
Cuando la fuerza de Riveros lleg� a Arica en la ma�ana del cinco de octubre, se encontr� con la sorpresa que, una vez m�s, el Hu�scar se les hab�a escapado de las manos. Pero el comodoro chileno esta vez no se dio por vencido, abandon� el puerto, dividi� a su naves conforme lo establecido en los planes y continu� la b�squeda de la dif�cil presa. El Hu�scar mientras tanto, luego de dejar al R�mac en Iquique, hab�a arribado en compa��a de la Uni�n a la caleta de Sarco. Ah� capturaron a la goleta Coquimbo. Posteriormente llegaron al puerto de ese mismo nombre y al no encontrar objetivos militares, continuaron m�s hacia el sur, hasta la caleta de Tongoy, localidad cercana al importante puerto de Valpara�so. Cumplido el objetivo de la expedici�n, Grau y Garc�a y Garc�a dirigieron sus naves rumbo al Per�. Mientras los barcos peruanos navegaban de regreso, ignoraban que, silenciosamente, el cerco tan rigurosamente planeado se iba estrechando sobre ellos. Las dos divisiones chilenas avanzaban desde diferentes direcciones, en posici�n abierta, dispuestas a cercar a su objetivo. El Hu�scar deb�a estar en alguna parte y esta vez no estaban dispuestos a perderlo. Al amanecer del 8 de octubre, frente a las costas de Antofagasta, siempre rumbo al norte, los peruanos divisaron tres humos que se desplazaban desde esa direcci�n hacia ellos. Eran el Blanco Encalada, la Covadonga y el Mat�as Cousi�o, que,
finalmente, hab�a avistado a los peruanos. De inmediato Grau dispuso una maniobra evasiva en zigzag hacia el sudoeste y orden� a toda m�quina. Haciendo proa sucesivamente al oeste y al norte, en tres horas el Hu�scar logr� evadirse y mantuvo una distancia de ocho millas sobre sus perseguidores. A las 07:15 horas, sin embargo la nave peruana divis� otros tres barcos que avanzaban desde el noroeste, aquellos pertenecientes a la segunda divisi�n chilena, precisamente al sector hacia donde un momento antes hab�a puesto proa el blindado. De inmediato Grau orden� virar hacia el este y aumentar a�n m�s la velocidad. Sin embargo, en menos de una hora el Cochrane, cuyo andar superaba al del Hu�scar en casi dos nudos, acort� distancia hasta ponerse a escasos kil�metros de su enemigo. El Blanco Encalada y la Covadonga por su parte, iban acerc�ndose peligrosamente en direcci�n a la popa, al tiempo que la O�Higgins y el Loa se dirigieron a cortar el paso a la Uni�n. El contralmirante Grau dispuso virar al norte sin resultados. Pronto comprendi� que su nave, menos r�pida, no podr�a eludir lo que evidentemente era una trampa cuidadosamente preparada. De inmediato orden� a la Uni�n -de mayor velocidad- continuar por ese rumbo hacia Arica. Garc�a y Garc�a cumpli� las �rdenes de Grau sabiendo que su buque de madera ser�a destrozado f�cilmente si compromet�a combate con los blindados y seguro de que el repliegue era el �nico modo de salvar el barco para el pa�s, lo que el h�bil marino finalmente lograr�a, sin que la O�Higgins y el Loa pudieran impedirlo. Siendo inevitable el encuentro, Grau orden� zafarrancho de combate, iz� el pabell�n de guerra y con gran coraje se dispuso a dar batalla contra fuerzas ampliamente superiores (24). Pronto, aquel barco de 1,130 toneladas y cinco ca�ones se enfrascar�a en un desigual duelo contra dos potentes acorazados y una goleta, que en conjunto superaban las 7,500 toneladas, con un total de cuarentisiete ca�ones, seis ametralladoras y ocho tubos lanzatorpedos, con los acorazados protegidos por el doble de blindaje. Y quiz�s, mientras se efectuaban las maniobras precederas a la batalla, algunos tripulantes se detuvieron a ver, por �ltima vez, la inscripci�n que destacaba sobre el tim�n de popa del Hu�scar:
�El hombre honrado, leal y valiente inspira honor y orgullo a sus compatriotas. El traidor y cobarde es el bald�n y deshonra de su patria�. A las 09:25 horas el Hu�scar inici� majestuosamente la contienda y a larga distancia dispar� una andanada de proyectiles contra el Cochrane, algunos de los cuales alcanzaron la galera del blindado, pero sin da�arlo. El Blanco Encalada y la Covadonga, mientras tanto, continuaban acerc�ndose. El Cochrane por su parte no respondi� los tiros y fue acortando distancia. A las 09:40 horas, cuando se encontraba a 2000 metros a babor del Hu�scar, Latorre orden� ca�onear a su adversario. La diestra conducci�n de Grau sin embargo permiti� al blindado realizar h�biles y temerarias maniobras, al extremo que intent� atacar con el espol�n al Cochrane, pero la mayor velocidad de la nave, provista de doble h�lice permiti� esquivar lo que quiz�s hubiera sido una embestida mortal. La acci�n entonces se hizo general y los ca�ones chilenos se trabaron en feroz intercambio con los Armstrong peruanos. Pronto las granadas Palliser y Sharpnell del Cochrane impactaron en el barco peruano y causaron efectos demoledores. Una de estas perfor� el blindaje del casco de la torre de artiller�a e hiri� a los doce marineros que serv�an la ronza de los ca�ones. Otra descarga cort� el guardin de babor de la rueda de combate, lo que ocasiono varias bajas, un incendio y trab� el mecanismo de maniobras en raz�n que los cuerpos de los ca�dos quedaron api�ados alrededor de la torre. El Hu�scar sin embargo respondi� y uno de sus proyectiles de 300 libras entr� en la casamata del Cochrane a trav�s de una apertura, explot�, la da�o, y puso fuera de combate a todos sus operarios. Por unos instantes el sorprendente Hu�scar pareci� recuperar ventaja. Sin embargo, aproximadamente a los veinte minutos de combate, un proyectil de fragmentaci�n del Cochrane cay� a boca de jarro sobre la torre de mando, atraves� su blindaje, caus� una horrenda explosi�n y mat� al gallardo almirante Grau y a su ayudante, el teniente Diego Ferr�. El proyectil inutiliz� adem�s completamente la rueda de gobierno y los tel�grafos de las m�quinas. Muerto el her�ico almirante, asumi� el mando el segundo de a bordo, el capit�n de corbeta El�as Aguirre, bajo cuyas �rdenes se continu� un combate tenaz y sostenido. Entonces el Blanco Encalada y la Covadonga, ahora a s�lo 200 metros de distancia de la aleta de estribor del blindado peruano, entraron en acci�n. El Hu�scar qued� as� encerrado entre los dos blindados chilenos, con el paso cortado por la corbeta. En tal situaci�n dirigi� sus ca�ones contra el Blanco Encalada y tambi�n busc� embestirlo con el espol�n, pero �ste, al igual que el Cochrane, logr� esquivar el ataque. Otra maniobra del Hu�scar lo coloc� en el centro de los dos acorazados, gir� su torre y disparo hacia uno y otro. Sin embargo, los proyectiles rebotaban sin poder atravesar sus fuertes corazas. Dicha posici�n, no obstante, impidi� por unos instantes que el Blanco y el Cochrane dispararan por temor a da�arse mutuamente. En cierto momento del combate, una mala maniobra del Blanco Encalada estuvo a punto de provocar una
colisi�n con el Cochrane, lo que se evit� gracias a la pericia del comandante de esta �ltima nave. Esta situaci�n no dur� mucho. Las dificultades de manejo no permit�an al Hu�scar mantener una direcci�n constante. Los acorazados entonces cambiaron de posici�n y continuaron el fuego. En pocos tiempo el gallardo comandante Aguirre corri� igual suerte que Grau y fue destrozado por un proyectil. Asumi� entonces el mando el tercer oficial, el capit�n Melit�n Carvajal, quien pronto cay� herido v�ctima de una cerrada descarga, y debi� ser reemplazado por el siguiente oficial en jerarqu�a, el teniente primero Melit�n Rodr�guez, que al igual que sus predecesores encontr� una heroica muerte en su puesto de mando. Para entonces el combate se hab�a vuelto una carnicer�a y el Hu�scar, pr�cticamente sin control debido a los impactos en su l�nea de flotaci�n, qued� a merced de los ca�ones del adversario. Dentro del blindado, el cirujano de la nave, Santiago T�vara, hac�a esfuerzos sobrehumanos por salvar la vida de los tripulantes heridos cuyo numero se multiplicaba conforme prosegu�a la tit�nica lucha. A�n en tales condiciones el espartano Hu�scar continu� el combate sin dar ni pedir cuartel, no obstante ya no pod�a maniobrar, ni girar y se hallaba pr�cticamente ingobernable debido a la destrucci�n de los aparejos y c�ncamos de la ca�a y cadena del tim�n. El n�mero de proyectiles que lo impactaron era interminable, pues apenas hab�a secci�n que no hubiera sido destruida. Dos de estos ocasionaron incendios en las c�maras del comandante y de los oficiales, destruy�ndolos completamente. Otra granada penetr� en la secci�n de la m�quina -que en total fue remecida por cuatro ca�onazos-, produciendo un nuevo incendio. El teniente primero Diego Garez�n ahora comandaba el barco, cuya cubierta destrozada por los proyectiles estaba regada de sangre, cad�veres y heridos. A las 10:10 horas la bandera peruana cay� del m�stil, hecho que fue interpretado por los chilenos como s�mbolo de rendici�n, pero el valiente teniente primero Enrique Palacios, entre una lluvia de balas -siete de las cuales lo atravesaron en el momento- la iz� nuevamente sobre el maltrecho m�stil y continu� el combate (25). Garez�n, en gesto f�til, intent� por �ltima vez recurrir al espol�n, pero el Hu�scar no respond�a m�s, convertido en un cementerio de acero flotante, cuya �nica se�al de vida eran los sobrevivientes que a duras penas hac�an sentir el rugir de sus maltrechos ca�ones y metrallas. Otros dos incendios se desataron, uno bajo la torre del comandante y el otro a la altura de la proa. Pronto el �ltimo ca��n de la torre Coles fue destruido, uno de los calderos revent� y termin� por cubrir la nave de humo, mientras el fuego y los gritos de los heridos se convirtieron en los �ltimos alientos del moribundo blindado. Hab�an transcurrido noventa minutos de �pico combate y ya sin posibilidades de continuar la resistencia, Garez�n y los tres oficiales de guerra que quedaban en pie, acordaron hundir la nave. En consecuencia se dio la orden al primer maquinista para que abriera las v�lvulas, lo que este hizo de inmediato, luego de detener la m�quina por completo (26). A las 10:55 horas el Cochrane y el Blanco suspendieron el ca�oneo y al comprender que el Hu�scar se ir�a a pique, enviaron una dotaci�n armada en lanchas para abordarlo. Cuando los marinos chilenos rindieron a los sobrevivientes peruanos, impedidos de resistir el abordaje, el Hu�scar ya ten�a 120 cent�metros de agua y estaba a punto de hundirse por la popa. Revolver en mano, los oficiales chilenos ordenaron a los maquinistas cerrar las v�lvulas y posteriormente obligaron a los prisioneros a apagar los fuegos que consum�an diversos sectores de la nave. La lucha hab�a concluido y la extraordinaria presa de guerra hab�a sido capturada. Durante el combate los acorazados chilenos lanzaron 150 ca�onazos contra el Hu�scar, y le impactaron 76, de los cuales 20 eran granadas Palliser de 250 libras, que penetraron f�cilmente su coraza. El resto fueron proyectiles de diverso calibre, m�s un n�mero indeterminado de balas de metralla, que no dejaron ninguna secci�n del blindado intacta. De sus 200 tripulantes, alrededor de 40 murieron, -entre ellos cuatro de los doce oficiales que integraban el Estado Mayor y de Guerra- y el resto tuvo heridas de diversa consideraci�n. Los sobrevivientes fueron llevados al puerto de Mejillones para enterrar a los muertos y efectuar reparaciones temporales al Hu�scar, el que luego fue conducido con los prisioneros a Valpara�so. La primera comunicaci�n sobre el combate, dirigido por el comodoro Riveros al ministro de marina se�alaba: �Hu�scar hecho pedazos. Miguel Grau muri� en combate. La tripulaci�n del blindado peruano resisti� heroicamente� El parte oficial del comandante La Torre a�adi�: �La muerte del contralmirante peruano, don Miguel Grau, ha sido, se�or comandante general, muy sentida en esta escuadra, cuyos jefes y oficiales hac�an amplia justicia al patriotismo y valor de aquel notable marino�. A su vez el gobierno chileno envi� a Riveros el siguiente mensaje: �Seg�n la relaci�n de usted, el almirante Grau ha muerto valientemente en el combate. Cuide usted que su cad�ver sea dignamente sepultado de manera que jam�s se dude de su autenticidad. Ser� devuelto al Per� cuando lo reclame. El pueblo obedeciendo a sus tradiciones se hace un deber en prestar homenaje al valor y la honradez�. El despacho del corresponsal del diario El Mercurio, Z. Freire, qui�n visit� la nave luego del combate, detall� el estado de la nave, ep�logo de la intensidad de la lucha que enfrentaron los marinos peruanos:
�Pintar la escena de desolaci�n y carnicer�a que ofrec�a la cubierta y el entrepuente del Hu�scar al finalizar su resistencia es tarea m�s dif�cil que suponerla. La cubierta era invadida por los heridos a quienes se tra�a arriba con objeto de sacarlos de la atm�sfera pesada y cargada de humo que abajo se
respiraba. Lo que una vez fueron c�maras, salones y camarotes, eran ahora un hacinamiento de madera trozada, ropa despedazada, miembros humanos, sangre y cascos de granadas en horrible confusi�n; los pasillos de la torre estaban sembrados con los restos de marineros muertos en ella o manejando las cig�e�as
con que se les hace girar, y por cualquier parte del buque o donde se volviera la vista no se presentaban sino ejemplos de los efectos incre�bles producidos por la explosi�n de las granadas Palliser de los blindados�. Por su parte el teniente Teodoro B. Mason, oficial a bordo del USS Pensacola, del escuadr�n norteamericano del Pac�fico, quien particip� en la inspecci�n del Hu�scar despu�s del combate, present� a la Oficina de Inteligencia Naval de los Estados Unidos un informe sobre el estado del blindado peruano. Dicho documento publicado en 1883 con el t�tulo de �The War on the Pacific Coast of South America Between Chile and the Allied Republics of Peru and Bolivia�, se�alaba lo siguiente:
�Pr�cticamente no hab�a una yarda cuadrada de las partes altas del Hu�scar que no hubiera sido alcanzada por alguna clase de proyectil. Sus torres estaban casi destruidas, sus botes idos.... Abajo la escena era mucho m�s terrible. En todas partes hab�a muerte y destrucci�n causada por los enormes proyectiles enemigos. Dieciocho cuerpos fueron retirados de la cabina y la torre estaba repleta con los restos de dos grupos de artilleros�. Pero quiz�s el recuento m�s interesante provenga del brit�nico Edwin B. Penton, ciudadano brit�nico quien pertenec�a a la dotaci�n del Cochrane y uno de los responsables de llevar al Hu�scar hacia Valparaiso. Penton escribi� un diario con sus impresiones de la campa�a naval, incluyendo el combate de Angamos y el estado del blindado al abordarlo. De acuerdo al reporte de Penton, el combate se inici� a una distancia de 3,000 yardas y tuvo una duraci�n de 105 minutos, desde las 09:20 horas hasta las 10:55 horas. Menciona la existencia de 193 tripulantes peruanos, de los cuales 64 resultaron muertos y 129 heridos y prisioneros. Sus impresiones sobre la situaci�n del Hu�scar no pueden ser menos gr�ficas: "Lo primero que vieron nuestros ojos fueron trozos de cubierta, pedazos de madera, hierro, proyectiles rotos y numerosos art�culos, todos mezclados con los cuerpos de los muertos, los moribundos y los heridos... algunos sin cabeza, otros sin brazos, otros sin piernas y algunos s�lo con troncos, algunos con sus ropas quemadas, otros con los botones de sus chaquetas desprendidos, quemados por efecto de los proyectiles. Este desagradable espect�culo era igualmente malo tanto abajo como en cubierta, cuerpos que yac�an a montones, encima, a lo largo y cruzados uno con el otro entre los escombros, tal como cayeron. En un grupo al extremo posterior de la nave yac�an siete hombres formando un mont�culo, quienes hab�an sido muertos por efecto de una granada explosiva que hab�a atravesado la nave. Estos hombres estaban atendiendo la rueda de manejo del barco. El hombre de encima no ten�a cabeza. A cualquier parte que �bamos, en cubierta, abajo, en la torre, en el cuarto de m�quinas y en todas partes, encontramos cad�veres que hab�an ca�do en diferentes actitudes, un horror de describir. Aparte de los
heridos, en la parte m�s alta, yac�a un hombre muerto al que bajamos y que hab�a sido acribillado mientras atend�a los titraelleurs, no obstante esa parte estaba protegida en su alrededor por placas de hierro. Estas visiones tremendas superan toda descripci�n". (27) Al d�a siguiente del combate se realizaron las honras f�nebres en honor a los muertos del Hu�scar, en presencia del ministro de guerra en campa�a, Rafael Sotomayor, el comandante en jefe de la escuadra, Galvarino Riveros y los comandantes de las naves. Los batallones Chacabuco y Zapadores formaron para la ocasi�n y las tropas del primero rindieron honores al almirante Grau y a cada uno de los oficiales y tripulantes muertos. La captura del Hu�scar otorg� finalmente a Chile el dominio absoluto del mar, despu�s de que su flota entera se batiera por casi seis meses contra aquel extraordinario barco y le dio campo libre para iniciar las operaciones terrestres, cuyo primer paso ser�a el desembarco en Pisagua. Al Per� s�lo le quedaban los vetustos monitores Canonicus, la corbetas Uni�n y Pilcomayo, la ca�onera Arno y las torpederas. Ninguno de estos barcos estaba en capacidad de enfrentar a los fuertes acorazados chilenos -a los que pronto se unir�a el capturado Hu�scar- aunque si prestaron valioso apoyo en llevar necesarios pertrechos a las guarniciones peruanas en el sur, rompiendo diestramente los bloqueos impuestos por el adversario. Grau hab�a realizado una campa�a extraordinaria. Luchando contra la adversidad y contra una gran escuadra, dentro de grandes limitaciones hab�a logrado resultados que pocos han podido igualar en la historia naval moderna (28). Aunque no habr�a ya acciones navales de gran envergadura en la Guerra del Pac�fico, una serie de eventos particulares demostraron la determinaci�n de los oficiales navales peruanos a pesar de su desventaja. Al margen de ello sin embargo, para todo efecto la guerra en el mar hab�a concluido, lo cual permiti� el inicio de la campa�a terrestre con el desembarco del ej�rcito expedicionario chileno en Pisagua y el inicio de cruentas batallas en el sur. Para evitar que la flota cayera en manos del enemigo, en enero de 1881, luego de las batallas de San Juan y Miraflores, el gobierno decidi� destruir las restantes naves de la escuadra, es decir, la corbeta Uni�n, el monitor Atahualpa, la ca�onera Arno, el submarino y todas las lanchas torpederas y los transportes militares. Con estas acciones, la marina peruana dejar�a de existir temporalmente, hasta su renacimiento a fines del siglo XIX. En cuanto al Hu�scar, luego de las reparaciones a las que fue sometido, se le integr� a la escuadra chilena con el mismo nombre. Particip� sin gloria en el bloqueo naval de Arica y en febrero de 1880 fue alcanzado por un proyectil del Manco C�pac, pereciendo en la acci�n el Capit�n chileno Manuel Thomson. En 1882, sufri� algunas modificaciones en los astilleros chilenos, donde se le agregaron dos ca�ones Elswick de 10 pulgadas, mientras que a la Torre Coles se le incorpor� un sistema de rotaci�n a vapor. Sin embargo, el legendario barco no tuvo m�s acci�n durante la guerra. Particip� en la guerra civil chilena que enfrent� al presidente Balmaceda con el congreso en la �ltima d�cada del siglo XIX. En 1901, tras el estallido de una ca�er�a a vapor que mat� a catorce tripulantes, la nave qued� inutilizada. Reparada parcialmente sirvi� en puerto a la fuerza chilena de submarinos. A partir de 1930 el blindado permaneci� anclado en el arsenal de Talcahuano. Veintid�s a�os despu�s, fue convertido en museo y junto con el legendario Victoria de Nelson, es uno de los pocos barcos del mundo que habiendo servido en distinguidas acciones navales, a�n se preserva intacto. Aquel barco-museo hoy es un monumento a la memoria de los heroicos marinos peruanos que lo tripularon. Una placa de bronce colocada por la marina chilena en el camarote que perteneci� al almirante Grau se�ala: "Comandante peruano Miguel Grau. H�roe y caballero que muri� en el combate de Angamos"

Arriba, pintura del teniente brit�nico Mark Rudolph de Lisle, oficial a bordo de HMS Triumph, muestra con gran realismo el desarrollo del combate naval de Angamos. En la foto de abajo, el Hu�scar ingresa a Valparaiso luego de la acci�n de Angamos. Obs�rvese el terrible estado de la nave por efecto del ca�oneo chileno (Foto, cortes�a Gonzalo Magui�a).
|