Estados Unidos

Retirada táctica

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El espectáculo de la violencia en Oriente Medio enrostra el fracaso de la guerra colonial que Estados Unidos desarrolla en Irak. ¿Significa esto que los neoconservadores en Washington han caído en desgracia?

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Ya le debe resultar todo un mal chiste a la actual Administración Bush el confiado augurio que en su oportunidad hizo el cuestionado Ahmed Chalabi –líder de un grupo de iraquíes exiliados en Londres y con estrechos contactos con los neoconservadores en Washington–, al prever que las tropas estadounidenses serían recibidas en Irak con “flores y dulces”.

Chalabi se había distinguido por su fluido contacto con el secretario de Defensa, el siempre controvertido Donald Rumsfeld, y el entonces director del Comité de Política de Defensa, Richard Perle. Desde esa trinchera, y tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, impulsó un fuerte lobby para que Estados Unidos derrocara a Saddam Hussein, al margen de hallar vínculos comprobados entre el otrora jerarca iraquí y la red Al Qaeda.

Pero como un bofetón en la cara les debe resultar a Chalabi y altos funcionarios estadounidenses las periódicas imágenes provenientes de Oriente Medio que muestran a  rehenes degollados, cuerpos inertes mutilados, presos torturados e insistentes bombardeos indiscriminados. El lado poco glamoroso, pero sustancial, de toda guerra.

El informe anual de Amnistía Internacional, divulgado el pasado 26 de mayo, fue claro en aseverar que el mundo es más inseguro con George W. Bush a la cabeza del país más poderoso: “Violar los derechos en el propio país, cerrar los ojos ante los abusos que se cometen en el exterior y utilizar la fuerza militar preventiva donde y cuando se le antoja ha causado daños a la justicia y a la libertad, y ha convertido el mundo en un lugar más peligroso”.

 

ESCALADA

 

El último día de mayo una bomba en el interior de una mezquita chiíta en la ciudad paquistaní de Karachi mató a 20 personas y dejó casi una cincuentena de heridos, en un ya desatado conflicto entre chiítas y sunitas, las dos principales vertientes del Islam. Sólo la jornada anterior, el clérigo radical sunita Nizamudin Shamzai había sido asesinado en esa misma localidad.

El primer día de junio tres europeos y dos afganos que trabajaban para la organización humanitaria Médicos Sin Fronteras murieron cuando desconocidos abrieron fuego contra su auto en la provincia de Badghis, en el noroeste de Afganistán. Falsamente se presumía que la actividad de remanentes del Talibán proseguía en el sureste de ese acongojado país.

También a fines de mayo, un comando ligado presumiblemente a Al Qaeda asaltó, en la ciudad saudita de Khobar, un complejo petrolero y se hizo de rehenes, pereciendo finalmente 22 personas y dejando un manto de confusión respecto a eventuales vínculos entre los servicios de seguridad saudíes y los integristas.

“Después de haber alcanzado hace 14 meses atrás el cenit de su influencia en la política exterior de Estados Unidos con la invasión a Irak, los neoconservadores parecen que han perdido enteramente la influencia tanto en la Administración Bush como en Bagdad”, puntualizaba el pasado 3 de junio un análisis aparecido en The Daily Star de Jordania.

Tras los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, los neoconservadores personificaron su objetivo en Saddam como un modo de iniciar una completa transformación del mundo árabe hacia los “valores occidentales” y los intereses geoestratégicos de Washington. Y, por otro lado, conciliar las ambiciones territoriales de Israel.

Entre los prominentes funcionarios adherentes a esta corriente al interior de los “halcones” parapetados en Washington, además de Rumsfeld y Perle, destacan Paul Wolfowitz, mano derecha del secretario de Defensa; el ex director de la CIA James Woolsey y el académico de la Universidad Johns Hopkins Eliot Cohen, quien ha resaltado como el “mentor” militar al identificar la “guerra contra el terrorismo” como la IV Guerra Mundial, situando la Guerra Fría como la III Guerra Mundial.

En declaraciones a Ercilla, el cientista político Lawrence Reardon, de la Universidad de New Hampshire y actual residente en la Universidad de Hong Kong, asegura que “en cuanto el público estadounidense considere Irak como un atolladero, teniendo como resultado un dramático descenso en el grado de aprobación presidencial, los neoconservadores estarán tomando cada vez un perfil más bajo”.

Desde Washington, el experto en asuntos militares Daniel Smith cree que “mientras más información aparezca, los neoconservadores estarán definitivamente en retirada”.

Daniel Pipes, afamado columnista estadounidense, descarta que ese grupo de influencia esté en retirada. Sólo está “bajo muchas críticas en este momento”, expresó a esta revista.

Un hecho sintomático ligado al retroceso de los neoconservadores ha sido la reciente revelación de que Ahmed Chalabi informó presuntamente a Irán de que las agencias estadounidenses poseían los códigos para desencriptar los mensajes secretos de los Ayatollahs. Junto al bullicioso allanamiento hecho hace un mes a su residencia en Irak.

A juicio del politólogo Reardon, como los altos funcionarios del gobierno de Bush “no pueden admitir su error en público, su relativo silencio sobre el affair Chalabi es ensordecedor”.

De todos modos, Reardon hace hincapié en que los neoconservadores “no pueden ser vistos como moribundos. Estando bajo ataque de los conservadores tradicionales, de los moderados y liberales, ellos estarán detrás del presidente si éste es reelecto, especialmente si Al Qaeda comete otro atentado terrorista en suelo estadounidense. Ellos argumentarán nuevamente que Estados Unidos debe protegerse a sí misma, como nadie lo quiere”.

El balance anual del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, con sede en Londres, ya dio a conocer –el pasado 25 de mayo– que la red de Bin Laden cuenta con más de 18 mil miembros en servicio activo, sirviendo la guerra de ocupación en Irak como un gatillador de adherentes al fundamentalismo musulmán.

A pesar de que unos dos mil integrantes de Al Qaeda y la mitad de sus 30 líderes han sido o asesinados o capturados, su situación económica está en perfecto estado. Y Osama sigue haciendo de las suyas por doquier.

 

ORO NEGRO

 

Los atentados en Arabia Saudita –primer proveedor de petróleo en el mundo– han puesto los pelos de punta a los analistas internacionales, advirtiendo que esta escalada terrorista pretende interrumpir los suministros de petróleo en momentos en que los precios del crudo están lo suficientemente elevados como para dejar estancada la lenta recuperación económica mundial.

“Los saudíes siempre han tenido preocupación por su administración de los sitios sagrados del Islam –advierte el ya mencionado cientista político Lawrence Reardon–. A eso se suma que su relación con Occidente tiende a deslegitimar su autoridad ante los ojos de los imanes conservadores en la región. Bin Laden entiende estos débiles acoplamientos y ha enfocado continuamente sus ataques contra la presencia occidental. Si esto tiene un impacto en el precio mundial del petróleo, mucho mejor”.

Gerald Steinberg –director del Programa de Estudios Políticos en Negociación y Administración de Conflictos de la Universidad Bar Ilan en Israel– precisa también a Ercilla que “los ataques de Al Qaeda comenzaron muchos años antes de la elección de George W. Bush en enero del 2001 y están profundamente arraigadas, más allá de respuestas simplistas referidas al derrocamiento de Saddam y los sucesos en Irak”.

En el encuentro realizado en Beirut el pasado 3 de junio, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) abrió la válvula de presión del “oro negro”, anunciando un incremento de producción de dos millones de barriles diarios a partir de julio.

 Cuando ya comenzó la cuenta regresiva para que Ghazi Ayil al Yawar asuma este 1 de julio como presidente del futuro gobierno iraquí, el mandatario de la hiperpotencia confunde a observadores y detractores de su política exterior, lo que puede ser catalogado como una “ofensiva del encanto”. En declaraciones al semanario francés Paris Match, Bush confidenció: “yo mismo no soportaría que mi país fuera ocupado”, diferenciando así entre combatientes iraquíes y terroristas.

Lo cierto es que, siguiendo a la socióloga libanesa Dalal Bizri, la “violencia espectáculo continuará como un círculo vicioso (...) el pulso entre los extremistas y Estados Unidos no ha hecho más que empezar”.

Como repara el destacado sociólogo de la Universidad de Jerusalén Baruch Kimmerling, al ser consultado por Ercilla, aún es “muy pronto” para aseverar si los neoconservadores están en franca retirada. Lamentablemente.

Andrés Pérez González

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