Estados Unidos
¿Habrá cambios en noviembre?
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La tradición de rivalidades internas en el Partido Demócrata estadounidense ha quedado suspendida, atendiendo al inicio oficial de la candidatura presidencial. Pero, ¿cambiará sustancialmente Estados Unidos si George W. Bush abandona la Casa Blanca?
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Los cuatro días de copiosos halagos y adulaciones, escuchados una y otra vez durante la Convención Demócrata desarrollada en Boston para dar el puntapié inicial a la candidatura presidencial de John Kerry en Estados Unidos, quedarán también registrados en el filme que el director hollywoodense James Moll –a solicitud de Steven Spielberg– prepara sobre la vida de este aspirante a la Casa Blanca.
Pero no se trata de una idea nueva. Ya Bill Clinton había tomado la misma iniciativa en 1992. Esta vez Kerry aprovechará su paso por Vietnam, apareciendo reiteradas veces con otros veteranos, y junto a su ya polémica y multimillonaria esposa, Teresa Heinz, y sus hijas Vanessa y Alexandra.
Al pronunciar la noche del pasado 29 de julio el discurso más importante de su vida, el abanderado demócrata ponía término a una semana de cónclave anti-Bush. Y también a un complejo operativo de seguridad compuesto por cazabombarderos F-17, tres mil efectivos policiales, zodiacs militares que recorrían el río Charles e, inclusive, informes meteorológicos para prefigurar el sentido del viento ante un eventual ataque químico o bacteriológico. Según estimaciones locales, la suma total en seguridad bordeó los 60 millones de dólares.
Así las cosas, al interior del FleetCenter –un recinto utilizado para actividades deportivas o artísticas– un gigantesco cartel entronizaba el eslogan central del encuentro: “Un Estados Unidos más fuerte”. Parte de esa aclamada fortaleza quedaba demostrada con la disciplinada unidad partidista, suspendiendo las históricas rivalidades entre facciones.
Como si eso fuera poco, Kerry ha logrado reunir la no despreciable suma de 186 millones de dólares, reduciendo la diferencia con los 228 millones de dólares ya recabados por el Partido Republicano, que cuenta con un poderoso aparato de financiamiento para lograr la reelección del actual gobernante.
ABURRIDO Y FRIO
La inauguración de la Convención Demócrata estuvo a cargo del clan Clinton, para dar paso a un desfile de emblemáticas figuras destacando el ex presidente Jimmy Carter, el derrotado aspirante presidencial Al Gore, el emblemático senador Ted Kennedy, el flamante candidato a la vicepresidencia John Edwards, y nada menos que Ron Reagan, hijo del recientemente fallecido Ronald Reagan, quien atacó a la actual administración Bush por rechazar la investigación con células madre.
Con su ya conocido desplante escénico, Bill Clinton logró la ovación de los cinco mil delegados asistentes al proclamar que los republicanos “necesitan una nación dividida, pero nosotros no”.
Su sola presencia hizo ineludible la comparación con un hasta ahora deslucido Kerry. Según The Economist, “Clinton fue un ‘nuevo demócrata’ con nuevas ideas en comercio, política exterior y crimen. Por el contrario, no existe algo que se pudiera llamar kerryismo. Hay una carencia preocupante de detalles en Kerry en varias cuestiones, particularmente en los grandes desafíos internos para Estados Unidos”.
Un estudio publicado el pasado 26 de julio en The Washington Post reveló que el 45% de los estadounidenses no conoce las posturas políticas del aspirante demócrata. El porcentaje es más que preocupante, atendiendo al hecho de que dos de cada tres de los entrevistados reconocieron que será la elección más importante de sus vidas.
Otro sondeo, encargado por The Economist, fue igualmente revelador: al ser consultados con quien tomarían una cerveza o un café, los estadounidenses no titubean en elegir a George W. Bush sobre Kerry, y a Edwards sobre el actual vicepresidente Dick Cheney, quien se repite en la fórmula republicana.
“La política de Kerry es aún indefinida –de acuerdo al semanario británico–. Los republicanos dicen que es el senador más a la izquierda, un típico ‘liberal de Massachusetts’. Pero él ha estado desde hace años cerca del Consejo de Liderazgo Demócrata, una corriente moderada en el partido y pro-empresarial. Él ha estado al menos dos décadas en el Senado y no tiene iniciativas legislativas importantes bajo su nombre: pasó su tiempo fiscalizando los abusos gubernamentales y no haciendo leyes”.
The Economist aseguró que esa ambivalencia se debe a la falta de un centro de gravedad en Kerry. Y enumera que ha votado en contra de la primera guerra del Golfo y a favor de la reciente guerra en Irak, aunque en este último caso rechazó luego los 87 mil millones de dólares destinados a la reconstrucción; se opone a los matrimonios entre homosexuales, pero favorece la legalización en los estados; se trata, además, de un héroe de Vietnam que se convirtió en un ferviente manifestante anti-bélico.
En esta ocasión, el principal objetivo del aparato electoral demócrata no era otro que intentar despejar las dudas entre el electorado y quitarle de encima esa imagen de político frío y aburrido. “Si (los demócratas) hacen una buena presentación/show en la Convención, los independientes se inclinarán hacia Kerry. Pero dependerá de los demócratas mantener ese impulso”, manifiesta a Ercilla el cientista político Lawrence Reardon, de la Universidad de New Hampshire.
The Economist se ha mostrado particularmente escéptico respecto a un cambio de giro en política exterior con un eventual regreso de los demócratas al poder: “Kerry se presenta a sí mismo como el heredero que puede supervisar el legado de Bush. Las tropas se mantendrían en Irak, las políticas preventivas continuarían, Ariel Sharon sería apoyado desafiantemente. Leyendo entre líneas, nada cambiaría respecto al rechazo del Protocolo de Kyoto y la Corte Criminal Internacional”.
Al respecto, John Fortier –connotado especialista en política estadounidense del think tank conservador American Enterprise Institute en Washington– declara a Ercilla que el abanderado demócrata tiene que negociar entre dos estrategias: “la primera, que el 11 de Septiembre fue un hecho definitorio que determinará la política exterior estadounidense por muchos años más. Y la segunda, su creencia que nuestras acciones deben ser más multilaterales. Kerry ha dicho que mantendrá las tropas en Irak, pero hará esfuerzos para ampliar la coalición. La dificultad está en que no le será fácil ganar a los aliados tradicionales que no nos apoyaron en Irak”.
La también investigadora del American Enterprise Institute, Karlyn Bowman justifica ese acercamiento entre los candidatos con la teoría del votante mediano. Consultada por esta revista dice que “el juego de la política estadounidense se desarrolla en el centro del campo de juego. A nosotros nos gusta decir entre las 45 yardas de un campo de fútbol (americano). Somos un país centrista y las oscilaciones entre el Partido Demócrata y el Republicano ocurren en el centro”.
Aunque comparte el escepticismo de The Economist, el ya mencionado politólogo Lawrence Reardon dice a esta revista que “de todos modos, Kerry no es un exponente del credo neoconservador, que ve al mundo como un ente caótico que necesita de un poder hegemónico. Contrariamente, Kerry promueve una visión más neoliberal, en la que la comunidad global puede cooperar para promover la seguridad y el bienestar económico. Él tendría estas consideraciones en cuenta para lograr acuerdos de seguridad regional. Esta ha sido la política de todos los presidentes... Bush ha sido la excepción”.
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(RECUADRO) NADER, EL PERSISTENTE
Detrás de George W. Bush, el aspirante presidencial independiente Ralph Nader debe ser el principal enemigo público de los demócratas. Además de agujerar el pretendido bloque anti-Bush, ya Nader marcó la diferencia en las últimas elecciones al candidatearse en los estados de Florida y New Hampshire. En el primero, obtuvo 97488 votos y el actual mandatario venció a Al Gore por sólo 537. Este lobo solitario logró 22198 en ese segundo estado, cuando Bush ganó por 7211 votos.
Según sus propias palabras, “nosotros estamos tratando de destruir el sistema corporativo de dos partidos. Ambos partidos son pro-guerra, pro-Patriot Act, ambos partidos están a favor de la Organización Mundial de Comercio”.
Atendiendo a Ercilla, el politólogo Lawrence Reardon, de la Universidad de New Hampshire, asegura que Nader cree que Estados Unidos “necesita un tercer partido, porque republicanos y demócratas comparten cada vez agendas similares que benefician a los sectores más ricos de la sociedad estadounidense. Él todavía atraerá a los descontentos, pero no como el 2000 (cuando obtuvo 2,7% de las preferencias). Se arriesga a convertirse en un candidato perenne, que no es visto como un contendor serio”. Pero la apuesta de Nader no está en lograr un puesto dentro de la repartija del poder, sino que darle un golpe al tablero. Eso es muy distinto.
A.P.G.