Conflicto palestino-israelí

Bajo el juego de Bin Laden

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Es tiempo de cólera. El asesinato de un ministro del gabinete de Ariel Sharon, en Israel, dio paso a una operación militar en varias zonas bajo control palestino. Inesperadamente, Estados Unidos puso en aprietos a su tradicional aliado en Medio Oriente, condenando la escalada de violencia.

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"Ese tipo nunca me ha quitado los ojos de encima", le comentó Rehavam Ze’evi (75) a su esposa, el pasado 17 de octubre, antes de finalizar el desayuno en el Hotel Hyatt Regency en Jerusalén. El aludido estaba sentado en una esquina y tenía rasgos árabes. Minutos más tarde, el entonces ministro de Turismo de la administración israelí del derechista Ariel Sharon yacía en el suelo del octavo piso, frente a su habitación, con dos balas en la cabeza y sangrando mortalmente.

Este nuevo atentado reivindicado por el aparato militar del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) -en represalia por el asesinato de su líder, Abu Ali Mustafa, cometido en agosto de este año por agentes hebreos-, agitó fuertemente el termómetro político, militar y diplomático en Medio Oriente.

Según el periodista Elías Zananiri, de origen palestino, este nuevo golpe contra el Estado de Israel constituye, además, otro "gran fiasco" para el mismo Servicio de Seguridad General, conocido como Shin Bet, desde el asesinato del ex primer ministro laborista Yitzhak Rabin en noviembre de 1995. Aunque esta vez no se trató de extremistas judíos que torpedeaban un acercamiento con las autoridades palestinas.

La respuesta israelí no se dejó esperar. Dos días después el poderoso aparato militar judío tomó el control de seis estratégicas posiciones bajo autonomía palestina en Cisjordania y la Franja de Gaza (ver infografía). Así, tras el brusco giro del escenario internacional luego de los atentados cometidos el 11 de septiembre en Nueva York y Washington, el conflicto palestino-israelí enfrentaba una de las jornadas más sangrientas de esta Intifada, iniciada en septiembre del 2000.

Con doce personas muertas en los últimos días, el saldo total de víctimas fatales desde que el comienzo de esta rebelión popular ascendía -al cierre de esta edición- a 668 palestinos y 177 israelíes.

"¿QUIEN LO NECESITA?"

Desde el comienzo esta nueva ola de violencia se centró en la figura de Yasser Arafat, líder de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Israel demandó la inmediata entrega de los implicados en el asesinato del ministro judío -quien era conocido por mantener posturas aún más fundamentalistas que Ariel Sharon-, dejar fuera de la ley a los grupos extremistas islámicos y arrestar a varios dirigentes incluidos en una lista de los más buscados por los servicios de seguridad hebreos.

El primer ministro israelí incluso sindicó a Tawfiq Tirawi, jefe de inteligencia de la ANP en Cisjordania, como encubridor de los autores del atentado. De nada sirvió el anuncio de Arafat de declarar ilegal, el pasado 21 de octubre, al brazo armado del FPLP.

"No hay ley que los ampare... es como una jungla", aseveró el ministro de Justicia israelí, Meir Shetreet, respecto al régimen de Arafat. Por su parte, Ahmed Helles, cabecilla de Fatah en la Franja de Gaza, advirtió que "no importa cuál organización (quede fuera de la ley)... Nuestra lucha es legítima y continuaremos peleando como una persona y una nación".

Dirigentes israelíes justificaron la incursión en territorio bajo administración palestina, debido a que Arafat –según ellos- no se mostraba dispuesto a entregar a los responsables de la muerte del ex ministro ultraderechista. Fuentes palestinas, en cambio, veían detrás de esta operación militar una maniobra del sector de línea dura israelí para descabezar a la ANP, dejar en el camino a Arafat, y colocar a personajes más proclives a Tel Aviv.

"Arafat no va a jugar el papel de policía israelí. El no hará eso. No se comportará como espera que lo haga el gobierno israelí. Por el momento, toda cooperación estratégica entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina es una ilusión", declaró a Ercilla Bruce Maddy-Weitzman, investigador del Centro Moshe Dayan de la Universidad de Tel Aviv.

Muchos ven con buenos ojos esta maniobra del gobierno hebreo. A juicio del colono Ronny Davidovits, quien asistió a una manifestación que congregó en Jerusalén a unas 90 mil personas en apoyo a las recientes acciones militares, "la realidad de cada día es la guerra. Sharon debe continuar y sacar a Arafat del poder".

El columnista Daniel Johnson -en un texto aparecido primero en The Daily Telegraph de Londres y reproducida el 23 de octubre en The Jerusalem Post- se interrogó "¿por qué debe Israel confiar en el hombre que ha asesinado probablemente a más judíos después de Hitler en estos últimos 50 años?".

El propio ministro de Relaciones Exteriores israelí, el laborista Shimon Peres, no se perdió esta polémica durante su visita a Estados Unidos: "Si hay un líder que no hace nada, ¿para qué lo necesitamos? Si un líder no puede dirigir, ¿quién lo necesita?".

En un artículo en la Jewish Telegraphic Agency, el periodista David Landau desglosó el plan de acción de los ultranacionalistas en caso de una salida de Arafat. "Ellos aseguran que Cisjordania y la Franja de Gaza no caerán por completo bajo control de los fundamentalistas islámicos. Por el contrario, las áreas se dividirán en fragmentos en los que los señores de la guerra, algunos quizá proclives a la influencia israelí, dividirán el poder", estimó.

ESTADOS UNIDOS ESTA PRIMERO

Sin embargo, al gobierno israelí le salió el tiro por la culata. Luego de los atentados fundamentalistas contra Estados Unidos, presuntamente cometidos por el multimillonario saudí Osama Bin Laden y su grupo Al Qaeda, no faltaron las voces en Israel que predijeron un fortalecimiento de la ya estrecha relación entre las administraciones israelí y estadounidense. Más aún después del asesinato del ministro Ze’evi. "Nosotros malinterpretamos la esperada reacción estadounidense. En vez de presionar fuerte y públicamente a los palestinos, Estados Unidos nos presiona a nosotros, diciendo que primero debemos abandonar los territorios y luego negociar con los palestinos", aseveró el pasado 24 de octubre un diplomático judío a The Jerusalem Post.

Y es que las declaraciones de Washington fueron contundentes. En un encuentro entre el presidente norteamericano George W. Bush y Shimon Peres, que no duró más de 25 minutos, el mandatario manifestó su deseo que "Israel mueva sus tropas lo más rápido posible" de las zonas autónomas palestinas. Anteriormente, los responsables de la política exterior norteamericana se expresaron en igual sentido.

Al cierre de esta edición, informes de la radio israelí aseguraban que las presiones contra Sharon habrían tenido resultado (se esperaba para el 26 de octubre la salida de los efectivos hebreos del territorio palestino).

Washington considera a Tel Aviv un aliado estratégico en Medio Oriente. Valiéndose de ese estatus, el gobierno israelí recibe anualmente unos 3 mil millones de dólares en ayuda económica y militar de manos estadounidenses.

Bruce Maddy-Weitzman comentó a Ercilla que entre la población israelí existe la impresión de que "Estados Unidos actúa de una manera en Afganistán y de otra aquí, en nuestro conflicto con los palestinos, pero la relación entre ambos países es bastante profunda y podrá sobrevivir a cualquier inconveniente", asumiendo las complejidades del nuevo contexto internacional.

"Debemos reconocer que esto (lo que acontece en Medio Oriente) puede complicar nuestra campaña contra el terrorismo", declaró Martin Indyk, quien sirvió como embajador en Israel, por dos temporadas, durante la pasada administración de Bill Clinton. Agregó que las tensiones entre israelíes y palestinos pueden verse "exacerbadas por malos actores... quienes podrían servir a los objetivos de Osama Bin Laden. Si ellos provocan a Sharon, eso ayudará a Bin Laden y nos dañará a nosotros".

Brent Scowcroft, consejero de seguridad nacional de George W. Bush, reconoció a The Washington Post que a pesar de que el conflicto palestino-israelí "no está directamente relacionado con Bin Laden, sí alimenta la aguda atmósfera negativa en la región contra Estados Unidos". Otro elemento que estratégicamente no queda al margen del juego de Bin Laden.

Andrés Pérez González

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