva muchas de las nuevas actitudes y concepciones. En el aspecto político, la consolidación de las monarquías nacionales, y en concreto el apogeo de los estados italianos, así como el papel cada vez mayor desempeñado por la burguesía mercantil en el campo económico, permitieron al orbe renacentista la creación de una nueva cultura antropocéntrica que abandonó los planteamientos teocéntricos anteriores. Tal como afirma el profesor Eugene Garin, «después de muchos siglos, grandes siglos, en que el pensamiento humano se había esforzado, sobre todo, en elaborar una filosofía de la experiencia religiosa y en considerar todo desde esa perspectiva, la razón humana cambió de orientación y dirigió todos sus esfuerzos hacia el hombre 'poeta', hacia su 'ciudad', hacia esa naturaleza mundana que estaba entonces conquistando».

Una de las consecuencias lógicas de esta situación fue la Reforma luterana, que aunque fuera en principio un movimiento religioso, halló una de las razones fundamentales de su éxito en los pequeños estados centroeuropeos en su crítica radical de la autoridad papa¡ e imperial. En este sentido, la Contrarreforma no fue sino el intento por parte de los citados poderes de restablecer el orden anterior. No es fácil, pues, definir las características concretas de una época en la que el desarrollo comercial y tecnológico y los descubrimientos geográficos convivieron con las persecuciones y guerras religiosas. Cabe afirmar, de cualquier manera, que este nuevo mundo, contradictorio y agitado, conlleva en su complejidad el germen de la cultura moderna.

La filosofía del Renacimiento

La filosofía renacentista ha sido a menudo considerada con menor aprecio que las manifestaciones literarias o estilísticas de la época. Esta apreciación es, sin duda, injusta, pues si bien los pensadores del Renacimiento no elaboraron grandes sistemas metafísicos, como habían hecho sus predecesores, y mantuvieron a menudo la terminología medieval, no es menos cierto que el humanismo constituyó el primer intento de construcción de una concepción del mundo centrada en el propio hombre. Dicha actitud puede apreciarse incluso en las florecientes escuelas aristotélicas y platónicos; es preciso destacar, en este sentido, que el Renacimiento no se considera hoy según la noción tradicional de «retorno a la cultura clásica. Lo que los intelectuales renacentistas pretendieron fue restituir a los valores helénicos su auténtica esencia, despojándolos de las adherencias teológicas que la Edad Media les había conferido, y fundarse en ellos para establecer una nueva cultura. Ello no significa, por supuesto, que la preocupación religiosa no fuera patente en muchos de estos pensadores; pero la razón constituía ya la fuerza dominante, y sólo por medio de ella se pretendía llegar a Dios. La escolástica tardía española constituye un buen ejemplo de este hecho. La liberalización económica y la progresiva emancipación respecto a la autoridad eclesiástica condujeron, además, a un notable desarrollo en las ciencias políticas e históricas.

Sin embargo, donde el empuje de las nuevas concepciones produjo sus más importantes resultados fue, sin duda, en el campo de las ciencias. El profesor Koyré, uno de los más destacados estudiosos del Renacimiento, definió lo que se ha dado en llamar la «revolución copernicana» en el título de uno de sus principales ensayos: Del mundo cerrado al universo infinito. Esta es, sin duda, la aportación fundamental que el pensamiento renacentista legó a la humanidad, Tanto los filósofos especulativos de la naturaleza como los científicos sensu stricto (Copérnico, Kepier, Gallico) contribuyeron a ofrecer una imagen del universo que podía ser explicada en términos físicos y matemáticos mediante el empleo de la facultad racional humana, sin necesidad de apelar a una intervención trascendente. Sería injusto, sin embargo, olvidar que Ockham y los filósofos del siglo XIV contribuyeron en gran medida a preparar esta «revolución».

A partir de este momento, Dios va a ser considerado ante todo como la «causa eficiente» del universo. El estudio de este último, concebido como una unidad dinámica, se realizará, no obstante, desde presupuestos no teleológicos. La física y la metafísica, recobran pues, el predominio sobre la teología; todo el pensamiento posterior sentará sus bases en este giro conceptual adoptado por los pensadores renacentistas.

NICOLAS DE CUSA

La figura de Nicolás de Cusa supone uno de los momentos fundamentales en la transición hacia las nuevas concepciones, pues, manteniendo una actitud medieval por lo que se refiere a la preocupación teológico, va a aplicar a ésta una actitud intelectual típicamente renacentista. Nacido en 1401 en Cues, localidad de la región del Mosela, estudió en He¡delberg y Padua. En 1437 acudió como delegado del papa a Bizancio, donde estudió la tradición neoplatónica, que ejercería gran influencia en su obra. En 1440 escribió su gran obra, La docta ignorancia, que le valió la acusación de panteísmo, a la cual respondió con su Apología de la docta ignorancia. En 1458 fue nombrado asesor principal por el papa Pío II, cargo que desempeñó hasta su fallecimiento en 1464. Entre sus restantes obras cabe destacar De deo abscondito, De coniecturis y El examen del Corán, donde expone su teoría acerca de la asimilación de las religiones.

La acusación de panteísmo fue debida a la afirmación de Cusa de que el universo era, en alguna forma, infinito, si bien procedente del Uno, Dios, al que define como entitas, que vendría a ser la estructura del ser. El mundo sensible es creado por Dios, mediante una generación consistente en el desenvolvimiento de la entitas: si ésta se repite, permanece como Dios, pero cuando se multiplica origina las cosas sensibles. Debe hacerse notar, por lo demás, que Cusa define a Dios como infinito absoluto, en tanto que el universo sería infinito en sentido privativo, carente de límites pero creado. El infinito absoluto, Dios, es la concordantia oppositorum, la coincidencia y armonía de los opuestos. Esto supone, pues, una concepción dialéctica de la realidad.

Cusa considera que el conocimiento es siempre una comparación, el establecimiento de una proporción. Entre el círculo perfecto y el círculo real existirán siempre desproporciones: la labor del entendimiento sería, por tanto, intentar que ese «salto» sea superado: «toda inquisición cognoscitiva, pues, existe en una proporción comparativa, más o menos difícil; por lo que el infinito, que incluye toda proporción, es desconocido».

La docta ignorancia será, así, aquel conocimiento en que se es consciente de la propia imperfección de este saber. Como nuestros razonamientos han de ir necesariamente de lo conocido a la desconocido, tenemos que partir de las cosas contingentes para llegar al infinito, objetivo imposible, pues la desproporción es asimismo infinita. Ahora bien, la razón humana es una analogía de la auténtica razón, de la entitas, y, por tanto, el intelecto puede realizar conjeturas, construcciones racionales que intenten superar la contradicción de los opuestos. Ello nos conduce a un razonamiento intuitivo, que nos permite atisbar conceptos como círculo perfecto, aunque sin llegar a concebirlo con perfección. Sólo la razón universal, la entitas o Dios, permitirá lograr la armonía de los opuestos.

Esta concepción del saber como docta ignorancia posee un extraordinario valor, ya que abandona la idea de un conocimiento absoluto e inaugura una corriente filosófica que hallará su culminación en Kant. Cusa, además, adopta esta teoría para explicar la disparidad de las concepciones filosóficas y religiosas, y propone un intento de asimilación dialéctica. Es de hacer notar, en cualquier caso, que la teoría del conocimiento de Cusa no tuvo gran repercusión, y su influencia se ejerció más bien a través de su concepción neoplatónica del universo.

EL HUMANISMO Y LAS FILOSOFIAS CLASICAS

Dentro de las tendencias humanistas del Renacimiento, y si exceptuamos la filosofía de la naturaleza y los estudios político-históricos (que trataremos en sus respectivos apartados), resulta posible distinguir entre los pensadores «de escuela», afectos a la filosofía aristotélica o platónico, y los intelectuales que no se adhirieron a ningún sistema concreto y mantuvieron una actitud fundamentalmente crítica. Aunque estas distinciones resultan a menudo demasiado generalizadoras, vamos a atenernos a la citada división con el fin de clarificar en lo posible las diversas posturas adoptadas.

Los neoplatónicos

El neoplatonismo renacentista tuvo su centro principal en Florencia, debido en gran parte a que allí se celebró el Concilio de unificación de las Iglesias católica y ortodoxa. Ello motivó la afluencia de numerosos intelectuales bizantinos, entre los cuales cabe destacar a Juan Azgyropoulos (t 1486) y, sobre todo, a Gemistos Plethon (+ 1464), primer maestro de la Academia neoplatónica florentina, cuya obra Sobre la diferencia entre Aristóteles y Platón supuso un duro ataque contra la escolástica tomista.

El más importante discípulo de Plethon fue Marsillo Ficino (1433-1499), traductor de Platón y Plotino. Su Theologia platónica constituyó un intento, de acuerdo con las concepciones neoplatónicas, de mostrar la realidad como un sistema armónico en el que el hombre sería el nexo entre el Uno trascendente y el mundo sensible. Ficino, que se declaraba cristiano convencido, trató de conciliar el platonismo con el cristianismo de raíz agustiniana; se enfrentó por ello de manera decidida al aristotelismo averroísta, que negaba la inmortalidad del alma. Similares propósitos pueden apreciarse en la obra de Pico della Mirandola (1463-1494), que intentó fundir armoniosamente la noción cristiana del mundo con los desarrollos del hermetismo y la Cábala, y mostró las afinidades entre Platón y Aristóteles en su tratado De concordia Platonis et Aristotelis.

El aristotelismo

Los pensadores aristotélicos se basaron fundamentalmente en los comentarios de Averroes y Alejandro de Afrodisia. Aunque éstos diferían en algunos puntos (si bien no tan decisivos como entonces pudiera creerse), ambos negaban la inmortalidad del alma individual, tema que enfrentó a aristotélicos y platónicos. Además, el averroísmo había desarrollado la teoría de la doble razón, según la cual podían aceptarse dos afirmaciones contradictorias, una en el ámbito de la teología y otra en el de la filosofía, lo que en realidad suponía una forma de escapar a la censura eclesiástica.

El primer aristotélico importante del Renacimiento fue Jorge de Trebisonda (1395-1484), que se inspiró en las doctrinas averroístas defendidas durante el siglo XIV por Siger de Brabante. Una postura más ecléctica fue mantenida por Agustín Nifo (1473-1546) y Marco Cinara (1460-1552). La gran figura del aristotelismo renacentista fue, sin duda, Pietro Pomponazzi (1462-1525), autor de Acerca de la inmortalidad del alma, donde negaba que el alma sea otra cosa que la forma del cuerpo, lo que implica, que, tras la muerte de éste, el alma se disuelva igualmente. Pomponazzi no admite siquiera la inmortalidad universal del intelecto agente, y afirma además que la condición mortal del alma supone la garantía de la ética, pues ésta habrá de fundarse en el bien moral, y no en criterios salvacionistas. Mayor moderación manifiesta Giacomo Zabarella (1533-1589), que eludió la toma de postura en los temas teológicos para centrarse en la adaptación del aristotelismo a la investigación empírica.

El intelectualismo humanista

En tanto que las posturas «de escuela» fueron predominantes en Italia, si exceptuamos nombres como el de Lorenzo Valla (1407-1457), que atacó duramente a la lógica como «tergiversación de la realidad», en el resto de Europa los nuevos intelectuales se centraron más en terrenos como la ética, la Psicología y la renovación del pensamiento religioso. El humanista más influyente fue Erasmo de Rotterdam (1467-1536), autor del célebre Elogio de la locura, cuya doctrina sobre la necesidad de un cristianismo interiorizado fue condenada por la Santa Sede y constituyó una de las fuentes de la Reforma (Lutero, 1483-1546; Calvino, 15091564). Entre los pensadores influenciados por Erasmo cabe citar al español Luis Vives (1492-1540), que en su De anima et vitae desarrolló una interesante doctrina de la introspección como fuente del conocimiento, y al inglés santo Tomás Moro (1478-1535), de cuya Utopía trataremos en el siguiente apartado.

Mención aparte merecen intelectuales como Michel de Montaigne (15321592) y Francisco Sánchez (15521632), que, en el terreno del conocimiento, adoptaron posturas escépticas, al tiempo que predicaban una ética basada en los ideales estoicos; y, por supuesto, el gran Petrarca (1304-1374), cuyo pensamiento supuso una de las principales fuentes de inspiración de todo el humanismo cristiano.

TEORIA POLITICA. LA ESCOLASTICA DEL RENACIMIENTO

Las peculiares condiciones políticas del Renacimiento condujeron a un particular desarrollo de las ciencias políticas e históricas. Dentro del terreno utópico cabe citar tres grandes obras: La ciudad del Sol, del italiano Tomaso Campancila (1568-1639); Nueva Atlántida, del inglés Francis Bacon (1561-1626), al que estudiaremos como precursor del empirismo, y, sobre todo, la gran Utopía de santo Tomás Moro, fuente de las obra,@ citadas. Inspirado en la República de Platón, Moro propugna una organización social donde se limite la propiedad privada y se admita la libertad religiosa.

El mayor pensador político renacentista fue Nicolás Maquiavelo (1469-1527), que en El príncipe aplicó al análisis político una observación de la. naturaleza humana basada en criterios empíricos. Maquiavelo fue además un notable historiador, como puede apreciarse en su gran obra Discurso sobre la primera década de Tito Livio. En este terreno cabe destacar también al francés Jean Boudin, autor de Los seis libros de la República.

La escolástica tardía española, surgida como consecuencia de la contrarreforma, aportó asimismo notables avances en el terreno de los estudios sociales y políticos. En este aspecto es preciso destacar al jesuita Francisco Suárez (1'548-1617), autor de las Disputaciones metafísicas, intento de sistematización de la metafísica escolástica, que ejerció prolongada influencia en Europa; en su De legibus mantuvo que el poder del monarca venía del pueblo, y no de Dios, y que, por tanto, el tiranicidio es lícito siempre y cuando el monarca rompa su acuerdo con el pueblo. El dominico Francisco de Vitoria (14801546), uno de los pioneros del derecho internacional, criticó duramente en su tratado De indis a aquellos que pretendían justificar la esclavitud y el afán de conquista bajo la excusa de una propagación del cristianismo.

FILOSOFIA DE LA NATURALEZA

Al margen de los desarrollos estrictamente científicos, el Renacimiento conoció el auge de una filosofía de la naturaleza, principalmente especulativa, que de un modo genérico podemos considerar centrada en dos puntos: la concepción de la naturaleza como una unidad orgánica, y la imagen del hombre como microcosmos, reflejo del macrocosmos universal. El médico Paracelso (t 1541), por ejemplo, afirmaba que «la galaxia pasa a través del vientre», lo que le condujo a aplicar la astrología a la práctica médica; si tenemos en cuenta que Paracelso fue, por otro lado, una de los pioneros de la observación experimenta¡ en medicina, comprenderemos cuán difícil resulta interpretar el pensamiento de estos autores en función de nuestras concepciones actuales.

Entre los principales filósofos de la naturaleza cabe citar a Jerónimo Fracastoro (1488-1553), Jerónimo Cardano (1501-1576) y Bernardino Telesio (15091588). Ninguno de ellos, sin embargo, llegó a elaborar un sistema acabado; no ocurre lo mismo con la figura excepcional de Giordano Bruno.

Giordano Bruno

Nacido en 1548 en la ciudad italiana de Nola, Giordano Bruno profesó durante algún tiempo en la orden dominica hasta que en 1579 huyó a. Francia acusado de herejía. Durante los años siguientes viajó por Francia, Inglaterra y Alemania, escribiendo durante esta época sus -grandes obras: De la causa principio y uno, Sobre el infinito universo y los mundos, Cena de las cenizas, Acerca de lo inmenso y los innumerables. Más tarde regresó a Italia, y en el año 1592 fue encarcelado por orden de la Santa Sede. Tras un largo proceso, en el cual se negó a retractarse de sus teorías fundamentales, fue llevado a la hoguera en el año 1600.

La filosofía de Bruno posee una enorme complejidad, y ello ha dado lugar a que sea interpretada desde aspectos muy diversos. Vamos a intentar, de cualquier forma, mostrar los puntos básicos de su pensamiento.

El elemento original de la filosofía de Bruno estriba en una reinterpretación del neoplatonismo, inspirada en Nicolás de Cusa, que le lleva a identificar el Uno con el universo, es decir, a elegir el orden inmanente frente al trascendente: la realidad natural y el alma cósmica, o ¡os, son una misma cosa. Esta homologación entre naturaleza y Dios conduce necesariamente a postular la infinitud del universo, y a eliminar la distinción entre materia y forma: la mente divina se encuentra en todas las cosas. Ahora bien, este monismo no lleva a negar los seres particulares, sino que, por el contrario, éstos suponen la manifestación del Uno: el infinito es la unidad de los contrarios, y por ello cada ser particular constituye un reflejo del universo (es decir, no sólo el hombre, sino todo lo existente, es un macrocosmos).

Así pues, para explicarlo con la misma terminología que Bruno, la sustancia que se identifica con Dios es a un tiempo complicatio y explicatio: como Uno está complicada, y como multiplicidad de los seres se explica a sí misma. Este proceso doble es infinito, se produce de forma simultánea, y por ello -en la multiplicidad está la unidad, y en la unidad la multiplicidad-. La realidad, por tanto, es un proceso dinámico; de ahí el interés de Bruno por las teorías de Copérnico, que le permitían atacar la rígida jerarquización aristotélica.

El alma humana, por tanto, no es sino una parte de la inteligencia universal, a la cual ha de integrarse por medio de su propio esfuerzo, y a través de diversos niveles: imaginación, razón, entendimiento, y, por último, comunión con la mente divina. La ética de Bruno preludia, pues, en cierto modo, el «amor intelectual a Dios» de Spinoza, pero afirma al mismo tiempo la necesidad del trabajo físico, de la acción. Es en este sentido en el que ha de buscarse la radical diferencia de Bruno respectó al neoplatonismo: la suma perfección no se halla sólo en la unidad, sino en cada hecho particular, en la propia vida humana, pues la unidad infinita de los contrarios, a la que todo tiende por la fuerza del amor, exige la multiplicidad. El hombre posee, pues, en sí mismo su propia salvación, sin necesidad de apelar a un mundo trascendente.

LA REVOLUCION COSMOLOGICA: GALILEO

El punto culminante de la «inversión» filosófica que supuso el Renacimiento estuvo representado, sin duda, por la revolución científica y cosmológica que arrumbó definitivamente la concepción ptolomeica y aristotélica del Cosmos, que suponía a la Tierra como centro del universo y dividía a éste en un mundo sublunar y otro etéreo, formado por esferas celestes concéntricas. Dado que no es posible abordar aquí en detalle las innovaciones realizadas acerca de la teoría del movimiento, ni explicar con detalle las aportaciones de Copérnico (14731543), pionero del heliocentrismo, Tycho Brahe (1 546-160 1) y Johann Kepler (1571-1630), vamos a centrarnos en dos puntos decisivos para la especulación filosófica posterior: la nueva concepción heliocéntrica del universo, y la creación del método deductivo experimental, tal como fueron fijados por Galileo (1564-1642).

En primer lugar, el método de Galileo es esencialmente matemático, pues supone una aplicación de la teoría matemática al universo real: es ante todo, por tanto, un método teórico, basado en la creación de hipótesis a partir de la observación de los hechos. Ahora bien, afirma Galileo, sólo la verificación experimental puede confirmar la fiabilidad de la hipótesis. Uno de los grandes estudiosos del pensamiento renacentista, el italiano Rodolfo Mondolfo, resume así la esencia del método galileano: «Galileo inserta siempre entre la observación contingente o experiencia sensible de los hechos y la deducción necesaria esos dos momentos: el de la ideación de la hipótesis lógica que constituye el modelo teórico (llamado por él hipótesis, teoría, conjetura, etc.), y el de la realización del modelo práctico o técnico (llamado por él ejemplo, experiencia, artificio, máquina, etc.). De este modo, Galileo pasa de los hechos a la idea de la conexión racional, y de ésta vuelve a los hechos, pero con la deducción de su necesidad».

Este proceso puede observarse en la propia teoría heliocéntrica; Galileo llega a ella porque la concepción ptolomeica no explica los hechos observables. Crea, pues, una nueva teoría basada en leyes matemáticas, pero la confirma con pruebas experimentales (gracias, en parte, al desarrollo de medios técnicos como el telescopio).

En resumen la ciencia renacentista proporciona la posibilidad de explicar el universo por medios puramente racionales, mediante la observación, la deducción y la verificación. Pensadores posteriores, como Descartes, se centrarán sólo en la deducción racional y las concepciones matemáticas; el empirismo, por el contrario, pondrá el acento en la necesidad de la constatación empírica; pero la génesis de todo el pensamiento moderno se hallará siempre en esta revolución cosmológica, la cual, como resaltaba en su libro citado el profesor Koyré, permite que la concepción medieval del cosmos se vea sustituida por la de un universo «indefinido y aun infinito» regido por unas leyes idénticas, la superación del «divorcio entre el mundo del valor y el mundo de los hechos».

 
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