Medio Oriente

Sobredosis de terror

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En Estados Unidos, la administración Bush declara preventivamente la alerta “naranja” ante la posibilidad de nuevos atentados terroristas, parecidos a los perpetrados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. En esta ola de pánico y violencia global, se agrega el estancamiento de la publicitada “Hoja de ruta”, que intenta poner freno al conflicto israelo-palestino.

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“Al Qaeda ya no es un problema –declaró George W. Bush–. Ahora mismo, cerca de la mitad de sus miembros de más alto rango están encarcelados o muertos”. No se sabe si fue una desinformación o desinteligencia de parte del mandatario estadounidense y de sus asesores, pero lo cierto es que estas observaciones no fueron hechas tras los operativos militares contra Afganistán –a fines de 2001–, sino el pasado 5 de mayo.

15 días después, la Casa Blanca ordenaba el cierre momentáneo de sus sedes consulares en Arabia Saudita ante la amenaza de eventuales acciones terroristas. Gran Bretaña y Alemania no dudaron en seguir el ejemplo.

El pánico ya rondaba en Washington y las principales ciudades de la hiperpotencia, habiéndose declarado la alerta “naranja” (segundo máximo grado de riesgo nacional). La tensión reinante se agravó, el pasado 21 de mayo, tras una explosión –localizada en una sala de la Facultad de Leyes de la Universidad de Yale– que no ocasionó víctimas fatales.

Una grabación de audio atribuida a Ayman al Zawahri –considerado el “número dos” del aún inubicable Osama Bin Laden– y difundida esa misma jornada por la cadena de televisión Al Jazzera, puso los pelos de punta a los encargados de la Seguridad estadounidense, exigiendo a sus fanatizados adeptos nuevos actos terroristas. Siniestramente, este dirigente islamista prometía a sus seguidores “buenas noticias durante los próximos días”.

Los agentes estadounidenses ya estaban advertidos. De acuerdo a fuentes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), los sangrientos atentados cometidos a mediados de mayo en Arabia Saudita y Marruecos –que dejaron en total más de 70 víctimas fatales y de un centenar de heridos– pueden ser “el preludio de un ataque dentro de Estados Unidos”. Otros analistas los consideraron una “maniobra distractiva” tendiente a facilitar una nueva ofensiva en territorio estadounidense.

 

“OBJETIVOS BLANDOS”

 

Al igual que 15 de los 19 sospechosos implicados en el ataque integrista del 11 de septiembre de 2001, Bin Laden proviene de Arabia Saudita, donde a mediados de mayo nuevos kamikazes –vinculados presuntamente a Al Qaeda– se hicieron estrellar contra lugares residenciales habitados principalmente por extranjeros. Dejaron, en Riyadh, un saldo de más de 30 muertos; entre éstos, siete saudíes y ocho estadounidenses.

Irónicamente, Washington anunciaba por esos días el pronto retiro de sus efectivos militares estacionados desde el término de la Primera Guerra del Golfo, en 1991.

El pasado 16 de mayo fue el turno de Marruecos: 41 personas perdieron la vida en Casablanca en una serie de explosiones contra lugares frecuentados por judíos locales.

“Los ataques son un sangriento recordatorio de que la guerra contra el terrorismo del presidente George Bush no ha terminado. Estos subrayan cómo la naturaleza del terrorismo global está cambiando”, advirtió el semanario The Economist.

Pareciera ciertamente que esto da la razón a los detractores de Washington, que preveían que una invasión contra Irak sólo distraería la atención de la “guerra contra el terror” (como además ya había ocurrido con la pasada guerra de Afganistán).

Así lo cree el secretario general de la Comunidad Judía de Casablanca, Simon Levy, quien airadamente expresó a un reportero español –tras esos últimos atentados– que “¡la guerra de Irak fabrica 100 kamikazes cada día en el mundo! Esta es una provocación mayúscula hecha al mundo islámico”.

El terrorismo global se ha hecho “más disperso, menos centralizado y jerárquico,y tiene más reclutas. Este último punto persistirá mientras el conflicto palestino-israelí esté sin resolver. El camino a Jerusalén no pasa por Bagdad”, expresa en entrevista con Ercilla el analista militar estadounidense Daniel Smith.

Un editorial del mismo The Economist, aparecida este 19 de mayo, aseguraba que “tales argumentos están equivocados, por decir lo menos. Sería muy cómodo creer que el terrorismo islámico crece y cae con cada movimiento de la política exterior estadounidense. Si así fuera, Estados Unidos necesitaría sólo ajustar esas políticas para frenar el terrorismo”.

De acuerdo a ese mismo semanario, el asunto es más complicado. Se trataría de una lucha musulmana contra el orden no musulmán, como podría ser el caso en Palestina, Cachemira y Chechenia. O la intención de algunos musulmanes –en Arabia Saudita, Egipto y Argelia– por “derrocar a sus gobiernos considerados corruptos, represivos o insuficientemente devotos”. Al Qaeda representaría más bien la idea de que el “Islam está encadenado a la perenne Jihad (guerra santa) contra los incrédulos”.

Con una administración proestadounidense en Irak y el mundo en alerta global, sumado a la destrucción de sus campos de entrenamientos en Afganistán y Chechenia, los integrantes de la red de Bin Laden han debido regresar a sus lugares de origen. Algunos especialistas han empezado, incluso, a cuestionar el carácter internacional de Al Qaeda, y creen que ésta se habría reestructurado en una serie de “células” locales, que no deben ser subestimadas.

Según el FBI, este grupo islamista parece haber cambiado de táctica, centrándose en “objetivos blandos” que no estén fuertemente vigilados, refiriéndose a hoteles, oficinas y zonas residenciales frecuentados por “cruzados” (cristianos) o judíos.

 

¿RÉQUIEM DE LA “HOJA DE RUTA”?

 

Entre el pasado 17 y 19 de mayo se perpetraron además cinco atentados suicidas en Israel, dejando 15 muertos y varias decenas de heridos. Una sesión extraordinaria del conservador gabinete de Ariel Sharon resucitó el fantasma de la deportación de Yasser Arafat (quien continúa su forzado enclaustramiento en su cuartel, la Mukata), pretendiendo así poner atajo a la resistencia palestina.

Aunque para algunos “este remedio puede ser peor que la enfermedad” –según Mahdi Abdul Hadi, director de la Sociedad Académica Palestina para el Estudio de Relaciones Internacionales–, la denominada “opción Arafat” continúa vigente (ver recuadro).

En jaque –¿mate?– continúa además la viabilidad de la ampliamente publicitada “Hoja de ruta”, no contando hasta el cierre de esta edición con una confirmación expresa del premier hebreo, quien se ha mostrado reticente. “Esta no será implementado mientras Ariel Sharon sea primer ministro de Israel. Esta es una ‘hoja de ruta’ hacia ninguna parte”, asevera a esta revista el ya mencionado Daniel Smith, graduado de la prestigiosa Academia Militar de West Point y un ex veterano de Vietnam.

El debutante primer ministro palestino, Mahmoud Abbas (también conocido como Abu Mazen), aceptó los términos generales de esta propuesta que contempla para el 2005 la existencia de dos estados en esa convulsionada región: uno israelí y otro palestino. Antes de eso se deben cumplir otras condiciones como el término de los atentados suicidas palestinos, la retirada de importantes asentamientos judíos en territorio ocupado y la libre circulación de la población árabe. Este plan cuenta con el apoyo del “Cuarteto”, conformado por Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y Naciones Unidas.

Pero ha habido señales de acercamiento entre las partes. A pesar de haber sido considerado un “fracaso” –y mientras el Medio Oriente se sacudía con la seguidilla de atentados–, el premier israelí y el palestino tuvieron su primer encuentro, el pasado 17 de mayo. Aunque conversaron sólo cinco minutos en privado, ambas comisiones continuaron la reunión durante tres horas.

Según trascendió en la prensa local, la intención de la delegación palestina –conformada por el ministro de Seguridad, Mohamed Dahlan, y el presidente del Parlamento, Abu Ala– era lograr la aceptación del ejecutivo israelí de la “Hoja de ruta”. Sharon habría insistido en que tienen observaciones que “queremos debatir con los norteamericanos”. “Tengo problemas en casa, con una oposición interna que no me permite actuar”, se habría excusado el líder del nacionalista Likud. La respuesta de Abbas no se dejó esperar y fue contundente: “usted tiene un solo (Avigdor) Liberman (líder de la ultraderechista Unión Nacional). Yo, en cambio, en mi oposición, en mi Gobierno y en mi calle tengo mil Libermans”.

En los días siguientes, el mismo mandatario estadounidense quiso dar un respaldo a la debilitada posición de Mahmoud Abbas, entrevistándose telefónicamente con él por más de 15 minutos. Este hecho es relevante ya que Bush –a diferencia de su antecesor en el cargo, el demócrata Bill Clinton– ha declinado reunirse con Arafat y no pierde oportunidad para criticar su figura, aparentemente maltrecha luego de 31 meses de Intifada.

The New York Times fue más allá, dando a conocer un presunto plan de viaje de Bush a la zona. A juicio del especialista Martin Indyk, vinculado al pasado gobierno demócrata, sólo la participación directa del actual mandatario logrará destrabar las siempre complicadas negociaciones de paz. “Si el presidente no interviene ahora, la ‘Hoja de ruta’ estará perdida –expresó Indyk al rotativo neoyorquino-. Ya hemos estado en esta situación reiteradas veces. Si los esfuerzos del presidente se centran en que Abu Mazen actúe, y que Sharon ejercite una continua moderación, él (Bush) puede crear alguna condición (para la paz)”.

Por otra parte, Yuval Steinitz –jefe de la comisión de Defensa y Asuntos Exteriores del Knesset (Parlamento israelí)– ha expresado su malestar, aseverando que “suficiente es suficiente. Este proceso de paz se ha convertido en un proceso de terror”.

Uniendo el caso de la resistencia integrista en el conflicto israelo-palestino con el fundamentalismo islámico reinante, Max Boot –miembro del influyente think tank estadounidense Council on Foreign Relations– expresó en un artículo aparecido el 18 de mayo en el oficialista The Daily Standard que “el principal problema de la Autoridad Palestina es el mismo que el resto del Medio Oriente: la falta de liberalismo. Crear instituciones democráticas no es tan atractivo como empujar un ‘proceso de paz’, pero éste debe ser el énfasis primordial de Occidente en esa región”.

Pero pareciera que los intereses estadounidenses van hacia otra dirección. El pasado 20 de mayo, el Senado de la hiperpotencia rompió el status quo, levantando la prohibición que regía desde 1993 para la investigación y el desarrollo de armamento nuclear de “baja intensidad” (de menos de cinco kilotones de potencia).

Pese a esos impulsos belicistas y aún desde la perspectiva de Washington, “el real problema creado por la ausencia de paz entre árabes e israelíes es que esto permite a autócratas árabes usar a Israel como chivo expiatorio para todos los defectos de la cultura política árabe-musulmana –expresó recientemente Robert Lane Greene, editor de la sección online de The Economist–. Si los israelíes y los palestinos son capaces de negociar una paz significativa; los desencantados musulmanes en el Medio Oriente se verán obligados, por otra parte, a volcar sus frustraciones donde corresponde: en sus propios dirigentes corruptos”. Y quizás no esté muy equivocado.

Andrés Pérez González

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(RECUADRO)            BAJO LA SOMBRA DEL “RAIS”

Según algunos testigos, la oficina del debutante primer ministro palestino, Mahmoud Abbas (más conocido como Abu Mazen), recibía últimamente más visitas que el cuartel general del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat (73). Desde la Mukata, este emblemático dirigente está empecinado en demostrarle a Estados Unidos, Israel e internamente que aún es una figura central.

El gobierno de Mahmoud Abbas “no tiene legitimidad propia sin la bendición de Arafat”, aseguró Said Zeedani, director de la Comisión Independiente Palestina para Derechos Humanos. A su juicio, de un momento a otro no se puede marginar 40 años de liderazgo. “El se ha estado comportando todo este tiempo como el jefe de la tribu. Todo el mundo se dirige a él, incluso para tratar problemas matrimoniales o disputas entre vecinos. Este estilo de liderazgo está muy arraigado en el cultura árabe”, agregó sobre el ya mítico “raïs”.

Los sectores ultraconservadores en el Medio Oriente –tanto en el gobierno israelí como en la resistencia islámica palestina– dirigen también sus dardos contra el cabecilla de Al Fatah. Según el ministro de Defensa israelí, Shaul Mofaz, la “sobrevivencia” política de Arafat depende de su decidido impulso al torbellino de violencia. Pero al día siguiente –el pasado 19 de mayo– se tuvo que retractar, declarando que “en esta etapa sería un error expulsarlo, porque el mundo lo vería como si Israel estuviera saboteando el proceso (de paz) y como si Abu Mazen estuviera colaborando con Israel”.

Las artimañas del poder le han enseñado al “raïs” a estar siempre vigente. Aunque sea desde las sombras.

A.P.G.

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