Recambio del poder en Israel
Olor a pólvora
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Tras casi cinco meses de Intifada palestina y de crímenes selectivos perpetrados por agentes de seguridad israelíes, se vislumbra escasas expectativas de paz. El triunfo del septuagenario "Halcón" ultraderechista Ariel Sharon, en las anticipadas elecciones a primer ministro del Estado hebreo, trajo un recrudecimiento de la violencia.
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El pesimismo parece ensombrecer al Medio Oriente. Mientras los más desencantados con las frustradas negociaciones palestino-israelíes prevén mayores convulsiones político-militares al interior de los países árabes, colindantes a la zona en conflicto; los optimistas ya hablan de una "guerra de baja intensidad" entre efectivos militares hebreos y los agitadores callejeros de esta segunda Intifada, que en casi cinco meses ha causado más de 400 muertos, en su mayoría palestinos.
Este desalentador panorama se asocia a la victoria del controvertido líder del partido derechista Likud, Ariel Sharon (72), en los comicios a primer ministro de Israel realizados el pasado 6 de febrero. En unas históricas elecciones, el ex militar conocido como "Bulldozer" -por "aplastar" a sus enemigos- apabulló al candidato del partido Laborista, el saliente premier Ehud Barak (57), por una diferencia de 25 puntos. El resultado final indicó un 63% de los votos para Sharon y sólo un 38% para Barak. Sin embargo, esta vez menos de un 40% de los votantes prefirió abstenerse o dejar su sufragio en blanco, a diferencia de un 21% que en 1999 no optó ni por el abanderado de centroizquierda ni por el entonces primer ministro Benjamín Netanyahu.
CICLO DE VIOLENCIA
A los partidarios de la "mano dura" que encarna Ariel Sharon considerado un "criminal" por los palestinos- no les cayeron muy bien las declaraciones de Richard Boucher, vocero del Departamento de Estado norteamericano, quien advirtió que la violencia de las últimas semanas se estaba convirtiendo en "un nuevo ciclo de acción y reacción imposible de controlar". La derecha israelí criticó de inmediato a su poderoso aliado estadounidense, por lo que consideró una "política de continuidad" del entrante equipo republicano de George Bush W. -respecto a la saliente administración Clinton-, al equiparar responsabilidades de parte de palestinos e israelíes.
Las expectativas para hallar una salida pacífica al conflicto en Medio Oriente son bajas. Es más, se augura un recrudecimiento de la violencia tras casos como el asesinato selectivo de un guardia personal del líder palestino Yasser Arafat, a quien Israel acusaba de integrar el grupo fundamentalista Hizbolá, y que fue perpetrado desde un helicóptero hebreo en la zona autónoma de Gaza. O el choque premeditado de un bus contra un paradero con una treintena de israelíes en Tel Aviv, que dejó al menos ocho muertos y más de una veintena de heridos.
Ante ese panorama el columnista del semanario israelí The Jerusalem Report, David Horovitz, aseguró recientemente que si Sharon "logra evitar una guerra en el Medio Oriente, será un héroe".
¿UNIDAD NACIONAL?
Al cierre de esta edición, aún no se formalizaba la apuesta por un "gobierno de unidad nacional" israelí, compuesto por el Likud y el Laborismo. No obstante, esa jugada constituía el salvavidas más seguro para ambas colectividades. El saliente premier Ehud Barak, quien continuaría además en la cartera de Defensa, confirmó esa intención: "aún tenemos que trabajar en algunos detalles, pero básicamente ya se llegó a un acuerdo". Shimon Peres, presuntamente en Relaciones Exteriores, sería la otra prestigiosa carta del laborismo.
Sin embargo, el politólogo de la Universidad Ben-Gurion, David Newman, cuestionó esas conversaciones. "Un gobierno de unidad nacional no representa ninguna unidad. Más bien, es una construcción artificial de gobiernos paralelos. Algo así bajo Sharon permitirá la ejecución de políticas extremistas bajo un consenso político", aclaró el académico.
A juicio de observadores, la radicalización y reposicionamiento del escenario político en Medio Oriente generaron el distanciamiento de los acuerdos encaminados a la paz y fomentaron, además, una "balcanización" del conflicto. Es por eso que muchos consideran el mandato del líder del Likud como "un paréntesis más o menos sangriento" hasta las elecciones generales programadas para el 2003.
EL GRAN PERDEDOR
A juicio de muchos, el gran perdedor de estas últimas semanas no fue precisamente Barak, sino Yasser Arafat. El líder árabe personalizaría el estruendoso fracaso de siete años de conversaciones tendientes a encontrar una solución pacífica al conflicto palestino-israelí. A pesar de las atractivas ofertas de territorio colocadas en la mesa de negociaciones por la parte israelí, el cabecilla palestino cedió ante las fuerzas fundamentalistas. Y esa intransigente postura, según Richard Cohen -columnista del influyente diario estadounidense The Washington Post-, es entendible: "en Medio Oriente la moderación puede costar la vida". El malogrado ex premier judío Yitzhak Rabin es sólo un ejemplo.
Por otra parte, el conflicto de fondo lo encarnan los miles de refugiados palestinos que huyeron hace décadas de los territorios ocupados. Una carta del veterano dirigente palestino Abdullah Horani a Arafat, dada a conocer hace un mes, es clara al respecto: "Diles (a los israelíes) que Jerusalén es parte del problema, pero los refugiados son el problema completo; que Jerusalén es parte de nuestra patria, mientras que los refugiados son la patria en sí misma". Al parecer, la nueva estrategia palestina dejó atrás la doctrina de Rabin de "paz por territorios". Ahora se basa en una supuesta justicia, que probablemente traerá más olor a pólvora a esa región.
Andrés Pérez González
publicado el 19 de febrero del 2001 en Ercilla