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EL ALTO IMPERIO ROMANO: FILOSOFIA Y RELIGION
FILOSOFIA Y RELIGION EN EL MUNDO ROMANO Aproximadamente hacia el siglo I a.C. comenzó a producirse un notable cambio en las concepciones filosóficas de lo que ya era por entonces el orbe romano. En gran parte, esta evolución tuvo su origen en el creciente influjo de las doctrinas religiosas orientales, la síntesis entre estas nuevas creencias y el pensamiento griego condujo a la creación de un nuevo corpus filosófico, sumamente ramificado y al mismo tiempo interrelacionado, que puede caracterizarse por dos notas principales: una evidente preocupación espiritualista y mística, de raíz salvacionista, y un intento de conciliar eclécticamente diversas tendencias. No obstante, dentro de la generalización que toda definición supone, resulta posible establecer una somera división entre las diferentes escuelas. En el ámbito más estrictamente grecorromano, la preocupación dominante continuó siendo de orden ético y práctico, y se mantuvo la tradición conceptual heredada de la Grecia clásica y de las escuelas helenísticas. Aunque se aprecia también en este ámbito una tendencia espiritualista, ésta permanece delimitada por los criterios de la razón, y hasta los siglos III y IV no comienza a apreciarse una acusada descomposición de los ideales clásicos. Al mismo tiempo, la influencia de las religiones orientales, combinada con el cosmopolitismo helenista, produjo la aparición de una serie de tendencias de carácter místico y especulativo, entre las cuales cabe destacar la síntesis judeo-helenística y las diversas sectas gnósticas. Estas dos evoluciones paralelas hallaron su máxima expresión en el neoplatonismo y el cristianismo, los dos grandes esfuerzos sistematizadores que comenzaron a destacarse a partir del siglo III. EL PENSAMIENTO FILOSOFICO GRECORROMANO Estoicismo y epicureísmo El estoicismo fue durante mucho tiempo la escuela dominante en el ámbito del pensamiento helénico. La Stoa media, sin embargo, cuyos principales representantes fueron Panecio de Rodas (h. 185-110) y Posidonio de Apamea (h. 135-50), introdujo diversas suavizaciones en el sistema original, concediendo una mayor importancia a los aspectos prácticos y éticos. Además, sobre todo por medio de Posidonio, se añadió a la cosmología estoica una carga subyacente de platonismo, de forma que el logos estoico se identificó cada vez más con el mundo ideal de Platón, produciéndose así un alejamiento del materialismo inicial. Los estoicos romanos, entre los cuales cabe citar a Séneca (4-65 d.C.), Epicteto (60-110) y Marco Aurelio (121-180), mantuvieron esta creencia en una providencia racional, pero en el aspecto ético recuperaron la rigidez austera y fatalista de la Stoa antigua. El epicureísmo romano encontró su máximo exponente en Lucrecio (98-54 a.C.), autor del célebre tratado De rerum natura (De la naturaleza de las cosas). Esta obra, escrita en verso, supone una auténtica recapitulación del pensamiento de Demócrito y Epicuro. Fundándose en la cosmología atomista, Lucrecio afirma que el mundo está regido por el azar (concepto epicúreo) y que no existe inmortalidad alguna. Escepticismo y eclecticismo Al igual que había ocurrido en tiempos del primer escepticismo, las doctrinas escépticas de esta época tuvieron como principal finalidad el ataque al dogmatizo estoico, tendencia dominante en el terreno filosófico. El mayor pensador de esta escuela fue Enesidemo (siglo I a.C.), que basó su obra en la revelación de las contradicciones de los dogmáticos, y negó la posibilidad del conocimiento. El eclecticismo no constituye en sí una corriente filosófica, pero permite aglutinar a una serie de pensadores que, impulsados por una preocupación eminentemente humanista, utilizaron lo que les parecía más adecuado de las diversas tendencias vigentes con el fin de elaborar una doctrina práctica basada en el sentido común. El ejemplo más destacado es, sin duda, Cicerón (106-43 a.C.), autor de De República, De Oratoria y Académicas, que intervino activamente en la vida política romana y estudió todas las escuelas importantes de la época. Su filosofía tiene ante todo una finalidad ética y social, y predica la necesidad de un «orden racional» en las leyes. Platonismo medio, neopitagorismo y neoaristotelismo Puede parecer extraño, en un principio, que incluyamos en un mismo apartado tres corrientes filosóficas de tamaña importancia. Ello se debe, sin embargo, a que la más importante de ellas, el platonismo medio, incorporó en su doctrina numerosos elementos de las otras tendencias, así como de la Stoa (al igual que, como hemos visto, ésta derivó hacia concepciones platónicos). La idea de Bien postulada por Platón fue asimilándose de modo progresivo al motor inmóvil de Aristóteles, y ambos conceptos se fundieron con la noción trascendente de Dios de los pitagóricos. Por otra parte, los platónicos de esta época retuvieron fundamentalmente de su maestro las nociones espiritualistas, en particular la dualidad entre el mundo ideal y el sensible, y estructuraron en gran parte su cosmología de acuerdo con la jerarquización de Aristóteles. Las doctrinas más importantes de éste, sin embargo, fueron abandonadas. Si a este conglomerado añadimos algunos aspectos de la doctrina estoica, como su concepción del pneuma o logos ordenador según la interpretación espiritualista de Posidonio, podremos delimitar con bastante precisión el corpus filosófico común a una gran parte de los pensadores de este período. Nos hallaremos sobre todo en posición de comprender el proceso ideológico que dará lugar a la aparición del neoplatonismo. La Academia platónica tuvo períodos de notable acercamiento al escepticismo. Sin embargo, ya en el siglo I a.C., por medio de Filón de Larisa y Antíoco de Ascalón, se reafirmó la necesidad de volver al dogmatismo. La auténtica renovación del movimiento platónico tendría lugar durante los dos primeros siglos de nuestra era, gracias a pensadores como Numenio (siglo II) y Albino (siglo II), y otros de menor importancia filosófica: Plutarco (50-125), Apuleyo (125-180) y Máximo de Tiro (siglo II). En mayor o menor medida, todos estos autores se vieron influidos por el neopitagorismo, que hacía descender todo el orden universal de un Dios uno y trascendente, por medio de multiplicaciones o emanaciones. Como consecuencia de ello, los filósofos platónicos tendieron cada vez más a considerar el Bien platónico (o motor inmóvil de Aristóteles) como fuente del mundo, y establecieron que las ideas procedían del entendimiento de ese Uno creador, por lo que eran en realidad «pensamientos de Dios». Por otro lado, utilizaron los mitos platónicos (en particular el del Demiurgo) para explicar la génesis del mundo sensible, pues, al igual que los gnósticos y los pitagóricos, consideraban que el origen del mal se hallaba en la sustancia Física, y por tanto no podía ser ésta obra directa de Dios. Así pues, de forma general, la imagen del mundo de estos pensadores se encuentra jerarquizado según el siguiente esquema: en primer lugar se encuentra el Uno-Dios inmutable e inmaterial, que es el principio de todas las cosas y proporciona inteligibilidad al mundo; a continuación se hallan unas inteligencias intermedias, demiurgos o daimones, y por último el mundo sensible. El problema principal de estas concepciones estriba, sin embargo, en su indiferencia por el problema del conocimiento y por la definición del alma en relación con lo trascendente. El aristotélico Alejandro de Afrodisia (siglo II-III) intentó resolverlo mediante la teoría del intelecto agente planteada por Aristóteles. Alejandro afirma decididamente la noción del Dios supramundano, pero pretende establecer un nexo entre la divinidad y el hombre por medio del intelecto agente de éste, que es «forma sin materia», pura inteligibilidad, y constituye en cierta medida una extensión de Dios, con el que se funde tras la muerte del cuerpo; no existe, pues, una inmortalidad «personal ». FILOSOFIA Y RELIGION: SINTESIS DE LAS CONCEPCIONES ORIENTALES Judaísmo y helenismo Durante el siglo I d.C. tuvo lugar, particularmente en Alejandría, una peculiar reelaboración de la doctrina bíblica de acuerdo con la sistematización filosófica griega. El monoteísmo judaico, no podía, sin embargo, aceptar determinadas creencias helénicas, en particular el dualismo y la concepción de un «demiurgo» creador del mundo sensible, y por consiguiente se vio obligado a elaborar una cosmología original El principal artífice de este esfuerzo de síntesis fue Filón de Alejandría (20 a.C.- 5O d.C.) Su aportación fundamental fue la «teología negativa», según la cual la naturaleza de Dios es incognoscible y, por tanto, no puede ser representado por lo que es, sino por lo que no es. Filón afirma asimismo que Dios es el origen del mundo sensible, al cual crea por medio del logos o pensamiento divino, que se encuentra en todos los hombres. La Gnosis Bajo esta denominación suelen encuadrarse una serie de escuelas cuyo fin era alcanzar la gnosis (conocimiento), la sabiduría inefable, mediante la contemplación directa de la divinidad. En el pasado se identificaba a la gnosis sólo como una particular herejía cristiana, pero los descubrimientos de manuscritos, realizados en nuestro siglo (particularmente en la localidad egipcia de Nag Hammadi y en el Turquestán chino) han motivado una revisión crítica de la cuestión. Las afinidades con movimientos como el neopitagorismo y el neoplatonismo dificultan la labor de llevar a cabo una clasificación; además, como afirma el especialista francés Henri-Charles Puech, «una pregunta previa a cualquier juicio sería incluso la de si tenemos derecho a operar con la gnosis como un todo, siendo así que la variación es la esencia misma del gnosticismo. Existen, no obstante, algunos puntos comunes a todos los pensadores gnósticos. En primer lugar, Dios es concebido como un ser incognoscible, ajeno al universo y perfecto en su atemporalidad. Por tanto, este Dios no es el creador del mundo sensible, que se identifica con el mal y es obra de un «demiurgo» o dios intermedio, esencialmente malvado. El gnóstico cree que su alma pertenece a otra realidad, y que el cuerpo constituye una prisión para ella. La gnosis es, pues, concebida como un «camino», una vía de salvación, que permita, por medio de un conocimiento espiritual, la redención del alma y su comunicación con Dios. Tres son, fundamentalmente, las corrientes en que suele clasificarse el pensamiento gnóstico. La primera de ellas, la gnosis no cristiana, engloba movimientos como el esenismo (una forma judaica de gnosis), el hermetismo desarrollado en el Corpus hermeticus, el mandeísmo y el maniqueísmo. Este último fue elaborado por el persa Mani (siglo III d.C.), que fundió las creencias cristianas con el dualismo entre Bien y Mal característico del zoroastrismo persa. Jesús, símbolo de la luz divina, encarnaría alegóricamente el camino de redención. El maniqueísmo fue muy combatido por los cristianos, pero su influencia perduró largo tiempo y reapareció bajo la forma de diversas herejías en la Edad Media. La gnosis cristiana herética tuvo sus principales representantes en Marción de Sínope, Basílides y Valentín, que desarrollaron sus enseñanzas en el siglo II. Todos ellos coincidían en la noción de un Dios trascendente, ingenerado, inmortal e incognoscible, que está «más allá del Ser». El mundo sensible es, pues, la obra de un dios rebelde e inferior, que ellos asocian con el Jehová del Antiguo Testamento. El papel de Cristo fue traer a los hombres el conocimiento salvador; la doctrina de la pasión como Redención resulta, sin embargo, oscurecida. EL NEOPLATONISMO Bajo este nombre se conoce la corriente filosófica iniciada por Plotino (205-270) que, inspirándose en el pensamiento del último Platón, intentó superar las contradicciones de su época y crear una doctrina que, pese a su evidente origen místico, poseyera una raíz y una coherencia estrictamente filosóficas. Sus principales oponentes, eran, pues, todas aquellas doctrinas religiosas que afirmaban la necesidad de una «revelación» como condición indispensable para poder llegar al conocimiento. Plotino Plotino (205-270), natural de Licópolis, en Egipto, desarrolló la mayor parte de su obra en Alejandría. Su discípulo Porfirio (h. 232-304) recogió sus escritos en seis colecciones llamadas Enéadas. A partir del platonismo, Plotino intenta resolver dos puntos oscuros de este sistema filosófico: la relación entre la esfera ideal y las cosas sensibles, y la relación entre el Uno (que asocia con la idea platónica de Bien y el motor inmóvil de Aristóteles) y las restantes ideas que proceden de él. Para ello, crea un complejo sistema. El Uno, definido por medio de la teología negativa como incognoscible y superior al ser («el ser no es sino la huella del Uno»), es el origen de toda realidad, a la que da lugar por medio de una serie de emanaciones. La primera emanación es el Nous, inteligencia o espíritu, principio ordenador y diferenciador, y la segunda la Psiqué, o alma cósmica, de la que todas las almas humanas participan. La materia es el orden más bajo de la realidad, es «indeterminación absoluta». El alma puede mirar hacia abajo, al mundo de los sentidos, o elevarse hacia la región del entendimiento. El culmen de este proceso supera lo inteligible y permite el «éxtasis», la unión directa con la divinidad, reservada a una minoría. No obstante, pese a su raíz mística, Plotino no habla de inmortalidad individual, sino más bien de «fusión», de unión con el Uno. Este hecho separa claramente su pensamiento de las doctrinas salvacionistas en boga por entonces, y pone de manifiesto sus diferencias con el cristianismo, que, por lo demás, recogerá gran parte del aparato conceptual de este filósofo y lo adaptará a su doctrina. EL CRISTIANISMO PRIMITIVO: LA PATRISTICA En su intento de prevalecer sobre las demás religiones orientales, el cristianismo se vio obligado a adoptar y conciliar elementos tomados tanto del monoteísmo judío como de la filosofía griega, para ponerlos al servicio de la revelación cristiana. Cuatro eran fundamentalmente los puntos que la mentalidad grecorromana rechazaba del cristianismo: la doctrina de la creación temporal, que chocaba con el concepto cíclico del tiempo típico de la filosofía helénica; la doctrina de la resurrección de los muertos; el concepto de Trinidad, que resultaba de difícil conjugación con el monoteísmo; y la creación por Dios del mundo sensible, el cual no podía entonces ser concebido como una «prisión» tal como lo piensan los gnósticos o los neoplatónicos. El primero en adoptar elementos de la filosofía griega fue san Pablo, que introdujo la noción de que la vía interior, o «introversión», era el camino adecuado para llegar al conocimiento de Dios. Los padres apologistas posteriores se dividieron en dos posturas: los que mantenían la posibilidad de conciliar fe y razón, como Atenágoras (siglo II), san Justino (siglo II) y Lactancio (siglo 111), y los que adoptaron una postura irracionalista, como Tertuliano (siglo II), y, sobre todo, san Ireneo (siglo II-III) e Hipólito (siglo II-III), que dedicaron su obra a combatir las herejías gnósticas. SAN AGUSTIN La figura de san Agustín (354-430) supone un momento decisivo en la historia del cristianismo, ya que él fue el primero que, utilizando los elementos conceptuales del pensamiento griego, adaptó la «filosofía cristianas (término hasta entonces inusual) a la doctrina de la fe. Nacido en la ciudad norteafricana de Tagaste, estudió en Cartago y Roma. De formación esencialmente neoplatónica, tras un período en el que se sintió atraído por el maniqueísmo, se convirtió al cristianismo a los 34 años de edad. Más tarde se hizo sacerdote, y llegó a ser obispo de Hipona. Entre sus numerosísimas obras cabe destacar Sobre la doctrina cristiana, las Confesiones y La ciudad de Dios. El pensamiento de san Agustín tiene su fundamento en la frase intellige ut credas, crede ut intelligas: comprende para creer, cree para comprender. No obstante, la fe es siempre para él anterior al intelecto, si bien cree que éste puede justificar racionalmente aquélla. Agustín parte de la demostración platónico acerca de la imposibilidad de adquirir un conocimiento cierto por medio de los sentidos; pese a ello, el hombre es capaz de abstraer, de percibir lo inmutable, y el filósofo concluye, por tanto, que esta capacidad ha sido puesta en él por algo que le trasciende. Ese algo es Dios, esencia inmutable. El misterio de la Trinidad se explica como la existencia de una sola naturaleza divina que se despliega en tres personas. El alma del hombre, con sus tres facultades (memoria, inteligencia y voluntad o amor) supone un reflejo de ese mismo misterio. Así pues, el hombre es ¡mago De¡, y su conocimiento procede de una iluminación divina. Es en su interior, pues, donde debe buscar a Dios; el amor, predicado por Jesucristo, es la Revelación y el camino de salvación dado al hombre por su creador. La inmutabilidad divina implica que haya habido un único acto de creación. San Agustín no puede admitir que la materia sea el origen del mal, pues tanto ella corno las ideas o formas de todo lo existente provienen del entendimiento divino, que ha creado el mundo de la nada (ex nihilo); el mal sólo existe en el hombre, y es una condición necesaria para el libre albedrío. La misión del cristianismo es conducir la historia hacia la eliminación del mal, por medio de la fe, y crear «la ciudad de Dios» (opuesta a la «ciudad del Diablo»). Ciertamente, esto no constituye una solución para el problema del mal, pues subsiste la duda de por qué crea Dios seres destinados a no alcanzar la salvación. Ante esto, afirma san Agustín, sólo la sabiduría eterna del Creador puede respondemos. La fe, por tanto, se revela en todo momento como la piedra angular del sistema agustiniano, pues ella nos guía donde la razón falla, ya que «la majestad y perfección de Dios son inexplicables » |