Medio Oriente
La arriesgada apuesta de Sharon
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El cuestionado premier israelí, apodado “Bulldozer” desde sus años en el ejército, sabe que se está jugando el todo o nada. El retiro de los asentamientos judíos en Gaza pone término a 38 años de ocupación.
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La tarde del pasado 22 de agosto el comandante militar Dan Harel dio el ansiado anuncio al confirmar que ningún civil israelí permanecía en Gaza tras la evacuación. Sus palabras ponían fin a 38 años de ocupación de territorio palestino.
Varias horas antes, luego de las oraciones en la sinagoga, las 62 familias que componían el asentamiento Netzarim –el último de los 24 en ser desmantelado en esa zona– se dirigieron en procesión hacia los buses que los esperaban para llevarlos de regreso a Israel. Como protesta pacífica llevaban sobre sus hombros el menorá (el candelabro sagrado de siete puntas), rememorando la marcha de los soldados romanos sobre el Arco de Titus, en la capital de ese imperio, quienes llevaron triunfal el menorá del templo de Jerusalén luego de destruir la ciudad al poner fin a la gran revuelta antiimperial.
Tras concluir exitosamente el desalojo en Gaza, unos cinco mil efectivos del Tsahal continuaron esa labor en Cisjordania, garantizando el retiro de cuatro asentamientos que en un primer momento prometieron fiera resistencia. Afortunadamente, no hubo mayores altercados, lo que permitió completar el “Plan de Desconexión” iniciado este 15 de agosto y gestado a fines de 2003 como respuesta al punto muerto de las negociaciones con los palestinos, aún sujetos a la segunda Intifada (levantamiento popular).
Queda pendiente el traspaso oficial de Gaza a la Autoridad Nacional Palestina y la salida de todos los soldados israelíes una vez que hayan finalizado la demolición de unas dos mil viviendas y recolectado bienes que los colonos no alcanzaron a llevarse, entre estos mil árboles plantados en las dunas y el traslado de los cementerios. Se espera que a principios de octubre la operación esté realizada.
“Si bien una mayoría de israelíes apoyan el retiro, aún no está claro si esta medida les traerá más seguridad o la paz en un tiempo próximo –puntualizó el prestigioso semanario británico The Economist–. Desde que comenzaron los asentamientos, Israel ha pagado un alto precio financiero y militar para proteger a los cerca de nueve mil judíos en sus enclaves, rodeados por 1,3 millón de furiosos y frustrados palestinos. Ahora muchos israelíes esperan, y muchos palestinos temen, que tras abandonar Gaza, Israel podrá consolidar sus asentamientos en Cisjordania”.
DECISIÓN PELIGROSA
Luego de la evacuación, los colonos de Netzarim fueron trasladados a Jerusalén –la disputada capital de israelíes y palestinos– para que orasen en el Muro de los Lamentos, dirigiéndose después hasta la colonia de Ariel, la más grande Cisjordania, donde residen 30 mil israelíes.
Saeb Erekat, jefe de los negociadores palestinos, advirtió que esa determinación era “muy peligrosa” y recordó que el gobierno de Sharon se comprometió con Estados Unidos a no trasladar ningún colono de Gaza a Cisjordania. Y auguró que “los mismos factores que han decidido a Israel a desmantelar los asentamientos de la Franja de Gaza son los mismos que les decidirá algún día a retirar los de Cisjordania y Jerusalén”.
Por otra parte, ya en febrero pasado Ariel Sharon habría decidido incluir al asentamiento de Maale Adumin, también con unos 30 mil pobladores y localizado al este de Jerusalén, dentro del controvertido “Muro de Separación” de Cisjordania. Israel ya tiene planificado iniciar la construcción de 3500 casas y departamentos en ese enclave.
El politólogo Stephen Zunes, de la Universidad de San Francisco, declaró a Ercilla que “mientras el término de los asentamientos en Gaza ha creado un precedente de retirada de los territorios ocupados palestinos, Sharon está colonizando rápidamente Cisjordania y construyendo la barrera de separación bien al interior de los territorios ocupados, anexándose efectivamente ese territorio a Israel y haciendo virtualmente imposible la creación de un Estado palestino continuo y económicamente viable. En esencia, su visión de un ‘Estado palestino’ no está muy lejana a la de los infames bantustanes del (otrora) régimen apartheid de Sudáfrica”.
“CLAVE MEDIATICA”
Zunes asegura que se trató de una decisión pragmática que “no fue apoyada ni por la izquierda ni por los sectores moderados de la política israelí, sino por el establishment militar y de seguridad” y que buscó “sacar ventaja de la cobertura de prensa internacional, haciéndolo ver como un gran ‘sacrificio’ de parte de Israel, cuando en realidad esos asentamientos, como los de Cisjordania y los de las Alturas del Golán, han estado en fragrante violación de la Cuarta Convención de Ginebra (que prohíbe el traslado de civiles a territorios controlados por fuerzas militares), de al menos cuatro resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (446, 452, 465 y 471) y la decisión unánime el año pasado de la Corte Internacional de Justicia en contra del muro de separación”.
En esa misma dirección, el premiado periodista español Ernesto Ekaizer manifestó en una reciente columna que los medios internacionales mostraban, a través de sus imágenes, a los otrora ocupantes como víctimas. “Sharon estaría manejando en clave mediática el abandono de la tierra asaltada en 1967”, recalcó.
De acuerdo a Zunes, la nueva situación puede constituir para los residentes de la Franja de Gaza “una enorme prisión al aire libre”, ya que Israel aún mantendrá el control de los pasos fronterizos, del espacio aéreo, los puertos y aún demanda el derecho a intervenir en cualquier momento y circunstancia.
Consultado por Ercilla, Gerald Steinberg –director del Programa de Administración de Conflictos de la conservadora Universidad Bar-Ilan de Israel– asevera que “ésta no ha sido sólo una movida de Sharon, sino una reflexión del centro político israelí. Los últimos cuatro años de ataques terroristas palestinos y de la caída catastrófica de los acuerdos de Oslo han tenido como resultado una estrategia de separación unilateral, puesto que ningún líder palestino aparece capaz para el compromiso necesario de llegar a acuerdos permanentes”.
El probable mejoramiento
de la imagen internacional de Sharon dejaría en la nebulosa su participación en
varios hechos de sangres
como la matanza de Sabra y Chatila, donde fueron asesinados más de dos mil
refugiados palestinos en el Líbano, en 1982, o el impulso dado precisamente a
la política de asentamientos desde su puesto como ministro de Vivienda entre
1990 y 1992.
Así las cosas, el otrora aguerrido militar
–quien participó en la primera guerra árabe-israelí (1948); Jordania (1953);
Canal de Suez (1956); Guerra de los Seis Días (1967) y Yom Kippur (1973)–
pareciera que ha entendido
las reglas de la política. Más aún cuando no oculta su intención de postular a
un tercer periodo de gobierno, aunque no sea como abanderado del partido Likud.
Analistas locales prevén elecciones
anticipadas para marzo próximo y no esperan durante ese periodo de campaña
electoral movimientos en favor de la paz, ya que Sharon debiera inclinarse más
a la derecha para equiparar el creciente peso político de su archirrival al
interior del Likud, el ex primer ministro Benjamin Netanyahu, quien renunció
hace unas semanas a su cargo como ministro de Hacienda en protesta por el plan
de desmantelamiento.
Un sondeo de opinión aparecido el pasado 23
de agosto en el rotativo israelí de centroizquierda Haaretz, un día después de
concluir la evacuación de los colonos, daba un 47% de las preferencias a
Netanyahu contra un 30,5% para Sharon en la contienda por representar al Likud.
Las reiteradas acusaciones de “traición”
pueden ocasionarle más de un daño al “Bulldozer”, como apodan al actual premier.
“La situación de Sharon es mala, muy mala”, comentó el columnista de Haaretz
Yossi Verter.
Al cierre de esta edición, la mantención de
la tregua de los grupos armados palestinos pendía de un hilo tras el “asesinato
selectivo” de cinco supuestos militantes de la organización integrista Jihad
Islámica por parte de comandos israelíes y del asesinato de un estudiante
religioso judío cometido en Jerusalén Este.
“Si la tranquilidad se
mantiene, Sharon será de todas maneras el gran ganador”, vaticinó Attila
Somfalvi, periodista del reputado diario israelí Yedioth Ahronoth. “Si eso no
ocurre, será el único en pagar el precio”.