|
APOGEO y CRISIS DE LA ESCOLASTICA
Persistencia del saber filosófico desde la caída de roma al
renacimiento carolingio Tras el desmoronamiento del Imperio Romano, el
continente europeo quedó desmembrado en su mayor parte en una serie de reinos
germánicos que mantenían constantes guerras entre si. Sólo Bizancio mantuvo
las tradiciones culturales clásicas, pero, aun en sus momentos de mayor apogeo,
su influencia directa se limitó a los países eslavos y balcánicos y a Italia.
Sin embargo, el hecho de que los pueblos germánicos adoptaran de forma
progresiva el cristianismo, permitió a la iglesia mantener diversos focos monásticos
que garantizaron una mínima permanencia del legado cultural de la Antigüedad
hasta los intentos de restauración del Imperio por medio de Carlomagno. Durante estos siglos de transición, en los que se
produjo una creciente ruralización y un evidente estancamiento en el terreno
científico y cultural, comenzó a gestarse el sistema feudal, que hallaría
plena expresión en los sucesores de Carlomagno. Antes de estudiar las características
del llamado Renacimiento carolingio conviene, pues, resaltar las figuras y núcleos
culturales principales que contribuyeron a transmitir y preservar los
conocimientos clásicos. Boecio Boecio (h. 470-525), autor de De consolatione philosophiae (De la consolación por la filosofía) y
alto dignatario de la corte del rey godo Teodorico, murió ejecutado bajo la
acusación de conspiración. Ejerció gran influencia durante la Edad Media
gracias a su traducción de parte de los escritos lógicos de Aristóteles
(Organon), así como de los comentarios sobre ellos realizados por Porfirio (Isagoge).
La traducción de Boecio posee la virtud de mantener una notable fidelidad
al pensamiento aristotélico. En su propia obra, de indudable raíz cristiana,
se aprecia sin embargo, el influjo del agustinismo y el neoplatonismo. La escuela grecobizantina En la esfera de influencia de Bizancio, que aparte de
las zonas europeas citadas se extendió por gran parte de Oriente Medio, la
Iglesia cristiana ortodoxa mantuvo las tradiciones especulativas de la patrística
griega. A finales del siglo V apareció un tratado de autor anónimo, al que
conocemos como Pseudo-Dionisio atribución hoy totalmente descartada. Este
tratado en diez tornos, llamado Corpus
Areopagiticum, supone una sistemática adaptación al pensamiento cristiano
de los principales conceptos neoplatónicos, y está inspirado sobre todo en la
obra de Procio. Traducido al latín en el siglo IX por Escoto Eriúgena, ejerció
un enorme influjo en las corrientes neoplatónicas del cristianismo medieval. Los grandes compiladores Al margen de la cultura bizantina, cuya influencia
sobre Occidente parece aumentar progresivamente a la luz de la moderna
investigación, el Occidente europeo mantuvo asimismo diversos focos monásticos
de notable importancia. Uno de los más importantes se constituyó en las Islas
Británicas, donde surgió la figura ingente de Beda el Venerable (673-735),
autor de la Historia eclesiástica del
pueblo inglés, así como de una enciclopedia centrada en las ciencias
naturales (De rerum natura) y diversos
tratados de gramática. El otro gran representante de este primer
enciclopedismo medieval fue el obispo español san Isidoro de Sevilla (h.
560-636), autor de las Etimologías, vasta compilación en veinte volúmenes de
todo el saber de su tiempo, desde la doctrina teológica a la historia, las
artes militares o las cuestiones agrícolas. El nombre dado a la obra, Etimologías,
proviene de la convicción de san Isidoro acerca de que cualquier objeto de
la realidad podía ser reconocido esencialmente por medio de su nombre, que
constituiría, por así decirlo, un signo de
su esencia. Esta concepción se halla en gran parte en el origen del concepto
del mundo como texto divino, vigente
en numerosos pensadores posteriores. El Renacimiento carolingio A finales del siglo VIII, Carlomagno intentó
recomponer la perdida unión de la civilización romana, dando lugar a lo que se
ha venido a llamar Renacimiento carolingio. Su intención de formar un imperio
central le indujo a crear una escuela de humanistas y funcionarios que
aglutinaran el saber de la época. Una parte de estos intelectuales procedía de
la Italia de influencia bizantina, pero los más destacados eran originarios de
los monasterios de Irlanda e Inglaterra. El principal impulsor de esta renovación
fue el eclesiástico Alcuino de York (h. 735804), que estableció bibliotecas y
escuelas catedralicias en Aquisgrán, sede del Imperio, Tours y otras ciudades.
Las enseñanzas de Alcuino y sus discípulos, entre los cuales cabe citar a
Rabano Mauro (h. 784-856), estaban centradas en el estudio de la Sagrada
Escritura y de algunos autores paganos y cristianos, para lo cual realizaron una
ingente labor como copistas. Establecieron asimismo, basándose en textos del
latino Casiodoro, la enseñanza de las «siete artes liberales», que se dividían
en trivium (gramática, retórica y dialéctica) y quadrivium
(aritmética, música, geometría, astronomía), distinción que se mantendría
durante toda la Edad Media. Escoto Eriúgena De origen irlandés, la figura de Juan Escoto Eriúgena
surge hacia el año 845, cuando llega a la corte de Carlos el Calvo (nieto de
Carlomagno) como profesor de la escuela palatina. Su primera obra, De praedestinatione,
revela ya su predilección por la cultura grecocristiana, que hallaría
plena expresión en su traducción del Corpus
areopagiticum del Pseudo-Dionisio, a partir de un códice bizantino. La
influencia de este. autor y de san Agustín es manifiesta en la gran obra de Eriúgena,
De divisione naturae (De la división de
la naturaleza), tratado en cinco libros que constituye una de las cumbres
del pensamiento medieval. La filosofía de Eriúgena, de clara raigambre neoplatónica,
supone un intento de explicar el mundo sensible y todo lo existente a partir de
su generación por Dios, que es el ser «creante increado», y al que Eriúgena
define en términos de teología negativa como super
esse (supraser, más allá del ser). Cuando Dios se contempla a sí mismo
crea el resto de la naturaleza, que tiene cuatro órdenes o especies: a) Dios,
naturaleza creante in creada; b) las ideas, que se hallan en el entendimiento
divino y constituyen la naturaleza creada creante; e) los seres sensibles
sometidos a generación, naturaleza creada increante, y d) la naturaleza
increada increante, que es de nuevo Dios, posibilitando así el reverso del
proceso, por el que todas las cosas vuelven a la naturaleza divina. Esta
concepción, que M. Cappuyns ha calificado como «monismo ejemplarista», motivó
que el filósofo fuera acusado de panteísmo y su obra condenada en diversas
ocasiones. San Anselmo de Canterbury Tras la muerte de Eriúgena, la especulación filosófica
declinó al tiempo que lo hacían las condiciones de vida. Apenas si cabe citar
la escuela de Auxerre, influida por aquél, y las corrientes antidialécticas,
que criticaban todo empleo de la razón en lo referente a los dogmas teológicos,
y cuyo principal representante fue san Pedro Damián (1007-1076). La figura más importante del siglo XI es, sin duda,
san Anscimo de Canterbury (1033-1109), obispo de esta última localidad, y que
recibió su formación en la abadía francesa de Bec. La postura de san Anselmo
supone una conciliación entre dialécticos y antidialécticos: a diferencia de
los primeros, niega que la Sagrada Escritura deba someterse a análisis ninguno;
ahora bien, una vez que la fe nos revela los dogmas, es lícito intentar
explicar éstos a la luz de la razón, de la dialéctica, pues ésta nos ha de
conducir necesariamente a ellos. Inspirado en san Agustín, san Anselmo adoptó el
concepto platónico de la diferenciación entre el mundo sensible y el de las
ideas, adoptando una solución realista acerca del problema de los universales,
problema que trataremos en el siguiente apartado. Sobre este andamiaje teórico
edificó sus dos grandes obras, el Monologion
y el Proslogion, cuyo tema básico es la demostración racional de la
existencia de Dios. En el Monologion
(1076), san Anselmo parte de los seres concretos para mostrar la necesidad
de que exista un Dios perfecto único que suponga su razón de ser, de acuerdo
con el llamado realismo metafísico, según
el cual la esencia (el universal) es siempre superior y más perfecto que la
cosa particular. Esto le permite realizar una serie de escalas ontológicas cuyo
fin ha de ser siempre Dios. La complejidad de estas demostraciones le indujo a
crear en el Proslogion (1078) un único
argumento, que en este caso parte de la propia idea de Dios, y que es conocido
como argumento ontológico. Basado en
la idea de perfección, puede resumiese así: cuando pensamos en Dios, pensamos
en El como lo más perfecto que existe. Pero si es lo más perfecto, ha de
existir tanto en el pensamiento como en la realidad, pues de lo contrario podría
pensarse algo más perfecto. Este argumento fue ya discutido por el monje Gaunilón,
el cual afirmó que el hecho de pensar en algo no implica que exista; a ello
respondió san Anselmo que, en efecto, tal paso no puede realizarse sino cuando
se piensa acerca de lo más perfecto, es decir, de Dios, única esencia que, por
su propia perfección, implica necesariamente su existencia. En realidad, este argumento posee una evidente raíz
platónico, y, si bien desde un punto de vista lógico resulta insostenible, ya
que parte de un concepto apriorístico de
perfección (como demostraron el propio Tomás de Aquino y Kant), desde un punto
de vista metafísico fue aceptado, con ciertos retoques, por pensadores como
Descartes y Leibniz. Abelardo Pedro Abelardo (1079-1142) ha sido más conocido por
su relación amorosa con Eloísa y su mutilación por instigación del tío de
aquélla, Fuiberto, que por su pensamiento. Este, sin embargo, supone en muchos
casos un precedente de la renovación que llevará a cabo Ockham. Entre sus
obras principales cabe destacar De unitate
et trinitate divina, Seito teiprum, Sic et non, Theologia y Theologia
christiana. La solución que da Abelardo al problema de los
universales, el conceptualismo, se
centra en la respuesta a una pregunta: ¿continuarán manteniendo los
universales una significación para el entendimiento aun cuando no existan los
individuos concretos? En opinión de Abelardo, el universal es simplemente una
función lógica, un término que puede predicarse de algo. Ahora bien, tampoco
puede aceptarse la posición nominalista, ya que el universal posee una
significación, indica el estado común de una serie de individuos. Las ambigüedades
de esta postura serán puestas de manifiesto por Ockham, que, sin embargo, se
inspirará en la lógica terminista de Abelardo para llevar a cabo una crítica
radical de la posición realista. En el terreno ético, Abelardo ejerció una notable influencia con su doctrina voluntarista, basada en un decidido subjetivismo: lo que realmente importa no es la obra, la acción concreta, sino la intención con que se realiza. Esta actitud provocó la censura eclesiástica y la condena de sus doctrinas, mas, pese a ello, Abelardo ejerció una enorme influencia en su época y, sobre todo, contribuyó a imponer una actitud crítica en el tratamiento filosófico de los temas, teológicos. LAS FILOSOFIAS ARABE Y JUDIA: SU INFLUENCIA EN EL PENSAMIENTO
OCCIDENTAL Uno de los hechos fundamentales en el desarrollo de la
alta escolástica fue el descubrimiento de la filosofía aristotélica a través
de los textos árabes y judíos. Debe hacerse notar, no obstante, que este.
aristotelismo se hallaba a menudo interpretado desde prismas neoplatónicos. Filosofía árabe La cultura helénica tuvo una gran repercusión sobre
todo el Oriente próximo, fenómeno que se vio acentuado durante el
florecimiento del Imperio bizantino. Los pensadores árabes pudieron, pues,
acceder a los textos de Platón y Aristóteles, y erigieron en gran parte sus
sistemas sobre las concepciones de estos filósofos. La primera figura
importante fue la de Alkindi (t 873), autor de un tratado sobre la distinción
entre el entendimiento pasivo y el intelecto agente, que preludia la postura
averroísta. Alfarabí (t 950) intentó ensamblar los sistemas de Platón y
Aristóteles (Concordancia entre Platón y
Aristóteles) y fue el primero en establecer la distinción entre esencia y
existencia, fundamental en el pensamiento tomista. El primer gran filósofo musulmán fue Avicena
(980-1037), nacido en Irán, y autor de una vastísima obra científica y filosófica:
Canon, Filosofía oriental, etc.
Profundizando en las tesis de sus antecesores, niega la existencia de un
intelecto agente en cada hombre, y considera que ese. intelecto es universal y
común para toda la humanidad. Resalta asimismo la distinción entro esencia y existencia,
y afirma que la metafísica ha de estudiar la primera, que constituye la auténtica
razón de ser del objeto. Durante los siglos XI y XII el centro de la filosofía
árabe sería el sur de España. Entre los pensadores que allí surgieron
destaca poderosamente el nombre del cordobés Averroes (1 126-1198), al que sus
comentarios de Aristóteles le hicieron pasar a la posteridad bajo el apelativo
de el Comentador. Una de las doctrinas
que la escolástica adjudicó a este pensador fue la de la « doble verdad »,
según la cual dos afirmaciones contradictorias podían ser aceptadas, una en el
terreno de la fe y otra en el de la religión; sin embargo, no está claro que
tal afirmación responda al pensamiento'.averroísta. Por lo demás, la labor
que este gran filósofo se planteó fue la de reelaborar el aristotelismo,
eliminando las aportaciones neoplatónicas., Niega, por tanto, que puedan
separarse «esencia» y «existencia» (tesis contraria a la que, también en
nombre de Aristóteles, mantendrá santo Tomás), y afirma que los universales
no son sino una abstracción, un producto del conocimiento. Estas concepciones,
junto con su teoría de un único intelecto agente para todos los hombres (con
la consiguiente negación de la inmortalidad individual), ejercerían una enorme
influencia sobre los pensadores occidentales del siglo XIII. Filosofía judía Si la filosofía árabe andalusí conoció momentos de
gloria, la especulación judía encontró desde el primer momento terreno
abonado en España, donde nacerían casi todos sus grandes autores. El primer
nombre que hemos de destacar es el de lbn Gabirol (h. 1021-1058), autor del
tratado Fons vitae (La fuente de la vida),
atribuido durante siglos a un misterioso Avicebrón. La inspiración neoplatónica
de esta obra y su radical monoteísmo judaico ejercieron honda influencia en el
Occidente cristiano. Mayor aún, sin embargo, fue la de Maimónides (1
135-1204), judío cordobés autor de la monumental Guía
de los perplejos, donde expone una metafísica aristotélica inspirada en la
especulación árabe. LA ALTA ESCOLASTICA Características socioculturales del siglo XIII Durante el siglo XIII, que conocería el apogeo del gótico,
se produjeron también las primeras grandes sumas filosóficas del pensamiento cristiano. Ello se debió, en
gran parte, a la consolidación del modo de vida urbano, que permitió la
progresiva transformación de las escuelas catedralicias en universidades, y
proporcionó un marco cultural más amplio que el anteriormente reducido de los
focos monásticos. En un principio estas universidades se limitaban a la enseñanza
de una disciplina aislada (como en el caso de la primera facultad de Derecho, en
Bolonia), pero pronto se fueron convirtiendo en auténticos centros
universitarios donde se hallaban reunidas todas las facultades. La primera en
fundarse fue la de París (1200), seguida por la de Oxford, y más tarde
Oricans, Cambridgel Salamanca, Padua, Nápoles, etc. Otro factor decisivo en la evolución del pensamiento
filosófico fue el descubrimiento del verdadero Aristóteles, en parte gracias a
las traducciones árabes y judías, pero con mayor fidelidad por las
traducciones directas del griego, realizadas por filósofos como el oxonense
Roberto Grosseteste y Guillermo de Moerbecke. Esta nueva situación desató
numerosas polémicas dentro de los centros universitarios, y provocó la creación
de dos corrientes: el agustinismo, que
subordinaba por completo la razón a la fe y reclamaba una espiritualidad más
interiorizada, y el aristotelismo que
en su forma más moderada intentó conciliar a san Agustín con Aristóteles
(santo Tomás de Aquino), y en su corriente radical aceptó las tesis averroístas,.
De forma genérica, puede asociarse al agustinismo con la orden franciscana, y
al aristotelismo moderado con los dominicos. La esencial de' Oxford
La Universidad de Oxford constituyó el centro de un
importante movimiento filosófico, cuya principal aportación sería el estudio
de las ciencias naturales. El fundador de la escuela fue Roberto Grosseteste
(1175-1253), uno de los grandes traductores de Aristóteles. Su filosofía
propia está, sin embargo, impregnada de neoplatonismo, lo cual, junto con su
interés por la física, le indujo a crear una metafísica en la que la luz
desempeñaba un papel fundamental; él fue, además, el primero <in sugerir
la necesidad de aplicar a la física un método inspirado en las matemáticas. Un discípulo de Grosseteste, Roger Bacon (h.
1212-1293), desarrolló las ideas de su maestro y fue el primero, según parece,
en exigir una ciencia experimental. Su obra 'más conocida, Opus maius, es un compendio enciclopédico de todo el saber científico
de su tiempo. En ella ofrece Bacon su teoría sobre el método experimental que,
afirma, supera a la mera argumentación porque permite una certidumbre total y
favorece el desarrollo tecnológico. La ciencia ha de fundarse, pues, en los
conceptos matemáticos, pero para poder alcanzar validez universal sus
conclusiones han de ser verificadas por medio de la experiencia. El pensamiento de Roger Bacon presenta, por lo demás,
algunas tesis ciertamente paradójicas. En primer lugar, subordina a la filosofía
como una parte de la teología; pero al mismo tiempo, en el campo estricto de la
filosofía, que considera obra de una «revelación» divina, afirma la
necesidad de liberarla de toda traba autoritaria. Esta concepción le llevó a
constantes enfrentamientos con las autoridades eclesiásticas, debido a lo cual
fue encarcelado en varias ocasiones. La doctrina de Bacon supone uno de los
primeros intentos de lograr un saber universal que abarcase todas las
disciplinas del conocimiento, y puede considerarse un precedente de Ockham y de
los filósofos renacentistas de la naturaleza. San Buenaventura El espiritualismo franciscano, que tuvo sus primeros
representantes en Alejandro de Hales (h. 1175-1245) y Juan de la Rochelle (t
1245), y luego en Ramon Llull (1235-1316) halló plena expresión en la obra de
san Buenaventura, cuyo verdadero nombre era Juan de Fidanza (1221-1274). Nacido
en Italia, en 1256 fue nombrado por el Papa catedrático de la Universidad de
París, y desde allí se, erigió en el principal defensor y expositor de la
teología franciscano de raíz agustiniana. Al igual que había hecho anteriormente san Anselmo,
san Buenaventura recoge el credo ut
intelligam de san Agustín y lo convierte en la fuente de su pensamiento,
expresado en obras como el Itinerario de
la mente hacia Dios, Comentario a las sentencias y Sobre la dirección del alma.
Aunque no rechaza algunas de las distinciones aristotélicas, la esencia de
su filosofía es neo platónica. En lo que respecta a la teoría del conocimiento, san
Buenaventura adopta el concepto agustiniano de «iluminación»: para que se
produzca un conocimiento, es preciso que haya un sujeto cognoscente y que tras
la cosa exista una realidad inmutable. Puesto que los sentidos no nos permiten
aprehender tal esencia, es evidente que la facultad cognoscitiva constituye el
producto de una expresa intervención divina. Existen, afirma, tres niveles de conocimiento, propios
de otras tantas facultades del alma. El primer nivel corresponde a los sentidos,
y trata de los objetos particulares; el segundo nivel es el del entendimiento
pasivo, y tiene como fin la abstracción; el último, en suma, es el que
posibilita realmente el conocimiento cierto, y corresponde al intelecto agente,
que nos permite referir las cosas sensibles a las ideas que se encuentran en el
entendimiento divino. El hombre debe, pues, ir de lo externo a lo interno, y
buscar en su interior el conocimiento de Dios. No obstante, aunque la fe
permanece siempre por encima de la razón y permite acceder a la verdad allí
donde el entendimiento falla, la contemplación y el estudio de la realidad
sensible y del alma pueden corroborar los dogmas revelados por Dios. Un ejemplo
de esta argumentación es la solución que da san Buenaventura al problema de la
Trinidad: en cuanto dogma, constituye un misterio que sólo la fe permite
aceptar; las tres facultades del alma, sin embargo, memoria, entendimiento y
voluntad, expresan de forma analógica el ser divino. Por lo que se refiere a la existencia de Dios, el
fraile franciscano admite el argumento ontológico de san Anselmo, pero no le
presta excesiva atención, pues considera que el mundo mismo, «texto divino»,
supone la principal demostración de la existencia de un creador. San Alberto Magno San Alberto Magno (1206-1280), nacido en la localidad
alemana de Bolistadt, fue el primer gran filósofo de la orden dominica, y reunió
en su vasta obra gran parte de los elementos que habrían de ser sistematizados
por s u discípulo Tomás de Aquino. Entre sus escritos más importantes
destacan Summa de creaturis y Summa
theologica, así como numerosos tratados sobre distintos aspectos de las
ciencias naturales, que permanecen aún hoy muy poco conocidos. Inspirado en Aristóteles y en sus comentadores árabes
(cuya interpretación, sin embargo, discutió a menudo), la pretensión de san
Alberto es ofrecer a sus contemporáneos una compilación del saber similar a la
que en su día realizó el Estagirita; para ello distingue claramente entre la
teología, fundada 'en la revelación y único medio para acceder a los dogmas
de la fe, y la filosofía, que es la ciencia de las criaturas y constituye el
terreno propio del conocimiento racional. La influencia de san Agustín, de cualquier forma, es
también evidente en la obra de san Alberto Magno; buena muestra de ello es su
aceptación de la teoría de la iluminación divina como fundamento del
conocimiento. Esa iluminación se realiza mediante e intelecto agente, gracias
al cual podemos relacionar los datos de los sentidos con las ideas del
entendimiento divino. Su énfasis en lo sensible, le aleja, sin embargo, del
agustinismo estricto de san Buenaventura. Frente al averroísmo, san Alberto
afirma la existencia de un entendimiento agente propio de cada hombre. Basado en esta terminología, el maestro dominico
lleva a cabo un tratamiento d e los universales que constituye el precedente de
las tesis tomistas: en cuanto que se encuentran en el entendimiento divino y
constituyen el modelo de la realidad
sensible, son anteriores a ésta, ante
rem; como formas o esencias de las cosas, son in re (en la cosa); por lo que se refiere al entendimiento humano, son post
re (posteriores a la cosa). Santo Tomás de Aquino Vida
y obra. La obra de Tomás de Aquino (1224-1274), que
constituye sin duda el momento cumbre de la escolástica, sintetiza las virtudes
y limitaciones de ésta. Nacido en una pequeña localidad cercana a Nápoles,
ingresó en la orden dominica y estudió en París con san Alberto Magno, al que
más tarde siguió a Colonia. Entre 1259 y 1268 enseñó en la escuela
pontificio de Roma, y más tarde volvió a París para enfrentarse al movimiento
averroísta. Su fallecimiento tuvo lugar cuando se hallaba de camino al concilio
de Lyon. La obra de santo Tomás supone ante todo un intento de
depurar el aristotelismo de todas sus adherencias neoplatónicas, y utilizarlo
como fundamento racional de la teología. Suele dividirse en tres grupos: a) los
dos grandes tratados, la Suma teológico y
la Suma contra los gentiles; b) los
comentarios a Aristóteles y a otros autores como Boecio y el Pseudo Dionisio;
c) las Cuestiones disputadas, donde
aborda temas diversos, y una serie de pequeños tratados sobre problemas
concretos, como De ente et essentia y De aeternitate mundi. Filosofía
y teología. Lo primero que preocupa a santo Tomás es establecer
una distinción entre filosofía y teología, y mostrar al mismo tiempo la armonía
que debe existir entre ambas. El terreno de la teología se circunscribe explícitamente
a los dogmas revelados, y el de la filosofía al conocimiento racional. Ahora
bien, el estudio filosófico ha de llevar necesariamente a las verdades de la fe
y, cuando no sea así, habrán de revisarse las conclusiones y buscar el error
del razonamiento. De esta forma, pues, aunque la filosofía está en último término
sometida a la revelación, como disciplina posee una autonomía total. Teoría
del conocimiento y del alma. A diferencia de san Agustín,
santo Tomás considera que el proceso del conocimiento no procede de la «iluminación»
divina, sino que constituye el resultado de una abstracción realizada a partir
de los datos de los sentidos. Gracias a la cual podemos separar la «forma» de
la «materia», de acuerdo con la concepción aristotélica de la sustancia. La
forma constituye la esencia de la cosa, pero para conocerla es preciso que tenga
existencia, y ésta viene posibilitada por la materia. La labor del
entendimiento paciente consiste, pues, en proporcionar una imagen o fantasma
basado en la percepción sensible; de esa imagen extrae el intelecto agente la
idea, la forma constitutiva que da su razón de ser a la cosa. El alma es, pues,
la forma sustancial del cuerpo, pero es al mismo tiempo una sustancia espiritual
que participa de Dios y posibilita el conocimiento. Gracias a ella podemos
captar la esencia, el universal, mas para el intelecto humano éste, no puede
separarse del conocimiento de los casos singulares (es decir, que se retorna a
la distinción de san Alberto entre universales ante rem, in re y post re). Dios
y el mundo. Santo Tomás afirma que el mundo es una creación de
Dios y que, como la revelación enseña, esa creación ha sido realizada en el
tiempo, y tiene, así, un principio y un fin. Aunque en este sentido se opone a
Aristóteles, para ofrecer una explicación cosmogónica se remite a la distinción
aristotélica entre potencia y acto. Establece que ningún ser puede pasar de
potencia a acto sin que intervenga otro ser que ya está en acto. Establece de esta forma una conexión causal en el
orden del mundo, que le va a permitir elaborar sus cinco vías para la demostración de la existencia de Dios. A
diferencia de san Anselmo, considera que esta demostración no puede hacerse a
prior¡, a partir de la definición de Dios, ya que ésta es incognoscible
para la razón. Debemos, pues, partir del conocimiento a
posterior¡ del mundo sensible para llegar, por medio del razonamiento, a la
conclusión de la necesidad de que exista un primer creador, causa de todo lo
existente y razón última de la realidad. Las cinco vías están basadas en el movimiento (entendido como tránsito de potencia a acto), la causalidad
eficiente, la contingencia de los seres sensibles, los grados de perfección y
la finalidad. Todas ellas, como afirma Etienne Gilson, poseen una
conexión secreta, pues «cada una parte de este dato: que, al menos bajo uno de
sus aspectos, algo de la realidad no contiene en sí la razón suficiente de su
propia existencias. Ello conduce necesariamente a postular la existencia de un
primer principio de la realidad, que constituye al tiempo la fuente de ésta y
su fin último: Dios, acto puro, y única realidad en que la esencia implica la
existencia. Ética
y política. La ética tomista, inspirada en la aristotélica,
afirma que el más elevado comportamiento es el basado en la ratio
recta, que se encuentra innata en nosotros mismos. El fin de la vida
virtuosa es la beatitud, o visión de Dios; pero la ley moral ha de aplicarse
también a la vida cotidiana, e inspirarse en el Derecho natural, que ha sido
impreso por Dios en el hombre. El poder temporal, por tanto, habrá de ser el garante
de ese Derecho, y su fin es permitir al hombre una vida digna que le prepare
para alcanzar la gracia divina. No obstante, santo Tomás no precisa con
exactitud qué forma habría de adoptar el poder para desempeñar con mayor
eficacia ese papel, si bien establece claramente la primacía del «poder espiritual». Duns Escoto
Nacido en la localidad escocesa de Duns, Juan Duns
Escoto (1266-1308) fue el principal renovador de la orden franciscana, en la que
ingresó hacia 1280. Tras enseñar durante varios años en París y Oxford, se
vio obligado a refugiarse en esta última ciudad como consecuencia del
enfrentamiento entre el Papado y el rey Felipe W. Más tarde regresó a París,
y por último impartió sus enseñanzas en Colonia, donde falleció. Entre sus
obras cabe destacar el Curso de París, el
Opus oxoniense y el tratado De primo
principio. La filosofía de Duns Escoto se basa en tres
postulados fundamentales: la univocidad del ser, la primacía de la voluntad
divina sobre la razón, y un cierto escepticismo en la teoría del conocimiento,
que le hace primar la fe sobre el entendimiento. Al hablar de la univocidad del ser, entiende éste
como un concepto abstracto e inmediato al
entendimiento, aplicable tanto a Dios como al mundo sensible, ya que no
indica sino que algo existe; ahora bien, por medio de los sentidos solo podríamos
llegar a una noción de Dios físico. Así pues, todo lo relacionado con la
definición de Dios y los dogmas revelados pertenece a la teología, y, por
tanto, no constituye campo propio de la razón ni es demostrable. De acuerdo con
este razonamiento, afirma Escoto que lo único que la inteligencia puede lograr
es inferir racionalmente la existencia de un ser primero, pero no está en
condiciones de probar la omnipotencia de Dios ni tampoco la inmortalidad del
alma. La brecha así abierta entre metafísica y teología
queda más ampliada por la insistencia de Escoto en conceder primacía a la
voluntad divina sobre el entendimiento. Con ello pretende limitar el concepto
griego de inteligibilidad y necesariedad del universo, ya que, si Dios lo
quisiera, todo lo existente podría tener un orden completamente distinto. Este
va a ser el fundamento de la radical distinción de Ockham entre fe y razón, ya
que esta última sólo puede tratar de lo contingente. No obstante, Escoto le
concede también a la razón la posibilidad de «inferir» la necesidad de Dios,
como vimos, y mantiene la existencia de las ideas en el entendimiento divino,
aunque como posteriores «en esencia» a Dios, y producto, por tanto, de la
libre voluntad divina. En el aspecto ético Escoto acentúa aún más este
voluntarismo, pues considera que la caridad y la contemplación son más
importantes que las nociones sobre Dios y la fe, dado que ésta no es sino un
don divino que ningún hombre puede alcanzar por sí mismo. De esta forma, y
aunque tal vez no fuera ésa la intención del filósofo escocés, se ponen las
bases del escepticismo nominalista. EL SIGLO XIV: LA CRISIS DE LA ESCOLASTICA
El siglo XIV fue una época decisiva en todos los
terrenos de la cultura, ya que en él se produjo la crisis de la sociedad
medieval y se pusieron las bases de la renovación renacentista. En el aspecto
político, fue una centuria dominada por la guerra de los Cien Años, y trajo
consigo el auge de las monarquías nacionales y la debilitación del poder
imperial y del Papado. Ello motivó un notable desarrollo de la teoría política,
acentuado por la radical separación entre teología y razón, que permitía
delimitar claramente las atribuciones del poder temporal y del espiritual. Esa
misma separación supondrá, además, una mayor independencia para la filosofía
natural, pues permite a ésta elaborar sus propias concepciones sin temor a
entrar en contradicción con el dogma, que escapa por definición a su ámbito. Guillermo de Ockham y el nominalismo
La filosofía del británico Guillermo de Ockham (h.
1300-1350), expuesta en obras como Expositio
aurea, Comentario a las sentencias y Centiloquium theologicum, supondrá el
punto de partida para la ruptura con el dogmatismo escolástico. Sería
inexacto, sin embargo, identificar a Ockham con una filosofía «escéptica»,
como se hace a menudo, ya que su objetivo es precisamente salvaguardar la teología
y garantizar la, omnipotencia divina. Para ello se ve obligado a elaborar una crítica
del conocimiento racional que limite al campo de la fe todo conocimiento
trascendental. En primer lugar, Ockham niega la existencia de ideas
en el entendimiento divino; según él, esta noción es un residuo platónico
del cristianismo y supone una mediatización de la libre voluntad divina. Basado
en esta noción y en el principio de
economía, según el cual no debe atribuirse a un fenómeno ninguna causa
que no resulte evidente, niega la existencia real de los universales fuera del
pensamiento. El conocimiento está basado en la intuición sensible, y por tanto
en la experiencia, que sólo puede tenerse de los individuos concretos: el
universal, pues, no es sino un término lingüístico
(de ahí que se conozca su sistema como nominalismo), y corresponde a un
proceso intelectivo, no a una realidad extramental. La crítica de Ockham a la
metafísica racional está, pues, basada en dos aspectos: desde el punto de
vista lógico, sólo puede considerarse probada una afirmación que se deduzca
necesariamente de una proposición evidente; pero ésta, a su vez, sólo puede
obtenerse por medio de los sentidos. Desaparece así el concepto de causalidad,
y con ello todas las demostraciones clásicas de la necesidad de un «primer
principio». Estas concepciones llevan a Ockham a negar que la razón
pueda probar la existencia de Dios, ni estar en condiciones de informarnos
acerca de los atributos divinos ni sobre la inmortalidad del alma. Estas
cuestiones se hallan fuera del alcance de la filosofía, pues tratan de lo
trascendente, en tanto que el conocimiento racional, que tal como hemos visto
tiene su fundamento en la experiencia, sólo puede obrar a partir de los datos
de los sentidos, es decir, de lo contingente. Las concepciones políticas de Ockham están imbuidas
también de la distinción entre el orden espiritual y el temporal. Adversario
del Papa y protegido del emperador Luis de Baviera, en su Diálogo acerca de la autoridad pontificio y la imperial establece
que el Papado no posee autoridad alguna sobre el poder imperial, y, lo que es más,
condena incluso el absolutismo papal
en el ámbito eclesiástico y teológico. Debe resaltarse, de cualquier forma,
que las afirmaciones de Ockham tienen ante todo una base religiosa: lo que él
pretende es salvaguardar la pureza de la doctrina cristiana y evitar la
ineludible corrupción que habría de derivarse de su intromisión en el mundo
de los valores materiales. LA TRANSICION HACIA EL RENACIMIENTO
La progresiva separación entre filosofía y teología
producirá a lo largo del siglo XIV dos aportaciones específicas. En primer
lugar, surgirá una corriente mística ¡¡aspirada sobre todo en la obra de
Eckhart (1260-1327), que, basado en conceptos neoplatónicos, afirma que Dios no
es Ser, sino causa del Ser, y que «en el alma hay algo creado e increable».
Esta orientación, inspirada en la teología negativa del Pseudo-Dionisio, será
acentuada por Tauler (1300-1361) y Ruysbroeck (1298-1381), que dan lugar a la
llamada «mística renana». Por otra parte, la progresiva independencia de la
filosofía natural tiene como consecuencia un notable avance en las ciencias físicas.
Por medio de Juan Buridán (th. 1366), de su discípulo Alberto de Sajonia (t
1390) y sobre todo de Nicolás de Oresme (t 1382), que en su Tratado
del cielo y el mundo anticipó algunas de las tesis copernicanas al sostener
que no existían pruebas experimentales que apoyaran el movimiento diario del
cielo y no de la Tierra. La aportación más interesante del siglo XIV será,
sin embargo, la teoría política. Tanto Dante (1265-1348), en su tratado De
la monarquía, como Marsilio de Padua (t 1343), autor del Defensor
pacis, mantienen la carencia de autoridad del Papa sobre el emperador. Se
niega, incluso, la infalibilidad del Papa en cuestiones teológicas; Marsilio
afirma, de hecho, que las instituciones eclesiásticas deben depender del
Estado, y que la elección democrática constituye la forma más justa de
garantizar el respeto a la voluntad popular. Este nuevo clima social, unido al incipiente humanismo desarrollado por Petrarca (1304-1374), pionero en la recuperación de las letras clásicas, constituirá el fermento de las nuevas actitudes renacentistas, cuyo primer marco histórico serán las ciudades-estado italianas. |