CRÓNICAS DE UN MAESTRO


UN PLATILLO VOLANTE. Ricardo García K-Hito, Dígame, agosto de 1965.

Estaba el infraescrito anteayer en la plaza de toros de las Ventas absorto en la contemplación de la bóveda celeste, dando vueltas en su imaginación al asunto del toro, el cual asunto se está poniendo cada vez más difícil. De pronto, un punto luminoso llamó poderosamente mi atención. Se trataba de un objeto incontrolado, de un cuerpo amorfo o de forma variante, que lanzaba cegadores destellos de luz, unas veces rojas; otras, verde; otras, marengo

No miento. No fui yo sólo el que vio, sino veinte mil espectadores más que también desparramaban la vista por las regiones etéreas.

Duró poco el fenómeno, que otros sabios se explicarán mejor que este que las hierbas arrojó. Pero, amigo, media hora después, de nuevo el objeto incontrolado. Otra vez las ráfagas luminosas, ahora más continuadas, más sostenidas, hasta deslumbrarnos a todos. Cuando recobramos la vista, el objeto extraño había desaparecido.

—Es un platillo volante —sugerí quedamente para no pillarme los dedos.

—Lo tripulan seres de otro planeta —respondió el de al lado, apoyando mi tesis.

—No —dijo el de más allá—. Es Antoñete. Antonio Chenel, Antoñete, que, en efecto, actúa de platillo volante, aparece cuando nadie lo espera; desaparece instantes después, y échenle ustedes un galgo. Hasta el año que viene; hasta dentro de dos años...

Como vive uno más de realidades que de fantasías, nos dimos por enterados. Si; era Antoñete con su mechón blanco a la federica. Era ese gran torero. Y estábamos en la plaza de toros de Madrid para más señas. Antoñete, que, como el comendador, se filtra por las paredes cuando le viene en gana, que aparece en el ruedo de higos a brevas y que nadie sabe dónde se entrena, porque está puesto. Como si toreara tanto como quienes ustedes saben. ¿De dónde, si no, iba a haber dado aquellas estupendas verónicas a su primer toro? ¿De dónde, si no, iba a improvisar aquellos pases de categoría y solera? Se le fue la mano al matar y el sable quedó atravesado. Perdió la oreja pero dio vuelta a la periferia.

Si aquello llamó la atención, ¿qué decirles a ustedes cuando en el cuarto toro volvió con las bengalitas deslumbrantes?

Entonces me ella. Entonces abrió el arcón donde guarda su clasicismo entre manzanas para que huela mejor y nos dejó estupefactos. —¿Objeto amorfo decía usted? ¿Incontrolado?... —Hombre yo... Lo que se suele decir de los platillos volantes. En verdad, no era un platillo, sino un plato fuerte; una paella, un pote gallego, una fabada asturiana, pero siempre a base de bien.

Faenaza rebosante de maestría. ¡Está como nunca! Diga usted que sí. Los que gustan rebañar el plato de los buenos guisos la gozaron. Para postres, una gran estocada. Dos orejas por aclamación. Antoñete se las guarda debajo del chaleco —entre el chaleco y la camisa de bullones— y da orden de que, al toro, le corten también la cabeza. La última llamarada y adiós, muy buenas. Antoñete desaparece. Nos quedamos con la boca abierta.


UNA ASOMBROSA FAENA DE ANTOÑETE AL TORO BLANCO DE OSBORNE. Manuel F. Molés, Fiesta Española, mayo de 1966.

Si el pasado año constituyó para todos una sorpresa —grata y reconfortante sorpresa— la actuación del madrileño Antoñete,hoy, festividad del Santo Patrón de la capital, Antonio Chenel nos ha demostrado de forma clara y tajante cuál puede ser —y aún es tiempo— la medida, la dominante, de esta su nueva etapa en la que el hombre y el torero se han encontrado a sí mismos. La faena que ha creado y vivido ante ese toro de Osborne,ya famoso por su pelaje blanco al decir del público, y ensabanado alunarado al decir de los entendidos, ha sido, ni más ni menos, que la faena excepcional de un diestro con cualidades poco comunes. Tanto es así, que a la vista de los acontecimientos —y acontecimiento grande fue— ya no nos cabe la menor duda de que Antoñeteestá capacitado para ingresar en la ONU de los famosos y, ya allí, dar mucha guerra.

Primero digamos que Atrevido, el toro de Osborne al que la gente comparaba por su capa con un cabestro, tenía apretada cabeza y aceptable presencia. Se resentía de los cuartos traseros y se dejó pegar sin lucimiento en dos entradas al caballo. En el último tercio, Atrevido, mimado por el torero, se me para arriba y embistió con alegría y franqueza colaborando eficazmente al éxito del torero. La memorable faena de Antoñete se inició en el quite tras la primera vara. Quite por verónicas, en el que dos de ellas —las ejecutadas por el pitón derecho— y la media por idéntico costado, tuvieron una hondura y profundidad alarmante. Fue el presagio de lo que llegó, porque tenía que llegar; porque había un toro dispuesto a embestir y un torero capaz de hacer el toreo bueno, el toreo puro, el toreo de ayer, de hoy y de siempre; el toreo con el sello de lo grande, del arte más depurado, el toreo del que sólo pueden ser protagonistas los elegidos.

Dobladas rodilla en tierra apurando al máximo la embestida del toro, para seguir con el pase de pecho y un precioso y toreo ayudado por bajo. El sexto sentido del público hizo adivinar lo que todavía se estaba engendrando. Una serie de naturales perfectos, en los que el de Madrid adelantó la pierna contraria, compuso la figura, paró, mandó, alargó y templó el pase que elevaron el fervor y la emoción de los tendidos. Antoñete se tomó una pausa, luego se tomaría otras para recrearse en lo que iba haciendo. Cuatro naturales más. Impecables. En el último forzando el de pecho. ¡Qué gusto! Otra serie todavía mejor. El delirio. En el centro de la arena del primer coso del mundo, Antonio Chenel ponía un nudo de emoción en las gargantas de veinte y pico mil aficionados y llegaba, a través de la televisión, a todos los rincones de España. Antonio, seguro, inspirado, embarcó de nuevo al toro en más naturales y se recreó, gustándose, sintiéndose en los pases de pecho. Tras los naturales llegaron los redondos, con idénticas virtudes éstos que aquellos. Lo difícil ya parecía fácil en manos de una gran figura. Y que nadie piense que la obra grande, recia, inamovible cuando pase el tiempo, no contó con el adorno; adorno de ley, valiente y oportuno como aquel desplante a milímetros de los pitones, dando el pecho sin aspavientos, dominada la fiera. Por dos veces falló el torero en el viaje de la verdad. Entró a matar y pinchó y se llevó un buen golpe. Al tercer envite y a toro arrancado dejó una casi entera de buen efecto que necesitó del descabello. En honor a la gran faena, que por antología ya cuenta entre las efemérides toreras del coso monumental, se otorgó a Antoñete una oreja, con la que dio lenta y triunfal vuelta al anillo entre la emoción de un público que supo ver y apreciar lo que es el auténtico arte del toreo.

En el que abrió plaza, un toro presto a la huida, distraído y que duda a la hora de embestir, Antoñete quiere unas veces y en otras prefiere no emplearse a fondo. Detalles por un lado y falta de ligazón por otro. Casi entera. Descabello y palmitas finales. Luego saldría el toro blanco y...


EL TOREO ES COMO UN SUEÑO. Alfonso Navalón, Pueblo, mayo de 1981.

El cuarto había salido huyendo de los capotes, y le dio abundantes coces al peto las cuatro veces que salió huyendo del picador. Descompuesto en banderillas, cuando Antoñete toma la muleta con el público en contra, el toro está emplazado en los medios y reculando al ver al torero. Antoñete se va a los medios, se dobla con él con torerísimoempaque y, sin más, se va lejos, dejándose ver, y cita al natural. El manso va pegando oleadas y el viejo torero, serio y sobrio, lo embarca en soberbios naturales, sin ceder ni un palmo de terreno. No lo entendían, era todo demasiado sencillo y demasiado grandioso. De pronto estalla el primer olé cerrado y rotundo. Antoñete ha rematado el último natural abanicando el costillar, y le ha dejado la muleta en el hocico y la pierna adelantada para echárselo a la hombrera en un pase de pecho antológico. Ya es suya la plaza. Los ignorantes no protestan. Los aficionados se mueren de gusto viéndolo. El toro escarba y recula. Otra tanda de naturales con el medio pecho por delante y la muleta mecida y limpia. Cambia de mano y abre el compás de los derechazos, y luego el regusto de los recortes, de las trincheras a dos manos, del desmayo del remate dejando la muleta muerta debajo del belfo y saliendo airoso sin mirar al toro, seguro que había quedado allí, fijo y dominado. Estábamos soñando el toreo sentido y desgranado con pasmosa naturalidad. Yo que Antoñete no hubiera recibido aquella oreja. Estas cosas no se pueden medir por un pañuelo de más o de menos que saque el funcionario del palco.

Estas faenas sólo se pueden medir por la huella que dejan en el recuerdo, y la recompensa justa hubiera sido una flor nada más. Perdona, lector, que después de ver esto no empuerque la crónica hablando del segundo espada. No sería elegante mezclar la grandeza de unos muletazos cargados de solemnidad con la vulgaridad de unos trapazos que hacían reír a la gente.


AROMAS DE CHENEL. Manuel Molés, Pueblo, mayo de 1981.

Le vi en Marbella en la tarde de su reaparición, y no me guardé un solo elogio para el maestro recuperado. Porque había visto de nuevo torear, porque Antoñete, cincuenta años bien vividos, con el pelo teñido, respetando tan sólo el mechón blanco, me recordaba cómo es esto de torear, dónde hay que colocarse, cuál es la distancia, el sitio, cómo hay que andar y cómo hay que estar. Y cómo se templa.

Aquella noche dialogamos largamente, y este hombre tímido, débil, enamoradizo, necesitado de apoyo y afecto, tenía bajo sus arrugas y su madurez el alma rejuvenecida. No eran palabras cuando afirmaba: "Yo sé que me lo he dejado ir, aunque me partieron las fracturas de los huesos. Pero todavía estoy a tiempo". Y lo está. Se vio aquella tarde primera, se ha confirmado en Jerez y se ha consolidado en Madrid. Y, ojo, en Madrid no le han visto todavía en la plenitud, porque no encontró el toro que le ayudara a sentirse con la muleta. Pero es igual, si la afición de Madrid tiene algo es intuición. Y eso que le esperaron; y eso que estuvieron fríos con él cuando arrancaba su última faena. Madrid no le iba a regalar nada; pero acabó haciéndole justicia, con un público que aspiraba esos aromas inconfundibles de Chenel, de su esencia particular de saber estar, de saberse imponer con se presencia en el ruedo.

Fíjense qué bonito: Antoñete ha triunfado en Madrid sin poder explayarse en derechazos y naturales, porque no tenía el toro adecuado. Hoy, su nombre está en las bocas de los aficionados simple y llanamente por dar la imagen de torero y por demostrarlo en los momentos precisos. ¿Quién va a olvidar ahora cómo recogió a aquel manso enloquecido que quería arrollarle en el centro del anillo? Qué hermoso verle desplegar el capote, seguro, sintiendo el lance, sacando el pecho, hundiendo la barbilla, abriendo las piernas. Qué plástica y qué eficacia al someter la loca embestida del manso descontrolado. Son esas cosas que no se olvidan, que ponen en pie una plaza y que hacen afición. No olviden esto: con un manso y con un torero puede haber fiesta grande. ¡Ay, cuando dicen los amigos del comercio y la tontería que "antes los toros eran peores porque salían más mansos"! Puede que sea verdad, pero con el manso que se mueve, que crea situaciones imprevistas, puede aparecer perfectamente la emoción de un torero dándole la réplica. Prefiero mil mansos encastados que un millón de burras dóciles anodinas y amorfas.

Pero volvamos a Antoñete. Aquella noche de las confesiones en Algeciras con Bandrés, Sayalero y Mera como testigos, Antonio el indolente, el artista débil, el torero de los toreros, el que no llegó a figura, el que no pudo comprarse ni cortijos ni Mercedes, era tajante al decir: "Vuelvo por dos cosas: porque necesito dinero y porque he encontrado a unos hombres que confían en mi. Yo solo no tengo voluntad". Quien le recuerde y le haya visto ahora se habrá encontrado con la sorpresa de un hombre inusitadamente decidido, dispuesto, seguro y hasta con más valor. Quería estar solo en la plaza y con el toro; le molestaba la cuadrilla; evitó ayudas y enfrentó su compromiso con una entereza nueva. Todavía puede; lo que le han quitado los años lo suple con una fe nueva. Y el día que le salga el toro que medio le ayude va a armar el alboroto. Con todas las limitaciones que quieran, yo, y muchos aficionados, hemos sentido reverdecer nuestro amor por la fiesta, por el toreo, gracias a este Chenel con perfumes de clasicismo.

Hay que desear que no le toque un toro inoportunamente, que no se le quiebren esos huesos frágiles y que no vuelva a llevárselo en sus brazos la indolencia, la apatía, la debilidad de un carácter muy particular. A los cincuenta años no va a cambiar esto, es verdad; pero puede recordarnos cómo es este oficio, puede limpiar su espejo para que se miren otros, puede poner el travesaño de su calidad para que otros, al intentar saltarlo, recuerden que un trincherazo es así como él lo dio, que una media verónica es como la que dejó en Las Ventas, que la colocación, el sitio y la medida es esa que no perdió casi nunca en la tarde de ayer.

Ha dado una vuelta al ruedo, una vuelta a la manivela de la nostalgia del recuerdo y también del futuro. Aprended de ahí los nuevos y que al viejo maestro no se le quiebre la cuerda. Aquella noche te dije dos cosas, Antonio: "Para tu satisfacción queda el saber que todavía eres válido y capaz de emocionar a las gentes". Y añadí al final: "Mi egoísmo al apoyar tu regreso estriba tan sólo, a mas de disfrutar viéndote, en saber que si sigues en esa línea vas a hacer mucha afición". Ambas cosas se han cumplido en Madrid. Y tú sabes que no estuviste en conjunto a la altura de Marbella; pero ya ves que es verdad. Ahora, tu segunda tarde, al final de la feria, ya es un acontecimiento. Que haya suerte, chaval del medio siglo.


CON ANTOÑETE VUELVE LA TORERÍA. Joaquín Vidal, El País, junio de 1981.

 

La torería vuelve con Antoñete a iluminar la lidia y pone término a la larga noche de los pegapases.Esta fiesta ha sido sojuzgada por la dictadura de la mediocridad, en criminal confabulación con ordinarieces y desvergüenzas, y quienes la aman —incluidos profesionales tanto como aficionados— han tenido que pasar por carros y carretas, años y años, viendo cómo toda la delicada trama del arte de torear, siglos de historia del toreo, la propia integridad física y la casta del toro, caían, pisoteadas y humilladas, por la pendiente de la decadencia.

Pero alguien ha llegado a tiempo. Gracias a unos mecanismos correctores oportunamente arbitrados, la lidia se produce en plenitud en la primera plaza del mundo, y en el momento crucial han reaparecido los toreros veteranos, verdadera reserva espiritual del occidente táurico. La vuelta de Antoñete, como la de Manolo Vázquez, han sido una bendición para la fiesta, pues vienen a derramar esa torería de la que el espectáculo se había quedado totalmente vacío.

Nos sobraban pegapases. En las dos últimas décadas habíamos tenido de todo, excepto el toro, que sólo salía de cuando en cuando y nunca para figuras: desde toreros bufos cuya zafiedad se manipulaba para fingir que era gloria bendita y trampear millones con ello, hasta campeones del derechazo, disparatadamente ensalzados y enriquecidos, cuyo palmares de trofeos no lo ha habido igual en toda la historia del toreo. Ni Joselito y Belmonte juntos cortaron en su vida tantas orejas y rabos como cualquier burdo pegapases de las últimas hornadas en un solo año.

La torería de Antoñete el domingo en Las Ventas, sin ir más lejos, hizo los efectos de un complejo vitamínico que va a fortalecer el espectáculo. La torería no es una técnica, aunque en ella se apoye. Es una actitud, fruto de un convencimiento. Hay torería cuando el torero se siente torero, no importa si en el ruedo o en la calle, y se sabe investido de la dignidad que es inherente a su profesión. Ya en el ruedo, la torería se produce en cualquier circunstancia de la lidia. La torería de Antoñete emanaba de toda su actuación, en los distintos tercios, delante del toro, al margen del toro.

Y de sus intervenciones concretas: el capote abajo, para fijar las embestidas; aquella verónica del quite al segundo y, sobre todo, la media verónica, impresionantemente larga y honda; la forma despaciosa y solemne de andarles a los toros; la distancia para el cite y la apostura del mismo cite; el temple; el armazón de cada faena; todo eso es, era el domingo en Antoñete, torería de la mejor ley.

Y luego las trincheras, los pases de la firma, el redondo a la vez dibujado con sutil trazo y embebiendo con empaque las embestidas, cuyo sabor torero llegaba a embriagar. De todo esto hubo en las tres faenas de Antoñete, aunque en la primera quizá se pasó en la reiteración del derechazo, y el toro, que era manso, acabó por desentenderse del engaño, mientras en la última le impuso respeto la casta del Bohórquez y cortó los intentos de lucimiento para aliñar. Pero sobre todo lo hubo en la segunda, cuyos principios fueron de fiesta mayor. Los ayudados, la serie inicial de redondos perfectamente ligados, el pase de pecho, fantástico, hicieron saltar al público.

El Bohórquez era excelente, y lo toreaba con gusto Antoñete, aunque las siguientes tandas bajaron de tono. No llegó a acoplarse con la izquierda y, cuando volvía al derechazo, el desliz del enganchón restaba calidad a las series. Finalmente, hubo unos ayudados enormes que relanzaron la importante faena a la apoteosis del principio. ¡Maravilla de toreo! Pero hay que matizar. Por supuesto que los muletazoseran de extraordinaria factura, mas no como establecen los cánones. Algo faltaba. Cuando los antiguos tratados fijaban la regla de parar-templar-mandar, el maestro Domingo Ortega añadía: "... y cargar la suerte".

Los antiguos tratados tenían por ociosa la aclaración (por eso no la incluían), porque absolutamente todo el toreo se basa en la técnica de cargar la suerte, ya que, en otro caso, ¿cómo parar, templar y mandar? Este es el reparo serio a la faena de Antoñete: que dejaba la pierna contraria atrás en la ejecución del toreo al natural y en redondo. Y no se hace la observación por dogmatismo, que nos repele, sino por lógica. Pues cuando el toreo se realiza con la suerte descargada (una moda que impuso Ordóñez por cierto), además de producirse una inquietante contradicción entre pureza y estética, hay dudas sobre la categoría del dominio que se ejerce sobre el toro. (...)


 

AQUELLOS AYUDADOS ANTOLÓGICOS DE ANTOÑETE. Joaquín Vidal, El País, septiembre de 1981.

Cuando Antoñete se atrajo al toro y lo llevo, embebido, humillado, seguramente embrujado, en dos ayudados por bajo de asombro, y luego se lo echó por delante con el de pecho, aquello sí me toreo de categoría, aquél si era llevar la técnica y el arte de torear a la cumbre, aquélla sí fue locura en la plaza.

El público se habla puesto en pie; de clamor la ovación, Antoñete miraba retador, transfigurado, a los tendidos, con el toro delante, sometido por el dominio de su toreo, cuadrado para la estocada. Una estocada que no llegó y a nadie le importó demasiado, pues el triunfo, de verdadero alboroto, se había producido.

Madrid, donde gusta el toreo auténtico, está con Antoñete, uno de sus más consumados artífices. La afición madrileña lleva toda la temporada suspirando por quien ya es su ídolo, y cada vez que ve un toro bueno exclama: "¡Ay, mi madre, si le sale éste a Antoñete!". Y al fin le salió, el domingo. El quinto de la tarde era el toro de Antoñete, y Antoñete tenía el compromiso de torearlo como su público había soñado, es decir, como los ángeles.

Sin embargo, no acababa de crear ese toreo. Se echó la muleta a la izquierda y no conseguía acoplarse; pase a pase, todos terminaban en violentos enganchones. Cambió a la derecha y la primera serie le salió con altibajos, para mejorar después. La tercera, principalmente, fue muy buena, había torería, suavidad, empaque en cada redondo, pero también un punto de superficialidad. En cualquier caso, el toro de Antoñete, muy noble, extraordinariamente pastueño, estaba pidiendo a gritos la hondura con que el propio Antoñete sabe ejecutar las suertes.

Y fue entonces cuando llegaron los ayudados a dos manos, con el de pecho, verdadera maravilla, y el triunfo se hizo arrebatador. Muchas veces lo hemos dicho: es una falsedad categórica, propalada por taurinos al abrigo de la mediocridad, aquello de que al público lo que le gustan son las faenas de cien pases; es una falsedad demostrable y demostrada, porque, cuando el toreo surge en pureza, entusiasma de tal forma que no necesita hacerse repetitivo. Es más, quizá ni sería posible, pues si las suertes se instrumentan con hondura, los toros apenas las resisten. Con dos ayudados y un pase de pecho, Antoñete hizo el domingo antología del arte de torear.

A su otro enemigo le instrumentó unas dobladas monumentales. El veterano maestro es, no cabe duda, el que mejor ejecuta el ayudado por bajo, ese pase de castigo, clásico y bellísimo, recurso técnico habitual no hace tantos años, que con la hegemonía de los pegapases había empezado a caer en desuso, como tantas y tantas otras suertes. A partir de las dobladas, Antoñete no se centró con su toro. Hubo buenos redondos y naturales, pero predominaban los enganchones de la franela. Estaba claro que, para entonces, aún no le había llegado el soplo de la genialidad.

Otros toreros de arte había en la plaza, pero a éstos la inspiración les llegó en lejanas y poco perfumadas brisas. A Manolo Vázquez, para tres sevillanísimos lances a la verónica, juntas las zapatillas; un par de chicuelinas, asomos de torería en su primer toro, que punteaba los engaños y, por tanto, era de incómoda condición. En el otro, que no punteaba nada, pero tenía casta, le entraron ascos y ganas de escurrir el bulto. A Curro Romero, las brisas de la inspiración sólo le alcanzaron para tres verónicas de su marca. Tenía su tarde negada, una de tantas. A su primero no lo quiso ni ver —mantazo va, mantazo viene—, y al otro, que ya era flojo de natural, lo dejó inválido al castigarlo inoportunamente por bajo. Fue una decepción, pero sin mayores consecuencias, pues Manolo Vázquez y Curro Romero tienen amplio crédito para futuras actuaciones.

La desconfianza, la irresponsabilidad y equívocos intereses se habían aliado para propalar el rumor de que Manolo Vázquez y Curro Romero tenían miedo al público de Madrid y no torearían el domingo. Jamás hubo base para esta especie, que no llegó a prender — pese a la insistencia del bulo—, y la plaza se llenó hasta la bandera. El público recibió a los toreros con una ovación cerrada y les obligó a saludar montera en mano. La afición intuía que el toreo grande se  iba a producir. Pero quizá ni llegó a soñar que alcanzaría a tanto como en aquellos antológicos ayudados de Antoñete.


CHENEL NÚMERO 1. Barquerito, Diario 16, mayo de 1982.

Nunca un San Isidro había pesado tanto como éste, ni se había llenado tanto como éste. A mitad de feria, parece que se está atravesando el desierto, pero el desierto está lleno. De gente que clama, en el desierto naturalmente, de toreros a quienes la responsabilidad de Madrid atenaza, y de toros cojos y sin cojera que anuncian un año ganadero bastante malo. Pero al menos llueve. Llueve en el desierto de Las Ventas. Echad la cuenta de la segunda semana, poneos una mano en la frente y sólo sale un nombre Chenel. Le bautizaron como el rey de los toreros y no se equivocaron. Y el jueves, antes de dañarse la clavícula, mientras se la estaba dañando y después de dañada, Chenel se pasó la tarde reinando. Antoñete, en Las Ventas, es algo así como el mayor espectáculo del mundo.

Algunos dicen que a su segundo toro, el cuarto de Bohórquez que era un toro de mucha clase, podía haberle hecho más cosas. Nunca se deben ver los toros con la idea de lo que podría haber pasado hay que conformarse con lo que se tiene delante Y lo que hubo delante bastó Vamos a sentir un poco de lástima por quienes no tuvieron bastante con lo que se les ofreció. No caben mayor aguerrimiento ni más torería que los de aquel momento en que Chenel se saco al toro, de tablas al tercio, para rematar una serie. Fue un remate como a talonazos por la cara, de una gran violencia, con el torero absolutamente entregado y convencido de que justamente entonces acababa de poderlo al toro. Media hora antes, además, con el primero, fue el concierto. ¿La lección? No exactamente- Chenel es un torero sin ninguna voluntad de ser un pedagogo. Para nada. Ni "embiste, torito" ni "fijarse, jóvenes promesas, que se hace así". Es mucho más que eso. Se pone Antoñete delante del toro y es de repente la imagen de un volcán. El suelo de la plaza parece elevarse por donde él pisa. Es lo más grandioso que se pueda imaginar en los toros. Ni mejor ni peor que otros grandes toreros, más amantes de la miniatura o del toreo de sabor más delicado. Este toreo del Chenel de este año es tan recio y tan agrio que, una vez que se prueba, ya no se puede olvidar. La máquina del toreo está por dentro algo cascada, por no sé sabe qué biela ya vieja. Da igual. Hasta chirriando funciona, porque el ruido de Chenel le deja a uno pensando muchos días después.


EL TOREO A TUS PIES, ANTONIO. Manuel Molés, Pueblo, junio de 1982.

Antoñete no quería torear ayer. Él conoce sus fuerzas, que en lo físico son escasas, y le asustaba que el agua y el barro le pudieran minar la fortaleza, mínima para hacer lo que traía pensado en su alma de torero. Antonio, a sus cincuenta años de edad, pensaba que su listón de posibilidades no podía aumentarse con problemas añadidos. Hizo el paseíllo, al fin, por no ser el rajado, junto a dos chavales con la mitad de años. Y tiró adelante. Y se le veía en la plaza más cansado, más viejo que nunca, más contrariado cuando el toro le ponía en aprietos al principio, y con el capote, porque sus zapatillas le pesaban, impregnadas en serrín y albero, y le pesaba el músculo de los años. Pero fue sólo un momento. Tenía agallas para remontar la edad, y los elementos contrarios para crecerse por encima del toro y del toreo de ahora. Y empezó el milagro con su primero porque esa faena de apertura tuvo ya categoría de obra maestra en muchos momentos. Se lo estaba jugando todo; con la muletita cogida como un papel de fumar en su mano rota y en sus huesos sin cal toreaba con riesgo y ternura, con entrega y con sabor, sin ser capaz de, ya embriagado, evitar la voltereta seca, en corto, dura y tremenda, que le ponía boca abajo. Y salió su reacción, con más rabia, como gritándole al toro: "¿Tú vas a poder conmigo?". Y le pudo él con dos muletazos poderosos. Con el dolor aguantado dejó un pinchazo y una estocada caída, pero sin buscar el alivio. Y dio una justísima vuelta al ruedo ante la cerrazón de unos pocos, que se atrevieron a pitarle. Eran muy pocos, pero eran muy injustos.

Luego, en el cuarto, mansote, flojete y de embestida discreta, Antonio Chenel puso el toreo a sus pies. Cuando con sus pies desnudos porque hasta las zapatillas le pesaban se fue a buscar al toro, pasito a paso, con andares de desmayo, al centro da la plaza, allí donde estaba la boca de riego. Y allí mismo, donde más pesaba el toro, donde más suave era la arena, Antoñete marcó imaginariamente un cuadrado de cinco metros para confeccionar la gran obra. Los metros que le daba al toro para verlo venir, que ésa era la distancia que le permitía al enemigo con toda la plaza limpia, ausente de otros personajes. Solos allí: toro y torero hasta encontrarse en al baile suave de su toreo. Fue una faena larga, con muy poquitas lagunas, con toreo roto, carencioso y viril con ambas manos, con los pases de pecho ligados y apretados a los frentes de su chaquetilla. Luego llegaron los adornos, que en Chenel son piezas clave, y aquellos ayudados por bajo, rodilla en tierra, que le crujía sin distorsionarlo todo el cuerpo. Porque esa otra virtud de la difícil naturalidad apareció también allí, junto al valor más profundo, la técnica más sabia y la torería más depurada.

Se estaba rematando la faena del año y de muchos años. Y Antoñete ponía tiento y pulso en el punto final para entregarse en la estocada, que llegó y me suficiente. Venía en la agonía del toro acompañada con el sonido del primer aviso. El toque sólo sirvió para recordarnos que la obra maestra tuvo justo diez minutos. Era como si sonara el despertador para poner punto final al sueño más real y más bonito que uno recuerda en muchos, tantos, años. Y cayó el toro, y las dos orejas, y las dos vueltas, y el grito de torero, y las lágrimas duras de un hombre duro y maduro, que se agarró alos trofeos como quien se aferra a la vida, ala primavera de cincuenta años, que durante diez minutos no tenían edad.

Y no voy a caer en la cursilería de decir que yo también aplaudí porque lo hice, sino que voy a decir que ayer faltó algo que era necesario y que la afición debió hacer: saltar ala plaza como ha sido siempre, para acercarse al toreropara que lo sacaran a hombros los aficionados y no los profesionales de este menester. Esa imagen que uno ha visto en las estampas antiguas y que no han comulgado con ella en las tardes de histeria con ídolos falsamente populares, que poco tenían que ver con la fiesta, pudo y debió repetirse ayer, y uno la sentía en el pecho. Pero es igual, Antonio, ibas a hombros de todos, al menos en el deseo y en la gratitud de habernos llenado, otra vez, y ahora hasta los topes, el depósito de nuestra afición. Y todo, simplemente, por hacer el toreo. El toreo que han sabido interpretar, cada cual a su manera, los grandes toreros como tú.

Esta feria ya no es una feria más, ni una feria cualquiera, ni la feria de tantos errores ciertos es la feria de la tarde de los victorinos y la feria del abuelo Antonio, en la que el abuelo Antonio nos reunió a veintitrés mil aficionados para contarnos la vieja y eterna batalla del toreo.

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