Víctimas de la guerra

La torpeza de Rambo

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Al cumplirse un mes de iniciada la ofensiva bélica contra Afganistán, Estados Unidos parece estar dando "palos de ciego". El régimen talibán aún permanece en el poder y Osama Bin Laden gana terreno en la guerra de propaganda. Mientras, el resto de la población está al borde de una crisis humanitaria.

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Mohammed Sardar (46) se niega a quedarse con los brazos cruzados. Esperando la muerte. Ya hace décadas que Afganistán, su país de origen, dejó de ser un lugar acogedor. "El mundo debe saber lo que está ocurriendo en esta región –declara-. Los terroristas continúan libres, pero la gente está muriendo y nadie nos quiere escuchar... Debo ir donde el presidente Bush y decirle que ha cometido un gran error". Por eso, sus bolsillos están repletos de cartas escritas en pashtún, la lengua de su comunidad, dirigidas al mandatario estadounidense, al gobernante de facto paquistaní Pervez Musharraf, al presidente ruso Vladimir Putin y a los líderes de China, Francia, Gran Bretaña, India, Irán y Arabia Saudí.

Trabajando como taxista, en una localidad al sur de Kabul, ha logrado alimentar a sus 12 hijos. Una de las tantas noches de incesantes bombardeos contra la capital afgana decidió escapar hacia Pakistán. "Todo el terror que sufre Afganistán ha sido ocasionado por otros países... Irán, Rusia y Estados Unidos han financiado a sus grupos para asesinar a nuestros hermanos y hermanas", espetó un desconsolado Sardar a la periodista Pamela Constable, del diario estadounidense The Washington Post.

Con la llegada de los talibanes, hace cinco años, el círculo de violencia no se detuvo. A juicio de este refugiado afgano, desde ese periodo ha habido "mucha intervención de Arabia Saudí y Pakistán. Ahora les pedimos que no intervengan más, que se vayan y nos dejen vivir en paz".

¿Constituye la ofensiva militar un error estratégico?

"Claramente, los bombardeos en curso disminuirán los abusos contra los derechos humanos cometidos por los talibanes. En concreto, esto les servirá para consolidar el control del poder, haciendo que la población relegue a un segundo plano su oposición a los integristas y enfrente la campaña bélica conducida por poderes externos", declaró a Ercilla William Hartung, investigador del World Policy Institute de Nueva York.

COLAPSO

Tras el inicio de la ofensiva militar estadounidense, el pasado 7 de octubre, Afganistán está al borde del colapso total. Décadas de conflictos armados han dejado huella, anidando una inmitente catástrofe humanitaria anunciada por Naciones Unidas.

De acuerdo a las estadísticas del organismo internacional, en promedio uno de cada dos niños está desnutrido y uno de cada cuatro fallecerá por causas evitables antes de cumplir los cinco años. Los hospitales tampoco escapan a la generalizada pobreza, contabilizando cada 30 minutos la muerte de una mujer durante el parto.

El periodista Francisco Peregil, enviado especial del rotativo madrileño El País a Pakistán, conoció esa inquietante realidad en el principal recinto asistencial de Quetta, ciudad fronteriza con Afganistán. "Esta mujer (Quimurgall Mahd, de 50 años) estaba tendiendo la ropa en la terraza de su casa cuando una bomba la hizo caer al suelo. Debe de tener el pecho roto por dentro, porque lleva tres días sangrando por la boca", le comentó un voluntario internacional.

Es lo que en jerga militar se entiende por "error de funcionamiento" o simplemente "daño colateral". Son intentos para explicar presuntas equivocaciones técnicas, dentro de las cuestionadas "intervenciones quirúrgicas", que ya han destruido en Afganistán un asilo de ancianos, un recinto de la Cruz Roja y ocasionado, de acuerdo a fuentes de los talibanes, más de mil víctimas fatales.

Según el experto estadounidense William Hartung, consultado por esta revista, la cuestionada expresión no es más que "un antiséptico término de relaciones públicas utilizado por los militares en un intento por limitar el impacto emocional y las repercusiones políticas de la muerte de civiles como resultado de las campañas de bombardeos y otras acciones militares". A juicio del investigador, ese concepto sugiere que las víctimas no uniformadas constituyen un "inevitable y desafortunado producto de guerra".

El desalentador escenario bélico alcanzó límites imprevistos -alarmando a las organizaciones humanitarias-, cuando el Pentágono reconoció el uso de bombas de racimo y las llamadas bombas "Daisy" (ver infografía). "A diferencia de las minas antipersonales que explotan de forma vertical, éstas lo hacen en todas direcciones", expresó a Ercilla el antropólogo Richard Robbins, de la Universidad Estatal de Plattsburgh en Nueva York.

De acuerdo a William Hartung, del World Policy Institute, cerca del 5% al 30% de las unidades explosivas desparramadas por cada bomba de racimo no explotan al primer impacto. Peor aún. Según el experto, el color amarillo de su envoltorio las asemeja a los paquetes de alimentos lanzados desde el aire por las fuerzas estadounidenses. Sólo basta que alguien ponga sus manos encima para que éstas cumplan su tarea.

Agrega Hartung que en Kosovo, dos años después de los bombardeos de la OTAN, al menos una persona fallece diariamente víctima de esos cuestionados explosivos.

El secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, no admitió críticas: "No creo que en la historia mundial haya habido una campaña militar hecha con más cuidado y precisión". No obstante, Victoria Clarke -vocera del mismo Departamento- reconoció que el Pentágono "lamenta cualquier pérdida de vidas civiles. Sólo se bombardean objetivos militares y terroristas".

Parece reiterar –como precisó recientemente el destacado intelectual norteamericano Noam Chomsky- las declaraciones de Madeleine Albright, ex secretaria de Estado de la Administración de Bill Clinton, quien hace dos años, frente al medio millón de niños muertos tras el embargo a Irak, dijo que éste es "un precio alto pero estamos dispuestos a pagarlo".

Rania Masri, representante ante Naciones Unidas de la Asociación de la Solidaridad de Mujeres Arabes, negó tajantemente la alternativa de las armas. "No existe bomba que mate solamente a las personas culpables", estimó. Más aún cuando "los fundamentalistas musulmanes están mezclados con la población civil", agregó desde Madrid el investigador Mariano Aguirre, del Centro de Estudios para la Paz.

Una postura más acomodaticia, sin embargo, se desprende de las declaraciones de algunas integrantes de la opositora Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA), realizadas al diario virtual norteamericano Salon. Estas no descartaron como opción viable la incursión de "acciones de comando" para destronar al régimen integrista.

HAMBRUNA

El columnista y periodista británico Robert Fisk, del matutino The Independent, puso el acento en la grave vulnerabilidad de decenas de miles de refugiados afganos en países limítrofes. "Es evidente que ellos no huyen de los talibanes, pero sí de nuestras bombas y misiles", puntualizó.

El hacinamiento y la escasez de agua limpia, alimentos, ropa y vivienda –agravado ante la pronta llegada del crudo invierno en Asia Central-, amenaza con un Ramadán (mes sagrado para los musulmanes que comienza el 17 de noviembre) marcado por el sufrimiento.

"Existe la posibilidad de que seis a siete millones de personas (de una población total de 25 millones en Afganistán) mueran de hambre. Esto sería uno de los mayores desastres humanitarios desde la hambruna que afectó a China a fines de la década de 1950 (causando 20 millones de víctimas fatales)", manifestó a Ercilla Richard Robbins, autor del libro Global Problems and the Culture of Capitalism.

Según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, Afganistán requiere con urgencia cerca de 56 toneladas de comida para las próximas semanas. "Es muy difícil disponer de convoyes de víveres cuando se desarrolla una campaña militar", declaró Mary Robinson -comisionada de Derechos Humanos del organismo internacional- al rotativo liberal británico The Guardian, el pasado 14 de octubre.

DE ESTRATEGIA EN ESTRATEGIA

Cierta desesperación comienza a cundir en la élite política e intelectual norteamericana. No hay signos tangibles de que definitivamente la balanza del poder en Kabul se incline hacia los intereses de Washington, mientras se libra una contradictoria lucha altamente tecnológica en aire y medieval en tierra.

"La guerra no va bien y es hora de decir por qué. Se ha peleado con medidas a medias. Se ha peleado con miras a los deseos de nuestros ‘socios de coalición’. Se ha peleado para satisfacer la ‘calle’ árabe. Se ha peleado para satisfacer a los diplomáticos en lugar de a los generales", encendió la polémica el influyente columnista de The Washington Post Charles Krauthammer, el pasado 30 de octubre.

Equilibrándose sobre una cuerda floja entre sectores belicistas y pacifistas, el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, criticó lo que a su juicio consideró la ansiedad de los medios de comunicación. "Percibo cierta impaciencia de la gente que debe producir noticias cada 15 minutos, pero no del pueblo estadounidense. Creo que los norteamericanos entienden que esto va a ser prolongado y duro", declaró el 4 de noviembre. Sin embargo, al día siguiente dio una señal contradictoria –durante su gira por India- al manifestar que las operaciones militares en Afganistán estaban resultando "más efectivas cada día y no llevará años completarla".

El prestigioso semanario estadounidense Newsweek ya había advertido que los políticos en Washington parecen "estar saltando de una estrategia a otra".

"Mientras cada vez es más claro que los bombardeos no están debilitando a los talibanes ni han conseguido capturar a Bin Laden y su cúpula, la crítica a la ofensiva militar crece. Las histéricas declaraciones (realizadas el 6 de noviembre) del Presidente George Bush a los líderes de Europa Oriental, respecto a que Osama Bin Laden contaría con armas nucleares, fue un intento de amedrentar a los aliados para mantener su apoyo a la campaña de bombardeos, mientras el vocero presidencial reconoció que la Casa Blanca no tiene nueva información que sugiera que Bin Laden posea tecnología nuclear", declaró a Ercilla el investigador William Hartung.

Continuando con su anti-estrategia comunicacional, Rumsfeld admitió el pasado 7 de noviembre que hallar al multimillonario saudí Osama Bin Laden era como encontrar "una aguja en un pajar". No obstante, los bombardeos contra los principales ciudades de Afganistán continuaban al cierre de esta edición.

Tras los atentados del pasado 11 de septiembre –que dejaron un saldo de más de cinco mil muertos-, los ánimos patrioteros parecen ir en retroceso. William Pfaff, columnista del rotativo estadounidense Boston Globe, advirtió que si el líder integrista de Al Qaeda es asesinado, éste será reemplazado. "Las causas del terrorismo se mantendrán, porque éstas son políticas", escribió en su artículo el pasado 5 de noviembre.

Mientras, el analista Dan Plesch del Royal United Services Institute en Gran Bretaña utilizó la fimografía hollywoodense para ejemplificar que el teatro de operaciones de esta "nueva guerra no se asemejaba a la película Rambo, sino a El Padrino".

Andrés Pérez González

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