Mediación papal entre Argentina y Chile

Compromiso con la paz

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Al aceptar la mediación en un conflicto que amenazaba la paz en todo el Cono Sur, un debutante Juan Pablo II logró detener una invasión argentina a territorio nacional. Los estrategas trasandinos sacaban cuentas demasiado alegres, apostando a una fulminante Blitzkrieg que destruiría por completo el aparato militar chileno.

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“Santidad, una guerra entre Argentina y Chile sería un desastre para el catolicismo, pues involucraría a 35 millones de católicos”, argumentó, con evidente desesperanza, el cardenal trasandino Raúl Primatesta en el primero de varios encuentros con el entonces debutante máximo líder de la Iglesia Católica, Karol Wojtila, en el tercer piso del Palacio Apostólico en el Vaticano. Era el 11 de diciembre de 1978 y hacía sólo dos meses atrás que el otrora cardenal de Cracovia asumía su nuevo puesto con el nombre de Juan Pablo II.

La intención de los obispos argentinos y chilenos no era otra que apelar a la ultima ratio para evitar un conflicto armado que, en esos instantes, ninguna negociación bilateral podía evitar. Ya a principios de ese mismo mes, el nuncio apostólico en Argentina, Pío Laghi, enviaba a sus superiores en Roma un categórico informe, al advertir que “las instancias negociadoras estaban agotadas” y aludir a un manifiesto plan de “guerra total”, tanto desde el régimen dictatorial argentino como el chileno.

Aquellos negociadores en ambos bandos que apostaron firmemente por la paz supieron descifrar el perfil del nuevo Pontífice, atendiendo al hecho de que a poco de asumir sus nuevas funciones había decidido enviar a El Líbano al cardenal Paolo Bertoli para mediar en la cruenta guerra civil de ese país.

Y es que tampoco era un dato menor la nacionalidad del joven y atlético Wojtila: “Polaco, proveniente de un país que en su centenaria historia ha sufrido como ningún otro las atrocidades de la guerra, obsesionado por la amenaza de una confrontación nuclear que arrasaría con la humanidad, Juan Pablo II era el ‘Papa justo’, quien había llegado al trono de Pedro con la convicción de que la Iglesia Católica tiene la obligación de desempeñar un rol activo en la defensa de la paz, en cualquier sitio del globo donde esté amenaza”, aseveró una investigación periodística de la revista argentina Somos –que Ercilla publicó en las semanas anteriores a la visita del Papa a Chile en 1987–, y que revelaba parte de la trama oculta de la mediación pontificia en el diferendo del Beagle.

Aquellas palabras de Primatesta no fueron ignoradas por Juan Pablo II, quien optó por asumir ese riesgo político y manifestó su “disponibilidad para hacer todo lo que sea posible en favor de la paz” entre ambos países.

 

TREGUA Y DESMOVILIZACIÓN

 

Días antes de la Navidad de 1978, y pese al furioso despliegue bélico iniciado en la zona austral, el Vaticano recibió la conformidad de Argentina y de Chile para la posibilidad de una mediación papal. Aunque se tratase solamente de una tregua, al menos el primer paso ya se había dado.

La siguiente dificultad fue hallar al representante papal más idóneo para responsabilizarse de ese incierto desafío. En primer lugar, debía ser un cardenal de la Curia, para darle así la jerarquía a tamaña misión, además de la necesaria credibilidad. Después, ese cardenal debía ser capaz de serenar los ánimos, sondeando las perspectivas de éxito  que podría tener una mediación papal y comprometer a ambos países, mediante un acuerdo, a renunciar al uso de las armas para solucionar la controversia. Por último, debía ser un hombre que conociese la sensibilidad de ambos pueblos, o por lo menos la de los latinoamericanos.

Aquel sábado 23 de diciembre se dio a conocer para la misión el nombramiento del cardenal Antonio Samoré. A sus 72 años contaba con un respetable currículum: había sido nuncio apostólico en Bogotá; había concebido la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que en 1955 auspició lo que sería el Celam; hablaba perfectamente español; contaba además con credenciales diplomáticas excepcionales y un auspicioso conocimiento jurídico. Según el ya citado texto de Somos, “por encima de todo, amaba a América Latina: lo probaba su profunda devoción hacia la Virgen de Guadalupe”.

Inmediatamente Samoré sacó sus maletas y partió rumbo a Buenos Aires y Santiago. Esa misión duró tensos quince días. Ni siquiera estaba claro sobre qué temas debía mediar el Papa. La posición argentina aseveraba que ésta debía involucrar globalmente a todo el diferendo limítrofe en la zona austral, no sólo el problema por las tres islas del Canal Beagle. La parte chilena se atrincheraba, por su parte, en la defensa del Laudo Arbitral británico, de 1977, asumiéndolo como inmodificable y declarándose sólo dispuesta a discutir asuntos marginales de la delimitación marítima.

Tras once borradores escritos durante trece días, se acordó la firma del Acta de Montevideo, acontecida el 8 de enero de 1979, suscribiendo “no recurrir a la fuerza en sus relaciones mutuas” y “retornar gradualmente a la situación militar existente al principio de 1977, absteniéndose de apostar medidas que pueden alterar la armonía en cualquier sector”. Era la anhelada desmovilización de sendas tropas.

Samoré regresó a Roma, donde fue recibido por portadas de importantes diarios italianos que ya lo describían como el “Kissinger del Vaticano”. Pero sabía que el acuerdo entre los regímenes de facto argentino y chileno no sería nada simple.

Luego de esa primera etapa, Juan Pablo II decidió oficialmente convertirse en mediador el 4 de mayo de 1979.

“Lo más relevante sin dudas para mí fue el hecho de que el Papa asumió una responsabilidad de política internacional ante una gravísima situación, en la cual el Derecho Internacional había quedado superado por los hechos. Además, hacerlo frente a dos regímenes militares, aislados y mal vistos, en un contexto de Guerra Fría, era ‘la oportunidad’ de ejercer el prestigio moral y ético del Vaticano”, manifiesta a Ercilla el Contralmirante (r) Alexander Tavra, actual profesor en el área de Defensa en el Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica y ex director de la Academia Naval de la Armada de Chile.

 

“MEDIACION OPERATIVA”

 

Desde mayo de 1979 a diciembre de 1980, mes en que el Pontífice formuló su propuesta, se desarrolló lo que luego se llamaría la “mediación operativa”. Para ello, Samoré trabajaría con total independencia y autonomía. El citado reportaje de Somos detalló que “se eligió un sistema de trabajo sencillo y práctico: cada una de las dos delegaciones diplomáticas designadas se reunía con Samoré por separado en la Casina de Pío IV, una elegante construcción del siglo XVI, ubicada en los jardines vaticanos. Cada misión entregaba las pruebas documentales, cartográficas y jurídicas y los antecedentes históricos que daban sustento a las reclamaciones soberanas de su propio país. Samoré escuchaba, los recopilaba y trataba de encontrar coincidencias, puntos de posible encuentro. Y cuando creía que se había hallado alguna convergencia, entonces efectuaba reuniones tripartitas para dejar asentados los progresos”.

La primera decepción de Samoré se originó en el perfil de los negociadores. En declaraciones a la ya mencionada revista argentina, publicadas el 19 de enero de 1979, éste puntualizó que era “necesario que vengan a Roma entendidos en el problema técnico específico, pero también hábiles negociadores, con un buen margen de independencia, capaces de tener fantasía e imaginación, que muchas veces son indispensables en el Derecho Internacional”.

La misma publicación estimó que fue precisamente el gobierno chileno el que eligió un negociador de ese calibre, al nombrar a Enrique Bernstein para encabezar la misión negociadora. Al frente de la delegación trasandina estuvo Guillermo Moncayo, en lo que se consideró como una clara intención del gobierno de turno de no darles a sus representantes ningún margen de maniobra autónoma.

“Quienes participaron de algunas de las reuniones de la Casina de Pío IV recuerdan sus accesos de sudor, con grandes gotas que le orlaban la frente sin pelo, cada vez que las discusiones ingresaban en terreno comprometido”, describió la revista.

Así las cosas, Samoré pudo pronto sacar sus propias conclusiones: “Los argentinos no me entregaron un solo mapa anterior a 1955, uno solo, probatorio de que las islas Nueva, Lennox y Picton estaban bajo su soberanía”.

 

PROPUESTA PAPAL Y EXASPERANTE ESPERA

 

En lo medular de la propuesta pontificia se ratificaba para Chile las tres islas en litigio, otras que se encuentran al sur de las mismas y la isla de hornos. A contar de la línea de las costas de esas islas, la propuesta establecía doce millas de jurisdicción chilena hacia oriente. La segunda mitad de esa superficie (seis millas) integraba lo que en la proposición papal se denominó “Zona de Actividades Comunes y Concertadas”, a la que también llamaban “Mar de la Paz”. Esa zona se extendía hacia el sur del Cabo de Hornos doscientas millas y la misma distancia hacia el este de la isla Nueva, con un arco que unía los dos puntos.

En total, ese “Mar de la Paz” abarcaba unos 118 mil kilómetros cuadrados, estipulándose que ambos países explorarían y explotarían en común “los recursos vivos y no vivos en el agua, en el lecho marino y en el subsuelo”.

¿Era posible decirle que no al Sumo Pontífice?

Aunque el gobierno de Chile respondió en el plazo solicitado, antes del 6 de enero de 1981, aceptando la propuesta avalada por Juan Pablo II, la confianza y el optimismo en el Vaticano resultaron excesivos. Los sectores más nacionalistas e intransigentes de las Fuerzas Armadas argentinas volvieron a traer los vientos de guerra. Entonces, el rotativo trasandino La Prensa reflotó su campaña de descrédito del papel desempeñado por el líder mundial del catolicismo y sus delegados en este diferendo. Uno de sus columnistas expresó que Juan Pablo II “ no era un árbitro en el problema, sino únicamente un mediador”.

Con Leopoldo Galtieri al mando fácticamente del régimen militar en Argentina, las tesis belicistas volvieron a amenazar el statu quo en el Cono Sur. “La propuesta, así como está, es inaceptable”, fue la tardía respuesta a Roma.

Al igual que en 1978, la alarma prebélica volvió a sacudir los ánimos durante 1981 y 1982, azuzados por una serie de roces como la detención de un grupo de cartógrafos chilenos, el paso de una lancha misilera por aguas argentinas, la captura de una presunta red de espionaje de Buenos Aires en Punta Arenas. Galtieri supo entonces poner más leña al fuego, dirigiendo una advertencia a Santiago y el Vaticano: “Un pleito que tiene cien años no se puede resolver de un año para otro. Chile sabrá hasta dónde se estira la cuerda”.

Por si fuera poco, la Guerra de las Malvinas –que enfrentó a Argentina con Gran Bretaña en 1982– no ayudó a la mediación. Según el diplomático Ernesto Videla, jefe en su momento de la delegación chilena, “a medida que se desarrollaba la guerra, Argentina se puso más dura en sus posiciones (con Chile). Para mí era evidente que después del resultado de esa guerra, no quería ceder en la mediación”.

Reunido en abril de 1982 con ambas delegaciones, el Pontífice actualizó su compromiso con la paz entre Argentina y Chile: “Las preocupaciones de cada día y en especial de las últimas semanas por el grave conflicto entre una de vuestras naciones y otra grande y no menos querida, no me han hecho olvidar el compromiso asumido, hace ya más de tres años, de ayudar a vuestros países a encontrar la solución al diferendo en la zona austral”.

El citado texto de Somos estimaba que “la historia ya ha ubicado en un sitio preferencial la intervención de Juan Pablo II en diciembre de 1978, cuando evitó una guerra inminente. Pero también deberá algún día destacar que si en 1981 y 1982 la cúpula militar argentina desistió de una escalada agresiva que podría haber terminado en otra aventura belicista, con la expresa correspondencia de su similar chilena, esto se debió, principalmente, a que la paz entre Argentina y Chile tenía como supremo garante al Papa”.

 

PAZ Y AMISTAD

 

Samoré no logró presenciar el satisfactorio epílogo de su dificultosa misión. Tras sufrir meses antes una crisis cardiaca e ignorando luego el consejo médico de descanso absoluto, halló la muerte el 3 de febrero de 1983.

Esa última etapa, de un amenazador estancamiento en las negociaciones, resultó letal para quien fuera el representante directo de Juan Pablo II. Uno de los mayores disgustos que sufrió con miembros de la delegación argentina fue el haber sido tachado de “pro chileno”. Un informe del consejero trasandino Federico Mirré, revelado por el siempre confrontacional diario trasandino La Prensa, aventuraba: “Buenos Aires está frente a un hombre proclive a favorecer a Chile, admirador de las condiciones de mando de Pinochet. Insisto en los alcances nocivos para Argentina que se derivarían de la continuación al frente del plantel negociador del Vaticano de alguien que no es ciertamente un buen amigo de Argentina”.

Es así que aún resuenan las palabras del diplomático chileno Ernesto Videla, quien reconoció en su oportunidad: “Debo afirmar que los soldados de uno y otro lado se miraron. Gracias a dios, sólo llegaron a mirarse”.

Así, cuatro años después de iniciadas las conversaciones para posicionar una cultura de paz, amistad e integración entre Argentina y Chile, nuevamente se volvieron a encontrar las delegaciones en el Vaticano. Era el 23 de enero de 1984 y los intereses de ambos regímenes estaban representados por los cancilleres Dante Caputo y Jaime del Valle. Manifestaron entonces su intención de suscribir una Declaración de Paz y Amistad. Desde ese día, el fatigoso proceso de mediación pontificia avanzaría velozmente.

Atrás quedaba el último escollo en las negociaciones. En su edición del 1 de abril de 1987, coincidiendo con la única visita de Karol Wojtila a territorio chileno, Ercilla explicitó esa restante posibilidad de guerra: “Los dos gobiernos se habían comprometido, a través del Tratado General de Solución Pacífica de las Controversias –suscrito el 5 de baril de 1972–, a buscar el entendimiento ante la Corte Internacional de Justicia. El acuerdo estaría vigente hasta diciembre de ese mismo año, y sería prorrogado si alguna de las partes, al menos, no lo objetaba, pero la Casa Rosada lo denunció el 21 de enero, once meses antes. Su actitud significa limitar en el tiempo una mediación que el propio gobierno argentino estaba demorando. En otras palabras, si antes de diciembre no había solución, ninguna de las partes podía recurrir a la Corte de Justicia de La Haya. El fracaso de la mediación pontifica constituía la derrota de la paz, sin apelación posible”.

Por fin, el 4 de octubre de 1984 una esperanzadora noticia recorrió Roma, Buenos Aires y Santiago: “La Oficina de Mediación Pontifica tiene la satisfacción de informar que las delegaciones de Chile y Argentina, con la ayuda de la Santa Sede y sobre la base de la Propuesta Papal del 2 de diciembre de 1982, han logrado plena coincidencia para la solución del diferendo en la zona austral”. El documento quedaría formalmente suscrito el 29 de noviembre de ese mismo año, siendo ratificado el 2 de mayo siguiente luego de ser aprobado por los gobiernos de ambas naciones.

 

RETROSPECTIVA

 

El actual comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, general Osvaldo Saravia, recordó hace unos días la trascendental mediación pontificia: “Yo era piloto y estaba como cualquier otro oficial de la Fuerza Aérea dispuesto a cumplir con las tareas que se me encomendaran y, por supuesto, veíamos con mucho agrado cuando el Vaticano intercede, cuando el Papa comienza a establecer esos caminos de paz que, finalmente, se concretan en el tratado”.

Al otro lado de la cordillera, nada menos que el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio –por cierto, uno de los “Papabiles”, manifestó que el fallecido Papa “nos salvó de una masacre fratricida”.

En declaraciones a Ercilla, Rosendo Fraga –director del Centro de Estudios Nueva Mayoría de Buenos Aires– concluye que “es así como no sólo Juan Pablo II evitó el derramamiento de sangre entre Chile y Argentina, sino que además impidió un conflicto que hubiera complicado la relación entre los dos países por mucho tiempo. Sin lugar a dudas, si a las secuelas de la guerra de Chile con Bolivia y Perú del siglo XIX se hubieran sumado las de un conflicto con Argentina, el Cono Sur sería una región menos pacífica y con conflictos pendientes. Aunque se trata de historia ‘contrafáctica’ el notable proceso de integración entre Argentina y Chile de los años noventa, no hubiese tenido lugar”.

Andrés Pérez González

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