Irán
La victoria del resentimiento
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El ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad supo hacerse de la presidencia al ganar el voto de los desempleados y excluidos de las bulladas reformas liberalizadoras defendidas por el experimentado Aqbar Hashemi Rafsanjani.
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La libertad de los jóvenes iraníes de vestirse a la usanza occidental o de mezclarse con personas del sexo opuesto será probablemente cosa del pasado. Todo indica que la llegada al poder del ex alcalde de Teherán Mahmoud Ahmadinejad –seguidor de la Revolución Islámica de 1979– constituirá una involución en la tímida apertura impulsada por el saliente presidente, Muhammad Khatami, y la fallida opción electoral por el también ex gobernante Aqbar Hashemi Rafsanjani (1989-1997).
El experimento reformista quedó así truncado. Y Occidente no oculta su inquietud, considerando que tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 el régimen de los Ayatollahs pasó a engrosar el triunvirato del bushiano “Eje del Mal”, junto al Irak del destronado Saddam Hussein y a la militarizada Corea del Norte de Kim Yong Ill. Inmediatamente el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, calificó de “falsa elección” los comicios iraníes y recibió al electo gobernante llamándolo “no amigo de la democracia”. A su vez, Ahmadinejad no ha titubeado en considerar como “gran Satán” a Washington.
Al menos retóricamente, ya que poco se conoce en detalle su plan de gobierno, Ahmadinejad supo sintonizar con las urgencias del empobrecido campesino y el desempleado urbano, quienes deben lidiar con una cesantía que, de acuerdo a cifras oficiales, bordea un 11% (y que según fuentes externas supera un 25%), y una inflación de un 15% en un país rico en reservas de petróleo y gas natural.
La ambigüedad programática del nuevo gobernante ha llevado, por ejemplo, a que Vasili Petrov, analista del Centro de Estudios Estratégicos de Rusia, no haya descartado “un cambio total del mapa energético mundial”, que traerá nuevos máximos históricos en el precio del crudo. “El fortalecimiento de los conservadores iraníes y la previsible respuesta de Estados Unidos con un endurecimiento del régimen de sanciones implica para los mercados mundiales unas posibles retenciones de considerables volúmenes de carburantes iraníes”, estimó Petrov en declaraciones al rotativo Nezavisimaya Gazeta.
Tampoco se puede descartar una ofensiva militar conjunta entre Israel y Estados Unidos debido al presunto desarrollo nuclear con fin bélico. Scott Ritter, quien fuera el díscolo jefe de inspectores de armas nucleares de Naciones Unidas en Irak, aventur´´o recientemente que “la guerra contra Irán ya empezó”.
VOTO CASTIGO
La austeridad de este fiel seguidor del máximo líder espiritual, el Ayatollah Ali Khamenei (quien detenta en definitiva el poder sin haber sido electo), fue su mejor carta de campaña, permitiéndole obtener en segunda vuelta un arrollador 62% de las preferencias.
Siendo hijo de herrero, Ahmadinejad pudo llegar a la universidad estatal de Teherán para graduarse de ingeniero. Luego, al ocupar la alcaldía de la capital rehusó movilizarse en un auto oficial con chofer, siguiendo arriba de su utilitario que lo acompaña desde hace varios años. Inclusive, rechazó recibir su sueldo como alcalde, quedándose exclusivamente con el de profesor universitario. Esas credenciales hacen del entrante presidente iraní, a sus 48 años de edad, un fiel ejemplo de la segunda generación de la fundamentalista revolución chiíta.
Algunos analistas ven igualmente en su victoria un voto de castigo a la desbordante vida de lujos de la saliente élite gobernante y de la local intelectualidad pro-occidental, que fue capitalizado en un resentimiento nacional-religioso. “Nosotros no queremos una expansión de las libertades hacia un modelo occidental. Queremos algo propio, algo más local”, reconoció el joven Basiji Mohammad Shakiba al ser consultado por el corresponsal de The Washington Post.
Que por primera vez en el Irán posrrevolucionario no sea un clérigo quien ostente la presidencia, constituye –a juicio del periodista alemán Jörn Schulz– una señal de la gradual pérdida de control de los Ayatollahs. “La dinámica interna no favorece la transición a un dominio civil, sino que empuja al régimen en dirección a una dictadura militar legitimada religiosamente”, agregó. Y eso traerá más de un efecto al sensible tablero geopolítico en el Golfo Pérsico.
Andrés
Pérez González