Los primeros intentos de ofrecer una interpretación
racional del mundo tuvieron lugar en Mileto, la más importante de las ciudades
jonias de Asia Menor. El problema fundamental que ocupó a estos pensadores fue
el del arjé, o
principio fundamental de las cosas: su intención era hallar una
sustancia común y subyacente a todos los diversos fenómenos y elementos de la
realidad, que constituyese su auténtica esencia. La principal dificultad que
encontramos a la hora de ofrecer una explicación coherente del pensamiento de
estos autores estriba en que la mayor parte de los fragmentos que de ellos
conservamos pertenecen a comentadores posteriores, como Aristóteles o
Teofrasto. Vamos, por tanto, a intentar interpretar su obra de acuerdo con el
tiempo real en que vivieron, y no a la luz de divisiones conceptuales
inexistentes en aquella época.
Estos primeros pensadores eran a un tiempo científicos
y filósofos, ya que de hecho esta distinción no existía como tal entonces.
Tampoco existía, en el sentido que ahora la entendemos, la diferenciación
entre principio espiritual y material; el arjé era el principio constituyente
de la realidad en todos sus órdenes, y sólo a partir de los eleatas comenzaría
a establecerse la distinción entre el mundo físico de los fenómenos,
percibido por los sentidos, y el mundo espiritual e inmutable. No obstante, es
cierto que los atributos conferidos por los milesios al arjé, como la
infinitud, y la inmortalidad, son propiamente divinos; la diferencia estriba en
que estos predicados no se aplican ya a una deidad antropomórfica, y que, además,
se llega a ellos mediante una argumentación racional. La polémica acerca de si
estos pensadores eran «materialistas» o «teólogos» resulta, por tanto, estéril,
pues supone introducir en su pensamiento unas diferencias conceptuales sólo más
tarde desarrolladas.
El primero de los filósofos milesios fue Tales (h.
620-550), considerado por la tradición como uno de los «Siete sabios» de
Grecia. Científico y comerciante, fue el primero en intentar reducir la
diversidad de los fenómenos a un origen común, que él encontró en el agua
(hygron), inducido sin duda por la observación empírica de que ésta constituía
la fuente de la vida, y era además capaz de adoptar forma sólida, líquida o
gaseosa. Por tanto, en distintos grados de condensación, podría ser el
principio esencial de la realidad, y como tal, eterna. La importancia del
pensamiento de Tales, pese a su aparente ingenuidad, puede sintetizarse en dos
puntos: a) fue el primero en hacer derivar todo lo existente de un origen común,
y b) explicó los cambios de la naturaleza de acuerdo a un principio único, el
aeré, o agua, cuyo dinamismo interior le permite generar todo lo demás y
constituir al mismo tiempo el origen y el fin del proceso.
Estas concepciones esbozadas por Tales fueron
desarrolladas por Anaximandro (h. 610-550), probablemente discípulo del
primero. Anaximandro consideró que el arjé no podía encontrarse en una
sustancia particular como el agua, ya que el primer principio había de ser una
sustancia infinita y diferente a todas las otras, de forma que pudiera dar
origen a éstas. A este elemento primigenio lo llamó apeiron,
que puede traducirse como «indeterminado» o «¡limitado»; asistimos así
a un primer paso en el proceso de abstracción desde la realidad física al
orden conceptual. A partir de este apeiron,
definido como el uno infinito, armónico y atemporal, se crean, por un proceso
de separación todas las demás cosas, cuya continua oposición culminará en el
retorno final al uno, ciclo que se repetirá eternamente. Además, Anaximandro
introdujo el concepto de Cosmos, es
decir, el universo sometido en todas sus manifestaciones y fenómenos a un orden
racional, idea que ejercería una enorme influencia en el pensamiento posterior.
Anaxímenes (h. 590-525) fue el tercero de los grandes
filósofos milesios. Su pensamiento supuso en cierta medida un retroceso
respecto al de Anaximandro, ya que, si bien opinaba también que el arjé debía
ser uno e infinito, consideró que, para poder constituir el origen, de las demás
cosas, debía ser una sustancia concreta: afirmó, por tanto, que el principio
de la realidad era el aire (pneuma), que
es, por un lado, aliento o alma, y al mismo tiempo soporte físico de todo lo
existente: «al igual que nuestra alma, que es aire, nos rige y guía, así está
envuelto todo el cosmos de ambiente y aire». Las cosas particulares se forman a
partir del aire mediante condensación y rarefacción: la tierra, por ejemplo,
es producto de la condensación, y el fuego de la rarefacción. De esta manera,
Anaxímenes consigue articular con mayor fluidez el proceso de creación, avance
de gran importancia que completa las innovaciones de Anaximandro.
Tras la invasión de las ciudades jonias por los
persas, el pensamiento filosófico griego encontró cobijo en las colonias de
Sicilia y la Magna Grecia, en la Italia meridional. Pitágoras (h. 570-495),
originario de Samos, se trasladó a Crotona, una de estas colonias, y fundó allí
una sociedad de tipo místico y espiritual que llegó a convertirse en un
importante movimiento político.
El pensamiento pitagórico posee evidentes afinidades
con la tradición religiosa órfica, reflejada en su ética salvacionista. Pitágoras
introdujo la noción de que el alma posee un origen divino y se halla
aprisionada en el cuerpo; es preciso, por tanto, purificarse con el fin de poder
alcanzar la liberación. Esta reacción supone ya de forma definida la separación
entre materia y espíritu, y constituye una evidente reacción idealista ante el
materialismo milesio.
En el campo estrictamente filosófico, Pitágoras
abandonó la búsqueda de una sustancia primera y propuso un principio ideal, el
número, entendido como medida y proporción, que sería la esencia de la
realidad, el orden del Cosmos. Las correlaciones numéricas entre planetas,
notas musicales, extensiones geométricas, etc., son, al mismo tiempo, soporte
de la realidad y determinación de la misma. El universo de Pitágoras, está,
pues, regido por la matemática, que en su forma pura es armonía. El concepto
de vacío, necesario para que puedan establecerse aquellas correlaciones,
resulta fundamental en esta cosmología.
La personalidad de Jenófanes de Colofón (h. 570-475)
constituye una peculiar mezcla de filósofo y poeta. El conjunto, de su
pensamiento posee, no obstante, particular interés por su crítica abierta de
las leyendas y mitos a la luz de la filosofía. De origen jonio, llegó a la
Magna Grecia hacia el 540, y se ganó la vida como rapsoda. Los fragmentos que
de él se conocen muestran una satírica refutación del panteón mitológico de
Hesiodo y Homero, y, en general, de las concepciones antropomórficas de la
divinidad. Frente a ello, creó una metafísica basada en la unidad del ser
primigenio, o arjé, que se encuentra
presente en todas las cosas. Esta teoría ha hecho que algunos especialistas le
atribuyesen el papel de fundador de la escuela eléata, pero tal opinión parece
sustentarse más bien en la tergiversación de su pensamiento realizada por
pensadores posteriores.
Heráclito
de Éfeso (h. 540-470), nacido de una familia aristocrática en esta colonia
griega del Asia Menor, debe ser considerado como uno de los grandes pensadores
de la historia. Al igual que Parménides,
su gran opositor, el problema fundamental que Heráclito se plantea es el de la
esencia del ser; los fragmentos que de él conservamos, pertenecientes a un
hipotético tratado Sobre la naturaleza, poseen
tal riqueza y complejidad que han generado innumerables tesis sobre su
pensamiento. Vamos a intentar, sin embargo, sintetizar éste de acuerdo a sus líneas
maestras.
Deudor de sus predecesores milesios, Heráclito se
planteará fundamentalmente la definición del arjé, pero el monismo físico de
aquéllos se convertirá en él en afirmación del movimiento, del devenir: Panta
re¡, todo fluye. El Cosmos posee una perpetua dinamicidad, que se
manifiesta en la tensión y superación continua de los opuestos. El logos
u orden del universo, consiste, pues, precisamente en esa transmutación y
contradicción constante, que conduce a una armonía no ya estática, como la de
Pitágoras, sino continuamente cambiante.
Como sustento material del logos, Heráclito elige al fuego, símbolo de la energía y de la
transmutación. Sería erróneo considerar, sin embargo, que Heráclito hable
del fuego como lo haría Tales del agua, ya que en el pensador de Efeso el fuego
constituye una causa formal, una expresión del logos: «Este cosmos, el mismo para todos los seres, no lo hizo
ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre fue, es y será fuego
viviente, que se enciende y se apaga según medida. Fuego, logos, movimiento y devenir constituyen pues, un único principio,
que contiene en sí la unidad dialéctica de los contrarios. El alma o psiqué,
que es fuego, participa asimismo del logos.
Esta concepción es trasladada por Heráclito al ámbito
social de su época, y a su ética, fundada en la necesidad de alcanzar el logo
sólo asequible a los sabios, pues «la mayoría es mala y sólo los pocos
son buenos». Esta afirmación, aparentemente aristocrática, es completada, sin
embargo, por el propio Heráclito en otro fragmento: «A todos los hombres les
ha sido dado el conocerse a sí mismos y pensar rectamente». Éste es, pues, el
auténtico mensaje ético de Heráclito.
Cuando la escuela pitagórica se hallaba aún en plena
actividad, surgió en Elea, ciudad perteneciente también a la Magna Grecia,
otro movimiento filosófico que, por medios distintos, contribuyó a consolidar
la reacción idealista iniciada por aquélla: separar el mundo espiritual y
trascendente, conocido sólo por medio del entendimiento, del universo material
y cambiante que conocemos a través de los sentidos, y que será considerado
como mera ilusión. Su principal representante, Parménides de Elea, (nacido h.
515), se ve obligado para ello a atacar la idea pitagórica del universo, si
bien recoge de ésta su parte espiritualista. El principal adversario de los
eleatas es, sin embargo, la filosofía
jonia, y muy concretamente Heráclito.
Las ideas de Parménides están expuestas en un poema
titulado Sobre la verdad. En él,
figurándose receptor de la revelación de una diosa, ofrece al eleata su
concepción del Ser, que él opone al movimiento o devenir de Heráclito.
Según afirma Parménides, existen dos vías posibles
de conocimiento: la primera es la de la verdad (aletheia)
y está guiada por el pensamiento; la segunda es la del error u opinión (doxá),
regida por los sentidos.
Parménides funda su argumentación en la primera vía,
y a partir de ella va a refutar la segunda. Para poder pensar en algo, es
necesario que algo exista: sólo aquello que es
puede ser pensado, y consiguientemente sólo el Ser puede pensarse. Ahora
bien, Ser y pensamiento se convierten de está forma en una misma cosa; luego el
no-ser, que no puede ser pensado, no existe. Como el vacío es no-ser, y por
tanto no existe (claro ataque al universo pitagórico), el movimiento de las
cosas no puede existir, ya que para ello sería preciso un vacío por el que
pudieran desplazarse. Así, los sentidos, que nos muestran el movimiento, nos
ofrecen un saber ilusorio. Por consiguiente, deduce Parménides, el único ser
real es el que nos ofrece el pensamiento.
De acuerdo con su lógica, el pensador eleata afirma
que el Ser es inmóvil, increado, inmutable, homogéneo, limitado y esférico,
ya que la esfera constituye el símbolo de la perfección. En realidad, esta
descripción indica que Parménides no había superado por completo el monismo
materialista, antes bien, había planteado en cierto modo hasta un grado límite
sus contradicciones; sin embargo, como las tesis del eleata no permitían
explicar adecuadamente el proceso real del mundo, los, filósofos, posteriores
se verían obligados a romper con las concepciones monistas y a buscar otras
explicaciones racionales de la realidad.
Entre los restantes pensadores eleatas resulta
obligado destacar a Zenón de Elea (h. 490-430), que, con sus célebres
paradojas, intentó demostrar la imposibilidad lógica del movimiento. Mayor
interés posee, no obstante, Meliso de Samos, filósofo que alcanzó la madurez
hacia el 440, y que aportó algunas innovaciones al pensamiento de Parménides.
Meliso de Samos afirmó que el Uno no podía hallarse limitado, pues en tal caso
estaría rodeado por el vacío, es decir, por el no-ser; el ser sería, por
tanto, necesariamente infinito.
Tras el punto muerto que había alcanzado el monismo
con la oposición Heráclito-Parménides, surgieron diversos filósofos que,
aceptando algunas de las críticas parmenídeas, se vieron forzados a formular
nuevas hipótesis que permitieran superar los problemas planteados. El primero
de ellos fue el siciliano Empédocles de Agrigento (h. 490-430): hijo de una
familia aristocrática. Poeta, médico y filósofo de la naturaleza, se ha
tejido sobre su vida una leyenda que dificulta la determinación de los hechos
reales. Los fragmentos que de él conservamos, pertenecientes a dos poemas
titulados Sobre la naturaleza y Las
purificaciones permiten, sin embargo, delimitar su pensamiento.
En Sobre la
naturaleza, Empédocles expuso sus concepciones acerca de la realidad del
mundo fenoménico. Deudor de la tradición materialista, pero consciente de las
refutaciones lógicas de Parménides, Empédocles halló la solución a este
problema postulando la existencia de cuatro elementos primigenios: fuego,
tierra, aire y agua, que forman todo lo existente. Estos elementos se mezclan y
separan entre sí, dando lugar al universo y a los fenómenos; sin embargo, no
es su propia dinámica interna la que los induce a combinarse, sino dos fuerzas
omnipresentes: Amor, o unión y Odio o disgregación. Los cuatro elementos
poseen muchas características del ente de Parménides, ya que son también
increados y en su estado perfecto de unión constituyen una esfera homogénea;
por otro lado, suponen una afirmación del movimiento, siendo recogida así la
herencia de Heráclito.
En Las
Purificaciones, el pensador de Agrigento expone, por el contrario, una mística
de raíz pitagórica que parece contradecir sus explicaciones anteriores. No
obstante, al afirmar que el cuerpo se disuelve en los cuatro elementos pero el
alma, si ha llevado una vida digna, retorna a su «origen divino», a la armonía
del Amor, Empédocles pretende tal vez hallar una fórmula de compromiso que no
invalide su filosofía de la naturaleza. De cualquier forma, la mayor parte de
los estudiosos opina que estas concepciones idealistas corresponden a la última
etapa del filósofo, en la que predominarían las tendencias espiritualistas.
Otro de los pensadores que intentó tender un puente
entre las concepciones parmenídeas y heraclíteas fue Anaxágoras de Clazomene
(h. 500-430), que desarrolló gran parte de su actividad en Atenas, donde llevó
a cabo una importante labor didáctica.
Anaxágoras consideró que los elementos
constituyentes de la realidad eran unas partículas mínimas (que Aristóteles
llamaría homeomerías), increadas e infinitas en número, pero no todas iguales
entre sí. La fuerza que mueve estas partículas y las hace combinarse para
formar los cuerpos sensibles, es el Nous, razón
o inteligencia, que supone en realidad el auténtico principio del Cosmos. Esta
noción, cuya influencia en el desarrollo de la filosofía griega sería
decisiva, supone un antecedente del motor inmóvil de Aristóteles, éste
comentaría respecto a Anaxágoras: «Quien afirmó que el Nous rige la
naturaleza y todos los seres vivientes y es creador del Cosmos, se encuentra muy
por encima de quienes le precedieron». Aun así, el propio Aristóteles destaca
la escasa articulación existente entre este principio y el resto de la concepción
mecanicista de Anaxágoras, que, por otra parte, tampoco acierta a concretar las
relaciones entre el Nous y el entendimiento humano.
La tercera de las vías de conciliación fue
desarrollada por el movimiento atomista, cuyo fundador fue el jonio Leucipo de
Mileto. Aunque su biografía es poco conocida, parece que residió algún tiempo
en Elea, y más tarde, hacia mediados del siglo V, estableció una escuela en
Abdera, ciudad de nacimiento de su discípulo Demócrito (h. 460-370). El
pensamiento de éste es la única referencia que tenemos acerca de Leucipo, razón
por la que se expondrá aquí únicamente la filosofía del discípulo.
Contemporáneo de Sócrates y los sofistas, Demócrito
es, sin embargo, el último gran heredero del materialismo milesio. A diferencia
de los eleatas, admite decididamente la existencia del vacío, en el cual se
agitan los átomos, que constituyen la esencia de toda realidad sensible. Estos
átomos, increados e infinitos, son sólidos, indivisibles e impenetrables, y se
mueven eternamente en el vacío. Lo que separa de forma definida a Demócrito de
Empédocles y Anaxágoras es que este movimiento no precisa de una fuerza
externa que lo produzca, sino que resulta inherente al propio proceso.
Por lo que se refiere a los cuerpos sensibles, Demócrito
considera que están formados por el choque y asociación de los átomos entre sí,
y que en su constitución dependen además de las formas más o menos sutiles
que éstos asuman. El conocimiento proviene asimismo de la interrelación entre
los átomos, pues el espíritu está compuesto a su vez por ellos (tesis que
recuerda a la de Empédocles). No obstante, Demócrito aclara que el
conocimiento por medio de los sentidos puede en ocasiones resultar oscuro, en
cuyo caso es preciso recurrir a la razón, coincidente con el orden necesario e
intrínseco del universo. La noción de «azar», pues, no tiene cabida en este
universo, y será introducida más tarde en la reelaboración de Epicuro.