Presocraticos I

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LOS PRESOCRATICOS: NATURALEZA Y CAMBIO

Los primeros intentos de ofrecer una interpretación racional del mundo tuvieron lugar en Mileto, la más importante de las ciudades jonias de Asia Menor. El problema fundamental que ocupó a estos pensadores fue el del arjé, o  principio fundamental de las cosas: su intención era hallar una sustancia común y subyacente a todos los diversos fenómenos y elementos de la realidad, que constituyese su auténtica esencia. La principal dificultad que encontramos a la hora de ofrecer una explicación coherente del pensamiento de estos autores estriba en que la mayor parte de los fragmentos que de ellos conservamos pertenecen a comentadores posteriores, como Aristóteles o Teofrasto. Vamos, por tanto, a intentar interpretar su obra de acuerdo con el tiempo real en que vivieron, y no a la luz de divisiones conceptuales inexistentes en aquella época.

Estos primeros pensadores eran a un tiempo científicos y filósofos, ya que de hecho esta distinción no existía como tal entonces. Tampoco existía, en el sentido que ahora la entendemos, la diferenciación entre principio espiritual y material; el arjé era el principio constituyente de la realidad en todos sus órdenes, y sólo a partir de los eleatas comenzaría a establecerse la distinción entre el mundo físico de los fenómenos, percibido por los sentidos, y el mundo espiritual e inmutable. No obstante, es cierto que los atributos conferidos por los milesios al arjé, como la infinitud, y la inmortalidad, son propiamente divinos; la diferencia estriba en que estos predicados no se aplican ya a una deidad antropomórfica, y que, además, se llega a ellos mediante una argumentación racional. La polémica acerca de si estos pensadores eran «materialistas» o «teólogos» resulta, por tanto, estéril, pues supone introducir en su pensamiento unas diferencias conceptuales sólo más tarde desarrolladas.

Los filósofos milesios

El primero de los filósofos milesios fue Tales (h. 620-550), considerado por la tradición como uno de los «Siete sabios» de Grecia. Científico y comerciante, fue el primero en intentar reducir la diversidad de los fenómenos a un origen común, que él encontró en el agua (hygron), inducido sin duda por la observación empírica de que ésta constituía la fuente de la vida, y era además capaz de adoptar forma sólida, líquida o gaseosa. Por tanto, en distintos grados de condensación, podría ser el principio esencial de la realidad, y como tal, eterna. La importancia del pensamiento de Tales, pese a su aparente ingenuidad, puede sintetizarse en dos puntos: a) fue el primero en hacer derivar todo lo existente de un origen común, y b) explicó los cambios de la naturaleza de acuerdo a un principio único, el aeré, o agua, cuyo dinamismo interior le permite generar todo lo demás y constituir al mismo tiempo el origen y el fin del proceso.

Estas concepciones esbozadas por Tales fueron desarrolladas por Anaximandro (h. 610-550), probablemente discípulo del primero. Anaximandro consideró que el arjé no podía encontrarse en una sustancia particular como el agua, ya que el primer principio había de ser una sustancia infinita y diferente a todas las otras, de forma que pudiera dar origen a éstas. A este elemento primigenio lo llamó apeiron, que puede traducirse como «indeterminado» o «¡limitado»; asistimos así a un primer paso en el proceso de abstracción desde la realidad física al orden conceptual. A partir de este apeiron, definido como el uno infinito, armónico y atemporal, se crean, por un proceso de separación todas las demás cosas, cuya continua oposición culminará en el retorno final al uno, ciclo que se repetirá eternamente. Además, Anaximandro introdujo el concepto de Cosmos, es decir, el universo sometido en todas sus manifestaciones y fenómenos a un orden racional, idea que ejercería una enorme influencia en el pensamiento posterior.

Anaxímenes (h. 590-525) fue el tercero de los grandes filósofos milesios. Su pensamiento supuso en cierta medida un retroceso respecto al de Anaximandro, ya que, si bien opinaba también que el arjé debía ser uno e infinito, consideró que, para poder constituir el origen, de las demás cosas, debía ser una sustancia concreta: afirmó, por tanto, que el principio de la realidad era el aire (pneuma), que es, por un lado, aliento o alma, y al mismo tiempo soporte físico de todo lo existente: «al igual que nuestra alma, que es aire, nos rige y guía, así está envuelto todo el cosmos de ambiente y aire». Las cosas particulares se forman a partir del aire mediante condensación y rarefacción: la tierra, por ejemplo, es producto de la condensación, y el fuego de la rarefacción. De esta manera, Anaxímenes consigue articular con mayor fluidez el proceso de creación, avance de gran importancia que completa las innovaciones de Anaximandro.

Pitágoras y los pitagóricos

Tras la invasión de las ciudades jonias por los persas, el pensamiento filosófico griego encontró cobijo en las colonias de Sicilia y la Magna Grecia, en la Italia meridional. Pitágoras (h. 570-495), originario de Samos, se trasladó a Crotona, una de estas colonias, y fundó allí una sociedad de tipo místico y espiritual que llegó a convertirse en un importante movimiento político.

El pensamiento pitagórico posee evidentes afinidades con la tradición religiosa órfica, reflejada en su ética salvacionista. Pitágoras introdujo la noción de que el alma posee un origen divino y se halla aprisionada en el cuerpo; es preciso, por tanto, purificarse con el fin de poder alcanzar la liberación. Esta reacción supone ya de forma definida la separación entre materia y espíritu, y constituye una evidente reacción idealista ante el materialismo milesio.

En el campo estrictamente filosófico, Pitágoras abandonó la búsqueda de una sustancia primera y propuso un principio ideal, el número, entendido como medida y proporción, que sería la esencia de la realidad, el orden del Cosmos. Las correlaciones numéricas entre planetas, notas musicales, extensiones geométricas, etc., son, al mismo tiempo, soporte de la realidad y determinación de la misma. El universo de Pitágoras, está, pues, regido por la matemática, que en su forma pura es armonía. El concepto de vacío, necesario para que puedan establecerse aquellas correlaciones, resulta fundamental en esta cosmología.

Jenófanes

La personalidad de Jenófanes de Colofón (h. 570-475) constituye una peculiar mezcla de filósofo y poeta. El conjunto, de su pensamiento posee, no obstante, particular interés por su crítica abierta de las leyendas y mitos a la luz de la filosofía. De origen jonio, llegó a la Magna Grecia hacia el 540, y se ganó la vida como rapsoda. Los fragmentos que de él se conocen muestran una satírica refutación del panteón mitológico de Hesiodo y Homero, y, en general, de las concepciones antropomórficas de la divinidad. Frente a ello, creó una metafísica basada en la unidad del ser primigenio, o arjé, que se encuentra presente en todas las cosas. Esta teoría ha hecho que algunos especialistas le atribuyesen el papel de fundador de la escuela eléata, pero tal opinión parece sustentarse más bien en la tergiversación de su pensamiento realizada por pensadores posteriores.

Heráclito

 Heráclito de Éfeso (h. 540-470), nacido de una familia aristocrática en esta colonia griega del Asia Menor, debe ser considerado como uno de los grandes pensadores de la historia. Al igual que Parménides, su gran opositor, el problema fundamental que Heráclito se plantea es el de la esencia del ser; los fragmentos que de él conservamos, pertenecientes a un hipotético tratado Sobre la naturaleza, poseen tal riqueza y complejidad que han generado innumerables tesis sobre su pensamiento. Vamos a intentar, sin embargo, sintetizar éste de acuerdo a sus líneas maestras.

Deudor de sus predecesores milesios, Heráclito se planteará fundamentalmente la definición del arjé, pero el monismo físico de aquéllos se convertirá en él en afirmación del movimiento, del devenir: Panta re¡, todo fluye. El Cosmos posee una perpetua dinamicidad, que se manifiesta en la tensión y superación continua de los opuestos. El logos u orden del universo, consiste, pues, precisamente en esa transmutación y contradicción constante, que conduce a una armonía no ya estática, como la de Pitágoras, sino continuamente cambiante.

Como sustento material del logos, Heráclito elige al fuego, símbolo de la energía y de la transmutación. Sería erróneo considerar, sin embargo, que Heráclito hable del fuego como lo haría Tales del agua, ya que en el pensador de Efeso el fuego constituye una causa formal, una expresión del logos: «Este cosmos, el mismo para todos los seres, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre fue, es y será fuego viviente, que se enciende y se apaga según medida. Fuego, logos, movimiento y devenir constituyen pues, un único principio, que contiene en sí la unidad dialéctica de los contrarios. El alma o psiqué, que es fuego, participa asimismo del logos.

Esta concepción es trasladada por Heráclito al ámbito social de su época, y a su ética, fundada en la necesidad de alcanzar el logo sólo asequible a los sabios, pues «la mayoría es mala y sólo los pocos son buenos». Esta afirmación, aparentemente aristocrática, es completada, sin embargo, por el propio Heráclito en otro fragmento: «A todos los hombres les ha sido dado el conocerse a sí mismos y pensar rectamente». Éste es, pues, el auténtico mensaje ético de Heráclito.

Parménides y los eleatas

Cuando la escuela pitagórica se hallaba aún en plena actividad, surgió en Elea, ciudad perteneciente también a la Magna Grecia, otro movimiento filosófico que, por medios distintos, contribuyó a consolidar la reacción idealista iniciada por aquélla: separar el mundo espiritual y trascendente, conocido sólo por medio del entendimiento, del universo material y cambiante que conocemos a través de los sentidos, y que será considerado como mera ilusión. Su principal representante, Parménides de Elea, (nacido h. 515), se ve obligado para ello a atacar la idea pitagórica del universo, si bien recoge de ésta su parte espiritualista. El principal adversario de los eleatas  es, sin embargo, la filosofía jonia, y muy concretamente Heráclito.

Las ideas de Parménides están expuestas en un poema titulado Sobre la verdad. En él, figurándose receptor de la revelación de una diosa, ofrece al eleata su concepción del Ser, que él opone al movimiento o devenir de Heráclito.

Según afirma Parménides, existen dos vías posibles de conocimiento: la primera es la de la verdad (aletheia) y está guiada por el pensamiento; la segunda es la del error u opinión (doxá), regida por los sentidos.

Parménides funda su argumentación en la primera vía, y a partir de ella va a refutar la segunda. Para poder pensar en algo, es necesario que algo exista: sólo aquello que es puede ser pensado, y consiguientemente sólo el Ser puede pensarse. Ahora bien, Ser y pensamiento se convierten de está forma en una misma cosa; luego el no-ser, que no puede ser pensado, no existe. Como el vacío es no-ser, y por tanto no existe (claro ataque al universo pitagórico), el movimiento de las cosas no puede existir, ya que para ello sería preciso un vacío por el que pudieran desplazarse. Así, los sentidos, que nos muestran el movimiento, nos ofrecen un saber ilusorio. Por consiguiente, deduce Parménides, el único ser real es el que nos ofrece el pensamiento.

De acuerdo con su lógica, el pensador eleata afirma que el Ser es inmóvil, increado, inmutable, homogéneo, limitado y esférico, ya que la esfera constituye el símbolo de la perfección. En realidad, esta descripción indica que Parménides no había superado por completo el monismo materialista, antes bien, había planteado en cierto modo hasta un grado límite sus contradicciones; sin embargo, como las tesis del eleata no permitían explicar adecuadamente el proceso real del mundo, los, filósofos, posteriores se verían obligados a romper con las concepciones monistas y a buscar otras explicaciones racionales de la realidad.

Entre los restantes pensadores eleatas resulta obligado destacar a Zenón de Elea (h. 490-430), que, con sus célebres paradojas, intentó demostrar la imposibilidad lógica del movimiento. Mayor interés posee, no obstante, Meliso de Samos, filósofo que alcanzó la madurez hacia el 440, y que aportó algunas innovaciones al pensamiento de Parménides. Meliso de Samos afirmó que el Uno no podía hallarse limitado, pues en tal caso estaría rodeado por el vacío, es decir, por el no-ser; el ser sería, por tanto, necesariamente infinito.

Empédocles

Tras el punto muerto que había alcanzado el monismo con la oposición Heráclito-Parménides, surgieron diversos filósofos que, aceptando algunas de las críticas parmenídeas, se vieron forzados a formular nuevas hipótesis que permitieran superar los problemas planteados. El primero de ellos fue el siciliano Empédocles de Agrigento (h. 490-430): hijo de una familia aristocrática. Poeta, médico y filósofo de la naturaleza, se ha tejido sobre su vida una leyenda que dificulta la determinación de los hechos reales. Los fragmentos que de él conservamos, pertenecientes a dos poemas titulados Sobre la naturaleza y Las purificaciones permiten, sin embargo, delimitar su pensamiento.

En Sobre la naturaleza, Empédocles expuso sus concepciones acerca de la realidad del mundo fenoménico. Deudor de la tradición materialista, pero consciente de las refutaciones lógicas de Parménides, Empédocles halló la solución a este problema postulando la existencia de cuatro elementos primigenios: fuego, tierra, aire y agua, que forman todo lo existente. Estos elementos se mezclan y separan entre sí, dando lugar al universo y a los fenómenos; sin embargo, no es su propia dinámica interna la que los induce a combinarse, sino dos fuerzas omnipresentes: Amor, o unión y Odio o disgregación. Los cuatro elementos poseen muchas características del ente de Parménides, ya que son también increados y en su estado perfecto de unión constituyen una esfera homogénea; por otro lado, suponen una afirmación del movimiento, siendo recogida así la herencia de Heráclito.

En Las Purificaciones, el pensador de Agrigento expone, por el contrario, una mística de raíz pitagórica que parece contradecir sus explicaciones anteriores. No obstante, al afirmar que el cuerpo se disuelve en los cuatro elementos pero el alma, si ha llevado una vida digna, retorna a su «origen divino», a la armonía del Amor, Empédocles pretende tal vez hallar una fórmula de compromiso que no invalide su filosofía de la naturaleza. De cualquier forma, la mayor parte de los estudiosos opina que estas concepciones idealistas corresponden a la última etapa del filósofo, en la que predominarían las tendencias espiritualistas.

Anaxágoras

Otro de los pensadores que intentó tender un puente entre las concepciones parmenídeas y heraclíteas fue Anaxágoras de Clazomene (h. 500-430), que desarrolló gran parte de su actividad en Atenas, donde llevó a cabo una importante labor didáctica.

Anaxágoras consideró que los elementos constituyentes de la realidad eran unas partículas mínimas (que Aristóteles llamaría homeomerías), increadas e infinitas en número, pero no todas iguales entre sí. La fuerza que mueve estas partículas y las hace combinarse para formar los cuerpos sensibles, es el Nous, razón o inteligencia, que supone en realidad el auténtico principio del Cosmos. Esta noción, cuya influencia en el desarrollo de la filosofía griega sería decisiva, supone un antecedente del motor inmóvil de Aristóteles, éste comentaría respecto a Anaxágoras: «Quien afirmó que el Nous rige la naturaleza y todos los seres vivientes y es creador del Cosmos, se encuentra muy por encima de quienes le precedieron». Aun así, el propio Aristóteles destaca la escasa articulación existente entre este principio y el resto de la concepción mecanicista de Anaxágoras, que, por otra parte, tampoco acierta a concretar las relaciones entre el Nous y el entendimiento humano.

Demócrito y el atomismo

La tercera de las vías de conciliación fue desarrollada por el movimiento atomista, cuyo fundador fue el jonio Leucipo de Mileto. Aunque su biografía es poco conocida, parece que residió algún tiempo en Elea, y más tarde, hacia mediados del siglo V, estableció una escuela en Abdera, ciudad de nacimiento de su discípulo Demócrito (h. 460-370). El pensamiento de éste es la única referencia que tenemos acerca de Leucipo, razón por la que se expondrá aquí únicamente la filosofía del discípulo.

Contemporáneo de Sócrates y los sofistas, Demócrito es, sin embargo, el último gran heredero del materialismo milesio. A diferencia de los eleatas, admite decididamente la existencia del vacío, en el cual se agitan los átomos, que constituyen la esencia de toda realidad sensible. Estos átomos, increados e infinitos, son sólidos, indivisibles e impenetrables, y se mueven eternamente en el vacío. Lo que separa de forma definida a Demócrito de Empédocles y Anaxágoras es que este movimiento no precisa de una fuerza externa que lo produzca, sino que resulta inherente al propio proceso.

Por lo que se refiere a los cuerpos sensibles, Demócrito considera que están formados por el choque y asociación de los átomos entre sí, y que en su constitución dependen además de las formas más o menos sutiles que éstos asuman. El conocimiento proviene asimismo de la interrelación entre los átomos, pues el espíritu está compuesto a su vez por ellos (tesis que recuerda a la de Empédocles). No obstante, Demócrito aclara que el conocimiento por medio de los sentidos puede en ocasiones resultar oscuro, en cuyo caso es preciso recurrir a la razón, coincidente con el orden necesario e intrínseco del universo. La noción de «azar», pues, no tiene cabida en este universo, y será introducida más tarde en la reelaboración de Epicuro.

Al margen de sus concepciones físicas, Demócrito desarrolló una doctrina ética de gran altura: el hombre es, por un lado, materia, phisis, pero también es educación, y gracias a ésta puede crear su propio destino.

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