Las
dos únicas características que debe cumplir un conocimiento que se precie de
verdadero son: a.
que sea infalible y b.
que sea acerca de lo real.
En
cuanto a la infabilidad, un conocimiento debe
resultar siempre verdadero, no importa las condiciones a las que se le someta.
Para tal efecto, ha de asegurarse que tal conocimiento es lógicamente
necesario, es decir, que de darse lo contrario tendríamos un absurdo.
Por ejemplo, tenemos que “el todo es mayor que las partes”.
Si esto no fuera cierto, al tomar diferentes elementos y formar con
ellos un conjunto, nos resultaría que el conjunto es menor que alguna de las
partes que lo componen:
esto es absurdo.
El
proceso del conocimiento atraviesa entonces dos campos:
el de la opinión (doxa) y el del
saber (episteme).
A su vez, el campo de la opinión se divide en dos grados:
el primero y más bajo, donde la mente conoce tan sólo los
reflejos de las imágenes sensibles. En
este nivel nos hallamos cuando creemos conocer algo o alguien, por el dibujo o
el retrato que se nos presenta de eso, o cuando creemos conocer a partir de
las mentiras y los errores que alguien nos dice sobre algún objeto sensible.
El
nivel superior del campo de la opinión, es el de las imágenes propiamente
dichas. En este punto nos
encontramos cuando creemos conocer lo que es un caballo a partir de la
experiencia que hayamos tenido con caballos concretos.
Cuando conocemos objetos singulares por medio de los sentidos, nos
encontramos en este nivel.
Superando
este nivel, podemos pretender alcanzar el conocimiento dirigiéndonos hacia el
campo del saber o “episteme”.
El primer nivel interior de este campo, es el de las formas
intermedias. En él encontramos
aquellos objetos a cuyo conocimiento nos llegamos por medio de los sentidos,
pero que de otra parte tampoco son las formas puras.
El más claro ejemplo es el de la matemática.
Sus elementos pertenecen a este nivel, por cuanto son formas
exclusivamente inteligibles, pero no totalmente puras e individuales, es decir
irrepetibles. A esta última
afirmación se llega pensando en que muchas de las formas geométricas y
aritméticas, como la forma de su relación, son obtenidas a partir de otros
elementos que forman parte de las operaciones.
Por tanto son formas compuestas.
A
través de esas formas compuestas, y de la observación racional (no -
sensitiva), llegamos al nivel de las formas puras e ideas más simples,
último y más elevado punto del campo del saber o episteme.
En estas otras formas puras, como se estudiará con más detenimiento
en la Ontología, encontramos los primeros principios del conocimiento,
partiendo de los cuales descendemos hacia las conclusiones, valiéndonos
exclusivamente de la razón, jamás de los sentidos.