Conflicto en Irak
David contra Goliat
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El vandalismo, caos y desorden social tienen gravemente desorientadas a las fuerzas de ocupación en Irak. Las crecientes críticas respecto a las pruebas presentadas por los servicios de Inteligencia de Estados Unidos y Gran Bretaña han puesto, además, contra las cuerdas a sus respectivos mandatarios.
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En la localidad de Fallujah, en uno de los vértices del denominado “triángulo sunita” que brinda un fuerte respaldo a la emergente ola de resistencia antiestadounidense, las tropas de ocupación no hallaron nada mejor que repartir unos dos mil pollos congelados entre la población, intentando de ese modo ganar su esquiva confianza.
Las cosas van mal para Washington y Londres. Y el escenario pos-Saddam en Irak no ha tomado el rumbo esperado. Al día después de que la administración estadounidense en la zona anunciase con bombos y platillos la conformación del multiétnico Consejo Ejecutivo Iraquí, elementos presuntamente adeptos al desaparecido régimen de Hussein atacaron con un lanzagranadas RPG-7 a una patrulla norteamericana matando a un soldado e hiriendo a otros seis, en el mismísimo centro de Bagdad.
Todo hacía presagiar que esa semana del 14 de julio sería de más dolor, desesperación y sangre. Parecía que el “David” husseinista tenía todas las intenciones de hacerle ver al “Goliat” ocupante que estaba listo para la siempre temida “guerra de guerrillas”. Ese 16 de julio se conmemoraría otro aniversario de la asunción al poder de Saddam en 1979. Y el 17 de este mismo mes se celebraría el golpe de Estado que colocó en 1968 al partido Baath en la cima del nuevo régimen.
“BLUFF”
A principios de julio ya se pavimentaba el camino de críticas y cuestionamientos a la “guerra preventiva” lanzada contra Irak por Estados Unidos junto a Gran Bretaña, y algunos otros países. Por entonces, el Pentágono inauguraba sus comunicados “aclaratorios”, reconociendo que la heroína de esta segunda Guerra del Golfo, la soldado Jessica Lynch, fue capturada por un error de sus superiores y que las heridas que sufrió fueron producto del volcamiento de su vehículo. Y además se dijo que tampoco “vació su cargador” efectuando disparos contra las fuerzas de la Guardia Republicana. Todo un “bluff”.
La primera confirmación de que la resistencia iraquí le ocasionaba importantes problemas de seguridad a los efectivos anglo-estadounidenses, provino del propio Departamento de Defensa, que encabeza el polémico Donald Rumsfeld. A mediados de julio anunció que la presencia de la Tercera División de Infantería del Ejército de Estados Unidos se extendía con plazo indefinido. Esta división fue la primera en entrar a Bagdad, el pasado 9 de abril, y muchos de sus efectivos creían que el camino más rápido para regresar a sus hogares pasaba por la capital iraquí.
La frustración ha caído sobre algunos soldados, quienes reconocen sentirse como “pato de feria” ante la amenaza de que en cualquier momento puedan ser víctimas de algún ataque guerrillero.
Al cierre de esta edición, se contabilizaban 33 soldados muertos en acción desde que George W. Bush declaró el fin de las hostilidades el pasado 1 de mayo. Sin contar los fallecidos en accidentes, la cifra total de víctimas fatales desde que el 20 de marzo se iniciaron las operaciones militares asciende a 147, igualando ya en cantidad a las víctimas de la primera Guerra del Golfo en 1991. US News and World Report ha detallado que diariamente las fuerzas anglo-estadounidenses sufren entre 10 y 25 ataques rebeldes. La preocupación no es menor en Washington.
El ejemplo del máximo desencanto de las tropas de ocupación lo dio un sargento que declaró a la cadena de televisión ABC, el pasado 16 de julio, que él tenía su propia baraja con los hombres más buscados en Irak: “Mis ases son Paul Bremer, Donald Rumsfeld, George Bush y Paul Wolfowitz”, en alusión al jefe de la administración civil en Irak, al secretario de Defensa, al presidente y al subsecretario de Defensa, y en mordaz ironía al naipe de los 55 funcionarios iraquíes más buscados por Washington.
CAMBIO DE TÁCTICA
Por la misma fecha, Rumsfeld había asegurado que no tenía claridad de cómo operaba la resistencia iraquí, aunque dijo estar convencido de que existía algún grado de coordinación regional.
Explícitamente le daba la razón a Saddam –por quien Washington ofrece 25 millones de dólares–, quien en unas declaraciones transmitidas a principios de mes por el canal de televisión qatarí Al Jazeera y confirmadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA). “Primeramente, les digo que estoy en Irak y los extraño, aunque estoy entre ustedes, pero ustedes ya saben cómo son las cosas (...) ¡Oh hermanos y hermanas! Les doy buenas noticias al decirles que células y brigadas de la Jihad (guerra santa) ya se han conformado”, posicionando acomodaticiamente un mensaje con claros tintes islamistas y nacionalistas, alejados de la inicial tendencia socialista del oficialista Baath.
Por su parte, el presidente del comité de Inteligencia del Senado estadounidense, el republicano Pat Roberts, reconoció que “ahora estamos llevando a cabo operaciones antiguerrilla” y que los próximos tres meses “serán muy, muy críticos”.
Pero fue el jefe del Comando Central, general John Abizaid, quien habló claro, admitiendo la necesidad de adaptar sus tácticas para combatir a la guerrilla saddamnista. Sus palabras fueron elocuentes: las fuerzas leales a Hussein están conduciendo “lo que describiría como una clásica campaña de guerrilla contra nosotros. Es un conflicto de baja intensidad, según nuestros términos, pero es una guerra como quiera que se describa”.
El pasado 16 de julio, y cuando se conmemoraba una celebración de los seguidores de Saddam, atacantes desconocidos lanzaron un misil tierra-aire contra una aeronave de transporte C-130, sin dar en el objetivo, cuando éste se acercaba al aeropuerto de la capital iraquí.
Precisamente, el anunciado cambio de táctica significaba entregar más funciones a los nuevos efectivos policiales iraquíes, permitiendo así que las tropas anglo-estadounidenses readecuen sus operativos propiamente militares.
Sólo entre el pasado 12 y 13 de julio fueron detenidos 226 iraquíes, por presuntos vínculos con el depuesto régimen. Los integrantes del grupo tribal al que pertenece Hussein son los más descontentos y muchos reconocen a los corresponsales extranjeros que gustosamente protegerían a quien aún llaman “nuestro presidente”.
El analista de defensa de la BBC Jonathan Marcus advirtió, recientemente, que “una guerra de guerrilla no tiene mucho que ver con la fuerza bruta. Esta se gana o pierde en términos de apoyo popular, y poder moral y de efectividad. La misión esencial para los estadounidenses es tratar de averiguar cuánto apoyo real están teniendo sus oponentes, para así luego tratar de destruirlo. Es una batalla de corazones y mentes, como de músculo militar. Progresos al restaurar los servicios básicos en educación, hospitales y esfuerzos reales en transferir algo de poder a los iraquíes locales: ese será el verdadero campo de batalla”.
“ATOLLADERO”
Algunas voces se alzan contra la gestión de Paul Bremer, el jefe civil estadounidense en Washington. Sus detractores lo acusan de haber entendido mal eso de la “des-Saddamnización”.
En declaraciones a Newsweek, Mustafa –un profesional que trabaja para los funcionarios estadounidenses apostados en Irak– dice que “muchos ‘baathistas’ ya no apoyan a Saddam y felices trabajarían para Estados Unidos, pero desde que Bremer decidió que los ‘baathistas’ no tendrían lugar en el futuro de Irak, están desesperados. Ellos piensan que Saddam tiene dinero. Incluso muchos me han reconocido que ‘por 100 dólares pelearían nuevamente por Saddam’”.
Así, el fantasma de Vietnam sobrevuela todo el aparato político-militar de Estados Unidos. “Es un atolladero. Estados Unidos no puede irse porque el país colapsaría, y actualmente las tropas estadounidenses están expuestas a una creciente resistencia, que es continuamente inflamada por los erróneos movimientos y el uso de la fuerza de Estados Unidos. Hay anuncios que piden más tropas, así como el alto mando militar en el país y jefes parlamentarios en Washington lo hicieron en Vietnam en 1964”, declara desde la capital estadounidense a Ercilla el experto en asuntos militares Daniel Smith, quien participó en ese trágico conflicto.
Ante una consulta de esta revista, William Hartung –investigador del World Policy Institute de Nueva York– cree que “a diferencia de Vietnam en este caso sí hay una salida, si la administración Bush es suficientemente astuta para tomarlo: internacionalizar y democratizar el proceso de reconstrucción incluyendo a las Naciones Unidas; conformando una real coalición de las distintas facciones iraquíes; rechazando los contratos sin concurso para Halliburton, Bechtel y todas las compañías ligadas a Bush (Ercilla Nº3214); y devolviendo verdaderamente Irak a los iraquíes. Desafortunadamente es tan probable que la administración Bush haga esto como que admita que el 2000 le robaron en Florida las elecciones a Al Gore (el contrincante demócrata de Bush). Así que se prevén más tiempos difíciles, para Irak, para Estados Unidos y para el mundo”.
Intentando mantenerse con vida, los marines estadounidenses practican la máxima de que “no hay mejor amigo, no hay peor enemigo”, no inmiscuyéndose mayormente con la población local.
LA “INTELIGENCIA” DE LA CIA
Para algunos ya se trata del Nigergate. El revelador comunicado de la CIA hizo que un político demócrata formulara la misma pregunta que se hizo a Richard Nixon durante el caso Watergate: “¿Qué sabía el presidente y cuándo lo supo?”.
La controversial frase que Bush en mala hora incluyó en su discurso anual sobre el estado de la Unión, el pasado 28 de enero, decía que “el gobierno británico ha comprobado que recientemente Saddam Hussein intentó comprar cantidades significativas de uranio en Africa (Níger)”. El problema es que esos supuestos documentos acusatorios –de acuerdo a posteriores investigaciones periodísticas– no tienen ninguna credibilidad, siendo burdas falsificaciones. La pregunta crucial es quién cometió el error de análisis. Mientras tanto, a principios de julio se desataba una ola de acusaciones cruzadas entre la Casa Blanca y la CIA que ponía en serio cuestionamiento la permanencia de George Tenet a cargo de esa agencia de Seguridad.
Según el destacado periodista Seymour Hersch, en un reportaje aparecido ya a fines de marzo en el semanario The New Yorker, “esa alocución del mandatario estadounidense tenía mayor consecuencia que las anteriores, porque estaba dando un paso revolucionario: por qué una nación que tradicionalmente no ha comenzado los conflictos debía emprender una guerra de anticipación”.
Las explicaciones de George W. Bush fueron que en su momento esa información tenía relevancia. Pero sólo ocho días después, su secretario de Estado, Colin Powell, no incluyó esa denuncia al dirigirse al cuestionado Consejo de Seguridad de la ONU para entregar supuestas pruebas de que Hussein mantenía armamento de destrucción masiva. ¿Y dónde está, por lo demás, ese peligroso arsenal?
Por lo anterior, Seymour Hersch sólo atina a acusar de “incompetencia” a los servicios de Inteligencia de Washington y Londres. Queda también la interrogante si, por el contrario, éstos incentivaron la desinformación y deliberadamente la propaganda para pavimentar la opción militar hacia Bagdad.
En lo que ha sido por algunos catalogado como su discurso más importante en sus seis años como primer ministro, un desacreditado Tony Blair se dirigió al Congreso estadounidense –en visita oficial iniciada el pasado 17 de julio–, asegurando descaradamente que “estoy confiado en que la historia nos perdonará (a Gran Bretaña y Estados Unidos) por invadir Irak, incluso si hubo pruebas incorrectas respecto a la amenaza de armas de destrucción masiva”.
La pasión por la guerra le hizo olvidar la tradicional flema británica alegando en esa ocasión: “déjenme decirle una cosa. Si estuvimos equivocados, hemos destruido una amenaza que es al menos responsable de matanzas y sufrimientos inhumanos”. Informes de prensa puntualizaban que el presente conflicto en Irak le costaba semanalmente a Washington casi mil millones de dólares.
En declaraciones a The Times de Londres, el barbero Rasheed Hameed fue categórico al rechazar los últimos movimientos políticos impulsados por Washington en Irak, particularmente el mencionado Consejo Iraquí: “Este consejo no ha sido formado por una Jihad o una revolución. Este se ha establecido sólo porque los estadounidenses lo han permitido. No queremos nada de los estadounidenses, ni sus promesas ni sus pollos”.
Andrés
Pérez González