GUILLERMO DE OCKHAM.
Debemos
o Ockham el mérito haber allanado el camino que liberaría a la razón de toda
tutela y servidumbre. Su famosa navaja, cortó definitivamente el cordón
umbilical que unía a la filosofía y la ciencia con la metafísica y la teología
Tenemos escasos datos de la biografía de Guillermo de
Ockham. Sabemos que nació en Ockham, Surrey (Sur de Londres) a finales del
siglo XIII, probablemente en 1296. Entró en la orden de los franciscanos y, más
tarde estudió en la Universidad de Merton, Oxford, teniendo a
Duns Scoto por maestro. Sin
apenas datos acerca de sus últimas relaciones con el papado, Ockham murió
aproximadamente en 1350, en Munich.
Poco sistemático y enormemente crítico, la filosofía de Ockham se inserta
dentro de la crisis y decadencia de la Escolástica,
producida en el siglo XIV, e iniciada por su maestro Duns Escoto. La separación
entre el poder espiritual y temporal suponía también la desligazón entre dos
ámbitos de conocimiento radicalmente heterogéneos, razón y fe, que habían
intentado ser armonizados por los filósofos de la Edad Media, y cuyo máximo
artífice fue Tomás de Aquino.
Ockham no sólo rehusó realizar síntesis alguna entre religión (revelación)
y filosofía, sino que estimó que ambas forzosamente debían recorrer caminos
radicalmente distintos que no se tocaban en ningún punto.
La teología ha de independizarse de todo andamiaje filosófico y racional, lo
que a la larga allanó el camino para una verdadera autonomía de la razón que
liberó a la propia filosofía de ser una sierva de la teología. Aún más, sólo
desde esta divergencia de ámbitos pudo la ciencia despegar definitivamente.
Para reformar la filosofía, Ockham aboga por un método o un principio de
economía que le permita simplificar al máximo los conceptos abstractos y
obtusos de esta disciplina. La famosa navaja de Ockham consiste precisamente en
esto. Postulado anteriormente por Odón
Rigaud en la famosa fórmula "Entia
non sunt multiplicanda praeter necessitatem" (El número de entes no
debe ser multiplicado sin necesidad).
Según este principio se ha de eliminar de toda investigación todo aquello que
sea superfluo o que duplique las explicaciones sin necesidad alguna. Para Ockham
sólo lo individual existe, es decir, la realidad extramental es, siempre y sin
excepciones, concreta y singular. Las únicas substancias que existen son las
cosas particulares y sus propiedades.
Lo característico de lo singular es que ha de ser aprehendido por nuestra mente
de una forma inmediata, es decir, a través de una intuición, que consiste en
la experiencia directa de la cosa concreta y que no permite dilucidar si una
cosa existe o no. Ahora bien, de lo que no cabe duda es de la inexistencia de
las ideas, las formas o las esencias comunes a muchos individuos, como las
postuladas por Platón,
Aristóteles, Santo Tomás, etcétera. En palabras de Ockham "El
conocimiento intuitivo es aquél en virtud del cual sabemos que una cosa es,
cuando es, y que no es, cuando no es". Por lo tanto, el conocimiento
intuitivo se opone al conocimiento abstracto, que no permite realizar juicios de
existencia.
Por todo ello considera Ockham que la observación directa y la experiencia
es el único criterio de verdad posible, postura que favorecerá el método
experimental e inductivo desarrollado posteriormente por las ciencias a partir
del Renacimiento.
Esta postura gnoseológica de Ockham está estrechamente vinculada a la cuestión
de los conceptos universales. Si sólo
existen los individuos o cosas concretas ¿qué tipo de existencia ha de dársele
al universal, es decir, a los conceptos generales que se aplican a un conjunto
de individuos? ("hombre" se aplica a Sócrates, a Cristóbal y a
Elena). Este problema fue ampliamente tratado por numerosos filósofos de la
antigüedad que, dependiendo de sus posturas, generaron dos corrientes
distintas: el realismo y el antirrealismo
o nominalismo.
Para los realistas, los universales son entidades reales, cosas (res)
que se encuentran o inherentes a las cosas mismas o fuera de las cosas.
Concretamente, dentro del realismo podrían darse las siguientes opciones: 1)
Que el universal exista antes de que existan las cosas (ante rem), ya sea en un
mundo separado y absolutamente trascendente (Platón) o en la mente divina (San
Agustín); 2) Que el universal existe en la cosa (in
re), siendo ésta su forma o su esencia, como postuló Aristóteles en su
teoría hilemórfica; o 3) Que el universal exista exclusivamente en la mente,
siendo producto de una abstracción (post
rem o in anima), opción mantenida por Tomás de Aquino.
Para los antirrealistas o nominalistas
los universales carecen de entidad real; no son cosas, ni substancias, ni
esencias separadas o inherentes a las cosas mismas. Los universales son palabras
o nombres (nomen), términos
utilizados en las proposiciones que ocupan el lugar o hacen las veces de las
cosas (supponunt pro rebus). Esta
postura fue defendida por Pedro Abelardo y Guillermo de Ockham. El nominalismo
de este último ha sido denominado también terminismo, porque afirma que el
universal es tan solo un término que sustituye (suppositio) a un conjunto de individuos semejantes, conocidos de un
modo confuso ("hombre" aplicado indistintamente a Cristóbal y a Elena
designa a ambos de una manera confusa y, evidentemente, más imperfecta de lo
que lo haría una intuición).
La piedra angular de la teología ockhamista es el voluntarismo, que postula la primacía de la voluntad divina sobre
la inteligencia. Dios no está determinado a obrar por ningún motivo ni tampoco
por ninguna razón; su voluntad es absolutamente libre, es omnipotente, lo que
implica que el mundo y la racionalidad de éste es absolutamente contingente:
todo puede o podría en un futuro ser de otra manera y no hay nada que nos
permita anticipar que lo que sucedió en el pasado sucederá igualmente en el
futuro. La ciencia opera por inducción: suponemos que un hecho singular captado
por la intuición producirá en un futuro idénticos efectos, y que éstos se
ajustarán a unos estrictos e inmutables principios racionales pero, en rigor,
nada puede decirse sobre lo venidero, ya que la omnipotencia divina podría
hacer que mañana los círculos fueran cuadrados o que el vicio fuese una
virtud. Nada hay absolutamente imposible.
Estos mismos principios son esgrimidos para realizar una dura crítica a la
metafísica y allanar el camino a la separación definitiva entre los ámbitos
de la razón y la fe. Al no haber experiencia alguna de ninguna entidad
postulada por la metafísica y la teología (existencia de Dios, inmortalidad
del alma, etc.), éstas no serán dominios de la razón, ya que sólo puede ser
conocido lo intuido. Los principios de la teología no son demostrables
racionalmente, perteneciendo su ámbito exclusivamente a la fe y a la revelación.
Por todo lo dicho hasta ahora, Ockham se convirtió en una figura bastante incómoda
en su tiempo, aunque habría que reconocerle el mérito de haber liberado a la
razón de todas las servidumbres metafísicas y teológicas, favoreciendo el
despegue definitivo de la ciencia moderna.