Estados Unidos

La obnubilación del poder

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La incipiente “guerra de guerrillas” desatada en Irak pone en jaque la reconstrucción administrativa de ese país. No obstante, la ocupación estadounidense posibilitó la frágil tregua en el conflicto israelo-palestino, que ha dado nuevos bríos a Estados Unidos en la reestructuración geopolítica de Oriente Medio.

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El siempre cuestionado George W. Bush tuvo que adelantar la celebración de su cumpleaños número 57, ya que este 6 de julio estaba pronto a comenzar su primera gira oficial por África. Además, estaba inmerso en el inminente envío de efectivos militares a Liberia. Sin embargo, el mandatario estadounidense no halló nada mejor que hacer coincidir sus festejos con el día nacional de los estadounidenses, el 4 de julio.

Se trata del único país que concentra actualmente el 43% del gasto militar mundial. “Esto subraya su rol de única superpotencia –estima el analista Rosendo Fraga, director del Centro Unión para una Nueva Mayoría de Buenos Aires–. El escenario de Washington en el mundo y los problemas de Medio Oriente constituyen la prioridad de su política exterior. Lograr salvar el plan de paz para el conflicto palestino-israelí, consolidar la gobernabilidad en Irak, presionar por un cambio político en Irán y debilitar el régimen de Siria, son sus objetivos centrales en este momento”.

Bush parece estar satisfecho. Para él, al menos, no es menor que luego de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono el 65% de los dirigentes de Al Qaeda –la red integrista islámica comandada por el aún inubicable Osama Bin Laden– esté encerrado o simplemente muerto.

Pero las elucubraciones del mandatario van incluso más allá de su trama contra el terrorismo. Así, entre el pasado 21 y 23 de junio el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, dio los primeros pasos para el Área de Libre Comercio de Medio Oriente (Mefta, por sus siglas en inglés), que podría entrar en vigencia recién en una década más.

No obstante, el conflicto en Medio Oriente fue lo que catapultó en las últimas semanas la cobertura mediática de la actual Administración Bush. Y específicamente la favorable negociación que culminó con la “hudna” (cese al fuego) de las tres agrupaciones palestinas más radicalizadas y la retirada de las fuerzas de ocupación israelíes de parte del norte de la Franja de Gaza y de la ciudad cisjordana de Belén.

“Claramente, el lado israelí fue tomado por sorpresa por el temperamento vigoroso en este caso de Estados Unidos”, apuntó recientemente el influyente semanario británico The Economist.

 

EXTREMA FRAGILIDAD

 

“¡Bienvenidos, bienvenidos!”, exclamaba una anciana palestina de Belén ante la llegada de los agentes de seguridad palestinos tras el repliegue de los efectivos judíos. “Es mejor verlos a ellos en las calles que a los israelíes”, comentó a una agencia informativa ese 2 de julio. En su repliegue, un grupo de soldados israelíes gritaba: “¡Adiós Belén, regresaremos como turistas!”.

Pero, ¿qué es lo que hace distinto este alto a las hostilidades bélicas de los anteriores intentos? Luego de mil días de sangrienta Intifada (levantamiento), sólo la intervención personal de George W. Bush constituye esa gran diferencia, sellada con su asistencia a la Cumbre de Aqaba el pasado 4 de junio en Jordania.

A pesar de esas favorables señales, el espiral de violencia puede resurgir de un momento a otro. Según observadores internacionales, la piedra de tope en la resistencia armada palestina no proviene de los grupos fundamentalistas como Hamas o Yihad Islámica, sino de las seculares Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, con bullados vínculos con Yasser Arafat, el poderoso presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

De acuerdo al mismo The Economist, Al Aqsa es “más difuso y menos disciplinado que otros grupos militantes. Efectivos israelíes creen que algunas de sus células obedecen, en los hechos, las órdenes de la guerrilla de Hezbola en el Líbano o incluso de Irán”.

Lo concreto es que esta “hudna” ha sido violada tangencialmente en Gaza por estos adherentes del “raïs”: el pasado 30 de junio –al día siguiente del comunicado oficial de “alto al fuego”– una célula de Al Aqsa reconoció su responsabilidad en el asesinato de un trabajador de la construcción, de nacionalidad búlgara, cerca de la siempre conflictiva Jenín. En la próxima jornada, soldados israelíes mataron a un francotirador palestino en las cercanías de Tulkarem, uno de los reductos de Al Aqsa.

El escepticismo se advierte en ambos lados. “Se están riendo de nosotros –expresó Jaudat Joude, quien ha estado impedido de regresar a su trabajo en una fábrica de soldadura en Jerusalén desde el inicio de esta segunda Intifada, desde hace 33 meses–. Si de verdad quieren hacer algunos cambios, entonces, abran los caminos, remuevan los puestos de control y dejen a la gente ir a trabajar. Sólo así podríamos creer que los israelíes tienen buenas intenciones”.

Yona Assaf, una profesora de educación diferencial que hace diez años emigró de Nueva York a Jerusalén, está también presa de la incertidumbre. “Puedo entender a esa gente que está bastante lejos y que piensa que los israelíes y los palestinos debieran sólo sentarse y hacer las paces. Pero si tú estás aquí, tú no puedes funcionar lejos de la verdad. Y yo creo que la verdad es que no habrá paz”, declaró a Greg Myre, uno de los corresponsales de The New York Times.

En contacto con Ercilla, el columnista estadounidense Daniel Pipes –colaborador de rotativos como New York Post, The Wall Street Journal y The Jerusalem Post– dice compartir ese pesimismo. “El cese al fuego implica una preparación para más hostilidades”, manifiesta lacónicamente.

Aunque aclara que puede estar equivocado, el politólogo israelo-estadounidense Michael Dahan –también consultado por esta revista– cree que “Sharon continuará con esta fachada de cooperación y de movimiento positivo, mientras espera o inicia un curso de acontecimientos que le permitirá culpar a los palestinos. El hecho de que los partidos de extrema derecha no hayan aún abandonado la coalición es un indicio. Estoy convencido de que el pronto repliegue (de Israel) a las fronteras de 1967 y el desmantelamiento de los asentamientos, de acuerdo a la ‘Hoja de ruta’, están condenados al fracaso”.

En un reciente artículo del prestigioso International Herald Tribune, Uri Dromi –del Instituto Israelí de Democracia– se hizo cargo de una investigación desarrollada por el Instituto Judío de Desarrollo de Políticas respecto a que el 2015 la población árabe superará ampliamente a la judía en esa convulsionada región. “Creo que Israel debiera salirse unilateralmente de los territorios (ocupados), porque en Medio Oriente las alternativas no son entre bueno y malo... sino entre malo y pésimo. Tanto perder la naturaleza judía de Israel como su democracia son para mí los dos peores escenarios”.

Intentando pavimentar sólidamente la conformación de un Estado palestino en el 2005 y garantizar la seguridad de Israel, Estados Unidos anunció la entrega de 30 millones de dólares a la ANP para reparar la infraestructura destruida en la Franja de Gaza y Cisjordania. El siguiente paso de la frágil “Hoja de ruta” debiera ser la retirada israelí de Ramalla y la liberación de 21 presos palestinos no implicados en actos de sangre.

“Es el comienzo de un verdadero diálogo entre Israel y la ANP. Ambas partes entienden que cualquier error será extremadamente riesgoso”, declara a Ercilla el investigador Bruce Maddy-Weitzman, del Centro Moshe Dayan de la Universidad de Tel Aviv.

 

EN EL VECINDARIO

 

Daniel Brumberg –autor del libro Reinventing Khomeini: The Struggle for Reform in Iran– se desmarca de las hipótesis más catastrofistas, que pulularon en los medios informativos internacionales tras la Segunda Guerra del Golfo, y estima que esa región “experimenta evoluciones políticas, más que revoluciones”, de acuerdo a un documento publicado en Foreign Policy.

En ese sentido, Siria ha reconocido el cambio geoestratégico en la zona. Así se comprenden los sucesivos intentos de Damasco por congraciarse con Washington en el monitoreo de Al Qaeda y en la entrega de ex funcionarios del régimen de Saddam Hussein.

Irán seguiría en la cuerda floja, intentando no irritar demasiado a los altos personeros de Estados Unidos. De acuerdo a Vincent Cannistraro, ex jefe de operaciones y análisis de contraterrorismo de la estadounidense Agencia Central de Inteligencia (CIA), “Arabia Saudita debiera cortar ahora seriamente la ayuda a los terroristas fundamentalistas religiosos”.

Así las cosas, el temido “efecto dominó” no gatilló mayores “cambios de regímenes”, como se auguró luego de la “desaparición” de Hussein (por quien Washington está ofreciendo 25 millones de dólares, “vivo o muerto”) y la caída de Bagdad. Según Thomas Carothers, miembro del think tank estadounidense The Carnegie Endowment, la “‘democratización del dominó’ ha ocurrido algunas veces, como en Europa Oriental en 1989 o en América Latina durante los ochenta. Pero el poder de ejemplo en esos casos fue la movilización ciudadana para derrocar sus propias regulaciones represivas, y no intervenciones externas”. Y advirtió que las operaciones militares –como las desplegadas en Granada, Panamá, Haití o Afganistán– son “incuestionablemente acontecimientos de gran alcance que resuenan en alta voz en el contexto internacional, pero ninguna de esas intervenciones ha producido ondas democratizadoras en los países vecinos”.

 

IRAK: NI LEY NI ORDEN

 

El analista británico Jonathan Marcus dice no tener dudas de que “en Irak se está gestando una guerrilla formada a partir de elementos criminales, hombres leales al partido Baaz (de Hussein) y nacionalistas iraquíes”, refiriéndose a la ola de sabotajes que al cierre de esta edición había dejado una treintena de efectivos anglo-estadounidenses muertos en confusas acciones posbélicas.

Con su contundencia característica, The Economist puso los acentos en “los servicios públicos desiguales, los constantes ataques guerrilleros contra las tropas de la coalición, una extendida criminalidad, réditos excesivos en la confusión petrolera y en el financiamiento de la reconstrucción, y todavía no hay señales de un gobierno propio”. Y se preguntó: “¿Le tomó demasiado tiempo a la Administración Bush pensar en cómo asegurar la victoria militar y muy poco lo que había que hacer una vez que Saddam Hussein fuera removido?”.

El politólogo de la Universidad de San Francisco Stephen Zunes comenta a Ercilla que “Estados Unidos se está pareciendo cada vez más a un poder de ocupación. Y el resultado será el familiar ciclo de una sangrienta campaña contra la insurgencia, generando más resistencia”.

A Donald Rumsfeld, el polémico secretario de Defensa estadounidense, no le agrada que le pregunten si la actual situación posbélica en Irak puede desencadenar un nuevo Vietnam. La pasada noche del 30 de junio fue algo áspero ante las consultas de la prensa acreditada en Washington. “Si quiere llamar a Irak un atolladero, hágalo. Yo no”, espetó.

En declaraciones a esta revista, el siempre crítico cientista político Michael Dahan advierte que “la situación en Irak es peor a Vietnam. Estados Unidos tiene que abandonar Irak lo antes posible. Cada día que Estados Unidos está en Irak es probable que aparezcan más y más fundamentalistas en la región”.

“Sólo hay un Vietnam... la gran excepción en la experiencia estadounidense. Habiendo dicho eso, veo una contradicción entre dos impulsos de Estados Unidos (sobre Irak): de desentenderse o de establecer algunas cosas”, comenta a esta revista el ya citado Daniel Pipes.

El también mencionado Bruce Maddy-Weitzman, del Centro Moshe Dayan, dice que “el status de los chiítas será crucial en el largo periodo. Es importante para Estados Unidos ganar un amplio apoyo internacional para el periodo de transición, estableciendo un liderazgo iraquí creíble y legítimo, una coalición”.

A mediados de junio, alrededor de la mitad de los 55 personeros “más buscados” del destituido régimen estaban detenidos o se habían entregados. Entre estos últimos se destacaba el caso del entonces ministro de Informaciones, Mohamed Saeed al Sahaf, quien se personó ante las fuerzas estadounidenses y fue de inmediato puesto en libertad por considerarlo poco importante. Durante los días de la invasión a Irak fue más conocido como “Alí el cómico”, debido a los irreales e irrisorios informes que entregaba a los enviados especiales.

En los primeros días de julio y a través de sus propias declaraciones, George W. Bush daba más indicios de que los efectivos estadounidenses estarán un prolongado periodo en territorio iraquí: “La realización de Irak como un ejemplo de moderación, democracia y prosperidad es una empresa masiva y a largo plazo... Y la restauración de ese país es crítica para la derrota del terror y del radicalismo en todo Medio Oriente”.

No obstante, esas palabras no van a la par con un apoyo económico sólido a Irak. A fines de febrero, la Administración Bush ya había dispuesto 2,4 mil millones de dólares destinados básicamente para controvertidos programas humanitarios y de reconstrucción. Pero esa cifra queda menoscabada ante los 3 mil millones de dólares anuales que Washington entrega a Tel Aviv. Ni a los equivalentes 100 millones de dólares actuales del Plan Marshall, que fue en ayuda de los países europeos al término de la Segunda Guerra Mundial.

Ya hay quienes consideran, además, necesario el relevo de los cerca de 150 mil efectivos. De acuerdo a un reciente artículo de The New York Times, “una fuerza cada vez más internacional en Irak permitiría a las tropas estadounidenses regresar a casa y reducir radicalmente los costos de una operación que le está significando al Pentágono tres mil millones de dólares mensuales. Algunos soldados de la Tercera División de Infantería del Ejército, que han estado desplegados en la zona más de un año, comienzan a criticar públicamente su misión”.

A juicio del mencionado Daniel Pipes, el futuro político de Irak se resolvería “instalando un poderoso líder con inspiración democrática”. Por otra parte, el politólogo de la Universidad de San Francisco, Stephen Zunes, cree que “el dilema para Estados Unidos está en establecer un régimen iraquí que mire tanto los intereses estadounidenses como que tenga credibilidad a ojos de la población iraquí para gobernar. No creo que eso sea posible”.

 

“DINOSAURIO CON CEREBRO DE PAJARO”

 

En Foreign Policy, el experto Joseph Cirincione –también miembro de The Carnegie Endowment– expresa que “Estados Unidos y otros Estados en cuestión pueden tratar de utilizar el tratamiento en Irak como una lección para inducir a Estados como Corea del Norte e Irán a cambiar su comportamiento. Pero las señales iniciales indican que esos regímenes han asumido una conclusión opuesta (a fines de mayo ambos gobiernos autoritarios aceleraban sus programas nucleares). Como el comandante en jefe del Ejército de India tras el término de la primera guerra en Irak (en 1991), oficiales en Pyongyang y Teherán pueden creer que si un día están en oposición a Estados Unidos, es mejor tener armas nucleares”.

En tanto, el ex presidente iraní Hashemi Rafsanyani no encontró mejor descripción para Estados Unidos que la de “dinosaurio con cerebro de pájaro, que ha cometido un grave error en Irak”.

Ya se asegura, además, que si palestinos e israelíes necesitan una “Hoja de ruta”, Estados Unidos, Irán e Irak necesitan una “carta de navegación” para garantizar estabilidad y seguridad en el siempre tambaleante Golfo Pérsico.

Andrés Pérez González

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