Medio Oriente
No basta un apretón de manos
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Aún no está claro si la reciente primera cumbre entre el premier israelí, el palestino y el mandatario estadounidense pasará a la historia como el hito inicial de la “Hoja de ruta” o si ésta quedará simplemente en el olvido. Lo que sí es indudable, es que Ariel Sharon y Mahmoud Abbas arriesgan serias revueltas internas.
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Ahmed Jubarah tiene actualmente el pelo canoso y algo desordenado. A sus 68 años es todo un héroe entre la enardecida población palestina, la misma que el pasado 3 de junio vitoreó su salida de la prisión de Ashkelon, en el sur de Israel, después de 28 años de cautiverio.
Jubarah era el preso más antiguo de la causa palestina y había sido detenido por planificar y realizar el denominado “bombazo del refrigerador”, ocurrido el 4 de julio de 1975, cuando hizo detonar en el mismísimo centro de Jerusalén un refrigerador cargado con explosivos y que terminó con la vida de 13 israelíes e hirió a otros 60.
Su salida, junto a la de unos 100 militantes palestinos, fue dispuesta por el propio gobierno de Israel y constituyó la antesala del primer encuentro entre el primer ministro israelí, el “Bulldozer” Ariel Sharon, el cuestionado y recién asumido premier palestino, Mahmoud Abbas, y el mandatario estadounidense, George W. Bush. A diferencia de su antecesor Bill Clinton, esta fue la primera vez que Bush intervino personalmente en las siempre complejas negociaciones de paz para Medio Oriente.
La cumbre tuvo lugar en el estratégico puerto de Aqaba, en Jordania. Y como telón de fondo para las declaraciones televisivas estaba el azulado Mar Rojo. Como si hubiese estado bajo el influjo de Clinton (Bush reconoce que no le gusta viajar), el actual mandatario estadounidense estuvo la jornada anterior –2 de junio– en el balneario egipcio de Sharm El Sheikh, donde se reunió con los líderes árabes de Egipto, Arabia Saudita, Jordania, Bahrein y la Autoridad Nacional Palestina.
INGLES Y ARABE
A juicio de James Bennet, corresponsal de The New York Times en la región, fue significante que “Sharon hablara en inglés y no en hebreo” al momento de pronunciar su discurso. “Líderes israelíes acusan frecuentemente a los dirigentes palestinos, particularmente a Yasser Arafat, de hablar en inglés y no en árabe cuando quieren transmitir mensajes que son bien recibidos por los estadounidenses, pero no necesariamente por su propia población”, insistió este profesional.
Los dichos del líder del gabinete más derechista en la historia de Israel fueron, de todos modos, escuetos: “Quiero reiterar que Israel es una sociedad gobernada por el régimen de la ley. Entonces, comenzaremos inmediatamente a evacuar asentamientos ilegales”, aceptando por otra parte la conformación de un Estado palestino. Esas declaraciones movilizaron de inmediato en Jerusalén a unas 40 mil personas, entre colonos y adherentes de la ultraderecha sionista. En su opinión, Sharon cedía ante el terrorismo palestino.
Mahmoud Abbas –conocido entre los suyos como Abu Mazen– tampoco tuvo una tarea fácil. A diferencia de Sharon, el primer ministro palestino se dirigió en árabe en el mismo escenario en el que además se encontraba Bush y el rey de Jordania, Abdullah II. Aseguró que “la Intifada armada debe terminar y debemos recurrir a medios pacíficos en nuestra búsqueda por terminar con la ocupación y con el sufrimiento de palestinos e israelíes”. Además, manifestó su voluntad de “actuar enérgicamente” contra la retórica y el odio hacia los israelíes, inclusive utilizando las fuerzas de Seguridad palestinas.
Esto detona la amenaza de guerra civil, ya que los grupos palestinos más radicalizados han apostado en estos últimos 32 meses de Intifada a la resistencia armada contra la presencia militar israelí. “No estaremos dispuestos a deponer las armas hasta la liberación del último centímetro del territorio de Palestina”, aseveró Abdel Aziz al Rantissi, alto dirigente del grupo fundamentalista Hamas.
Mohamed Dahlan, ministro de Seguridad de la Autoridad Nacional Palestina, intentó calmar los ánimos. En declaraciones al canal de televisión Al Arabiya aseguró ese mismo 4 de junio que “la Intifada, como concepto de confrontación armada, ha terminado. Pero la Intifada como la lucha de los palestinos en su totalidad por recuperar sus derechos, continuará”. Desde septiembre del 2000 hasta fines de mayo del presente año, este levantamiento ha dejado más de tres mil víctimas fatales: 2.250 palestinas y 760 israelíes.
TEMORES Y ESPERANZAS
En este complejo clima –esperanzador para algunos–, Sharon y Abbas expresaron su voluntad de continuar el camino trazado en la “Hoja de ruta”, auspiciada por Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y Naciones Unidas.
Para darle continuidad a este plan, Bush nombró al término de la cita en Jordania al experimentado subsecretario de Estado estadounidense John Wolf a cargo de un equipo que supervise su implementación. Asimismo encargó a su asesora de Seguridad, Condoleezza Rice, y al secretario de Estado, Colin Powell, que le otorguen máxima prioridad a estas negociaciones, haciendo un giro en 180 grados de lo que ha sido la política exterior estadounidense desde su llegada a la Casa Blanca.
Pero ¿qué es la “Hoja de ruta”?
Contactado por Ercilla, el especialista Daniel Pipes –cuyas columnas aparecen periódicamente en New York Post, The Wall Street Journal y Jerusalem Post– asegura lacónicamente que se trata de “una hoja de ruta hacia más problemas”.
Según el plan original, la primera fase establece el fin de la violencia y el terrorismo, la normalización de la vida de los palestinos a partir de reformas a sus debilitadas instituciones y el retiro de los asentamientos establecidos a partir de marzo del 2001, cuando Sharon llegó al poder. Hasta fin de este año se pretende aprobar una Constitución para Palestina, delimitando las “fronteras provisionales” del nuevo Estado. A más tardar a fines del 2005, éstas deberán ser “fronteras seguras y reconocidas” dando algún tipo de solución, principalmente, al conflicto sobre el regreso de los refugiados palestinos y la situación de Jerusalén.
“Todas éstas son tareas difíciles, pero pueden ser logradas si Estados Unidos ejerce su influencia y Europa queda relegada, porque siempre fracasa en los esfuerzos de paz debido a su política simplista y parcial a favor de Arafat”, expresa a Ercilla Gerald Steinberg, director del Programa de Manejo de Conflictos y Negociación de la conservadora Universidad Bar Ilan, en Israel.
En ese prolongado periodo tampoco se puede descartar que se atente contra la vida tanto de Abbas como Sharon, como le ocurrió trágicamente en 1995 al extinto premier israelí Yitzhak Rabin a manos de un fanático sionista.
La suerte de Mahmoud Abbas está claramente en peligro. De acuerdo al mismo Steinberg, “si la población palestina quiere un Estado y el término de la ocupación israelí, tiene que establecer primeramente un liderazgo político viable sin Arafat y la vieja OLP (Organización para la Liberación de Palestina). Aparentemente, Abbas ha hecho un quiebre con las políticas y el liderazgo de Arafat. Esto debe ser apoyado no sólo por Abbas, sino también por otros dirigentes palestinos, así que atentados en contra de uno no paralicen este proceso”.
Cada vez se destapan con mayor frecuencia las desavenencias y francas disputas entre el “raïs” –marginado del proceso de paz en su cuartel general en Ramalá, conocido como Mukata– y el debutante Abbas, ambos pertenecientes a la facción de Fatah en la OLP.
La cumbre de Aqaba tampoco puso de mejor ánimo a líder histórico de la causa palestina. “¿Qué significa remover una casa rodante de un lugar?”, se interrogó retóricamente Arafat, en un encuentro con corresponsales extranjeros el pasado 5 de junio. De esa forma respondía al ofrecimiento de Sharon sobre la retirada de los asentamientos considerados de vanguardia en Cisjordania. Estos, por lo general, constan de algunas casas rodantes y unas torres de agua. “Desafortunadamente, él (Sharon) no ha ofrecido nada tangible”, sentenció.
A Abbas, de acuerdo a observadores locales, le reprocha haber estrechado la mano del mandatario estadounidense. En sus tres años de gobierno, Bush ha rechazado cualquier tratativa directa con Arafat.
LA “TRAICION” DE SHARON
De
acuerdo a la “Hoja de ruta”, Sharon debiera ordenar el retiro de unos 60
asentamientos instalados en Cisjordania a partir de marzo del 2001. Pero altos
funcionarios de su gabinete han reconocido que removerán sólo diez colonias.
Una semana antes de la cita en Aqaba, el “Bulldozer” les aseguró a unos colonos
que ellos “no tendrán restricciones aquí (Cisjordania), y pueden construir para
sus hijos y nietos, y espero que para sus bisnietos también”. Además, el
ministro de Vivienda israelí, Effi Eitam, autorizó hace algunas semanas el
inicio de otras 11 mil construcciones ubicadas en cuatro grandes asentamientos
en ese territorio bajo ocupación.
En sus años de militar, Sharon se caracterizó siempre por privilegiar el ataque sorpresa. Y, al parecer, eso es lo que está llevando a cabo en política. Quizás así se pueda comprender su reconocimiento de la “ocupación” israelí, que anteriormente el líder del nacionalista Likud ha considerado “territorios en disputa”.
“A lo mejor no les gusta la palabra –les dijo a miembros de su partido, a fines de mayo–. Pero lo que está ocurriendo es una ocupación. Mantener a tres y medio millones de palestinos es una mala cosa para Israel, para los palestinos y para la economía israelí”.
Esas declaraciones fueron de inmediato catalogadas como “traición” por la extrema derecha israelí. Saeb Erekat, negociador palestino y hombre de confianza de Arafat, dijo que se trató de un “terremoto ideológico”; mientras que el mencionado columnista estadounidense Daniel Pipes asegura a Ercilla que eso “no tiene mucho significado, ya que fue hecho bajo coacción”.
El citado académico de la Universidad Bar Ilan expresa, también a esta revista, que “el término ocupación y el acuerdo para remover puestos de avanzada no autorizados son claramente el resultado tanto de la presión estadounidense como del hecho de darse cuenta de que la sobrevivencia del Estado democrático judío depende de prevenir una situación en que el área de control israelí tenga una mayoría de población palestina”.
En todo caso, la pasada cumbre en Jordania tuvo, al menos, el gesto simbólico del apretón de manos entre los jefes de gobiernos de Israel, la ANP y Estados Unidos. En un reciente artículo aparecido en el rotativo liberal israelí Haaretz, el columnista Aluf Benn hizo hincapié en que “Bush estuvo frente a las cámaras, comprometiéndose y colocando su prestigio en un esfuerzo que no tiene ninguna garantía de éxito”.
Quizás es por eso que un colono del asentamiento de Beit El en Cisjordania –donde habitan unos 200 judíos ultranacionalistas– parece no mostrarse mayormente preocupado por los últimos movimientos diplomáticos: “Hemos visto a los pacificadores ir y venir... pero nada ha cambiado”.
Andrés Pérez González
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(RECUADRO) IRAN, EN LA ENCRUCIJADA
Cada cierto tiempo Washington reanuda sus advertencias contra el régimen islamista de Irán. “No cabe duda de que ha habido y hay importantes dirigentes de Al Qaeda en Irán... y han estado muy ocupados”, declaró a fines de mayo el polémico secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, vinculando a la red terrorista de Osama Bin Laden con los trágicos atentados perpetrados a mediados de ese mes en Arabia Saudita.
Por otra parte, la construcción de una planta atómica en la localidad iraní de Bushehr, en las cercanías del Golfo Pérsico, ha tenido inquieto a Washington, ya que considera a este régimen –junto al de Corea de Norte– otro integrante del denominado “eje del mal”. Como si fuera menor, Rusia es quien desarrolla ese proyecto. El pasado 5 de junio, un vocero de la cancillería de ese país reconoció que suministrarán combustible nuclear a Irán incluso si ese régimen se rehúsa a firmar el Protocolo Adicional sobre Inspecciones con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que posibilita inspecciones sin previo aviso.
Así se reanudan las sospechas de que el eventual próximo objetivo geoestratégico de la hiperpotencia será Irán. El semanario estadounidense Time advirtió recientemente que llama la atención que las acusaciones sean las mismas que se utilizaron contra el depuesto régimen de Saddam Hussein, en la vecina Irak.
A.P.G.