Nueva Orleans

Después del apocalipsis

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Un nuevo y terrible golpe enfrentarán los estadounidenses cuando las aguas bajen y dejen al descubierto quizás decenas de miles de cadáveres en los devastados estados sureños de Louisiana, Mississippi y Alabama. Katrina también golpeó a George W. Bush, ahora en el centro de las críticas.

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Dicen que el olor que se percibe en gran parte de Nueva Orleans está más allá de lo descriptible. Iluminando los cuerpos con la linterna puesta sobre su fusil, el soldado de la Guardia Nacional Mikel Brooks explicó al reportero del diario local The Times Picayune: “Eso que ve ahí con un brazo erguido, es un anciano. Ese otro es una niña de unos siete años, degollada. Esa otra es una anciana. Yo mismo la había escoltado aquí cuando entró. Y ese otro anciano fue muerto a golpes”.

Los cadáveres, unos treinta o cuarenta en manifiesto estado de putrefacción, repletaban una habitación refrigerada del Centro de Convenciones de Nueva Orleans, fuera de funcionamiento por falta de energía en la ciudad. “No pise esa sangre, está contaminada”, le advirtió luego el uniformado a su acompañante al abandonar ese siniestrado lugar.

Desde que el pasado 29 de agosto el huracán Katrina dejara una lúgubre e incuantificable secuela de muerte y dolor en los sureños estados de Louisiana, Mississippi y Alabama, The Times Picayune ha seguido funcionando sólo con su edición de Internet. El diario precisó que fueron los efectivos de la Guardia Nacional de Arkansas, llegados a Nueva Orleans seis días después del huracán, los que hallaron esos cuerpos.

Y es que aquéllos que no pudieron acatar la orden de evacuación dada por el alcalde de la ciudad, Ray Nagin, optaron mayoritariamente por refugiarse en el Centro de Convenciones y en el estadio techado Superdome. Se estima que unas 60 mil personas permanecieron en la ciudad, puesto que no contaban con los medios económicos o de transporte o no tuvieron otro sitio donde buscar refugio.

Sobre Nueva Orleans cayó toda la furia de Katrina, inundando cerca de un 80% de la que fuera cuna del jazz y dejando por cinco o seis días sin agua potable, aire acondicionado, alimentos y protección policial a miles de damnificados.

En un primer momento los rescatistas se vieron obligados a colgar algunos cadáveres de la señalética pública o de los postes eléctricos para evitar que fueran arrastrados por las aguas que en algunos sectores superaron los dos metros y medio de crecida, arrasando con los diques que contenían al lago Pontchartrain y al río Mississippi.

Por si fuera poco, parte de la urbanización de Nueva Orleans está levantada en zonas bajo el nivel del mar. Particularmente, la localidad turística de Biloxi y el Gulfport fueron los lugares más afectados.

Ya que la prioridad inicial era salvar a los sobrevivientes, una semana después del paso del ciclón los militares comenzaron la recolección de los cuerpos dejados en algunas ocasiones deliberadamente a la deriva.

Una vez recuperados por las morgues provisionales, los restos serán enviados al estadio Superdome –cuyos sobrevivientes han sido derivados a otras ciudades de estados aledaños– y al aeropuerto internacional Louis Armstrong, para luego ser trasladados a un centro ubicado en un inmenso hangar con una capacidad para 50 mil cadáveres en St. Gabriel, al sur de Baton Rouge, la capital de Louisiana.

Sólo después de concluir la reparación de un dique resquebrajado, miembros del cuerpo de ingenieros del ejército comenzaron, el pasado 6 de septiembre, la lenta operación de drenaje de la inundada Nueva Orleans. Recién a fin de mes, de acuerdo al alcalde Nagin, podrían terminar esa tarea, aunque la limpieza de escombros y el restablecimiento del servicio eléctrico tardaría más tiempo. Y la reconstrucción, luego de que la tierra se seque, varios meses más.

Es por ello que estimaciones oficiales ya cifran que Katrina reducirá un punto el crecimiento de Estados Unidos y dejará unos 500 mil desempleados. Eso se suma a los costos de salvamento y reconstrucción que alcanzarán unos 150 mil millones de dólares, afectando el de por sí amplio déficit presupuestario. El presidente George W. Bush ya está notificado del golpe político que eso le ocasionará.

En declaraciones a un programa matinal de televisión, el citado edil reconoció también que ha pasado de “la rabia a la desesperación, y sólo ahora veo que vamos superando la situación”. No obstante, sabe que los próximos días tampoco serán fáciles, más aún cuando ha dicho que no sería exagerado calcular en 10 mil las víctimas fatales. “Va a ser espantoso y va a dar una nueva sacudida al país”, anunció un acongojado Nagin.

Aunque luego matizó sus críticas, la primera reacción del alcalde fue atacar frontalmente la “falta de respuesta” del gobierno federal. Inclusive, algunos han considerado improcedente que el mandatario continuara sus vacaciones, ignorando la real magnitud del desastre.

En el distrito vecino de San Bernardo, los funcionarios expresaron en un principio su frustración por la lentitud de la distribución de ayuda humanitaria. “Si un equipo canadiense llega aquí en cuatro días, mucho más pronto debían haber llegado los equipos de Estados Unidos”, declaró con evidente molestia Thomas Stone, jefe de bomberos de esa localidad. Y auguró, indicando hacia dos refinerías, que “cuando el público comience a pagar de 5 a 6 dólares por galón (de cuatro litros), va a comprender entonces lo que este lugar significa para Estados Unidos”.

Para el capitán retirado de la fuerza aérea William Bissell, el escenario no es de los mejores: “hay un montón de países del Tercer Mundo cuya gente vive mejor que como está viviendo ahora la gente de este lugar”.

En declaraciones a Ercilla, el investigador Paul Light, del think tank estadounidense The Brookings Institution, alerta que “si esto ha pasado en una nación que tuvo dos días de advertencia anticipada, imagine las consecuencias de un ataque sorpresa de carácter químico, biológico o nuclear”.

 

FALLA DE SISTEMA

 

George W. Bush salió al paso de las críticas, anunciando una investigación pública que determine las presuntas negligencias. Explicó el residente de la Casa Blanca, durante un encuentro con congresistas, que la intención no es otra que averiguar “qué se hizo bien y qué se hizo mal”, aunque ello no implica aplicar sanciones.

Por otra parte, la dupla conformada por la senadora republicana Susan Collins y el demócrata Joe Lieberman –integrantes del comité del Senado para asuntos del gobierno federal anunciaron su propia investigación que sí busca establecer las fallas. Como se preguntó Collins, en la misma dirección que el mencionado experto de The Brookings Institution, “si el sistema falló sin que hubiera un enemigo, ¿qué sucedería en el caso de un gran atentado?”.

Intentando enmendar su fallida reacción, en menos de cuatro días Bush visitó en dos oportunidades la zona devastada por el huracán, asegurando que la prioridad es “salvar vidas” y “proporcionar alojamiento, medicinas y comida”.

Un estudio de opinión aparecido los días siguientes al desastre en The Washington Post reveló que una ligera mayoría de un 47% de los estadounidenses desaprueba la gestión en esta tragedia del controvertido mandatario, mientras que un 46% la aprueba.

Analistas concuerdan que la desaprobación aumentará cuando sea evidente la magnitud del desastre, sus causas y sus consecuencias. Así las cosas, probablemente Bush no podrá guarecerse de esta tormenta, pudiendo convertirse en la víctima política de Katrina.

David Lindorff, columnista del sitio en internet CounterPunch, manifiesta a esta revista que lo ocurrido es una “desgracia nacional”. Tampoco evalúa favorablemente lo obrado por Bush, cuya gestión califica como “un total desastre, que muestra su completo desdén por los pobres, las minorías y por el mismo proceso de gobernar. Bush esperó tres días hasta decidirse dejar su rancho vacacional en Texas y su primera movida fue asistir a una campaña de recolección de fondos en el Oeste (al otro lado del siniestro) y luego dirigirse a Washington y no a Louisiana”.

The Times Picayune demandó igualmente que el presidente despida a los funcionarios de la Agencia Federal de Manejo de Situaciones de Emergencia (Fema, por sus siglas en inglés) debido al fracaso en el rescate de los miles de ciudadanos que quedaron aislados en lo que ya se ha convertido en una tragedia causada tanto por la naturaleza como por la intervención o mala gestión humana.

El periodista estadounidense Alan Farago, especializado en asuntos medioambientales, manifiesta a Ercilla que el huracán Katrina ha demostrado que “la industrialización puede traer beneficios masivos a una economía nacional sólo si la cadena de distribución es segura. Esa es la razón por la que la dependencia de Estados Unidos del petróleo para sus necesidades energéticas debe tratarse como la principal amenaza a su seguridad nacional”.

También se ha denunciado que el costo de continuar con la ocupación de Irak y de otras operaciones militares en Afganistán –que han costado tras el 11 de septiembre de 2001 una friolera de 200 mil millones de dólares–, han desviado fondos que se requerían para la construcción de nuevas o mejores barreras que pudieron impedir el hundimiento de Nueva Orleans.

El diario francés Le Monde recordó que la revista especializada Scientific American advirtió ya en 2001 que “el estado de degradación de los diques y los sistemas de bombeo, el desarrollo de zonas inmobiliarias y la insuficiencia de rutas de evacuación, hacían pesar sobre la ciudad de Nueva Orleans un serio riesgo de catástrofe, que involucraría el bloqueo de más de 250 mil personas y la muerte de miles de ellas”.

 

¿RACISMO?

 

Varios editoriales aparecidos en la prensa internacional acusaron que el Estado federal fue incapaz de brindar seguridad a su población, cuestión considerada parte esencial del contrato social, y alertaron además sobre la intolerable fractura social, en la que raza y precariedad económica han sido factores determinantes.

“Si este huracán hubiera golpeado a un vecindario de blancos de clase media al noreste o sudoeste, su respuesta (del Presidente George W. Bush) hubiera sido mucho más firme”, escribió Calvin Butts, presidente del Consejo de Iglesias de Nueva York, en el dominical británico The Observer.

Ante el puntual desamparo en esta situación de crisis y la estructural exclusión social, algunos pobladores optaron por saquear las tiendas y salieron armados en búsqueda de protección y asistencia.

Por lo demás, parte de las críticas respecto a la cuestionada reacción del gobierno acusa que las primeras medidas estuvieron focalizadas en reprimir a los saqueadores y no en el requerido auxilio de los miles de damnificados.

Mientras los cuestionamientos amenazan con hacer rodar más de una cabeza –como la de Michael Brown, director de Fema–, se espera el pronto envío de unos 52 mil millones de dólares destinados a paliar el desastre.

Con sorpresa, la estela de destrucción dejada por Katrina en su irregular trayecto por la costa estadounidense del Golfo de México ha dejado al descubierto más de una vulnerabilidad para la indiscutida única potencia mundial, que ha pasado de ser un histórico país donante a un receptor de ayuda internacional. La contribución de los gobiernos de Noruega, Suecia, Alemania, Francia o Italia, sin duda contrasta con los pequeños, pero altamente significativos aportes de naciones como Sri Lanka, Bangladesh y Afganistán.

Según The Economist, prontamente las aseguradores deberán encarar un diluvio de reclamos, calculándose las pérdidas entre unos nueve y 25 mil millones de dólares. Ciertamente, Katrina se ha entronizado como el desastre más costoso en la historia de Estados Unidos, superando los 21 mil millones de dólares a los que ascendió en 1992 la reconstrucción tras el azote del huracán Andrew.

Unas 15 mil personas aún quedaban por evacuar el pasado 8 de septiembre. Inclusive, muchas de ellas no estaban dispuestas a abandonar sus inmuebles, arriesgándose a ser víctimas de los probables brotes epidémicos, ya que las aguas están contaminadas con todo tipo de bacterias e inmundicias. Ya han fallecido por esta causa al menos cuatro personas en Mississippi y otra en Texas.

Y es que la devastación ha llegado a tal punto que, aunque luego se retractara, el ministro del estado alemán de Baden-Würtemberg Andreas Renner –de la opositora Unión Demócrata Cristiana– declaró sorpresivamente que el presidente estadounidense debería “ser muerto a tiros” por su manejo de la crisis ya pos-apocalíptica desatada por Katrina en Nueva Orleans. El funcionario regional germano puntualizó luego que se refería a que Bush debería ser derribado políticamente.

Lo cierto es que, como apuntó The New York Times, las imágenes que ha dejado Katrina son las que los estadounidenses no están acostumbrados a ver. Y con justa razón eso les angustia profundamente.

Andrés Pérez González

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