Principal Arriba philo-web

D. HUME (1711-1776)

        Última gran figura del denominado empirismo inglés. Nación en abril de 1711 en Edimburgo. Estudió jurisprudencia en esta ciudad, pero sus aficciones le llevaban a la filosofía y a la literatura. Se trasladó a Francia, donde permaneció tres años (1734-1737) para proseguir sus estudios. Durante su permanencia en este país compuso su primera y fundamental obra : Tratado sobre la naturaleza humana, publicada en 1738 sin el menor éxito. Entretanto, Hume había vuelto a Inglaterra, donde publicó en 1742 la primera parte de sus Ensayos morales y políticos, que tuvieron, en cambio, una acogida favorable. Entre 1745 y 1748 desempeñó varios cargos políticos, entre ellos el de secretario del General St. Clair, que lo llevó consigo en sus embajadas militares a las cortes de Viena y Turín. Se encontraba precisamente en Turín cuando en 1748 se publicaron en Londrés las Investigaciones sobre el entendimiento humano, que reelaboraban en forma más sencilla y llana la primera parte del Tratado. En 1752 publicó las Investigaciones sobre los principios de la moral, reelaboración de la segunda parte del Tratado. 

I. EL CONOCIMIENTO

        El punto de partida de la filosofía de Hume es el mismo que desde Locke se basa todo empirismo: no hay conocimiento  válido sino en la medida en que el análisis pueda reducirlo a experiencia, de la cual es tomado. Pero Hume está dispuesto a llegar, sin retroceder, hasta las últimas consecuencias. 

      Por eso, desde el comienzo de su obra capital en el plano de la teoría del conocimiento -Investigaciones sobre el entendimiento humano-, es patente la vocación antimetafísica en este autor. La metafísica -dice Hume- no ha sido nunca ciencia, sino un vano deseo de penetrar en lo impenetrable, o la obra astuta de la superstición, de las angustias y prejuicios de la religión. Para liquidar de una vez para siempre las inabordables cuestiones metafísicas, es preciso investigar seriamente la naturaleza del entendimiento humano, realizar un análisis exacto de su poder y capacidad. 

ELEMENTOS DEL CONOCIMIENTO. IMPRESIONES E IDEAS 

      Hume, como Locke, empieza por descartar la existencia de ideas o principios innatos. Todos los contenidos de la conciencia proceden de la experiencia sensible (percepción). Pero el escocés introduce algunas innovaciones terminológicas que le permitirán una mayor claridad en las consecuencias de aquel principio. 

      A los datos inmediatos de la experiencia externa o interna los llama impresiones (impressions), y caracteriza  a éstas por su viveza y su sentido de la realidad.     

Las ideas son, en cambio, contenidos mediatos, reproducidos o derivados de aquellas impresiones, y por esta razón menos vivos, "más debiles", pues: 

"...todo el mundo admitirá sin reparos que hay una diferencia considerable entre las percepciones de la mente cuando un hombre siente dolor (...) y cuando con posterioridad evoca esta sensación o la anticipa en su imaginación... y una distinción semejante afecta a todas las percepciones de la mente".

       (HUME, D.: Investigaciones sobre el entendimiento humano.secc 2ª)

      Como vemos, Hume no estaba satisfecho en absoluto con la manera en que Locke utilizaba el término "idea" para referirse a todo aquello que conocemos. Hume reserva la palabra "idea" para designar solamente ciertos contenidos del conocimiento, ciertas percepciones.

      Vea el lector esta página y cierre a continuación los ojos tratando de imaginarla. En ambos casos estará percibiendo -conociendo- esta página, si bien entre ambos casos existe una notable diferencia: la percepción de esta página es más viva cuando la vemos que cuando la imaginamos o recordamos. Al primer tipo de percepción lo denomina Hume impresiones (conocimiento por medio de los sentidos), al segundo tipo lo denomina ideas (representaciones o copias de aquéllas en el pensamiento). Éstas últimas son más débiles, menos vivas que las primeras. El ejemplo que hemos puesto pone, además, de manifiesto que las ideas proceden de las impresiones, son imágenes o representaciones de éstas. 

MODOS O TIPOS DE CONOCIMIENTO: EL CONOCIMIENTO DE RELACIONES DE IDEAS Y EL CONOCIMIENTO DE HECHOS

      Además de la distinción entre impresiones e ideas -distinción realtiva a los elementos del conocimiento-, Hume introduce una importante distinción relativa a los modos o tipos de conocimiento. De acuerdo con esta distinción nuestro conocimiento es de dos tipos: 

- conocimiento de relaciones entre ideas y

- conocimiento factual, de hechos. 

      Tomemos la siguiente proposición: "el todo es mayor que las partes". Este conocimiento nada tiene que ver con los hechos, con lo que pase o suceda en el mundo, es independiente de que hay todos y partes: háyalos o no los haya, sean cuales sean los hechos, esta proposición es verdadera. Este conocimiento no se refiere, pues, a hechos, sino que se refiere a la relación existente entre las ideas de todo y parte. Aun cuando estas ideas -como todas- procedan de la experiencia, la relación entre las mismas es, en cuanto tal, independiente de los hechos. A este tipo de conocimiento pertenecen la Lógica y las Matemáticas(que en cuanto no se refieren a los hechos se denominan ciencias formales). Sólo en este tipo de conocimiento es posible la necesidad y la universalidad. Estos conocimientos son necesarios porque el negarlos sería contradictorio. 

      Aparte de las relaciones entre ideas, nuestro conocimiento puede referirse a hechos: el conocimiento que tengo de que ahora estoy leyendo, de que dentro de unos instantes hervirá el agua que he colocado sobre el fuego, es un conocimiento factual, de hechos. El conocimiento de hechos no puede tener, en último término, otra justificación que la experiencia (impresiones). 

      Según Hume las cuestiones de hecho no ofrecen en absoluto el grado de necesidad de las ciencias formales (conocimiento de relaciones entre ideas: Lógica y Matemáticas) ya que "lo contrario de una cuestión de hecho es todavía posible, porque nunca implica contradicción. Que el sol no salga mañana es una proposición ni menos inteligible ni más contradictoria que la afirmación de que saldrá. En vano, pues, intentaríamos demostrar su falsedad".     

      Al clasificar los elementos del conocimiento en impresiones e ideas, Hume estaba sentando las bases del empirismo más radical. Con este planteamiento, en efecto, se introduce un criterio tajante para decidir acerca de la verdad de nuestras ideas. ¿Queremos saber si una idea cualquiera es verdadera? Muy sencillo: comprobemos si tal idea procede de alguna impresión. Si podemos señalar la impresión correspondiente, estaremos ante una idea verdadera; en caso contrario, estaremos ante una ficción. El límite de nuestro conocimiento son, pues, las impresiones. 

      Apliquemos este criterio al conocimiento factual -de hechos-. Aplicando este criterio en un sentido estricto, nuestro conocimiento de los hechos queda limitado a nuestra impresiones actuales (lo que ahora vemos, oímos, etc.) y a nuestro recuerdos actuales -ideas- de impresiones pasadas (es decir, lo que recordamos haber visto, oído, etc.), pero no puede haber conocimiento de hechos futuros, ya que no poseemos la impresión correspondiente; no poseemos impresión alguna de lo que sucederá en el futuro (¿cómo íbamos a poseer impresiones de lo que aún no ha sucedido?). 

CRÍTICA DE LA RELACIÓN DE CAUSALIDAD 

      Ahora bien, es incuestionable que en nuestra vida contamos constantemente con que en el futuro se producirán ciertos hechos: vemos caer la lluvia a través de la ventana y tomamos precauciones, contando con que la lluvia mojará cuanto encuentre a su paso; colocamos un recipiente de agua sobre el fuego, contando con que se calentará. Sin embargo, solamente tenemos la impresión de la lluvia cayendo y solamente tenemos la impresión del agua fría sobre el fuego. ¿Cómo podemos estar seguros de que posteriormente tendremos las impresiones de los objetos mojados y del agua caliente?. Hume observó que en todos estos casos -es decir, tratándose de hechos- nuestra certeza acerca de lo que acontecerá en el futuro se basa en una inferencia causal: estamos seguros de que las cosas bajo la lluvia se mojarán y de que el agua se calentará basándonos en que el agua y el fuego producen sendos efectos. La lluvia es causa, el fuego es causa y sus efectos respectivos son el mojarse y el calentarse de cuanto caiga bajo su acción. 

      La idea de causa es, pues, la base de todas nuestras inferencias acerca de los hechos de los que no tenemos una impresión actual. Pero ¿qué entendemos por causa? ¿cómo entendemos la relación causa-efecto cuando pensamos que el fuego es la causa y el calor el efecto? Hume observa que esta relación se concibe normalmente como una conexión necesaria (es decir, que no puede no darse) entre la causa y el efecto, entre el fuego y el calor: el fuego calienta necesariamente, y, por tanto, siempre que arrimemos agua al fuego se calentará necesariamente. Puesto que tal conexión es necesaria, podemos conocer con certeza -al menos eso creemos- que el efecto se producirá necesariamente. 

      No seamos, sin embargo, tan precipitadamente optimistas y apliquemos el criterio antes expuesto a esta idea de causa. Una idea verdadera es decíamos, aquella que corresponde a una impresión. Pues bien, ¿tenemos la impresión que corresponda a esa idea de conexión necesaria entre dos fenómenos (hechos)? No, contesta Hume. Hemos observado a menudo el fuego y hemos observado que a continuación la temperatura de los objetos situados junto a él aumenta, pero nunca hemos observado que entre ambos hechos exista una conexión necesaria. Lo único que hemos observado, lo único observable, es que entre ambos hechos se ha dado una sucesión constante en el pasado, que siempre sucedió lo segundo -el efecto:el calentamiento- tras lo primero -la causa-. Que además de esta sucesión constante exista una conexión necesaria entre ambos hechos es una suposición incomprobable. Y como nuestro conocimiento acerca de los hechos futuros solamente tendría justificación si entre lo que llamamos causa y lo que llamamos efecto existe una conexión necesaria, resulta que hablando con propiedad no sabemos o conocemos que el agua vaya a calentarse, simplemente creemos que el agua se calentará. 

      Que nuestro pretendido conocimiento de hechos futuros por inferencia causal no sea en rigor conocimiento, sino suposición y creencia (creemos que el agua se calentará), no significa que no estemos absolutamente ciertos acerca de los mismos: todos tenemos absoluta certeza de que el agua de nuestro ejemplo se va a calentar. Esta certeza proviene, según Hume, del hábito, de la costumbre de haber observado en el pasado que siempre que sucedió lo primero sucedió también lo segundo. 

      Nuestra certeza acerca de hechos no observados no se apoya, pues, en un conocimiento de éstos, sino en una creencia. En la práctica, piensa Hume, esto no es realmente grave, ya que tal creencia y certeza nos bastan y nos sobran para vivir. Pero, ¿hasta dónde es posible extender esta certeza y esta creencia basadas en la inferencia causal? El mecanismo a que nos hemos referido -el hábito, la costumbre- es la clave quee nos permite responder a esta pregunta. La inferencia causal solamente es aceptable entre impresiones. De la impresión actual del fuego podemos inferir -deducir- la inminencia de una impresión de calor, porque fuego y calor se nos han dado unidos repetidamente en la experiencia. Podemos pasar de una impresión a otra impresión, pero no de una impresión a algo de lo cual nunca ha habido impresión, experiencia. 

LA REALIDAD EXTERIOR 

      Tomemos este criterio y comencemos aplicándolo al proplema de la existencia de una realidad distinta de nuestras impresiones y exterior a ellas. En Locke, veíamos, la existencia de los cuerpos como realidad distinta y exterior a las impresiones o sensaciones se justifica utilizando una inferencia causal: la realidad extramental es la causa de nuestras impresiones. Ahora bien, esta inferencia es inválida, a juicio de Hume, ya que no va de una impresión a otra impresión, sino de las impresiones a una pretendida realidad que está más allá de ellas y de la cual no tenemos, por tanto, impresión o experiencia alguna. La creencia en la existencia de una realidad corpórea distinta de nuestra impresiones es, por tanto, injustificable apelando a la idea de causa. 

      Lo único que la mente conoce son sus propias percepciones, es decir, las impresiones y las ideas que derivan de las impresiones. Por lo tanto esa pretendida realidad distinta y exterior a las percepciones (los cuerpos, el mundo) no puede ser objeto de conocimiento. Ahora bien, el hecho de no poder justificar racionalmente la existencia del mundo no significa para Hume negar que éste exista: de la existencia del mundo no hay conocimiento, pero hay creencia.

LA EXISTENCIA DE DIOS 

      Locke y Berkeley habían utilizado la idea de causa, el principio de causalidad, para fundamentar la afirmación de que Dios existe. A juicio de Hume, esta inferencia es también injustificada por la misma razón: porque no va de una impresión a otra. En locke se demuestra la existencia de Dios como causa de la realidad extramental (mundo). En esta prueba se establece una relación causa-efecto entre Dios -causa- y el mundo -efecto-; ni de Dios ni de la realidad exterior tenemos impresión alguna. En Berkeley Dios es la causa que provoca en nosotros un determinado efecto: las ideas -impresiones en la terminología de Hume-. 

      Ahora bien, si ni  la existencia de un mundo distinto de nuestras impresiones ni la existencia de Dios son racionalmente justificables ¿de dónde proceden nuestras impresiones? -recuérdese que para Locke proceden de la realidad exterior y para Berkeley proceden de Dios-. El empirismo de Hume no permite contestar a esta pregunta. Sencillamente, no lo sabemos ni podemos saberlo: pretender contestar a esta pregunta es pretender ir más allá de nuestras impresiones y éstas constituyen el límite de nuestro conocimiento. Tenemos impresiones, no sabemos de dónde proceden, eso es todo. 

EL YO Y LA IDENTIDAD PERSONAL 

      De las tres realidades o sustancias cartesianas (Dios, mundo, Yo) nos queda solamente ocuparnos del Yo como realidad, como sustancia distinta de nuestras ideas e impresiones. La existencia de un yo, de una sustancia cognoscente distinta de sus actos, había sido considerada indubitable no sólo por Descartes, sino también por Locke y Berkeley. Y no le sirve ahora a Hume aplicar su crítica de la idea de causa, ya que la existencia del Yo no fue considerada por sus antecesores como resultado de una inferencia causal, sino como resultado de una intuición inmediata.     

      Sin embargo, la crítica de Hume alcanza también al Yo como realidad distinta de las impresiones e ideas. La existencia del Yo como sustancia, como sujeto permanente de nuestros actos psíquicos, no puede justificarse acudiendo a una pretendida intuición, ya que sólo tenemos intuición de nuestras impresiones e ideas y ninguna impresión permanente, sino que unas suceden a otras de manera ininterrumpida: "El yo o persona no es ninguna impresión, sino aquello a que se supone que nuestras ideas e impresiones se refieren. Si alguna impresión originara la idea del Yo, tal impresión habría de permanecer invariable a través del curso total de nuestra vida, ya que se supone que el Yo existe de este modo. Sin embargo, no hay impresiones constantes e invariables: dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones  se suceden unas a otras y nunca existen todas al mismo tiempo" (Tratado acerca de la naturaleza humana. I,4,6). 

      No es justificable, pues, la existencia del Yo como sustancia distinta de las impresiones e ideas, como sujeto de la serie de actos psíquicos. 

ESCEPTICISMO Y FENOMENISMO 

      Los principios empiristas de la filosofía de Hume llevan a éste, en último término, al fenomenismo y al escepticismo: ni conocemos una realidad exterior distinta de las percepciones, ni conocemos tampoco una sustancia pensante o Yo como sujeto de las mismas. Sólo conocemos las percepciones, la realidad queda reducida a éstas, a meros fenómenos, en el sentido etimológico de este término (fenómeno= lo que aparece o se muestra). Este es el sentido del fenomenismo de Hume. El fenomenismo lleva aparejado una actitud escéptica. 

II. FILOSOFÍA MORAL AGORA  

      Con el tratamiento del problema de la moral culmina su Tratado de la naturaleza humana, cuyo libro III y último está dedicado a él. Posteriormente, dicho libro III fue refundido, dando lugar a una obra independiente: la Investigación sobre los principios de la moral. Por otra parte, él mismo afirma en un momento determinado que "la moral es un asunto que nos interesa por encima de todos los demás". 

      Lo que la ética de Hume, como la de todo filósofo, pretende es encontrar el fundamento de la moralidad y establecer la forma en que el hombre puede orientarse hacia el bien y la felicidad. Pues bien, para él la moral no puede basarse en Dios, como se ha afirmado en ocasiones, puesto que no nos es posible saber nada con respecto a su existencia. Pero tampoco tiene su fundamento en la razón como también se ha afirmado tradicionalmente. 

      En efecto, la filosofía clásica había establecido la capacidad de la razón para descubrir los principios morales, los cuales, ofrecidos a la voluntad, mueven a ésta a actuar. En esta concepción es, pues, la razón la que prescribe a la voluntad lo que debe hacer. Que después ésta decida hacer eso o hacer lo contrario, no afecta a la cuestión. En cualquier caso, dentro de esa concepción tradicional, la bondad o maldad de nuestras acciones son establecidas por la razón. 

      Hume no acepta esta fundamentación de la moral. En primer lugar, para nuestro autor la razón, como ya sabemos, sólo se ocupa de relaciones entre ideas y de cuestiones de hecho, con respecto a las cuales debe decidir acerca de su verdad o falsedad. Pero las normas morales no son ni relaciones entre ideas ni cuestiones de hecho. Así, por ejemplo: es evidente que la proposición " No hagas a los demás lo que no desees para ti mismo" no procede de ningún tipo de comparación entre ideas ni de la observación de hechos. No le corresponde, pues, ser verdadera ni falsa. Y en esta medida escapa a la razón. 

      Por otra parte, la función de la razón es conocer, no establecer obligaciones. Ni las relaciones entre ideas -"Los ángulos de un triángulo suman dos rectos"- ni las cuestiones de hecho -"El calor dilata los cuerpos"-, por mucha verdad que entrañen, crean obligación alguna. Expresan simplemente lo que es. No son normativas. No incitan a la acción, como ocurre con los juicios morales. Estos, por consiguiente, no pueden tener su fundamento en la razón. 

      ¿Cúal es entonces el fundamento de la moralidad? ¿De qué depende el que, en general, a unas acciones las califiquemos como buenas y a otras como malas? Hume contesta, como es lógico, recurriendo al principio general del empirismo y a su regla de oro, la observación. 

"Sea el caso de una acción reconocidamente viciosa: el asesinato intencionado, por ejemplo. Examinadlo desde todos los puntos de vista posibles, a ver si podéis encontrar esa cuestión de hecho o existencia a que llamáis vicio. Desde cualquier punto que lo miréis, lo único que encontraréis serán ciertas pasiones, motivos, voliciones y pensamientos. No existe ninguna otra cuestión de hecho incluída en esta acción. Mientras os dediquéis a considerar el objeto, el vicio se os escapará completamente. Nunca podréis descubrirlo hasta el momento en que dirijáis la reflexión a vuestro propio pecho y encontréis allí un sentimiento de desaprobación que en vosotros se levanta contra esa acción. He aquí una cuestión de hecho: pero es objeto del sentimiento, no de la razón. Está en vosotros mismos, no en el objeto. De esta forma, cuando reputáis una acción o un carácter como viciosos, no queréis decir otra cosa sino que, dada la constitución de vuestra naturaleza, experimentáis una sensación o sentimiento de censura al contemplarlos".

 

      Por consiguiente, la distinción entre la virtud y el vicio encuentra su raíz, su fundamento, en el sentimiento de aprobación o censura, de agrado o desagrado, que despiertan en nosotros determinadas acciones. 

      Es claro el riesgo de subjetivismo que esta posición de Hume entraña. Pero sería un error interpretarla de este modo. Para Hume, lo mismo que hay un instinto natural que nos hace distinguir lo agradable de lo desagradable y lo bello de lo feo, hay en el hombre una especie de instinto o sentido moral que nos hace apreciar lo que es bueno y lo que es malo. En el transfondo, pues, está la naturaleza humana que, siendo igual en todos los hombres, tiende a hacernos coincidir en el tipo de sentimiento moral que las acciones suscitan en nosotros. 

      Al proponer esta teoría acerca del fundamento de los juicios morales, Hume recoge una corriente de pensamiento desarrollada en la primera mitad del siglo XVIII en inglaterra por filósofos moralistas como Shaftesbury (1671-1713) y Hutchenson (1694-1746), corriente que ha encontrado en nuestros días su continuación en la doctrina del emotivismo moral (Ayer y Stevenson).

Hosted by www.Geocities.ws

1