Medallas para el toreo... aunque Penélope se enfade en inglés
Antoñete, condecorado con la Medalla de Oro de las Bellas Artes
Que lo sepan todos; que todo el mundo lo oiga, en cuidado idioma inglés y en preciso y precioso castellano -seamos bilingües, para que nos entienda incluso la buena de Penélope "y su bolso de piel marrón"-: el toreo está entre las Bellas Artes. Lejos de ser un asesinato, el toro, el torero y sus circunstancias conforman un espectáculo llamado a ser un arte bello, susceptible de emocionar a propios y extraños con la cadencia de sus movimientos imposibles, con el latido que marca el ritmo de su corazón inquieto, con la sangre y la savia de una vida perdurable en el recuerdo de una faena excelsa.
El toreo es un arte, y así lo reconoció el Consejo de Ministros cuando, siete días atrás, decidía distinguir al maestro Antonio Chenel Albadalejo, "Antoñete", como uno de los merecedores de la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Por Real Decreto. Por decisión ministerial. Y para regusto y disfrute supremo de todos cuantos ya disfrutamos con su toreo.
Aunque vivamos momentos de mediocridad, abanderados por el lema "cuanto más, mejor", y no precisamente por aquel otro que reza "cuanto mejor, más"; a pesar de ello, decía, en ocasiones se premia la esencia. El arte en gotas de perfume caro, de aroma de azahar teñido del color añil de un cielo puro en una tarde de mayo. De San Isidro. O de abril. De la Feria de Abril.
Madrid, Sevilla,... y Burgos, y Jaén, y Málaga, y Valencia, y... y tantas otras plazas. Todas ellas han visto el toreo del maestro del mechón. Y han disfrutado con él. Han sentido el infinito en su particular interpretación de la media verónica, tan plena de pureza y de regusto cañí. Han creído en su muleta, pañosa llevada por mano baja y ritmo lento, cadencioso,... eterno.
Han sabido de la magia de la torería. Y han intuido lo que significa ser torero. Saberlo es más difícil. Y serlo, ser torero de verdad, eso... eso es casi un milagro.
Pero "Antoñete" siempre lo fue -torero, quiero decir-, siempre lo es y siempre lo será. Lo fue -y lo sigue siendo- vestido de luces, embriagando de aroma torero al famoso toro blanco de Osborne, en una faena que creo adivinar cada vez que veo ese mechón blanco en la frente del maestro. Como si "Atrevido", aquel torito ensabanado, se hubiera quedado prendido para siempre, recuerdo indeleble, en el cabello del torero, de su amigo, de quien lo hizo eterno en la mente del aficionado. Pocos han sido tan toreros como lo fue el maestro entonces.
Pero el pasado no tiene demasiado sentido sin una continuidad presente. Y, en el caso de "Antoñete", esa continuidad es más que real. Es un secreto a voces. Su torería es plena cuando habla, cuando responde raudo al teléfono, siempre amable, siempre presto para hablar de su pasión, los toros. Porque hay que ser también muy torero para atender a la prensa sin pestañear, incluso en los momentos más inoportunos -que ya se sabe cómo las gastamos, aun sin querer, los periodistas-.
Y es torero, cómo no, cuando, desde un burladero, con su gorra de visera y su inseparable cigarrillo entre las manos, analiza el juego de sus reses, los novillos que llevan su hierro, que él cría en los inviernos duros de la Sierra madrileña, en estos inviernos agrestes y hostiles precedidos de veranos secos y plomizos. Y él, nervioso como un primerizo, humilde como los grandes hombres -como él, en suma-, los mira sin pestañear, disfruta con la nobleza de sus embestidas -la misma nobleza que él les ha transmitido- y, en ocasiones, sufre cuando no se comportan como él quisiera, cuando no sacan su casta, su genio, su orgullo torero... Entonces... ¡ay, entonces! Entonces le gustaría poder meter la cabeza por ellos,... pero quizá sea esa una de las pocas cosas que el maestro no pueda hacer.
Y es mejor así.
Recapitulo. Al maestro del blanco mechón le condecoran con la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Me gustaría explicarlo, pero el Arte, así, con mayúsculas, no tiene explicación.
Noelia Jiménez González-Pecellín