Venezuela
Desenmascarando al caudillo
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Paradójicamente el triunfo de Hugo Chávez en el pasado referéndum no pavimenta la consolidación democrática en el quinto exportador mundial de petróleo. La posibilidad de la desestabilización total sigue presente.
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Con nuevos bríos, Hugo Chávez tenía programado caminar unas cinco cuadras que unen el presidencial Palacio de Miraflores con la Asamblea Nacional para ser proclamado por el Consejo Nacional Electoral, ese 27 de agosto, como vencedor oficial del referéndum revocatorio desarrollado dos semanas antes. En otras palabras, el reafirmado presidente venezolano quiere verse homenajeado en una verdadera fiesta popular organizada por sus fervientes partidarios.
La oposición más radicalizada había anunciado, por su parte, su intento de empañar la proclamación reanudando esos estruendosos cacerolazos que debutaron, a fines de 2002, en la huelga general que agudizó durante dos meses la división entre oficialistas y opositores.
Más allá de los “dimes y diretes” respecto a un eventual fraude –ya propios de la “crisis psiquiátrica” que sufre ese país, siguiendo al columnista Andrés Oppenheimer–, la misión de observación electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) volvió a ratificar, el pasado 25 de agosto, la continuidad hasta el 2007 del actual gobernante. La delegación de la OEA destacó, por lo demás, “el comportamiento cívico ejemplar del pueblo venezolano”.
Las cifras oficiales detallan que la opción oficialista por el NO alcanzó un 59,25%, correspondiente a 5.800.629 de los sufragantes. La alternativa opositora por el SI accedió a un 40,74%, equivalente a 3.989.008 de los 14.027.607 electores inscritos. De ellos, un 30,02% prefirió abstenerse de participar en la contienda electoral.
REEDICION DEL CONFLICTO
Atendiendo a las consultas de Ercilla, el politólogo de la Universidad de Texas Kurt Weyland –citado en la edición anterior por su trabajo publicado el 2001 en Foreign Affairs– no cree que la realización del referéndum sea una muestra de las credenciales democráticas de Chávez: “después de resistirse por varios meses con los peores y algo antidemocráticos trucos procesales, él (Chávez) tuvo que ceder finalmente debido a la creciente presión internacional y al ver que sus propias chances crecían con el aumento del precio del petróleo y los recursos que éste proveía en ayuda a los sectores ‘populares’”.
Alexander López, profesor de la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la Universidad Central de Venezuela, expresa a esta revista que “Chávez debe tomar en cuenta que Venezuela ha hecho un enorme sacrificio, no para ratificar las causas que provocaron todo esto, sino para que se abra la posibilidad de un consenso que hasta ahora ha resultado prácticamente imposible. Si actúa en otro sentido, si cree que se le ha otorgado una licencia para profundizar las políticas conflictivas, podemos esperar la reedición del conflicto y la aparición de nuevas situaciones lamentables”.
Así las cosas, la figura militarista de Chávez (no se debe olvidar que este gobernante no pierde oportunidad para lucir una boina roja, correspondiente a las tropas especiales de paracaidistas venezolanos) ha desatado todo un embrujo esquizofrénico en la desorientada izquierda mundial. Reconocidos intelectuales y artistas como el estadounidense Noam Chomsky, el uruguayo Eduardo Galeano o el brasileño Chico Buarque, entre otros, firmaron un documento antes de las elecciones bajo el título “Si yo fuera venezolano votaría por Hugo Chávez”.
La respuesta a esa carta no provino de la oposición de derecha, sino del antichavismo de izquierda. Domingo Alberto Rangel –periodista y escritor marxista, protagonista además de pasadas iniciativas revolucionarias en el quinto exportador mundial de petróleo– aclaró que si de él dependiera “procuraría dictarles (a esos firmantes) una pequeña charla sobre lo que Chávez ha hecho y sobre lo que Chávez no ha hecho... Creo que ha hecho más concesiones al imperialismo norteamericano que nadie”.
Y es que el pragmatismo de Chávez no conoce límites. Recientemente le entregó otra concesión petrolera –el bloque 3 en la estratégica Plataforma Deltana– a la estadounidense ChevronTexaco.
El mencionado académico de la Universidad Central de Venezuela recuerda que la oposición ha denunciado reiteradamente que Chávez mantiene “una retórica contra las empresas transnacionales y los intereses globales, pero en la práctica realiza negocios y llega a acuerdos mucho más criticables y oscuros que los que se establecieron en el pasado”.
A todas luces, este gobernante rescata el perfil de los viejos caudillos populistas que sembraron frustración y desesperanza en América Latina.
“El Chávez de hoy tiene muchos parecidos con Juan Domingo Perón de hace cincuenta años en Argentina. Ambos son líderes populistas de origen militar que tienen como base de sustentación política y social a los sectores más pobres y postergados de la población. Eran los ‘cabecitas negras’ de Perón y hoy pueden ser los ‘zambos y mulatos’ que siguen a Chávez –respondió Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Nueva Mayoría de Buenos Aires, al ser consultado por Ercilla–. En ambos casos, desafiaron a la dirigencia tradicional de los partidos políticos, los medios de comunicación privados y el empresariado; tuvieron mala relación con la jerarquía eclesiástica; el apoyo de las Fuerzas Armadas les resulta crucial en las crisis políticas y utilizaron el antagonismo con los Estados Unidos para exaltar al nacionalismo latinoamericano a su favor”.
En sus declaraciones a esta revista, el especialista Kurt Weyland estima que en adelante este ex paracaidista intentará “consolidar su poder, suprimiendo los checks and balances, inmunizándose a sí mismo en contra de algún cambio democrático. Y eso constituiría un movimiento de corte autoritario (...) Es improbable que el resultado del referéndum resuelva la prolongada crisis política de Venezuela, restaurando la estabilidad política”.
A juicio de Fraga, en este escenario continúa vigente la posibilidad de un golpe de Estado o guerra civil: “si las dos partes en conflicto no realizan un esfuerzo por disminuir el antagonismo social que alimenta las diferencias políticas, se corre el riesgo de que la democracia pase a ser un valor secundario, frente al objetivo de impedir que el enemigo, ya no el adversario, llegue al poder. Asimismo, cualquier método comienza a ser lícito para sacarlo del poder y la crisis venezolana ya ha bordeado esos límites”.
A.P.G.