Venezuela
La revuelta de los "escuálidos"
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Despectivamente los opositores a Hugo Chávez en Venezuela fueron tildados de "oligarcas", "cúpulas podridas" o simplemente de "escuálidos". No obstante, catalizaron el descontento social provocado por la mala situación económica y el autoritarismo del polémico ex mandatario, quien fue destituido el pasado 11 de abril tras una violenta jornada.
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Durante el tercer día de huelga general proclamada por entidades gremiales y sindicales en Venezuela, en la convulsionada jornada del pasado 11 de abril, las entonces autoridades oficialistas intentaron esconder inicialmente los trágicos eventos bajo un manto de tensa "normalidad". Un comentarista de la televisión local precisó que de ser ciertos los informes de los funcionarios de Hugo Chávez, "alguien debería avisarle a la Real Academia de la Lengua española que en Venezuela se le concede un significado distinto a ese término", ironizó Phil Gunson, corresponsal de la cadena británica BBC.
Al cierre de esta edición, la prensa venezolana informaba que el presidente Hugo Chávez se habría entregado a cuatro altos militares en la misma sede presidencial, siendo destituido luego de su cargo. Antes de las cuatro de las madrugada del 12 de abril abandonó la casa de Gobierno en dirección a la base aérea de La Carlota, donde se mantendría recluido. Desde esas instalaciones salieron anteriormente su esposa y sus hijos con rumbo al interior del país, según el coronel de la Fuerza Aérea venezolana Marcos Salas, encargado de esa base.
La transición política intentaría llevarse por conductos institucionales. Pedro Carmona, presidente de la patronal Fedecámaras, encabezaría desde el mismo 12 de abril la Junta de Gobierno transitoria, informó el diario caraqueño El Universal.
La convulsión y el desgobierno dominaron los acontecimientos de esa jornada, que puso término así a tres años de la llamada "revolución bolivariana", que Chávez intentó imponer al resto de los 24 millones de venezolanos.
FRANCOTIRADORES
Como antesala al término del mandato presidencial de este ex boina roja, la sindical Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) y la patronal Fedecámaras habían declarado la "huelga indefinida".
Ese 11 de abril, el paro general mantuvo –en su segundo día- una importante aceptación entre la población que protestaba por las últimas medidas autoritarias del entonces presidente, al despedir unilateralmente –a comienzos de esa semana- a altos directivos de la estatal Petróleos de Venezuela SA.
Antes de que se desatara la tragedia, que dejó al menos 10 personas muertas y otras 100 heridas en confusos incidentes desarrollados en el centro de Caracas, la movilización había sido pacífica. Luego de manifestarse en la sede administrativa de la petrolera estatal, los líderes opositores condujeron a la concurrida asistencia primero a la avenida Bolívar en el centro caraqueño y luego a las puertas del Palacio de Miraflores, la sede del Ejecutivo.
Las escaramuzas entre detractores y partidarios de Chávez, parapetados con palos, piedras y armas, no tardaron en aparecer, desencadenándose al mediodía de ese fatídico jueves. La tragedia golpeaba a Venezuela. Los alrededores de la sede presidencial se transformaron en un campo de batalla, interviniendo además la policía metropolitana y los efectivos de la Guardia Nacional (policía militarizada).
Cundía entonces el pánico. Especialmente tras la intervención de francotiradores apostados en edificios adyacentes al Palacio de Miraflores, quienes no titubearon en disparar contra la indefensa multitud. Las impactantes imágenes televisivas dieron la vuelta al mundo.
Entre las víctimas fatales se encuentra el reportero gráfico venezolano Jorge Tortuza y una mujer embarazada. Al finalizar esa jornada, el entonces ministro de Educación Aristóbulo Istúriz atribuyó a "francotiradores de Bandera Roja" (una organización extremista) la masacre ocurrida en las cercanías de la sede de Gobierno. Istúriz aseguró que sólo dos de los francotiradores fueron detenidos por la policía y manifestó su voluntad de que los sangrientos incidentes sean plenamente esclarecidos.
El ex funcionario hizo esas declaraciones junto al entonces diputado oficialista Juan Barreto en el Palacio de Miraflores, minutos previos al inicio de la que fuera la última reunión convocada por Chávez con el resto de su gabinete y algunos asesores.
El ahora ex mandatario no pudo desligar su responsabilidad gubernamental. "Chávez se ha manchado las manos de sangre", denunció inmediatamente tras los incidentes Pedro Carmona, presidente de Fedecámaras, y actual encargado de llevar adelante la transición institucional.
Carmona había aprovechado la tribuna, además, para dirigirse a las Fuerzas Armadas, a las que les solicitó que junto a los convocantes a la protesta general "propicien la salida de esta situación, consiguiendo la renuncia de Chávez o habilitando otras vías para su salida".
Su llamado fue escuchado.
Al parecer el ex mandatario -quien llegó al poder en 1998 con cerca del 80% de apoyo popular y terminó intespectivamente su mandato con sólo el 30% de preferencias-, no estuvo al tanto de los trágicos sucesos. Su atención estaba puesta en la cadena televisiva que tenía previsto realizar, pero que vio boicoteada por varias emisoras que no reprodujeron la señal oficial o bien dividieron la imagen de la pantalla, mostrando a Chávez en conjunto con los violentos incidentes.
De inmediato, este ex paracaídista acusó a los medios de comunicación venezolanos de alentar "actitudes terroristas". Con la paciencia colmada, suspendió la emisión de cuatro canales privados: Radio Caracas Televisión, Globovisión, Televen y Venevisión. Este último, sin embargo, logró emitir imágenes de un vídeo aficionado que mostraban el desplazamiento de 15 tanques del Ejército hacia el palacio presidencial, aunque se desconocía si la intención era proteger a Chávez u ocupar la casa de Gobierno.
¿GOLPE DE ESTADO?
Desde ese momento los vertiginosos hechos fueron aún más confusos, sucediéndose constantes comunicados de militares que rechazaban la autoridad de Chávez y aseguraban que no reprimirían las movilizaciones sociales. "No podemos aceptar la permanencia de un tirano en la presidencia de la República. Su permanencia en el cargo amenaza al país con la desintegración", estableció un documento leído por el oficial Héctor Ramírez Pérez. El llamado era a la unidad de las distintas entidades armadas: "en este momento nos dirigimos a los oficiales generales y almirantes, oficiales superiores y oficiales profesionales de carrera, tropa profesional y tropa alistada y a todo el personal militar para que unamos esfuerzos y hagamos realidad una nueva Venezuela".
El general de la Guardia Nacional, Luis Camacho Kairuz, no perdió el tiempo y solicitó que se constituya una "junta provisional de gobierno" que reemplace a la administración de Chávez, tras anunciar su dimisión como viceministro de seguridad ciudadana. Poco después, el comandante general del Ejército, Efraín Vásquez Velasco, dio un paso al frente y se declaró en abierta "rebeldía", a modo de condena por el "atropello" sufrido por la sociedad civil. Vásquez, rodeado de un grupo de oficiales, pidió además "perdón" a la población por los sangrientos acontecimientos y precisó enseguida que su actitud no constituía un "golpe de Estado ni una insubordinación, sino una expresión de solidaridad" con Venezuela. Y finalizó diciendo que "los muertos de hoy (11) no se pueden tolerar". La ingobernabilidad en Caracas era evidente.
REACCIONES
Los sucesos se convirtieron pronto en un torbellino de insospechadas consecuencias. Especialmente al tratarse de uno de los fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEC), que es además el cuarto exportador mundial de crudo y el principal proveedor de "oro negro" en Estados Unidos.
Quizá por eso la Casa Blanca no demoró en reaccionar. Más aún si en el Medio Oriente, la otra principal zona petrolera del mundo, la inestabilidad y violencia ya es una realidad cotidiana. "Como hemos dicho en varias ocasiones, instamos a todos los sectores a moderar su retórica, iniciar un verdadero diálogo, respetar los derechos políticos y evitar la violencia", manifestó el vocero del departamento de Estado estadounidense, Charles Barclay.
La "revolución bolivariana" caía hecha pedazos. "Los detalles de la disputa son complejos. Pero el meollo del problema es la negativa consistente del presidente Hugo Chávez a entrar en un verdadero proceso de diálogo con la oposición", expresó desde Venezuela el corresponsal de la BBC Phil Gunson.
Y fue precisamente Chávez quien logró unir a sus detractores, que eran considerados como poderosos "oligarcas", un sector de "cúpulas podridas" o simples "escuálidos". Venezuela no podía escapar a una grave polarización social, manifestada en su mayor grado en los enfrentamientos callejeros de los últimos días. Quedaba atrás la insubordinación del coronel Pedro Soto, quien el pasado febrero ya exigió la dimisión de Chávez, y las incipientes, aunque multitudinarias protestas a mediados de diciembre del año pasado. Los cacerolazos no sólo se escuchaban en Argentina.
De acuerdo al corresponsal de la BBC, Chávez cometió su principal error "al tratar al país como si fuera un cuartel, logrando así socavar su propia autoridad".
Consultado por el diario local El Universal, el politógo Angel Alvárez agregó, como otra causal del descontento, "la incapacidad del Ejecutivo para resolver dos problemas básicos: la inseguridad personal y la falta de reactivación económica. La imagen del presidente Chávez era también ofensiva para la clase media, que desea otro tipo de comportamiento en ese cargo. También estaban los temores de que la forma de vida de la clase media se vea alterada por los visos comunistas (de Chávez) y los vínculos con la guerrilla (de las colombianas Farc)".
Chávez estaba quedándose solo. A última hora, diversos personeros de su administración buscaban alguna posibilidad para escapar del país. Incluso el entonces ministro de Defensa, José Vicente Rangel, habría solicitado -al cierre de esta edición- asilado político en nuestro país, ya que su mujer es chilena.
Por otra parte y sólo a las 11.30 de esa histórica noche se supo de la renuncia del ministro de Finanzas, Francisco Uzón. Según una periodista de la venezolana Unión Radio, que se encontraba en el Palacio de Miraflores, se le oyó exclamar "no hay nada qué hacer. Dios nos agarre confesados" y se fue vestido con su uniforme de campaña. Probablemente Hugo Chávez ocupó las mismas palabras.
A.P.G
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(RECUADRO) UN MILITAR FUERA DE ORDEN
Pudo haber sido un segundo Fidel Castro en América Latina, pero su destino no era ése. Algunos lo tachaban de ultranacionalista, izquierdista añejo, populista y principalmente de autoritario. Sin lugar a dudas, este ex teniente coronel del Ejército venezolano rompe los parámetros conocidos.
Hugo Chávez (48), hombre de origen humilde, postuló entre los suyos la "revolución bolivariana", acaparando la atención internacional. Viajó a Irak para abrazarse con el satanizado Saddam Hussein y se granjeó la inmediata enemistad de Estados Unidos; visitó también al mítico Mohamar Gadhafi en sus intentos por fortalecer la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEC) e intentó ser una suerte de cabecilla del "tercer mundo", criticando ácidamente el capitalismo global. Ya en 1992 había intentado –con negativo resultado- saltar al poder en Venezuela al alzarse en armas contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez.
Luego de tres años a cargo del Palacio de Miraflores, el despuesto ex mandatario hizo quizás sus más proféticas declaraciones durante la pasada jornada del 11 de abril: "Yo soy el primero en buscar los senderos pacíficos; fui entrenado para la guerra, pero odio la guerra". Un militar latinoamericano fuera de orden.