LA GUERRA DEL PACIFICO

ANTECEDENTES

En abril de 1879, las rep�blicas sudamericanas del Pac�fico; Bolivia, Chile y el Per�, que apenas treinta a�os atr�s se hab�an enfrentado en la llamada Guerra de la Confederaci�n provocada por Chile que buscaba la hegemon�a y el predominio comercial en las costas del Pac�fico Occidental, iniciaron uno de los conflictos m�s largos, cruentos y costosos en la historia de Am�rica Latina, cuyas causas se encuentran en la agresiva pol�tica expansionista emprendida por el gobierno chileno sobre el territorio de Atacama, entonces bajo soberan�a de Bolivia.

Poco despu�s de emerger como Estados independientes, Bolivia y Chile mantuvieron diferencias en cuanto a los l�mites que los divid�an en la franja costera. La err�nea interpretaci�n chilena establec�a que su territorio alcanzaba hasta el paralelo 23 de latitud sur, mientras que para los bolivianos el l�mite se fijaba en el paralelo 26. La situaci�n se complic� cuando en las tierras bolivianas se descubrieron importantes yacimientos de salitre, que era un codiciado nitrato utilizado como fertilizante y para la fabricaci�n de p�lvora, despertando la desaforada ambici�n chilena por esos territorios ajenos.

En 1866 ambos pa�ses zanjaron sus diferencias territoriales mediante la suscripci�n de un tratado que estableci� el paralelo 24 como l�mite, pero que acord� la divisi�n por partes iguales de las ganancias por el salitre explotado por empresas de capital chileno y brit�nico entre los paralelos 23 y 25 (territorio boliviano). Sin embargo el tratado no resultar�a satisfactorio para las nuevas autoridades bolivianas, quienes argumentaban que aquel carec�a de valor por haber sido suscrito por Mariano Melgarejo, un dictador influenciado por intereses chilenos. En consecuencia, en 1872 se realiz� una revisi�n y en 1874 se firm� un nuevo tratado mediante el cual Chile renunci� a los beneficios econ�micos de la explotaci�n salitrera en la zona comprendida en los paralelos 24 y 25. A cambio el gobierno de Bolivia se comprometi� a no incrementar los impuestos sobre el salitre durante los pr�ximos 25 a�os, es decir, hasta 1899.

En la pr�ctica sin embargo, la jurisdicci�n boliviana se mantuvo como un elemento nominal. La presencia chilena era abrumadora, su poblaci�n superaba ampliamente a la boliviana y sus empresas dominaban la econom�a del lugar. La autoridad pol�tica boliviana pas� as� a ser una ficci�n habida cuenta de la enorme distancia que separaba a esa provincia de la sede de gobierno en La Paz.

En febrero de 1878 la Asamblea Constituyente de Bolivia, confiada en el ejercicio de su soberan�a sobre Atacama, luego de aprobar una transacci�n celebrada en 1873 entre el gobierno boliviano y la compa��a Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, decret� un impuesto de diez centavos de Pesos sobre cada quintal de salitre exportado por dicha empresa anglo-chilena. La compa��a rechaz� tal imposici�n tributaria consider�ndola una violaci�n al tratado de 1874 y en vez de recurrir a un tribunal de derecho civil solicit� la intervenci�n del gobierno chileno. Como consecuencia la canciller�a de ese pa�s solicit� a las autoridades bolivianas derogar el tributo. Bolivia se neg� bajo el argumento que se trataba de un asunto interno entre el Estado y una empresa privada. Chile no acept� tal explicaci�n y propuso un arbitraje, pero como este no se concret� y La Paz no se rectificaba, a fines de diciembre de 1878 el gobierno de Santiago despach� al puerto de Antofagasta, a modo de disuasi�n, al blindado Blanco Encalada. Una comunicaci�n del canciller chileno a su c�nsul general en dicha ciudad portuaria, se�alaba lo siguiente:

"Como la actitud que ha asumido el gobierno de Bolivia nos hace temer el desarrollo de sucesos desagradables, mi gobierno ha ordenado la inmediata salida para Antofagasta del blindado Blanco Encalada. El comandante de esa nave destinada a servir de amparo a las personas e intereses chilenos, lleva encargo de proceder de acuerdo con usted en todos los casos que reclamen su intervenci�n. Si el gobierno de Bolivia persistiera en la violaci�n del tratado de 1874, habr�a llegado la oportunidad de acudir a nuestras naves para exigir que nuestros derechos sean respetados".

El primero de febrero de ese a�o el gobierno de Bolivia, en protesta por la presencia de aquella nave de guerra en sus aguas territoriales, anunci� que proceder�a a la confiscaci�n de las salitreras y que las rematar�a el 14 de febrero. La reacci�n chilena no se hizo esperar. El doce de ese mes el ministro de asuntos exteriores de Chile despach� al c�nsul Reyes la siguiente comunicaci�n:

"En pocas horas m�s el litoral que nos pertenec�a antes de 1866 ser� ocupado por fuerzas de mar y tierra de la rep�blica y V.S. asumir� el cargo de gobernador pol�tico y civil de ese territorio".

En la fecha prevista para la subasta, el presidente chileno An�bal Pinto dispuso que una fuerza de setecientos soldados al mando del coronel Emilio Sotomayor, que acababa de arribar a bordo del blindado Cochrane y la corbeta O�Higgins, desembarcara en Antofagasta. Acto seguido Sotomayor despach� a uno de sus oficiales, para que, en condici�n de parlamentario, presentase al Prefecto boliviano la siguiente notificaci�n:

"Considerando el gobierno de Chile roto por parte de Bolivia, el Tratado de 1873, me ordena tomar posesi�n con las fuerzas de mi mando del territorio comprendido en el grado 23. A fin de evitar todo accidente desgraciado espero que usted tomar� todas las medidas necesarias para que nuestra posesi�n sea pac�fica, contando usted con todas las garant�as necesarias como asimismo sus connacionales. Dios guarde a usted".

La respuesta del sorprendido Prefecto, Severino Zapata, fue contundente:

"Mandado por mi gobierno a ocupar la Prefectura de este departamento s�lo podr� salir a la fuerza. Puede usted emplear �sta, que encontrar� ciudadanos bolivianos desarmados, pero dispuestos al sacrificio y al martirio. No hay fuerzas con que contrarrestar a tres buques blindados de Chile, pero no abandonaremos este puerto sino cuando se consume la invasi�n armada. Desde ahora y para cuando hata motivo, protesto a nombre de Bolivia y mi gobierno contra el incalificable atentado que se realiza. Dios guarde a usted".

Sin embargo las tropas chilenas no encontraron resistencia organizada, pues la guarnici�n boliviana de Antofagasta apenas constaba de 60 gendarmes y pronto extendieron su control a las localidades costeras adyacentes, reivindicando dichos territorios para Chile. El primero de marzo, el presidente boliviano Hilari�n Daza, quien mantuvo en secreto estos hechos para no afectar las celebraciones del carnaval en el altiplano, finalmente los denunci� y orden� el cese de relaciones diplom�ticas y comerciales con Chile. Unas semanas antes, el Jefe de Estado boliviano hab�a dirigido a Severino Zapata una carta privada que conten�a elementos de juicio equivocados y demostraba el apresuramiento de su accionar:

"Tengo una buena noticia que darle. He fregado a los gringos decretando la reivindicaci�n de las salitreras y no podr�n quit�rnoslas por m�s que se esfuerce el mundo entero. Espero que Chile no intervendr� en este asunto... pero si nos declara la Guerra podemos contar con el apoyo del Per� a quien exigiremos el cumplimiento del Tratado Secreto. Con este objeto voy a mandar a Lima a Reyes Ort�z. Ya ve usted como le doy buenas noticias que usted me ha de agradecer eternamente y como le dejo dicho los gringos est�n completamente fregados y los chilenos tienen que morder y reclamar nada m�s".

Cuando las noticias de la ocupaci�n de Antofagasta llegaron a Lima, el presidente Mariano Ignacio Prado decidi� mediar entre las partes para evitar que el contencioso derivara en un conflicto. A tal efecto envi� dos emisarios a La Paz y Santiago. El diplom�tico que deb�a cumplir la dif�cil misi�n en Chile era Jos� Antonio de Lavalle, quien arrib� a Valpara�so el 4 de marzo, presentando tres d�as despu�s al presidente Pinto la f�rmula de paz propuesta por el Per�, cuyas provisiones contemplaban, entre otras, que Chile y Bolivia sometieran sus diferencias territoriales a un arbitro y que Bolivia suspendiera el impuesto de diez centavos sobre las exportaciones de salitre. La propuesta no prosper� y fue vista con recelo por un sector de la opini�n p�blica chilena que consideraba que el Per� pretend�a favorecer a Bolivia. Como reacci�n, turbas atacaron el consulado peruano y Lavalle debi� ser trasladado a un hotel para salvaguardar su integridad f�sica.

La situaci�n se complic� cuando Bolivia declar� la guerra a Chile, al tiempo que, por instrucciones de su canciller�a, el ministro chileno en Lima, Joaqu�n Godoy, exigi� al Per� mantener su neutralidad. La diferencia entre ambos contrincantes era abismal, raz�n por la cual Daza, conforme lo hab�a adelantado en su carta al Prefecto Zapata, solicit� la asistencia del Per� en concordancia con el tratado defensivo que ambos pa�ses hab�an suscrito en secreto en 1873, y cuyo contenido era de conocimiento del gobierno chileno (1).

Prado se vio envuelto en una encrucijada dif�cil de resolver. As�, la ambig�edad del gobernante peruano, que por un lado quiso ser un mediador sincero a fin de hallar una soluci�n pac�fica al diferendo y que por otro sinti� que deb�a mantenerse fiel a los compromisos internacionales del pa�s, termin� por generar sospechas equivocadas y resentimientos y la colisi�n se hizo inevitable. El tres de abril Chile rompi� relaciones diplom�ticas con el Per� y dos d�as despu�s le declar� formalmente la guerra. Al d�a siguiente el presidente del Per� declar� por un decreto que hab�a llegado el casus foederis, conforme al tratado de 1873 con Bolivia (2).

Es dif�cil evaluar si en las condiciones prevalecientes el Per� procedi� adecuadamente al involucrarse en un conflicto que le era ajeno por cumplir con un compromiso que pod�a poner en riesgo su supervivencia. Moralmente su actuaci�n fue impecable. Sin embargo el Estado peruano no estaba preparado para encarar un conflicto de proporciones. Adem�s el aliado, a diferencia del contrincante, era d�bil, lo que constitu�a un factor que imped�a mantener un equilibrio en la relaci�n de fuerzas. Esta situaci�n hab�a sido adecuadamente descrita en una carta de fecha 6 de febrero que el presidente Pinto dirigi� al ministro de guerra Saavedra, en la cual se�al�:

"Creo muy dif�cil que el Per� tome cartas en nuestra contienda con Bolivia. No est� ese pa�s en condiciones de socorrer al vecino. Su situaci�n pol�tica es muy precaria, sus finanzas en peor estado que las nuestras".

En efecto, la capacidad militar del Per� no hab�a logrado mantener una relaci�n con la creciente prosperidad econ�mica experimentada en la d�cada de 1870 pues el gobierno del presidente Manuel Pardo hab�a reducido fuertemente los gastos militares como parte de la pol�tica civilista de neutralizar el papel dominante de las fuerzas armadas. Al asumir la presidencia, Mariano Prado encontr� sus opciones limitadas y como el Per� volvi� a sumirse en una crisis financiera, no pudo hacer las correcciones del caso.

Chile se hab�a alistado para la guerra con anticipaci�n, esto es indiscutible, (Leer art�culo: "Preparaci�n para "la guerra" o para "una guerra"") aquel pa�s hab�a recurrido a un acto de agresi�n armada y respaldaba su accionar en un ej�rcito invasor cuidadosamente preparado durante 10 a�os y muy bien organizado y disciplinado, basado en la estructura militar francesa y en una fuerza naval respetable, a�n para est�ndares europeos, organizada sobre la base de los par�metros de la Real Marina Brit�nica.

Es necesario precisar que Chile, por efecto de la crisis econ�mica de esa �poca y como ocurri� antes en el Per�, tambi�n redujo sus gastos de defensa entre 1877 y 1878. No obstante la calamitosa situaci�n econ�mica en que se encontraba Chile en 1878, al extremo de declarar la inconvertibilidad del billete de banco, hizo cuantiosos gastos y sacrificios para adquirir los blindados, los ca�ones Krupp e ingentes cantidades de armas y municiones y para movilizar un poderoso ej�rcito con el cual gan� la guerra del guano y del salitre de 1879. En efecto Chile a pesar de lo exiguo de su presupuesto hab�a atendido con regularidad a su escuadra y debido a esto, mucho antes de declarar la guerra ya las naves chilenas estaban listas para actuar. Sobre esto es elocuente el testimonio del historiador chileno Benjamin Vicu�a Mackena: "....Llev�vamos nosotros la ventaja a los peruanos de un largo tiempo de aprestos. Incubada la guerra el primero de enero, lista la escuadra chilena desde noviembre de 1878, y cuando el "Hu�scar" estaba desarmado, la "Independencia" con sus calderas en la playa, la "Uni�n" en Iquique, y la "Pilcomayo" en el muelle del Callao". Un a�o antes de la guerra de 1879, el "Cochrane" hab�a sido enviado a Inglaterra para recibir algunas reparaciones y limpiar sus fondos.

Algunas fuentes se�alan que a fines de 1878, el ej�rcito chileno apenas pose�a 3,000 hombres, la mayor�a de los cuales se encontraba concentrado en el sur del pa�s, en la frontera de la Araucan�a. Sin embargo al estallar el conflicto, al ocupar Chile Antofagasta, el gobierno de Chile hab�a recurrido a un acto de agresi�n armada y respaldaba su accionar en objetivos pol�ticos claramente definidos y una acuciosa capacidad de organizaci�n que le permitir�a levantar tres ej�rcitos en poco m�s de medio a�o, de esta manera la fuerza militar chilena pas� r�pidamente a convertirse en una m�quina de guerra compuesta por miles de soldados, al extremo que en poco m�s de seis meses organiz� tres ej�rcitos: El Ej�rcito del Sur, que operaba en la Araucan�a, el Ej�rcito del Centro que operaba como reserva, y el Ej�rcito en Campa�a, que enfrent� al Per� y Bolivia. Este �ltimo ej�rcito lleg� a superar los 25 mil hombres. Adem�s, a partir de 1872 Misiones militares chilenas adquirieron de Gran Breta�a, Francia y Prusia armas de �ltima generaci�n, como ametralladoras Gatling, ca�ones Krupp y fusiles Comblain, material que moderniz� su obsoleto arsenal, por todo lo anteriormente expuesto era evidente e indiscutible que Chile prepar� cuidadosamente su ej�rcito invasor durante 10 a�os.

Resultaba evidente que en sus inicios la contienda se iba a localizar en el mar, pues el dominio mar�timo era fundamental para garantizar el �xito de las operaciones terrestres de los contrincantes, incluyendo comunicaciones, desplazamiento de tropas, desembarcos y aprovisionamiento a lo largo de las extensas costas del Pac�fico Sur. No se requer�a ser estratega para entender que aquel pa�s que asegurara el dominio del mar ser�a el que ganar�a el conflicto. La primera fase de lo que pasar�a a denominarse la Guerra del Pac�fico iba a ser mar�tima.

Al estallar la guerra, la armada de Chile, a diferencia del ej�rcito, si se encontraba debidamente acondicionada. Contaba con una fuerza naval respetable, a�n para est�ndares europeos, organizada sobre la base de los par�metros de la Real Marina Brit�nica y era, al momento de estallar el conflicto, quiz�s la mejor de Am�rica Latina despu�s de la del Brasil.

El coraz�n de la escuadra lo constitu�an dos modernos acorazados gemelos con dise�o de casamata central: El Almirante Cochrane y el Almirante Blanco Encalada, ambos, dise�ados por Sir Eduardo Reed y construidos en los astilleros Earle Ship Building Company de Yorkshire (3). Cada uno ten�a un desplazamiento de 3,560 toneladas, una eslora de 210 pies y 46 pies de manga; una potencia de 4,300 caballos de fuerza y un blindaje de nueve pulgadas. Alcanzaban una velocidad de 12.75 nudos y pose�an cada cual seis ca�ones de 9 pulgadas, cuatro de 4.7 pulgadas, cuatro de 2.2 pulgadas, un ca��n de 20 libras, uno de 7 libras, cuatro de una libra, tres ametralladoras Norfendelt y cuatro tubos lanzatorpedos de 14 pulgadas. Asimismo estaban provistos de un espol�n de 8 pies. El primero, bautizado inicialmente como Valpara�so, ingres� al servicio de la flota chilena el 24 de enero de 1876. El Cochrane por su parte, lleg� a Chile en diciembre de 1874 pero retorn� a Gran Breta�a a terminar su alistamiento en enero de 1877.

La escuadra contaba adem�s con una ca�onera relativamente nueva, la Magallanes, construida en los astilleros brit�nicos Raenhill & Company y en servicio desde 1874. Ten�a un desplazamiento de 950 toneladas, 200 pies de eslora y 27 de manga, 1,040 caballos de fuerza y un andar de 11 nudos. Su armamento consist�a en un ca��n de 7 pulgadas, un ca��n de 64 libras y dos ca�ones de 4 pulgadas (4).

Chile dispon�a tambi�n de tres cruceros desprotegidos. El primero de ellos era el Abtao, de la clase Super Alabama, construido originalmente en 1864 en astilleros escoceses para los confederados norteamericanos durante la guerra civil, desplazaba 1,600 toneladas, con 211 pies de eslora y 32 de manga; ten�a refuerzo de acero en el casco y estaba armado con un ca��n de 5.8 pulgadas y cuatro ca�ones de 4.7 pulgadas. Su potencia era de 800 caballos de fuerza y alcanzaba una velocidad de 10 nudos (5). Los otros dos cruceros pertenec�an a la clase Alabama, el O�Higgins y la Chacabuco, construidos en 1866 en los astilleros Ravenhill de Londres, Gran Breta�a. Cada uno desplazaba 1,101 toneladas, ten�a 1,200 caballos de fuerza y alcanzaba una velocidad m�xima de 12.5 nudos. Su armamento consist�a en tres ca�ones de 115 libras, dos de 70 libras, cuatro de 40 libras y cuatro ametralladoras Hochtkiss (6 y 7).

La armada chilena asimismo manten�a operativas dos antiguas naves de madera: la corbeta Esmeralda, construida en Northfleet, Gran Breta�a, en 1854, la cual desplazaba 854 toneladas, con 130 pies de eslora y 32 de manga; alcanzaba una velocidad de 8 nudos propulsada por dos m�quinas de condensaci�n horizontales con cuatro calderas a carb�n, con un total de 200 caballos de fuerza. Su casco estaba protegido con l�minas de cobre y pose�a diecis�is ca�ones de 32 libras de 6.5 pies de largo, cuatro ca�ones de 32 libras de 9.5 pies de largo y dos ca�ones de 12 libras (8); y la goleta Covadonga, ex nave de la armada espa�ola, construida en El Ferrol en 1858. Protegida con casco de fierro, desplazaba 412 toneladas, ten�a una potencia de 140 caballos de fuerza y un andar de 7 nudos. Estaba provista de dos ca�ones de 70 libras, tres ca�ones de 40 libras y dos ca�ones de 9 libras (9).

La escuadra chilena pose�a diversas lanchas torpederas, casi todas construidas en los astilleros Yarrow Poplar de Gran Breta�a entre 1879 y 1881. Las naves variaban en su dise�o, el que iba desde peque�as unidades de 5 toneladas hasta sofisticadas embarcaciones de 35 toneladas de desplazamiento. Las m�s pesadas, pertenecientes a la clase Thornycroft, pose�an una estructura de acero con cinco c�maras de agua, proa de ariete y dos chimeneas, una a cada banda de la embarcaci�n y contaban con un motor de 400 caballos de fuerza que les permit�a alcanzar una velocidad de 18 nudos. Estaban armadas con una ametralladora Hotchkiss, un peque�o ca��n y tres torpedos de la clase McEvoy ubicados, dos en los costados de los botalones, y uno suspendido en la popa. Las torpederas hab�an sido bautizadas como Janaqueo, Colo Colo, Tucapel, Fresia, Tegualda, Recumilla, Glaura, Guale, Vedette y Quidora.

La marina chilena contaba con varios transportes propios o alquilados de navieras privadas, entre los que debe mencionarse al Loa (1873-1,675 toneladas); Lamar (1870-1,400 toneladas); Copiapo (1870-1,337 toneladas), Amazonas (1874-2,019 toneladas) Mat�as Cousi�o (1,859-923 toneladas), Itata (1873-2,232 toneladas), Tolten (1872-317 toneladas), Valdivia (1865-900 tons), Chile (1863-1,672 toneladas), Carlos Roberto (1872-643 toneladas) y el Rimac (1872-1,805 toneladas). El Loa, el Rimac, el Copiapo, el Amazonas, el Valdivia y el Carlos Roberto, estaban artilllados con ca�ones y ametralladoras (10).

Los oficiales de la escuadra eran de primer nivel. Al declararse la guerra, el mando de las naves estaba a cargo de los siguientes oficiales: Blanco Encalada, capit�n de nav�o Juan L�pez; Cochrane, capit�n de nav�o Enrique Simpson; Esmeralda, capit�n de fragata Manuel Thomson; O�Higgins, capit�n de fragata Jorge Montt; Chacabuco, capit�n de fragata Oscar Viel; Magallanes, capit�n de fragata Juan Jos� Latorre; Covadonga capit�n de Fragata, Arturo Prat. El comando de las naves cambiar�a r�pidamente en las primeras semanas del conflicto. La mariner�a por su parte, que sumaba 1,800 hombres, estaba muy bien entrenada y sus unidades se encontraban armadas con el fusil Kropatschek modelo 1877 de tiro r�pido.

La flota estaba comandada por el contralmirante Juan Williams, qui�n se distingui� durante la guerra contra Espa�a de 1865-66. Como aquel, era notable la profusi�n de oficiales de ancestros brit�nicos, tales como Condell, Rogers, Simpson, Thomson y el comandante Lynch, este �ltimo inclusive, adscrito en su juventud a la Real Marina Brit�nica y como tal veterano de la segunda guerra del opio entre China y Gran Breta�a.

Bolivia pr�cticamente no dispon�a de escuadra. A�os antes que estallara el conflicto con Chile, aquel pa�s contaba con una fuerza naval muy modesta, compuesta por el viejo bergant�n General Sucre, incorporado a su flotilla en el a�o 1844, cuya funci�n era resguardar las costas del litoral desde el Paposo hasta el Loa. Tambi�n pose�a el bergant�n Mar�a Luisa, de 240 toneladas de desplazamiento, en mal estado de conservaci�n, el mismo que fue rematado en 1872. Otra nave era la ca�onera El Morro, embarcaci�n peque�a pero moderna adquirida en 1875 y puesta al servicio del Ingeniero Franc�s Andr�s Bresson, contratado por el gobierno de La Paz para efectuar estudios y exploraciones cient�ficas en el Litoral boliviano. Hab�a otros buques de menor porte, m�s que todo lanchones artillados, todos los cuales, conjuntamente con los barcos de la flota mercante, entre ellos el Potosi, el Bolivar, el Charchamocha y el Elisa, ser�an capturados por la marina chilena durante la ocupaci�n del litoral boliviano. A este escenario debe a�adirse que el ej�rcito de Bolivia, compet�a en modestia con su fuerza naval, pues se compon�a de un general de divisi�n, un general de brigada, nueve coroneles y otros oficiales que en conjunto sumaban 359. La tropa estaba constituida por 1,522 soldados armados con fusiles Remington, Martini y Winchester. La caballer�a constaba de 200 hombres y la artiller�a s�lo pose�a dos ca�ones rayados, dos ametralladoras de calibre mayor, dos de calibre menor y 95 rifles de Sharfo. Aquel era un factor que quiz�s el Per� debi� considerar al mantener la alianza militar con el pa�s del altiplano, cuyos gobernantes de esa �poca cometieron el error de no cuidar adecuadamente su regi�n costera al no desarrollar una marina y una fuerza militar disuasiva (11).

Por su parte, la escuadra del Per�, salvo una excepci�n, no se hab�a renovado en los �ltimos once a�os. Estaba integrada por dos blindados, dos monitores de hierro, dos corbetas de madera, algunas ca�oneras y lanchas torpederas y seis transportes (12).

Sin duda la principal nave peruana, aunque no la m�s grande ni veloz, era el Hu�scar, blindado de mar con espol�n modelo Ericsson, que desplazaba 1,130 toneladas, con 200 pies de eslora y 35 de manga. Estaba propulsado por un motor de 1,500 caballos de fuerza, ten�a una coraza de hierro de 4.5 pulgadas y una torre giratoria de 30 pies de di�metro y 5.5 pulgadas de blindaje armada con dos ca�ones Armstrong de 300 libras y dos ca�ones pivotantes de 40 libras. Para los est�ndares de esos tiempos se trataba da una nave de guerra respetable (13).

La fragata blindada Independencia, la mayor de las naves peruanas, hab�a sido construida en Inglaterra en 1864 por la casa J.A. Samuda, en sus astilleros del r�o T�mesis. Dise�ada como nave de bater�a central, con tres compartimentos, ten�a 215 pies de eslora, 44 de manga y un espol�n de 12 pies. Desplazaba 2004 toneladas y pose�a un blindaje de cuatro pulgadas y media. Con 550 caballos de fuerza, alcanzaba una velocidad de 11 nudos. Estaba armada con los siguientes ca�ones rayados de avancarga: Un Vavasseur de 250 libras en la proa, un Armstrong de 150 libras en la popa y doce Armstrong de 70 libras, o 6.4 pulgadas, desplazados en la bater�a central. Contaba adem�s con un potente espol�n de 12 pies.

Los viejos monitores de costa clase Canonicus, el Manco C�pac y el Atahualpa, bautizados as� en honor del primer y �l ultimo Inca del Tahuantinsuyo, respectivamente, fueron adquiridos en abril de 1868. Hab�an sido construidos para la marina federalista de los Estados Unidos por Alex Swift and Company en los astilleros Niles & Rivers Works de Cincinnati, Ohio, y completados el 10 junio de 1865, el primero bajo el nombre de USS Oneota y el segundo como el USS Catawaba. Desplazaban 2,100 toneladas, con un motor de 350 caballos de fuerza y una velocidad te�rica de 8 nudos. Ten�an una eslora de 226 pies y estaban protegidos por una coraza de 3 pulgadas, que aumentaba a 5 pulgadas en las partes vitales de la nave. Su armamento consist�a en dos poderosos ca�ones lisos de avancarga modelo Dahlgreen de 15 pulgadas, montados sobre un torre�n blindado de 25 pies de di�metro con 10 pulgadas de coraza. En la pr�ctica sin embargo, por su lentitud y mal estado, eran bater�as flotantes; el Atahualpa pr�cticamente no se pod�a mover y el Manco Capac apenas alcanzaba los 3.5 nudos de velocidad (14).

Las dos corbetas, estas s� muy r�pidas, eran la Uni�n y la Pilcomayo. La primera, modelo Super Alabama, hab�a sido mandada a construir por el gobierno rebelde de los Estados Confederados de Am�rica en la casa Verns Hermanos de Nantes, Francia. Fue adquirida por el Per� en 1864 y comisionada en 1865. Su eslora era de 243 pies y desplazaba 1,600 toneladas. Ten�a 500 caballos de fuerza, estaba provista de rotaci�n a h�lice, alcanzaba un andar de 12.5 nudos y estaba armada con dos ca�ones de cien libras, dos de sesenta y ocho libras y doce de cuarenta libras, todos modelo Voruz de avancarga (15).

Por su parte la Pilcomayo, a veces calificada como ca�onera, era una nave de menor poder�o, pero la m�s nueva de todas, construida en 1874 por orden del gobierno peruano en Money Wigram & Sons en Blackwood, Gran Breta�a, con maquinaria de J.Penn & Company de Geenwich, la cual alcanzaba una potencia de 180 caballos de fuerza. Desplazaba 700 toneladas, ten�a 271 pies de eslora, alcanzaba los 11 nudos de velocidad y estaba armada con dos ca�ones de 70 libras, uno en cada banda de la nave y cuatro ca�ones de 40 libras o 4.5 pulgadas, dos por banda, tambi�n rayados, de avancarga, de modelo Parrot (16).

Completaban la flota las ca�oneras Arno, Urcos, Capitan�a, Resguardo y Tumbes, que estaban armadas cada cual con un ca��n de 40 libras, uno de 32 libras y una ametralladora, as� como algunas lanchas torpederas de la clase Herreshoff construidas en los Estados Unidos, como la Alianza, Rep�blica y Alay, armadas con torpedos del tipo Lay, que alcanzaban una velocidad de 12.5 nudos, con una carga explosiva de 36 kilos.

La marina peruana dispon�a al momento del conflicto de los transportes Chalaco (1863- 990 toneladas y 400 caballos de fuerza), el Mara��n, (2,015 toneladas y 700 caballos de fuerza), y las naves Lime�a (1865-1,162 toneladas), Mayro (1861-671 toneladas), Talism�n (1871-310 toneladas) y Oroya (1873-1,050 toneladas, la m�s r�pida y nueva de todas, adquirida pocos d�as antes de iniciada la guerra). Algunos de los transportes estaban artillados. Por ejemplo la Lime�a y el Chalaco dispon�an de dos ca�ones de 40 libras cada uno, mientras que el Mara��n cargaba dos ca�ones de 70 libras y cuatro de 40 libras. Casi todas las naves de la escuadra se encontraban inmovilizadas y en pleno proceso de reparaci�n.

La marina chilena, con trece barcos de guerra, incluyendo a las escampav�as, desplazaba alrededor de 13,000 toneladas, mientras que los barcos de guerra peruanos, siete en total, alcanzaban las 9,500 toneladas. La diferencia se acentuaba a�n m�s si se inclu�a en el tonelaje total a los transportes, pues los chilenos superaban las 20,000 toneladas, contra unas 7,000 toneladas de las naves auxiliares peruanas. En lo referente a artiller�a, la escuadra chilena pose�a un total de 114 ca�ones mientras que la marina peruana dispon�a de unos 65 ca�ones. La escuadra chilena pues aventajaba a la peruana en modernidad, cantidad, desplazamiento, blindaje, poder de artiller�a, y n�mero de transportes. Los peruanos sin embargo supl�an esta desventaja con oficiales navales muy capaces y preparados, aunque los marineros y grumetes fueran en su mayor�a novatos y los artilleros carecieran de pr�ctica en ejercicios de fuego real (17).

Iniciada la guerra, el Per� organiz� su escuadra en dos divisiones. La primera, la m�s poderosa, integrada por el Hu�scar, la Independencia y los transportes Chalaco, Lime�a y Oroya fue puesta bajo el mando del capit�n de nav�o Miguel Grau, uno de los m�s experimentados y prestigiosos marinos peruanos, comandante del Hu�scar. La segunda, integrada por la corbetas Uni�n y Pilcomayo, los monitores Atahualpa y Manco Capac y el transporte Talism�n, qued� a �rdenes del h�bil capit�n de nav�o Aurelio Garc�a y Garc�a, quien durante el transcurso del conflicto se convertir�a en comandante de la Uni�n. Los capitanes de nav�o Juan Guillermo Moore y Nicol�s del Portal ejerc�an el mando de la Independencia y de la Uni�n respectivamente, mientras que los capitanes de fragata Jos� S�nchez Lagomarsino, Antonio de la Guerra y Carlos Ferreyros quedaron al frente del Manco C�pac, el Atahualpa y la Pilcomayo respectivamente. En ese entonces a los capitanes Grau, Garc�a y Garc�a y Ferreyros, conjuntamente con el contralmirante Lizardo Montero, se les conoc�a como los cuatro ases de la marina peruana (18).

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EL GOBERNANTE Y LA CAPITAL

Arriba, General Mariano Ignacio Prado, Presidente Constitucional del Per� de 1876 a 1879. Gobern� el pa�s al inicio de la guerra con Chile. Su actuaci�n durante el conflicto ha sido muy discutida. Abajo Lima, la ciudad de los reyes, capital del Per� y sede de gobierno, en fotograf�a captada entre 1879 y 1880. (Cortes�a, arquitecto Juan Gunther Doering).



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