Conflicto palestino-israelí
Pura autodestrucción
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Pocos creen en la “Hoja de ruta”. En un Medio Oriente dominado por extremismos religiosos de ambos lados, existen voces que recomiendan una operación militar extranjera. Para Ariel Sharon, la reciente ola de violencia puede asemejarse a “contracciones de parto”.
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“No puedo garantizarle que cuando abandone mis oficinas no será objeto de un ataque”, le advirtió el debilitado primer ministro palestino, Mahmoud Abbas, a uno de los cabecillas del Movimiento Islámico de Resistencia, más conocido como Hamas. Diez días después, Abdel Azziz Rantisi salía milagrosamente con vida de un “ataque selectivo” perpetrado por helicópteros israelíes.
Era el pasado 10 de junio. Sólo seis días antes se habían reunido por primera vez –en la ya denominada Cumbre de Aqaba– el mandatario estadounidense, George W. Bush, y los premiers israelí, Ariel Sharon, y el ya mencionado Abbas, dando inicio formal a la cuestionada “Hoja de ruta” hacia el reconocimiento y conformación de un Estado palestino, a más tardar a fines de 2005.
La operación de la Fuerza Aérea Israelí –en la que fallecieron tres palestinos– fue en represalia a la acción concertada de los grupos armados palestinos (Hamas, Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa), cometida sólo dos días antes. Demostrando su oposición a las negociaciones trazadas por el “Cuarteto” –conformado por Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y Naciones Unidas–, un comando especial abrió fuego contra un puesto militar en Gaza, matando a cuatro reservistas israelíes.
En venganza por el atentado contra Rantisi, en la siguiente jornada un kamikaze de Hamas –vestido como judío ortodoxo– subió a un bus en Jerusalén para inmolarse, al finalizar la jornada laboral, ocasionando la muerte a 17 israelíes y dejando más de un centenar de heridos.
Minutos después, helicópteros israelíes volvieron sobre los cielos de Gaza para matar a dos miembros de Hamas y a cinco civiles palestinos. Hirieron además a otras 35 personas. El objetivo era Yasser Taha, alto dirigente de ese grupo radical islámico. Pero los disparos de cohetes también terminaron con la vida de su esposa y su pequeña hija de tres años. Ante las cámaras de la televisión, enfurecidos y desconcertados palestinos mostraban en primer plano la mamadera y un pequeño zapato de la inocente víctima, hallados entre los restos retorcidos e incendiados del auto.
Esta última sacudida de terror dejaba en la cuerda floja a la “Hoja de ruta”. En esa segunda semana de junio se contabilizaron más de sesenta víctimas fatales, mayoritariamente palestinas, y varios cientos de heridos.
GUERRA SIN TREGUA
Consultado por Ercilla, Daniel Pipes –reconocido columnista de los diarios estadounidenses New York Post, The Wall Street Journal y del israelí The Jerusalem Post– no duda en calificar el espiral de odio y resentimiento en Medio Oriente –en los 33 meses de esta segunda Intifada– como “una guerra en la que los palestinos están tratando de destruir Israel”.
Esa viene a ser la justificación precisa para que el gobierno ultranacionalista israelí desate una guerra frontal contra Hamas, amenazando también al fundador de ese movimiento integrista, el tetrapléjico jeque Ahmed Yassin; al ya mencionado número dos, Rantisi; y al vocero Mahmoud A Zahar. De ese modo, el Ejecutivo israelí ya no hace diferencia entre la parte más política de Hamas y la militar, las Brigadas Ezzedim al Qassam. En definitiva, esta guerra pareciera que se “personaliza”.
En declaraciones atribuidas al máximo líder espiritual de Hamas, el jeque Yasin habría argumentado que “Hamas no quiere matar civiles, pero trabaja con el principio islámico de ojo por ojo”.
Desde una cama en un hospital, el sobreviviente Rantisi justificó los recientes atentados suicidas, diciendo que es “el derecho de nuestra gente a defenderse, el derecho a defender nuestra tierra y nuestra causa”. Hamas, de paso, advirtió que los extranjeros debían abandonar Israel y, por primera vez, amenazó con atentar personalmente contra Sharon.
El ministro de Información palestino, Nabil Amr, dijo que los recientes ataques israelíes constituían una “declaración de guerra” y “una acción premeditada y destinada a hacer fracasar los esfuerzos para reanudar el proceso de paz y torpedear cualquier posibilidad de alto al fuego”.
El destacado columnista de The New York Times, Thomas Friedman, cree que “el hecho es que los dos años de Ariel Sharon utilizando solamente al Ejército israelí para luchar contra el terrorismo, no ha traído más seguridad a los israelíes. Él (Sharon) necesita un socio palestino, y tiene que comportarse y negociar de un modo que consolide a uno”, puntualizó en la edición del pasado 16 de junio.
Según encuestas recientes, ni siquiera la mayoría de la población israelí está de acuerdo con la política adoptada por Sharon. El 67% cree que se debe poner fin a los “asesinatos selectivos” de militantes palestinos, concluyó el sondeo publicado el pasado 13 de junio en el rotativo judío Yediot Ahronot. Esa misma jornada, el diario Maariv recogió otro estudio que sitúa en el 57% el apoyo de los israelíes a la “Hoja de ruta”. No obstante, el 67% no cree en la palabra del premier palestino, conocido también como Abu Mazen, de controlar a los grupos armados.
Por su parte, la Casa Blanca dirige decididamente sus dardos hacia el Movimiento de Resistencia Islámico. “El asunto es Hamas, los terroristas son los de Hamas”, declaró Ari Fleischer, portavoz del mandatario estadounidense.
Ese espaldarazo al gabinete de Sharon venía de la mano de una visita del secretario de Estado, Colin Powell. El alto funcionario tenía previsto reunirse con ambos primeros ministros el pasado 20 de junio para encontrarse dos días después, en Jordania, con los representantes del “Cuarteto”.
“LLORONES” Y “POLLITO”
En una reunión de su gabinete, en pleno desarrollo de la pasada escalada de violencia, el llamado “Bulldozer” del Likud catalogó de “llorones” a los dirigentes palestinos. Inclusive, tachó de “polluelo que todavía no le han crecido sus plumas” al mismísimo Mahmoud Abbas. Parecía que la “Hoja de ruta” quedaba a la deriva.
“Las palabras no son suficientes. Estados Unidos tiene que ir más allá –expresó a Newsweek el ministro de Cultura palestino, Abu Amr, quien actúa además como mediador con Hamas–. El presidente Bush tiene que interferir con los israelíes”.
El objetivo de este personero es lograr una hudna (cese al fuego). Pero tiene claro que tras el “atentado selectivo” contra Rantisi, junto a otros activistas de Hamas, ya no está en condiciones de negociar una tregua de parte de los radicales palestinos. “Sin garantías de la otra parte (Israel), no tengo ninguna credibilidad”, denunció a la prestigiosa revista estadounidense.
Si bien el politólogo judío Gerald Steinberg –de la conservadora Universidad Bar Ilan– puede justificar los ataques perpetrados contra Hamas por razones de “Seguridad” de Israel, esta vez tiene una opinión distinta. En una columna aparecida el pasado 13 de junio en The Jerusalem Post, Steinberg –quien es fuente recurrente de Ercilla– cree que el operativo contra Rantisi marca “la falta más grande” en los dos años del gobierno de Sharon. “La primera regla en las relaciones entre Estados Unidos e Israel es la ‘no sorpresa’ y la decisión de convertir en objetivo a Rantisi fue una violación de ese principio”, acusó en su columna.
JAQUE A ABBAS
De acuerdo a un reciente editorial del influyente semanario británico The Economist, las acciones “selectivas” contra los grupos de la resistencia palestina armada “han dañado la autoridad de Abbas, demostrando a los palestinos más intransigentes cuán poca influencia él tiene, tanto en persuadir a los israelíes para moderar su respuesta militar a la Intifada como en persuadir a Estados Unidos para que presione a Israel en ese sentido”.
Es por eso que ya se alzan voces solicitando la renuncia del premier y su gabinete. A juicio del mismo Rantisi, las políticas moderadas y conciliadoras de Mazen “no son apoyadas por el hombre de la calle”. El ya citado columnista Daniel Pipes expresa a esta revista que Mazen es “un líder puesto por Estados Unidos, que no puede ganar popularidad ni ser efectivo”. Para Mohamed Nazal, otro dirigente de Hamas, el aislamiento político del gabinete de Abbas proviene, además, de Fatah, la fuerza política del “raïs” Yasser Arafat.
De acuerdo a la especializada publicación Foreign Report, Abbas Zaki –líder de Fatah en Hebrón– aseguró que “los israelíes no están ayudando a Abu Mazen, porque ellos no quieren a un hombre de paz”.
Claramente, el sangriento conflicto en Medio Oriente está inmerso en un –¿ya arraigado?– fundamentalismo en ambos lados. “No se puede comparar un atentado contra un bus civil y una operación de nuestras fuerzas contra los que financian, dirigen y organizan tales actos. Está muy claro: de un lado están los asesinos y de otro los que defienden”, sentenció recientemente el ministro de Exteriores judío, Silvan Shalom, sin referirse mayormente a las víctimas civiles que dejan esas operaciones “selectivas”.
El mismo argumento es utilizado por los radicales de Hamas. Para ambos casos, los terroristas son “los otros”. Según John Kifner, en un artículo aparecido el 8 de junio en la edición dominical de The New York Times, “estas ideologías ya no están conducidas sólo por nacionalismo, sino por religión: por certezas absolutas e intransigentes. En efecto, en cada parte, los seculares y la gente que debe querer la paz se han convertido, en estos años, en cautivos de sus respectivos elementos más extremos”.
TROPAS
El mandatario estadounidense busca un protagonismo indirecto, según analistas, reconociéndosele su capacidad para delegar. Así se entiende la visita de Powell a la región, sólo dos semanas después de haberse formalizado la “Hoja de ruta” y de haber resurgido por ambos lados la violencia más descarnada.
Pocos palestinos están realmente optimistas con el pasado encuentro de Aqaba, en Jordania. Y dudan de la sinceridad de Bush y de las intenciones de Sharon. “El problema con los estadounidenses es que se aburren fácilmente con el conflicto árabe-israelí”, confidenció un personero de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a la revista Time
Rashid Khalidi, catedrático en Historia del Medio Oriente en la Universidad de Chicago, criticó recientemente lo que considera “cambios cosméticos” en la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y pronosticó el total fracaso de la “Hoja de ruta”, en un artículo publicado en el liberal The Nation. “El nuevo gobierno no tendrá posiblemente éxito en reducir la violencia palestina sin poner fin a la ola de asentamientos y a la asfixiante ocupación”.
Por su parte, el teórico político israelí Yaron Ezrahi cree que la “autodestrucción es, en los hechos, un término útil para describir actualmente a los israelíes y palestinos. De ambos lados se ha cruzado la línea donde la autodefensa se transforma en autodestrucción. Así, solo una fuerza externa puede traer a la gente de nuevo a sus sentidos. Y esa fuerza es el presidente (George W.) Bush”.
El citado columnista Thomas Friedman fue incluso más allá: “lo único que queda es que Estados Unidos intervenga, con su influencia, su conocimiento y, si es necesario, con sus tropas”.
“Nuevamente, puede que sea necesario para la comunidad internacional el envío de una fuerza importante, pero tanto Israel como los palestinos deben estar de acuerdo. Esa fuerza no debe estar regida unilateralmente por Estados Unidos”, expresa a Ercilla el analista militar Daniel Smith, ex veterano de Vietnam.
Al cierre de esta edición, los líderes palestinos aún no hallaban la forma para alcanzar un alto al fuego de parte de los grupos más radicalizados. El mismo Arafat habría dado su aprobación a la creación de una “Dirección de Unidad Nacional”, que integre a las facciones armadas bajo el alero de la OLP. Mientras tanto, proseguían las negociaciones –aún infructuosas– con la contraparte israelí para lograr el repliegue de sus tropas de la zona norte de Gaza y tentativamente de algunas partes de Cisjordania.
El pasado 16 de junio, el siempre polémico Ariel Sharon no halló nada mejor que declarar –en una comparecencia en el Knesset (Parlamento)– que los sangrientos incidentes de mediados de junio eran “contracciones de parto” del proceso de paz. Para el bien de los suyos y de su vecindario, ojalá que esta vez no se equivoque.
Andrés
Pérez González