Brasil
Se acabó la tregua
------------------------------------------------------
Ni Lula ni el Partido de los Trabajadores (PT) son los mismos de hace dos décadas. Tras siete meses en el Palacio de Planalto, este ex sindicalista ha despertado la ira del sector más radicalizado de su propia colectividad y del temible Movimiento de los Sin Tierra (MST). Definitivamente, la acariciada luna de miel llegó a su término.
------------------------------------------------------
El partido de la furiosa bandera roja y la estrella amarilla asume decididamente el aggiornamento del poder. En la madrugada del pasado 6 de agosto, la Cámara de Diputados de Brasil aprobó la reforma del sistema de previsión social de los funcionarios públicos. La conclusión es rotunda. “Nacía así un nuevo partido político: el PT –según la influyente revista brasileña Istoé–. Formalmente es el mismo Partido de los Trabajadores, formado hace 23 años en São Paulo por sindicalistas combativos y barbudos, entre ellos el mismo presidente Lula, por comunistas e intelectuales desgarrados. Pero ahora el PT optó por bases que traspasan al proletariado, rompe de raíz con la base histórica de los funcionarios públicos y deja en la historia las tesis e ideología de orientación socialista, defendidas en el pasado”.
“Comenzó el fin del partido de las tendencias”, pronosticó por su parte el diputado Paulo Delgado, de la misma colectividad. Y es que, de acuerdo a fuentes locales, al inicio de este año el PT contaba, al menos, con 11 tendencias en su interior, las que se redujeron a cinco a comienzos de este mes. Estas son: Campo Mayoritario, Movimiento PT, Articulación de Izquierda, Democracia Socialista y Fuerza Socialista.
Los sectores disidentes han puesto el grito en el cielo. La diputada Luciana Genro ya lo dijo: “Votaré contra el gobierno toda vez que éste intente atacar los derechos de los trabajadores”. Junto a otros tres “rebeldes” ya expulsados del PT, la parlamentaria está en campaña para formar una nueva agrupación, cuyo nombre tentativo será Consulta Popular y que pretende actuar muy cerca del irremediablemente combativo Movimiento de los Sin Tierra (MST).
LULA, ¿TRAIDOR?
Según estimaciones policiales, unas 25 mil personas se congregaron ese 6 de agosto en Brasilia para advertirle al Congreso que no diera curso a lo que consideraban una fatídica reforma. De paso –mientras organizaban barricadas y destrozaban algunos edificios gubernamentales con piedras y patadas–, tachaban de “traidor” a Luiz Inacio Lula da Silva.
La nueva ley pretende reducir en los próximos 20 años una cantidad superior a los 18 mil millones de dólares de los desproporcionados beneficios que el Estado otorga a los trabajadores del sector público, y que sólo el año pasado constituyeron el 5% del producto de Brasil.
Esa medida no es más que un paliativo para hacer más llevadero el déficit fiscal que alcanza los 250 mil millones de dólares y que mantiene al borde de la catástrofe al gigante sudamericano, aún perseguido por el fantasma de la fuerte sacudida económica en Argentina.
El gobierno del ex sindicalista no se cansa de decir, a quien quiera escucharlo, que la reforma sólo busca garantizar en el largo plazo la estabilidad económica de ese coloso. Pareciera ser otra manifestación del conflicto entre eficiencia y equidad. Pero tratándose de un ex partido obrero –que participó a mediados de julio en el encuentro de la Tercera Vía en Londres, Ercilla nº3219–, esa pugna podría traducirse simplemente en la frase “otra cosa es con guitarra”.
PRESION
El Movimiento de los Sin Tierra (MST) puede transformarse en el principal dolor de cabeza de este ex obrero metalúrgico, reciclado en mandatario brasileño. Pero este grupo de presión aún no decide pasar frontalmente a la oposición, flirteando con cierta astucia con dirigentes del PT y con el mismo Palacio de Planalto. Según su líder histórico Joao Pedro Stédile, la demandada reforma agraria responde a que “los campesinos sin tierra son 23 millones frente a 27 mil latifundistas”.
De todos modos, y de acuerdo a cifras del Ministerio de Desarrollo Agrario, en los siete meses de gobierno de Lula se han registrado 170 “tomas” de terrenos rurales en todo Brasil. Este dato supera ampliamente las 70 invasiones realizadas en el mismo periodo durante el año pasado, cuando aún era presidente el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso. Este amigo del mandatario chileno Ricardo Lagos acusa de “injustas” las críticas que realizaron durante la pasada campaña electoral los máximos dirigentes del PT y, a la vez, luce satisfecho de que el otrora siniestro Lula implemente las mismas políticas económicas impulsadas en los anteriores ocho años de administración.
Por si fuera poco, al menos unas 20 personas han sido asesinadas durante esas invasiones de terreno. A modo de comparación: en el 2000 se registraron 10 víctimas fatales; al año siguiente se contabilizaron 14 muertes y durante todo el año pasado esta lamentable cifra sumó 20 personas.
Evidentemente la tensión en el campo recrudece. Y el aparato estatal brasileño no ha sido capaz de dar algún tipo de solución. Además, este latente polvorín puede estallar de proseguir los intentos de los empresarios agropecuarios, aglutinados en la Unión Democrática Rural, de contratar a civiles armados para proteger sus propiedades. Su principal enemigo: los activistas del MST.
Por su parte, estos empobrecidos campesinos están en el límite de su paciencia. La inmensa mayoría de los adherentes del MST trabajaron por el triunfo lectoral de Lula y con esa carta de presentación le manifestaron al nuevo gobierno la necesidad de reubicar este año a unas 120 mil familias de campesinos sin tierra. El barbudo ex dirigente sindical sólo se comprometió a dar techo a unas 60 mil familias, pero ni siquiera cuenta con los fondos para cumplir su promesa. En el mejor de los casos, dicen en Brasilia, podrá atender a unas 10 mil familias de excluidos trabajadores rurales.
En un foro de opinión en su sitio en Internet, el semanario Istoé consultó a sus lectores –el pasado 12 de agosto– “quién es el Brutus de Lula”. Uno de los participantes, Jefferson Abreu, dirigió sus dardos contra el MST, catalogándolo como traidor por querer inviabilizar la industria agropecuaria brasileña: “El MST está financiado por el G7 (el grupo de los siete países más industrializados del mundo). Las invasiones, donde utilizan a esos miserables, no sirven para asentar a los agricultores sin tierra, sino para minar la industria agropecuaria nacional que amenaza a los mayores productores internacionales”.
Lo que sí es evidente, es que los altos mandos del MST reconocen progresivamente que sus intereses están en clara confrontación con los del gobierno de Lula.
Antes de llegar a la presidencia, Da Silva contestó un cuestionario enviado por Ercilla (nº3199) en el que aseguró que cuentan con “una propuesta clara de reforma agraria y he dicho públicamente que solamente podemos conducir ese proceso de forma tranquila y pacífica. No será necesario que se cometa una sola ocupación de tierra o un solo acto de violencia contra cualquier trabajador rural en este país. Brasil tiene 90 millones de hectáreas de tierras ociosas, buenas para la agricultura; por tanto, es inconcebible, inexplicable que aún haya violencia por cuenta de la reforma agraria”.
Pareciera que esas declaraciones, realizadas antes de la segunda vuelta, se convertirán en simples buenos deseos. Y quizá, del mismo modo, la convocatoria a una mesa de negociación, anunciada también en esa entrevista exclusiva.
“El MST y las otras 12 organizaciones de ‘sin tierra’ (como la católica
Comisión Pastoral de la Tierra y la Confederación de Trabajadores de la
Agricultura) decidirán mantener la política de las invasiones para mostrar la
diferencia existente entre el gobierno y estos movimientos. Ellos intentan ser
independientes”, dice a Ercilla la columnista y responsable en
Brasilia de Folha de São Paulo, Eliane Cantanhêde.
Uno de los voceros del MST, Roberto Baggio, pareciera darle la razón a la profesional, al reconocer que “nuestra forma de ayudar (al gobierno de Lula) es presionar. Y esperamos que el gobierno actúe antes de que la ebullición en el campo se salga de control”.
Eliane Cantanhêde cree que
este conflicto replicará las mismas prácticas utilizadas durante la administración
Cardoso: “con invasiones y cierta tensión, pero sin mayores problemas”.
MAS DIFICULTADES
El otrora combativo PT ha dejado abierta la puerta a la ortodoxia neoliberal. Obnubilado por el poder que le significa tener a su líder histórico en la presidencia –luego de tres intentos– y ser la segunda fuerza política en Brasil, su actual lineamiento político se define por la “responsabilidad gubernamental” y por el constante reacomodo con sus socios del derechista Partido Liberal.
La mencionada reforma a la previsión pública será ratificada rápidamente por el Senado, pero –siempre de acuerdo a Istoé– otros tres proyectos de reforma profundizarán en el PT el conflicto entre una aggiornada dirigencia y su militancia más radicalizada, sumados a los inquietos activistas del MST.
Se trata de la reforma tributaria, laboral y de la estructura sindical, que subirá notoriamente la temperatura política en el gigante sudamericano. “Hay una contradicción muy fuerte. No podemos destruir lo que fue conquistado por nuestra militancia”, expresó recientemente otro diputado disidente, Ivan Valente.
En declaraciones a esta revista, la citada Eliane Cantanhêde, de Folha de São Paulo, no cree que estén dadas
las condiciones para la aprobación de las restantes reformas: “Estas son
necesarias, pero muy difíciles para un gobierno de izquierda nacido en el
sindicalismo. 2003 será un año electoral, con la lucha de las municipales, así
que no habrá oportunidad para esas reformas”.
Por otra parte, el PT deberá decidir el próximo año si ingresa a la Internacional Socialista, conformada por 141 partidos de centroizquierda de todo el mundo (en el que se incluye al Partido Socialista de Chile). A juzgar por la activa participación de Luiz Inacio Lula da Silva en la pasada Cumbre Progresista en Londres (donde aprovechó de codearse con líderes como Tony Blair y Bill Clinton, y a la que también asistieron el mandatario trasandino Néstor Kirchner y Ricardo Lagos), ya no es tan decidora la participación del PT en la Internacional Socialista. Quizá esta colectividad debiera atender, mayormente, los comentarios de Alejandra María Rossi, una de las manifestantes del pasado 6 de agosto en Brasilia: “Voté por Lula con la ilusión de que el país podría cambiar y los trabajadores respetados. Pero me han engañado”.
A.P.G.