Movimiento de protesta argentino
La libertad en las calles
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Desde las "asambleas populares" y los "piqueteros" se impulsa desde abajo una nueva sociedad, un contrapoder efectivo, que debe bloquear las ambiciones de algunos infaltables "tiranos de barrio".
Por Andrés Pérez González,
Desde Santiago de Chile
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Antes de que finalizara el 2001, nace la primera asamblea popular en el barrio bonaerense de Floresta. Al día siguiente del asesinato de tres jóvenes manifestantes que engrosan la lista de 30 muertos que deja la represión policial durante las "jornadas revolucionarias" del pasado 19 y 20 de diciembre en Argentina, poniendo término al gobierno de Fernando de la Rúa e inaugurando una revuelta social que aún no finaliza.
Precisamente en esa asamblea, otro joven argentino toma el megáfono y explica al resto de los vecinos: "a mí no me interesa mucho lo que se discute en las asambleas, ¡pero sé que hay que estar aquí!".
A juicio del Colectivo Situaciones, de ese país, "esto no implica una posición pasiva, de espera. Al contrario, implica asumir que la actividad se desarrolla sin centros, sin líderes y sin promesas sobre el futuro, a partir de una indagación colectiva sobre las vías de un nuevo protagonismo social".
Una novedosa actitud que prende rápida y embrionariamente entre los argentinos, desde esa misma noche que De la Rúa abandona en helicóptero la Casa Rosada, sede del Ejecutivo. "Hermosas veinteañeras con costosas camisetas de la selección nacional de fútbol no lo quieren (a De la Rúa). Comerciantes pequeños no lo quieren. Sociólogos de prolija barba no lo quieren. Psicólogas sin trabajo no lo quieren. Desocupados desesperanzados no lo quieren. Marchamos y somos muchos. Y somos semejantes", expresa uno de los manifestantes.
Argentina se ha mantenido en los últimos meses al borde del estallido social, poniendo en jaque su funcionamiento institucional, político y económico. Para la mayoría de la población, la élite dirigencial no es más que una ridícula figura que hay que destronar. "La Argentina ya no es un Estado de Derecho. Es una dictadura económica que puede convertirse en tiranía política en el corto plazo. Y la gente lo sabe", advierte el controvertido cientista político argentino Carlos Escudé, en una columna aparecida en el diario Buenos Aires Económico el pasado 12 de febrero.
En la actual situación ni siquiera los medios de comunicación osan criticar las cotidianas movilizaciones sociales. Incluso, el rotativo conservador La Nación asevera en un inusual editorial, el 20 de febrero, que "no se puede decir que los reclamos de las protestas sean inútiles o inoperantes. Nada de eso: ya en diciembre las protestas callejeras forzaron la renuncia de un presidente de la República (De la Rúa) que había sido elegido por una ínfima fracción de los votos populares en una elección marcada por la mayor ola de abstención, voto blanco e impugnado de la historia. A renglón seguido forzaron también la caída de un presidente provisional (Rodolfo Rodríguez Saá) que pocas horas antes había sido elegido por la misma mafia ilegítima que antes apoyaba las acciones del presidente anterior".
La crisis argentina trasciende las fronteras y sigue concentrando la atención mundial. Desde Chile, el grupo trotskista ClaseContraClase –vínculado a sus homólogos argentinos del Partido de Trabajadores por el Socialismo, PTS- determina en un documento titulado "Crisis del modelo" que ese país "es hoy el eslabón más débil del sistema capitalista mundial y es necesario sacar las conclusiones de la situación que abre la crisis argentina y preparar las nuevas batallas que se avecinan".
La clase dirigencial de la tercera economía de América Latina tiembla al no controlar –aún- las protestas impulsadas por trabajadores y desempleados, reunidos en los "piquetes", y por una clase media furiosa que utiliza sus "cacerolas" para evidenciar su "bronca" (ira), agrupándose además en las "asambleas barriales".
"Estos son parte de un fenómeno que tiene su correlato en la lucha del Movimiento Sin Tierra de Brasil, de los nativos y campesinos de Chiapas, y los grupos antiglobalización surgidos en las entrañas mismas de las grandes potencias, que comenzaron a tomar relevancia a partir de la cumbre que los poderosos realizaron en Seattle (1999), en la que se denunció al mundo entero la barbarie a la que nos conduce este capitalismo globalizado", expresa uno de los participantes en el foro abierto de IndymediaArgentina, el pasado 2 de marzo.
Muchos ven, actualmente, en esas iniciativas populares "el único poder legítimo en el territorio argentino". Y pueden no estar equivocados. En esa dirección apunta la crítica antiautoritaria, al aseverar que "la verdadera fuerza está en las calles, no en la Casa Rosada o en el Congreso, ni mucho menos en los cuarteles militares. Las asambleas son el lugar donde la vida pública y la democracia se aprende y se realiza. Cuando nos hablamos, cuando nos damos los medios para discutir nuestros propios problemas democráticamente, cuando hacemos oír nuestra propia voz, somos invencibles".
Sin embargo, el movimiento presenta varias contradicciones, de carácter circunstancial, que para algunos pueden llegar a ser problemas mayores. Uno de los participantes en el foro de Indymedia detalla que "el movimiento, además de heterogéneo, tiene contradicciones internas bastante agudas: por ejemplo, algunos comerciantes están duramente enfrentados con sectores de marginales crónicos, sectores de la burguesía (como los medianos empresarios) están en contradicción con sus asalariados".
Para el común de los argentinos, el tradicional "modo de hacer política" desarrollado desde múltiples órganicas de izquierda ya les resulta molesto. Tanto así que uno de los principales obstáculos internos en las asambleas y los piquetes es el sectarismo, algo ya frecuente entre algunas agrupaciones marxistas y trotskistas argentinas. Muchas de esas organizaciones -como Convergencia Socialista, Izquierda Unida, Polo Obrero, Prensa Obrera, Movimiento Socialista de los Trabajadores, Partido de Trabajadores por el Socialismo- no cesan en su convocatoria para conformar un "frente unitario" y, específicamente, la "vanguardia del proletariado".
Desde su perspectiva, "la tarea principal es avanzar en la politización de las demandas, la unificación de los mismos, la necesidad de fortalecer el ‘frente único antiimperialista’ y lograr en éste una dirección política y organizativa de la clase obrera".
El Colectivo Situaciones, en un documento de análisis aparecido el 12 de febrero, critica el modo de participación de ese tipo de agrupaciones en las asambleas barriales. "Estos grupos de excesiva ‘luz’ no pueden más que empobrecer la asamblea en la medida en que no las respetan como lugar de reflexión. No hacen el proceso con el resto. Ellos creen ‘ya saber’, desde ‘antes’, lo que conviene y lo que no", puntualizan. Y añaden a sus reparos que "nada sería más triste que construir pequeños espacios burocratizados llenos de minúsculos poderes a la medida de ‘tiranos de barrio’".
Del mismo modo, cualquier intento de coordinación entre "piqueteros" y "cacerolas" –argumentan sectores antiautoritarios- no debiera comenzar artificiosamente desde cúpulas dirigenciales. ¿Cómo evitar, entonces, que el movimiento caiga en una polarización y sea absorbido en el juego de la política institucional?
Para Guillermo Almeyra, articulista del matutino mexicano La Jornada, "cualquiera sea el desenlace de la actual situación, que no puede durar mucho, nadie le quitará ‘lo bailado’ a la gente que osa discutir, proponer, confrontar sus opiniones, que establece solidaridad y le toma el gusto a la acción colectiva", asevera en la edición del pasado 24 de febrero.
Si el estallido en ese país latinoamericano corresponde a un proceso prerevolucionario o reformista, dependerá de su propio devenir. El populismo derechista del Partido Justicialista, alguna intentona golpista patrocinada implícitamente desde los centros financieros de poder o un anhelado desenlace de construcción social desde abajo, son simples preguntas abiertas. "Afortunadamente las luchas actuales ya no precisan decir cómo será el mundo ‘mañana’. Su legitimidad se vincula con su capacidad de producir, en la lucha misma, nuevos valores de justicia, a partir de iniciativas y proyectos concretos", sugieren los del Colectivo Situaciones.
Por ejemplo, como ventila uno de los participantes en el foro de Indymedia del pasado 2 de marzo, "pronto dejaremos de pagar los impuestos y con ese dinero estableceremos impuestos comunitarios, manejados por el pueblo, y demostraremos que el poder no hace falta tomarlo, solo crear nuestro propio poder".
Almeyra relativiza su anterior comentario, asegurando en el mismo artículo que "por importantes e históricas que sean las asambleas populares, están lejos de representar a la mayoría de la población y de tener las condiciones organizativas, culturales y técnicas para remplazar al poder estatal tambaleante. En cuanto a los ‘piqueteros’, son minoría, muy combativa, pero reducida".
El uso de las armas tampoco es descartable. Según reconoce un dirigente del Frente de Trabajadores Combativos, la amenaza de "la guerra civil está latente". "Si hay que utilizar los ‘fierros’ (armamento), lo haremos. Los ‘piqueteros’ ya no tenemos nada más que perder", declara. De acuerdo a fuentes argentinas, en ese país existen tres millones de armas en manos de particulares y en enero del 2002, la cantidad de policías muertos en Buenos Aires asciende a una veintena.
La vertiginosidad de los acontecimientos hace que en Argentina todo sea posible. Inclusive el analista Abel Viglione, de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL, que integra además el neoliberal y fugaz ex ministro de Economía Ricardo López Murphy), concluye apesadumbrado: "¿A dónde vamos? No tengo idea".