Etica Escuelas Helenicas

Atrás Principal Arriba Siguiente

EPICUREISMO Y ESTOICOS

EPICÚREOS.

El caso es que los viejos horizontes se han ido ampliando inmensamente. Esta naciendo la nueva concepción del mundo como escenario de una ingente comunión –o revoltijo, o hervidero- de hombres y ciudades, entre las que la capital del Ática ya no es mas que una cualquiera. Solo diez lustros han bastado para que caigan con estrépito la legendaria monarquía persa, la férrea oligarquía lacedemonia y la que fue poderosa confederación impregnada por los sentimientos democráticos de Atenas. Ya no hay consejos ni asambleas,  excepto en forma inoperante y sumisa al triunfador: estos desorientados grupos humanos, por otra parte cada vez mas prósperos en función de la revolución económica traída por la ampliación de mercados, ven pasar sobre su cabeza las incomprensibles gestas y disensiones de los caudillos de cada momento.  

El también nuevo hombre panhelénico tiende, pues, crecientemente a refugiarse en si mismo y en el pequeño grupo de su familia o minúscula comunidad; y, en vista de que las grandes ideas han fracasado y de que las ambiciosas, pero ahora inaplicables concepciones filosóficas, de Platón y Aristóteles se están fosilizando en la escolarizada rutina de la Academia y el Perípato, la impertinente esperanza humana abre un resquicio a novedosas filosofías que atienden a lo que ya se ve que verdaderamente importa, la persona, sometida al imprevisible vaivén de la buena o mala suerte y ansiosa por extraer al menos a esta efímera vida la mayor satisfacción o la mayor felicidad posible.  

Si, el placer, si, pero hay placeres y placeres: ¿es que vamos a volver a oír el gruñido del legendario cerdo epicúreo?

La Filosofía griega había ya producido multitud de discusiones y teorías sobre el placer. Demócrito había llegado a la tranquilizante conclusión de que la clave de la vida esta en la serenidad anímica o euthymía, muy distinta de la hedoné o el placer en sentido tradicional. Aristipo y los cirenaicos entienden que el fin de la vida es el placer corporal, conectado con “movimientos suaves”; existe también una situación intermedia, sin dolor ni placer, y otra claramente dolorosa causada por “movimientos ásperos”, pero todo ello, como decimos, ligado con la satisfacción corporal o “cinética” según la terminología. Platón, sobre  todo en Filebo, establece una relación mas espiritual entre el placer y la felicidad: hay placeres humanos que contribuyen a ella y otros nocivos que la estorban. Algo parecido se lee en los libros VII y X  de la Ética a Nicómaco de Aristóteles; y ambos filósofos introducen, asimismo, el concepto de virtud, excelencia del alma, principal contribuyente a la felicidad a que se accede por mediación de los placeres buenos.

 La posición de Epicuro es en cierto modo revolucionaria. No existe tal grado intermedio; “límite de la magnitud de los placeres es la eliminación de todo dolor. Donde haya placer, por el tiempo que dure, no existe dolor ni pesar ni la mezcla de uno y otro”.

 Además “al placer… lo reconocemos como el bien primario, connatural con nosotros; toda criatura viviente, apenas nacida, se deleita con el placer y se resiste al dolor por disposición natural… por instinto genuino”; o, como traduce al lenguaje moderno Long, estamos genéticamente programados para buscar lo que ha de causarnos placer y evitar lo que ha de causarnos dolor.

 Lo que ocurre es que hay placeres que, dicho en nuestros términos familiares, “no compensan”: “no elegimos todos los placeres, sino que hay ocasiones en que soslayamos muchos cuando de ellos se sigue para nosotros una molestia mayor”. Ni hay que equiparar los placeres “cinéticos”, de carácter secundario, aquellos en que el proceso de eliminación del dolor culmina en un placer (por ejemplo, el hambre sucede el haberse saciado), con los “estáticos” o “catastemáticos” o estables: “la ataraxia o perfecta tranquilidad del alma y la aponía o ausencia de dolor del cuerpo son placeres estables, mientras que la alegría y el gozo son placeres cinéticos si se les ve en su desarrollo”. “El placer como principio y culminación de la vida feliz” es estable y propio de quien “sabe… supeditar toda elección o rechazo a la salud del cuerpo y a la ataraxia del alma”. A esta ataraxia contribuye la autarquía o autosuficiencia, a la que “consideramos un gran bien… convencidos de que mas agradablemente gozan de la abundancia quienes menos necesidad tienen de ella  y de que todo lo natural es fácilmente procurable y lo vano difícil de obtener” y de que “los alimentos sencillos proporcionan igual placer que una comida excelente una vez que se elimina del todo el dolor de la necesidad, y pan y agua procuran el máximo placer cuando los consume alguien que los necesita” y que “acostumbrarse a comidas sencillas y sobrias proporciona salud, hace al hombre solicito en las ocupaciones necesarias de la vida, nos dispone mejor cuando alguna que otra vez accedemos a alimentos exquisitos y nos hace impavidos ante el azar”.

 “Cuando en cambio, decimos que el placer es fin, no nos referimos a los placeres de los disolutos… pues lo que engendra una vida feliz no son los banquetes ni orgias constantes ni del disfrutar de muchachos ni de mujeres ni de pescados ni de las demás cosas que ofrece una mesa lujosa, sino un calculo prudente” de si en cada caso vale la pena el placer: el gloton temera a la indigestion, el lujurioso a las complicaciones sentimentales, el jugador a las perdidas ante el tapete.  

“Por ello la prudencia es incluso mas apreciable que filosofía; de ella nacen todas las demás virtudes, porque enseña que no es posibles vivir feliz sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir feliz”.  

Epicuro dista mucho de ser un puritano: no criticaría los placeres de los vicios se estos liberaran también el alma del temor a los fenómenos celestes, a la muerte o al dolor y si enseñaran  al alma “el límite de los deseos”.  

He aquí, pues, una teoría en cierto modo optimista que concibe el placer como estado natural de los seres vivos y el dolor como algo que rompe la armonía del ser.    

LOS ESTOICOS.  

La teoría del conocimiento, concedía realidad solo a las cosas particulares: a partir de ahí concluyo que todo conocimiento ha de proceder de la percepción. La famosa imagen aristotélico- escolástica de la de la tabula rasa y el white paper de Locke derivan seguramente de la tesis estoica de que al nacer el alma humana es “como una tablilla sin escribir”. Zenón sostuvo que la representación (phantasía) es una týposis, una “impresión” que las cosas dejan en el alma. De las percepciones resultarían, como en los aristotélicos “grados del saber”, los recuerdos, y de estos la “experiencia” (empeiría).

 La inspiración en Heráclito proporcionó a Zenón el antídoto contra la metafísica trasmundanista de Platón y contra la profunda huella de la misma en Aristóteles: todos los seres se integran en el mismo Cosmos, como manifestaciones de una misma sustancia originante “que siempre ha sido, es, será”; hay una ley que gobierna el curso de la naturaleza y por ella debe regirse la conducta humana.

 Solo es real lo que puede obrar o experimentar la acción de otra cosa, es decir, sólo es real “la materia corpórea”. Pero hay que distinguir la materia en sí misma, pasiva y sin cualidades, de la fuerza racional que la penetra y vivifica proporcionándole sus cualidades. Que esa fuerza es una y siempre la misma lo muestran la unidad del mundo y la interconexión de sus partes. La perfección y el finalismo de la estructura del mundo, y en especial su manifestación autoconsciente en el hombre, muestran además que aquella causa-fuerza es la más perfecta y benéfica razón, o sea, lo que un ser racional y educado debe entender por “Dios”: algo que sería al cosmos como el alma al cuerpo. Zenón y su escuela lo entienden, por supuesto, según un modelo materialista, como espíritu (pneuma, ‘soplo’) de fuego que lo penetra todo, como el alma al cuerpo; pero como el alma, inteligente, racional y dotado de providencia (prónoia).

 El estoicismo, aunque no mecanicista, es determinista. Una irrompible cadena de causas y efectos, regida por la divina fuerza natural inmanente, determina todo acontecer. Y como cuanto acontece está originado en aquella, que es racional, la determinación es providencia. De la conexión (sympátheia) de todas las cosas, que desarrollan como en un todo orgánico las posibilidades de su origen común, resalta la unidad de la naturaleza; y de la racionalidad de la causa común han de resultar la belleza y perfección de un todo armónico. El hombre no podría escapar a aquella conexión sin romper su armonía, y el acierto del sabio consiste en aceptar voluntariamente, dar su asentimiento cooperador al orden cósmico, pues, según diría Séneca, “el destino conduce a quien consiente y arrastra a quien no consiente”.  

La idea básica de la explicación era que las imperfecciones individuales posibilitan la perfección del todo, a la que están subordinadas. Toda realidad particular se da en constante alteración y se cambia en otra, y de ese perpetuo cambio depende la vida y conexión de todo. El hombre esta también sometido a disolución; su alma misma, aunque, como parte del fuego divino, subsista tras la muerte, se reintegra a aquello de lo que procede (no menos, aunque a otro nivel, que los demás componentes de la materia) sin que haya lugar, por tanto,  a nada pensable como conservación del yo en la inmortalidad.  

Así lo repiten insistentemente los moralistas estoicos: el que algo muera o se acabe, por mas que ese algo sea un ser humano, no autoriza el que su no-ser-ya se vea como mas lamentable de lo que podía verse su no-ser-aun, antes de que naciera o comenzase.  

Puesto que todo lo natural esta regido por una inflexible necesidad racional que asegura el cumplimiento de fines bellos y buenos, hay que afrontar el reto que suponen las perturbaciones del orden natural, aquello que parece tener que ser considerado un fallo del plan, como las catástrofes naturales, las deformaciones congénitas los monstruos inviables. También aquí, si, con todo lo que se pueda descontar, queda algo que haya que reconocer como “episodios inarmonicos”, la solución estará en referirlos a un sistema más amplio, en el que el restablecimiento de la armonía resulte apreciable.  

El hecho catastrofico o teratologico es un episodio que no hay que juzgar en si mismo: ha de integrarse en el sistema de que forma parte, en el que no constituye fracaso alguno. “Para las realidades y los movimientos parciales”, sentencia Crisipo, “hay muchos obstáculos e impedimentos; pero nada obstaculiza o impide al todo”. Visto en un marco mas amplio, lo malo queda siempre de algún modo compensado, y la armonía del todo se restablece.  

Las fuentes coinciden en que Zenón busco en la filosofía soporte para la vida moral y, cuando entendió necesario que la filosofía se elaborase como sistema de saber, concibió este como dirigido a y culminado en un saber ordenar la conducta; como suele decirse, un sistema de finalidad ética. se cree poder afirmar que lo que dio al estoicismo su preponderancia durante medio milenio (algo que no cabe decir de ningún otro sistema) fue ese doble carácter teórico practico.  

El estoicismo fue el resultado de aplicar la mente dialéctica y razonadora, el deseo audaz de ver con claridad y decir con rigor conceptual y coherencia (sin “misterios” inefables ni ideas no analizadas) propio de la filosofía griega, a la nueva situación del hombre griego, cuando desaparece su marco tradicional, la polis. Aquel hombre se sentía perdido en un mundo que seguía siendo el mismo inconmovible cosmos natural, pero se ha convertido en un caos político, difícilmente comprensible y no controlable por el ciudadano (polítes, un tipo definitivamente obsoleto).  

En tales circunstancias (la mezcla de pueblos del helenismo; el continuo cambio de limites de los artificiales poderes político-militares en la época de los diadocos y la posterior conquista romana, con la final instauración de un Imperio universal impuesto por un aparato político – administrativo barbaro no griego; todo ello en medio de una progresiva crisis económica y social de las viejas ciudades griegas), el antiguo polítes, desorientado, busca salvarse en una seguridad ganada por si mismo. Entonces, entre quienes aun necesitaban pensar, muchos, los escépticos, renuncian a entender y se proponen  ordenar racionalmente su vida en la ataraxia (despreocupación) que mane del la epoché (suspension del juicio, renuncia a tener razón, reconocimiento de la incertidumbre e instalación de la misma).Otros, los epicúreos, se atrincheran  en una sabiduría que garantice su tranquilidad placentera, también llamada ataraxia (que para ellos significa no-turbacion, no-dolor), y para eso renuncian no al saber, sino a la creencia en “otra vida”, y renuncian también, en esta, al mundo de la historia, a la política, a la sociedad exterior, mas allá del pequeño círculo de amigos. Los estoicos quieren, sin tales renuncias, fundar su propia ataraxia (para ellos imperturbabilidad, firmeza) en la comprensión de la naturaleza cósmica y humana, la aceptación de la ley natural y la idea de una nueva polis universal, la “cosmópolis”, que, siendo natural, sea también “política” (civilizada, social, supraindividual) y de la que el individuo se sienta organicamente parte.

 Recordemos sus bases teóricas: todo en la naturaleza esta sujeto a una ley universal que el hombre, por participar conscientemente en ella, conoce y puede hacer suya. Aplicada a la regulación de la conducta se formula así: vivir en conformidad con la naturaleza (homologouménos téi phýsei). Eso supone vivir conforme (consecuente) con uno mismo, como primeramente lo expresó Zenón, si bien Diogenes Laercio le atribuye ya la formula completa, y a Cleantes la afirmación de que la naturaleza en conformidad con la cual hay que vivir es la “común” (koiné phýsis) y, en el caso del hombre, la naturaleza racional.

 Para cada ser racional solo puede ser valioso (áxios) lo que ayuda a su conservación (el instinto orientado a esta es el mas general de los instintos naturales) y a su felicidad, entendida como plenitud de desarrollo, como vida lograda o cumplimiento de su fin propio: la dichosa estructura y disposición (eudaimonía, eúroia bíou) adecuada a la naturaleza y la conciencia de ella, según explicó Crisipo. Los seres racionales deben considerar, pues, valioso solamente lo razonable, lo que el logos muestra como nuestra relación con la naturaleza y con los demás hombres y las determinaciones y deberes que se siguen de tal conocimiento. El atenerse así a lo razonable es la virtud, y en esta está la felicidad, pues ella es ‘autosuficiente’ (autárkes), no depende de los otros ni de otra cosa. Todo lo demás es, en rigor, ‘indiferente’ (adiáphoron): vida, salud, honor, posesiones, placer, no son en si y por si, bienes, como no son en si y por si males la muerte, la enfermedad, las afrentas, la pobreza o el dolor. Ni aquellos han de ser buscados ni estos rehuidos por si mismos, solo la conducta correcta (racional) asegura la propia satisfacción.

 Naturalmente los distintos estoicos disintieron en la valoración relativa y práctica de los adiáphora, como cabía esperar de sus distintos temperamentos y  de las necesidades polémicas de su adhesión  al principio o, en sentido contrario, de la acomodación al sentido común. Así se dice que Cleantes no considera el placer “conforme a naturaleza” mientras otros estoicos hicieron concesiones a modos mas usuales de valorar. Pero todos negaron siempre que los objetos de esas valoraciones fuesen en si valiosos, y afirmaron que para el virtuoso la felicidad verdadera esta en el sentirse libre de toda perturbación exterior, en la independencia y la tranquilidad interna. Ocurre, empero, que, por conscientes que seamos de nuestra naturaleza racional, hay en nosotros impulsos irracionales incontrolados, los afectos o pasiones. En su aspecto practico, la virtud (que en el teórico es el reconocimiento de la naturaleza racional) será, pues, esencialmente capacidad de enfrentarse con las pasiones, de superar la ‘debilidad’ (arróstema) y las ‘enfermedades’ (nósoi) del alma. De estas hay que salvarse y para ello no basta moderarlas (como aconsejan académicos y aristotélicos), hay que erradicarlas en la apatheía, la “no afectabilidad”, la libertad de toda pasión.

 Zenón enseñaba, siguiendo a Sócrates, que tendemos naturalmente a lo que tenemos por bueno. Primera condición para la lucha con las pasiones será, pues, reconocer lo que es para nuestra naturaleza el verdadero bien. La Stoa define, así, la virtud como conocimiento y el vicio como ignorancia; pero considera aquella inseparable de la fortaleza del animo (krátos). La virtud se difracta, pues, en virtudes, aunque nunca se olvida subrayar su unidad. En todo caso, el sabio las posee todas o no posee ninguna, pues por separado ninguna es autentica virtud. Quien no es virtuoso y sabio es malo y loco; el sabio (y solo el) es libre, libre de necesidades y pesares; el necio o loco es malo y desgraciado, esclavo y mendigo.  

Los estoicos afirman la solidaridad y la vida activa y proclaman el parentesco natural de todos los hombres, por mas que la mayoría de estos actúen como enloquecidos: pas áphron maínetai, todo el que se rige por la razón obra locamente.

 

 

 

 
Hosted by www.Geocities.ws

1