LA REAPARICIÓN


En el año 1975, la agonía parece ser definitiva, todo es noche y parece que nunca va amanecer . En aquella agonía la única solución viable er a marcharse: " Fue una temporada muy amarga. De nuevo me habían olvidado. No tenía contratos. Nadie me daba un pitón. Otra vez había llegado el final". Antoñete tomó la decisión de decir adiós, aquella temporada sólo toreó dos tardes: una en San Isidro y otra, la del adiós, al final de la temporada.

Anunciaron la despedida de Antoñete en Madrid con seis toros de Sánchez Fabrés. Aquello fue, en realidad, una limpieza de corrales y se lidiaron hasta cuatro sobreros. Chenel estuvo digno, torero y hasta cortó una oreja antes de que Paco Parejo, presente en todos los acontecimientos vitales de Antonio, le cortase la coleta. Era el final para un hombre que había sobrepasado de largo la cuarentena y que estaba convencido de que nunca más se volvería a vestir de luces.

Antonio Chenel en su madurez, vistiendo uno de sus trajes más característicos: el rosa palo.Con demasiado tiempo libre y ningún proyecto futuro, Antoñete encaró su extraña y forzada jubilación. Los años 1976 y 1977 fueron huecos, de ir y venir a ninguna parte. De nuevo pateaba Madrid, perro callejero, como hiciera en la posguerra, pero ahora mirando los ojos tristes del medio siglo que se le venía encima. El bar, algún amigo, una partida de cartas y mucho sillón y mucha televisión y demasiado humo en la niebla de su espeso horizonte.

En el verano de 1977 le llamaron para torear un festival de viejas glorias en Venezuela. Actuaría junto a diestros mexicanos ya retirados y junto al español Manolo Escudero. No le apetecía ni torear festivales, pero este tenía el atractivo de volver a la América de su juventud, de dejarse envolver por unos días en la fantasía de ser torero. "Era un viaje de ida y vuelta. Lo de viejas glorias me repateaba bastante porque era como una confirmación de que mi gloria en los ruedos ya era pasado. Pero al menos salía de Madrid, de la rutina y volvía a América".

Al llegar a América, el aire cálido le reconfortó. Alguna entrevista, hacía tiempo que no practicaba el encuentro con la prensa, algunos viejos amigos y una cierta expectación por ver a estos ilustres jubilados. El festival se dio bien. Quien tuvo, retuvo y se reencontró con la mano izquierda, con el natural largo, con ese estremecimiento tan especial de pasarse un torito por la barriga y con la gloria de las palmas.

Entonces conoció a Maribel Llorens, valenciana, residente en Venezuela, esposa del hacendado ganadero Marcos Blancher, propietario de la ganadería de Tarapío. Marcos y Maribel, los ganaderos invitaron a cenar a las viejas glorias. Por allí andaba también el empresario Marubini, de origen italiano, que organizaba las corridas de la PTJ y la Prensa de Caracas. A Marubini se le ocurrió montar otro festival con reses de Tarapío. Con la recién nacida amistad de Antonio con Maribel y Marcos, éstos le pidieron al torero que fuera al campo ala impresionante finca, a elegir los novillos. Antonio fue seleccionando la media docena que más le gustó y con tan buen ojo clínico, o con tan buena fortuna, que las reses embistieron una barbaridad.

Antoñete en uno de sus últimos paseillos.En ese segundo festival, Antoñete, que en pocos días había sentido de nuevo el calor, la confianza, el crédito profesional que hacía tiempo había perdido en España, armó un taco. El Antoñete grande, milagroso, dejó perpleja a la afición. Por unos minutos fue feliz en la habitación del hotel, hasta que se quitó el traje corto y se dio cuenta de que aquello era sólo una estrella en medio de una tormenta, hasta que pensó que mañana debía tomar el avión y volver a Madrid, donde habitaba la soledad y donde ni siquiera se habrían enterado, ni se enterrarían nunca, de que Antoñete bordó el toreo a miles de kilómetros de distancia. Por eso cuando Maribel le dijo que se quedara unos días más en Venezuela y que tendría mucho gusto e prepararle una paella en Tarapío, ni siquiera tuvo otra opción que la de aceptar. La verdad es que Antonio lo estaba deseando, la ganadera le dijo: "Maestro yo sé que tendrá muchas cosas que hacer en España, pero sería un honor para nosotros que aceptara la invitación de pasar unos días en la finca..."

En ese momento el pájaro errante encontró nido y acomodo. Una finca bellísima, una vegetación exuberante, un caballo ensillado a la puerta, la habitación de lujo de los invitados, tabaco fresco, pantalón corto, calorcito del bueno... Por si faltaba algo, ahí estaba el toro, la ganadería completa y el encargo encarecido de los ganaderos para que les echara una mano: "Antonio le agradeceríamos que arreglara un poco la ganadería, que hiciera los tentaderos..."

Lo que era una semana se convirtió en un mes, en otro, en un refugio. Antonio lo recuerda: "Cada semana me daban la gracias por quedarme, hasta que un día les dije la verdad: No me deis las gracias porque yo en España no tengo nada que hacer. Aquí estoy a gusto".

Llego Diciembre, un Diciembre suave y un Chenel aclimatado al trópico, se anunciaba la feria de Margarita, llegaban los toreros de España. Estaban anunciados Paquirri, Palomo Linares, Ángel Teruel..., gente que estaba de moda, una generación casi con treinta años menos que Antonio. Una noche Marcos y Maribel le explicaron que tenían un problema grave que no sabían cómo resolver: José María Manzanares había decidido no acudir a la feria, que comenzaba diez después, y que no sabían qué hacer, porque quedaba un hueco la última tarde, el empresario había dejado entre ver la posibilidad de que Antonio le sustituyera. Antonio rápidamente contestó: "Yo la mato".

Le anunciaron en los carteles, mandó pedir un traje de luces a Madrid, el azul y oro que era un poquito más holgado. Bajó la ración de arroz, dejó el caballo y se puso a caminar por la finca y sólo así se preparó para volver a los ruedos.

En su primera corrida no noto la ausencia: "me sentí a gusto desde el paseíllo y me entendí con los toros. Corté tres orejas y el público estaba feliz. Aquello debió ser muy fuerte porque a pesar del zambombazo de Paquirri, los jurados cambiaron los votos y me dieron el premio de la feria". Aquella noche no pudo dormir, apareció el deseo de prolongar lo que había cercenado el otoño de 1975 en aquel adiós definitivo en Madrid. Quería volver a sentirse torero. A principios de 1978, le anunciaron en Guarané con Curro Girón y un mexicano, lo peor fue cuando se enteró de que los toros eran de procedencia del Conde de la Corte, que tenían casi seis años y no había barbería. Chenel toreó, pese a todo, como nunca; con valor, con sabiduría con una inmensa calidad. Cortó dos orejas y se lo llevaron a hombros. Esta corrida fue la causa de todo... "Estuve muy a gusto, aquellos toros valían para Bilbao y hasta para Madrid porque tenían casta y seriedad".

Antoñete en una de sus últimas tardes en Madrid, dando clases con sabor añejo para las generaciones venideras. Volvió a torear en Isla Margarita y arrasó. Indultó un toro, por si faltaba algo, le cortó dos orejas al otro, fue el delirio, Chenel se salía. La fama de veterano fue tan fuerte que le llamaban para torear en todos los pueblos de Venezuela. Toreaba todas las semanas y a veces hasta dos y tres tardes por semana. Lo mejor fue que en España ya se empezaba a saber de l o que estaba haciendo el maestro en América.

Ahora le da menos miedo volver a Madrid. Ya no lleva las manos vacías. Ni el corazón tampoco. Un puñado de dólares, un puñado de crónicas, y la inevitable sensación de que ha rejuvenecido. "Venezuela me dio la vida, pero al llegar a Madrid, pese a esa punta de euforia que traía, me dije a mí mismo que no debía meter la pata intentando retornar a los ruedos en España. Como mucho volvería a América a matar el gusanillo, pero Las Ventas, eso no; ni pisarlas. Que eso son palabras mayores...".

En la primavera de 1980 notó que esa reaparición en Venezuela había calado en los cenáculos taurinos de España. Le llamaban al menos, para algunos festivales y el teléfono sonaba con cierta asiduidad y simpatía. "Paco Camino y Alvarito Domecq me llamaron para torear un festival en la Costa del Sol. Dos novillos cada uno. Fue una tarde agradable". Por allí estaban Sayalero y Bandrés, dos nuevos taurinos que habían cogido cierta fuerza en el mundillo.

La reaparición fue en Marbella, en Puerto Banús, el domingo de Resurrección, actuaba junto a Rafael de Paula y Curro Romero. La plaza estaba casi vacía con 200 españoles y otros 40 alemanes. Antoñete corto dos orejas, pero lo más importante es que en el segundo toro se echó la muleta a la mano izquierda, dio distancia y dio dos series magistrales de naturales. Toreó en Cartagena y estuvo valiente. Toreó en Jerez y se llevó el trofeo de la Feria del Caballo. A la cuarta fue a Madrid, volvía su casa pero con más miedo que nunca. "La vuelta fue con una corrida de Ramón Sánchez. En el paseíllo no me hicieron caso. Supongo que el público me estaba esperando. Mi segundo toro me valía, lo acabaron en quites Capea y Julio Robles. Pero en el tercero de la tarde que pertenecía a Julio Robles, lo foguearon, le pusieron banderillas negras. Y ahí llegó el quite mío. El toro iba como loco, suelto, se me vino de repente encima y lo fijé con un capotazo bajándole las manos y flexionando la rodilla y le di media docena de lances. Se formó un clamor en la plaza, se enfadó mi amigo Julio y a partir de ese momento la gente ya me echó cuentas".

Última tarde triunfal de Antoñete en Las Ventas.

La segunda tarde con toros de Garzón alternó con Curro Romero y Paula. Estuvo valiente y con el público a favor, pero tuvo que pasar ala enfermería y no pudo matar a su segundo toro, que era el bueno. Su tercer paseíllo en Las Ventas, en este retorno, lo haría en la corrida del cincuentenario de la inaguración de la plaza, con toros de Bohórquez y mano a mano con Paula. Ahí convenció a la afición de que había vuelto un maestro. Hay una cuarta tarde en Madrid en ese año de 1981, en septiembre, con Manolo Vázquez. Ese día el tendido del 7, al que siempre ha tenido un gran repesto, se metió con él por la falta de trapío del toro. Pero Antonio levantó la faena y la tarde con aquel toro de Montalvo y hubo tres muletazos inolvidables, como tres joyas, que pusieron la plaza en pie: un ayudado por bajo, un remate y un pase de pecho. Pudo cortar dos orejas, pero falló con la espada.

Ese año toreó treinta y pico corridas. Contardes de éxito y con el recuerdo de una faena Jerez,en la corrida del Arte, en la que toreó un toro con fondo de palmas por bulerías.

Pero la primera gran explosión, la nueva puerta grande, la lograría Antonio al año siguiente, en 1982. Toreó una corrida de Cuadri, otra de Atanasio y otra de Garzón. En esta última alternaba con Tomás Campuzano y el colombiano Jairo Antonio Castro. Llovió una barbaridad y Antonio le dijo a Chopera que se negaba a hacer el paseíllo, que aquello estaba imposible para torear. Pero Tomás y Jairo Antonio querían hacer el paseíllo a toda costa. Dos contra uno. La autoridad dijo que si empezaba la corrida había que matar ,los seis toros. Chenel añadió que si caían boquerones no contaran con él, así lo llevaran preso.

Cayeron boquerones, es verdad, se abrieron los cielos de Las Ventas y junto al agua debieron bajar serafines, querubines, y un ejército de musas y su corte celestial. Madrid cogió una borrachera y la gente gritaba: "¡ Señores, eso es el toreo. Eso es la verdad de la fiesta!"

Esculpió una obra de arte con Danzarín. Sonó un aviso y nada pudo parar que se llevara las dos orejas y a la multitud detrás en la salida a hombros por la puerta grande. Otra vez arriba, otra vez en lo más alto. Otra vez, en la Calle de Alcalá. Otra vez figura del toreo. Otra vez la eternidad.

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