Tecucizt�catl y Nanahuatzin.
Leyenda nahua. M�xico.
                  En la noche de los tiempos, all� por Teotihuacan, los dioses se reunieron para planear el nuevo d�a. Y preguntaban quien llevar�a a cuestas la luz. Entre los all� reunidos se present� Tecucizt�catl. �Y qui�n m�s? Como todos se miraban temerosos y se escond�an, los dioses se dirigieron a Nanahuatzin, quien tranquilamente acept� pues amaba a los dioses.
                  Tecucizt�catl y Nanahuatzin comenzaron a preparar sus ofrendas mientras ayu;naban como penitencia; a la par, los dioses preparaban el fuego de la "roca divina". Todo lo que Tecucizt�catl ofrendaba era precioso: plumas de quetzal, oro, espinas de jade, copal y sangre de coral obtenida por espinas de obsidiana. Lo que Nanahuatzin ofrec�a eran ca�as verdes, plantas medicinales, ocote, espinas de maguey y la sangre pura que manaba por su empleo. Cada uno hizo penitencia en los montes que les construyeron los dioses, los que se dicen son hoy conocidos como las pir�mides del Sol y de la Luna. Al concluir el periodo de ayuno regaron sus ofrendas en la tierra y a la medianoche se adornaron y vistieron. A Tecucizt�catl le obsequiaron un tocado de plumas de garza y a Nanahuatzin le regalaron un tocado de papel.
                  As� fue que los dioses comenzaron a reunirse alrededor del fuego divino y en medio colocaron a Tecucizt�catl y a Nanahuatzin. Le ordenaron a Tecucizt�catl que se arrojara al fuego. Este obedeci� con premura, pero al sentir el ardor del fuego no lo p�do resistir y retrocedi�. Lo intent� una, dos, tres, cuatro veces m�s y no fue capaz de lanzarse a las llamas; en ese momento, le ordenaron a Nanahuatzin que se adentrara en las llamas. Se arroj� decidido; hizo fuerte su coraz�n, cerr� los ojos y no vacil�. Ard�a en el fuego divino. Aquella actitud decidida hizo reflexionar a Tecucizt�catl sobre su temor, e impulsado por el arrepentimiento, se lanz� a las llamas...aunque para entonces, ya era tarde. En esos momentos un �guila descendi� hacia la hoguera y s�bitamente un ocelote brinc� dentro cuando las llamas casi se apagaban. De esta forma se explican el negro plumaje del �guila y las manchas del ocelote.
                   Los dioses aguardaban de un momento a otro la aparici�n de Nanahuatzin en algun lu;gar del cielo, ya transformado en sol. Y el sol lleg� del oriente pintado de rojo, hiriendo la vista, esplendoroso, proporcionando calor. Tecucizt�catl lleg� despu�s, brillando con igual intensidad. Los dioses se preguntaban que hacer con dos soles. Alguno tom� un conejo y con �l abofete� al segundo sol, opacando su brillo y cambi�ndolo en la Luna.
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