Conflicto palestino-israelí
Sharon lleva la batuta
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El gobierno de Ariel Sharon mantiene aún pendiente la deportación de Yasser Arafat. Pero tampoco se puede descartar el pronto inicio de una masiva intervención israelí en la Franja de Gaza, pretendiendo desarticular las redes terroristas palestinas.
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Cuando en la mañana del 11 de septiembre de 2001 ocurrieron los espectaculares atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, los cuatro dirigentes políticos más gravitantes de Israel –por el derechista Likud, Ariel Sharon y Benyamin Netanyahu, y los laboristas Shimon Peres y Ehud Barak– aparecían en las pantallas de televisión israelíes manifestando al unísono que el terror sufrido por los estadounidenses era idéntico al enfrentado por el Estado judío desde su formación en 1948.
La intención de esos representantes de la clase política israelí era evidenciar que los enemigos de Israel eran los mismos de Estados Unidos.
De acuerdo a un artículo aparecido recientemente en el semanario egipcio Al-Ahram, titulado “La israelización de Estados Unidos”, desde 1949 a la fecha por cada dólar que Washington gasta en un africano, desembolsa 250,65 dólares en un israelí; y por cada dólar gastado en cualquier habitante del hemisferio occidental, fuera de Estados Unidos, desembolsa 214 dólares en un israelí.
Citando en ese informe a Stephen Zunes, responsable del Programa de Estudios de Paz y Justicia en la Universidad estadounidense de San Francisco (fuente recurrente de Ercilla), se detalla que “el 99% de toda la ayuda estadounidense a Israel se inició después de la Guerra de 1967”.
Es así que muchos se hacen la legítima pregunta: ¿Tendría Israel que ya haberse acomodado a algún tipo de acuerdo con los palestinos de no haber contado con el apoyo estadounidense?
EL MURO
En vísperas del décimo aniversario de los Acuerdos de Oslo –que le permitieron a Shimon Peres, al asesinado Yitzhak Rabin y a Yasser Arafat compartir el Premio Nobel de la Paz–, un editorial del influyente The New York Times, publicado el pasado 12 de septiembre, aseveró sin pelos en la lengua que “terminar con los asentamientos en los territorios ocupados es central para la sobrevivencia del Estado judío”.
Centrando la atención en estos controvertidos colonos, mayoritariamente judíos ortodoxos, la Oficina Central de Estadísticas de Israel reveló que los residentes de esas comunidades situadas en Cisjordania y la Franja de Gaza ascienden este año a unos 220 mil, constituyendo un incremento del 5,7% respecto al 2001.
“Aproximadamente 63.800 personas, apenas el 1% de la población judía de Israel, debiera ser trasladada para permitir la posible solución de los dos Estados (uno israelí, fundacionalmente judío; y otro palestino, mayoritariamente musulmán). Descrito habitualmente como el ‘mayor obstáculo a la paz’, la cuestión de los asentamientos puede ser resuelta usando una cuidadosa mano para redibujar el 5% del mapa de Cisjordania”, advirtieron los especialistas David Makovsky y Eran Benedek, de The Washington Institute for Near East Policy, en la presente edición de Foreign Policy.
Al respecto, el gobierno hebreo destina al menos 560 millones de dólares al año en subsidios, infraestructura y educación, descontando el aparataje en seguridad y en efectivos militares, reveló una investigación aparecida el pasado 23 de septiembre en el rotativo israelí Haaretz.
El gasto económico en la permanencia de esos asentamientos se ha convertido en un punto de tensión interna en Israel, cuya población ha debido sortear en el último periodo una grave crisis económica. Los salarios cayeron aceleradamente en más de un 10% y el desempleo se acerca al 11%.
Pasando por alto esos problemas, la administración Sharon está obsesionada en la construcción de un muro que dividirá a israelíes y palestinos. Rápidamente, el cerco pasó de un presupuesto de 120 millones de dólares a la astronómica cifra de 1.300 millones de dólares, y se espera que esté listo en los próximos seis meses. El muro tendrá unos siete metros de altura y se extenderá alrededor de 640 kilómetros en torno al centro de Cisjordania, ganando de paso unos 122 kilómetros cuadrados de territorio palestino delimitado antes de la Guerra de 1967.
La parafernalia de alambres de púas, vigías y aparatos de seguridad de última generación conformarán, por cierto, otro horroroso espectáculo (que nada tendrá que envidiarle, en esencia, al tristemente célebre Muro de Berlín).
A mediados de septiembre el jefe de gabinete de Sharon, Dov Weisglass, y el mayor general Amos Yaron, director del Ministerio de Defensa, viajaron a Washington para lograr la comprensión, y el apoyo, de altos funcionarios del gobierno neoconservador.
Según The Washington Post, la Consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, expresó el pasado 22 de septiembre que “este muro no es realmente consistente con nuestra mirada de cómo debiera lucir algún día Oriente Medio”. Los funcionarios judíos aseguraron, de todos modos, que se alcanzaron algunos progresos.
Consultado nuevamente por Ercilla, el politólogo de la Universidad de San Francisco Stephen Zunes dice que “el término de la ocupación y colonización de Cisjordania y la Franja de Gaza debilitaría sustancialmente el llamado de los grupos radicales islámicos como Hamas o la Jihad Islámica, que no existía antes de que la ocupación se radicalizara en la población”.
Desde la conservadora Universidad Bar Ilan en Israel, Gerald Steinberg –director del Programa de Administración y Negociación de Conflictos– expresa a esta revista que ese tipo de decisiones “no traerá la paz en tanto que el propósito de la dirigencia palestina no es (la consecución de) un Estado, sino la destrucción de Israel”.
LA OFENSIVA
Pero, de acuerdo a la especializada revista Foreign Report, el siguiente movimiento de Sharon iría en otra dirección: “el gobierno israelí está planificando un violento asalto a la Franja de Gaza. Esto es, según nuestro informante, porque fracasó la anterior política de contener la violencia palestina incluyendo el asesinato de la dirigencia de Hamas”.
La publicación, dependiente del prestigioso grupo de informaciones en defensa Jane´s, puntualiza que la intervención militar se iniciaría en octubre, al finalizar una serie de celebraciones tradicionales judías. Israel llamaría, además, a unos 50 mil soldados para conquistar la Franja de Gaza, y “efectivos especiales se moverían casa por casa para encontrar y matar a los militantes (de la resistencia palestina)”.
Al parecer, Sharon está en conocimiento del alto costo, en vidas y materialmente, que le significaría llevar adelante esa ofensiva en esa zona densamente poblada. Pero, siempre de acuerdo a Foreign Report, el “Bulldozer” del Likud estaría determinado a aplastar al Movimiento de Resistencia Islámico en Gaza.
El ya citado Gerald Steinberg expresa que “los mencionados informes de un ataque contra Gaza han sido considerados desde hace más de un año. Si éste se lleva a cabo, el objetivo sería destruir la infraestructura terrorista palestina que permanece intacta, a diferencia de Jenin y la Franja de Gaza”.
El cientista político Stephen Zunes tiene una opinión distinta. Advierte que esa ofensiva “sólo serviría para escalar en el ciclo de violencia. Los israelíes necesitan aprender que el incremento de la represión no detiene el terrorismo, lo empeora. Los palestinos (por su parte) necesitan aprender que el terrorismo no detiene la represión; también la empeora”.
De llevarse a cabo este presunto plan de Sharon, las negociaciones de paz auspiciadas en su oportunidad por el “Cuarteto” (Estados Unidos, ONU, UE y Rusia) pasarían a llamarse definitivamente “Hoja de ruta hacia ninguna parte”, como vaticinaron varios expertos.
“La ‘Hoja de ruta’ nunca estuvo con vida –advierte a esta revista el ya mencionado Gerald Steinberg–. El enviado estadounidense, John Wolfe, regresó a Estados Unidos hace ya un buen tiempo. El enviado de la Unión Europea no ha asumido sus funciones hace meses, y no hay gobierno palestino con el cual negociar. Así, la ‘Hoja de ruta’ está en la repisa de la librería, como otras iniciativas de paz simplistas y naïve”.
La supervivencia de este último “proceso de paz” depende, a juicio de Stephen Zunes, de que “Israel le dé esperanza a los palestinos que deteniendo la violencia y trabajando en el proceso de paz obtendrán un Estado independiente y viable. En cambio, Sharon parece querer, mayormente, entregarles una estructura de tipo bantuntiano (enclaves durante el régimen del apartheid en Sudáfrica), con cantones descontinuados y sitiados por Israel”. Este experto estadounidense detalla que el “plan de Sharon consiste en ofrecer un 40% de los territorios ocupados, que constituirían menos del 10% de la Palestina histórica”.
¿TREGUA TOTAL?
Tras la oficialización hecha el pasado 11 de septiembre por el gabinete de Sharon de querer “deshacerse” del histórico Yasser Arafar –sea expulsándolo de Ramallah o asesinándolo–, el “raïs” saltó nuevamente a la palestra internacional. Insistió en su ofrecimiento de un cese al fuego total, pero nadie lo escuchó. Al menos logró que la Asamblea General de Naciones Unidas (donde Washington no puede vetar las resoluciones, como sí lo hace sistemáticamente en el Consejo de Seguridad respecto a Israel) pidiera al gobierno israelí levantar las amenazas contra Arafat, consiguiendo 133 votos a favor (incluido el de Chile), cuatro en contra y 15 abstenciones.
Según el sitio en internet israelí DEBKAfile, centrado en cuestiones de defensa, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) estaría últimamente atareado intentando conformar el nuevo gabinete con la participación de miembros de Hamas, la Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa (dependientes de su propio movimiento Fatah).
Pareciera que los líderes de Hamas estarían proclives a declarar la tregua, ya que muchos de sus militantes han tenido que esconderse en la clandestinidad, siendo constantemente objetivos de los “ataques selectivos” de las fuerzas israelíes.
De acuerdo a esa fuente, cualquier acción contra Arafat no debiera ser inminente, a no ser que una operación terrorista palestina, de amplia repercusión, modifique el actual escenario. “El (Arafat) es el padre fundador, el símbolo, el mito, el consenso –apuntaba el periodista israelí Ben Caspiot, en el matutino Maariv–. Qué lastima que el poseedor de esas cualidades se haya mostrado a sí mismo indigno de confianza. Nosotros no podemos vivir con él ni tampoco podemos vivir sin él”.
En un artículo aparecido el pasado 23 de septiembre en The Washington Post, el ex presidente estadounidense Jimmy Carter recordó los 25 años de los Acuerdos de Camp David, que llevaron al mutuo establecimiento de relaciones entre Israel y Egipto, en el que él mismo sirvió de mediador. Pese al tiempo transcurrido, el ex mandatario recomendó a los israelíes hacerse esta simple pregunta: “¿Queremos una paz permanente con nuestros vecinos o queremos mantener nuestros asentamientos en los territorios ocupados de los palestinos? El peor engaño que le haría Estados Unidos a Israel sería apoyarlo en la segunda opción”.
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(RECUADRO) IRAN EN LA MIRA
El régimen teocrático iraní no se amedrentó y realizó una prueba de fuerza al mostrar –el pasado 22 de septiembre, al conmemorarse 23 años de la Guerra Irán-Irak (1980-88)– seis misiles Shahab-3, capaces de alcanzar a Israel y a las tropas estadounidenses en el Golfo Pérsico.
Esto pese al ultimátum lanzado por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) para transparentar antes del próximo 31 de octubre su programa nuclear, bajo reiterada sospecha de estar destinado para la fabricación de armamento atómico.
Todo indica que la dirigencia iraní está dividida. Mientras los reformistas encabezados por el propio Jatami estarían dispuestos a firmar el protocolo adicional del Tratado de No Proliferación; el ala ortodoxa ni siquiera permitiría la entrada de los inspectores de la AIEA.
“El principio de No Proliferación no tiene la universalidad que desearíamos –declaró recientemente a El País de Madrid Husein Shariatmadari, representante del líder supremo de la Revolución–. La prueba está en el surgimiento de potencias nucleares como India, Pakistán e Israel que no firmaron el Tratado, o Corea del Norte que ha intentado salirse del Tratado a principios de año”.
A.P.G.