Guerra en Irak
En la encrucijada
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Pareciera que la crisis iraquí está situada en un punto sin retorno, siendo inminente el inicio de una invasión militar para derrocar a Saddam Hussein. Detractores de la actual Administración Bush advierten el “gran truco de prestidigitación en relaciones públicas”, al trasladar el foco de atención desde Osama Bin Laden al “Carnicero de Bagdad”.
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La recreación computacional comienza con la rápida caída de Bagdad, pero continúa después con un ataque con ántrax a Israel desde el golpeado territorio iraquí. La situación se torna aún más grave: Tel Aviv responde con armamento nuclear, esto desencadena una revuelta en la ultraconservadora Arabia Saudita y un alzamiento kurdo en el norte de Irak. El mundo se torna caótico.
La idea es que los jugadores asuman el papel del mandatario estadounidense, George W. Bush, quien recibe constantes informes de su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld; de su secretario de Estado, Colin Powell; y de la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice.
Una vez que han encontrado el cuerpo –se presume que sin vida– de Saddam Hussein, los participantes deben rápidamente elegir un sucesor para hacer frente a una incursión militar del vecino Irán. La región se torna peligrosamente inestable, con crecientes manifestaciones antiestadounidenses en Egipto, Jordania, Líbano, Siria y Pakistán, lo que detona un lucrativo tráfico de cabezas nucleares con los grupos fundamentalistas.
Para Dertmont O’Connor (33) –creador del juego que está alojado en la página de Internet www.idleworm.com– “esta es una proyección del resultado más probable de una nueva guerra en el Golfo”. Y quizás no esté muy errado.
PLAGIO
Las anunciadas evidencias que Colin Powell entregó el pasado 5 de febrero al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (integrado por Chile y otros ocho países como miembros rotativos junto a los cinco integrantes permanentes), respecto a la existencia de armamento de destrucción masiva por parte Irak y sus presuntas vinculaciones con Al Qaeda, no fueron suficientes para la opinión pública internacional, aunque sí trajo internamente algunos dividendos políticos para Bush, con un aumento en el apoyo a sus planes belicistas.
No obstante, al politólogo Stephen Zunes, director del Programa de Estudios de Paz y Justicia en la Universidad de San Francisco, esto no fue suficiente. Consultado por Ercilla aseguró que “la parte más débil fueron sus intentos por vincular el secular régimen iraquí con los fundamentalistas de Al Qaeda, cuyo líder Osama Bin Laden se ha referido a Saddam como ‘un apóstata, un infiel y un traidor al Islam’. Los informes citados por Powell referidos a contactos entre Saddam y el grupo Ansar al Islam provienen exclusivamente de la oposición iraquí en el exilio, que intenta establecer ese tipo de relaciones para animar las acciones militares de Estados Unidos contra el dictador. Como resultado, por lo general, ellos no pueden ser considerados creíbles”.
Por lo demás, continúa Zunes –quien es autor del recomendado libro Tinderbox: U.S. Middle East Policy and the Roots of Terrorism–, “ninguno de los secuestradores del 11 de septiembre era iraquí, ninguno de los líderes de Al Qaeda es iraquí ni tampoco existe rastro de dinero (hacia esta última organización) de parte de Irak. Lo mismo no se puede decir de Arabia Saudita, pero ese reino es considerado un importante aliado de Estados Unidos”.
Inesperadamente, Powell y el primer ministro británico, Tony Blair (aliado preferencial junto a Israel de las políticas de Washington), fueron sorprendidos en el mismo juego de propaganda del que acusan al jerarca iraquí. Al día siguiente del discurso del secretario de Estado, la estación de televisión londinense Channel 4 News reveló un comprometedor plagio. Parte de las cuestionadas evidencias presentadas por Powell se basaron en un trabajo de Inteligencia de Gran Bretaña, divulgado el pasado 3 de febrero con el título “Irak: su infraestructura de encubrimiento, mentira e intimidación” y considerado por el secretario de Estado estadounidense como “un buen informe”.
Cuatro de las 19 páginas del documento –autorizado por el mismo Blair–, fueron copiadas casi literalmente de un artículo aparecido en septiembre pasado en la especializada revista Middle East Review of International Affairs. Ibrahim al Marashi, quien actualmente se desempeña en el californiano Centro de Estudios para la No Proliferación, es el autor del texto titulado “Seguridad de Irak y red de Inteligencia: guía y análisis”, enmarcado en una investigación para la Universidad de Harvard.
Lo escandaloso del asunto es que Al Marashi aborda el rearme de Bagdad previo a la guerra del Golfo y no incluye ningún antecedente respecto a la actual crisis. Este investigador sólo se limitó a decir: “seré más escéptico de cualquier informe de Inteligencia británico que lea en el futuro”.
Por otra parte, los vientos de guerra continúan azuzando el precio del barril de petróleo, llegando el crudo brent a elevarse el pasado 10 de febrero hasta los 32,70 dólares, su preció máximo en 26 meses. Expertos aseguraron que el mercado tiene internalizado el inminente conflicto bélico, aunque únicamente los intentos diplomáticos –como los protagonizados por Francia y Alemania– logran frenar estas inquietantes escaladas.
¿ULTIMA CHANCE?
Para el 14 de febrero se esperaba que el eje París-Berlín, considerado el “motor de Europa”, oficialice su plan de paz en la reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En esa ocasión, fecha crucial para que se desencadene la “fase final” de esta crisis, el diplomático sueco Hans Blix –jefe de la Comisión de Vigilancia, Verificación e Inspección (Unmovic)– y el funcionario egipcio Mohamed El Baradei –director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA)– presentaron el último informe sobre el estado de desarme de Irak, de acuerdo a la resolución 1.441.
Según The Washington Post, en su edición del 12 de febrero, el documento debía ser más breve que el presentado el pasado 27 de enero y probablemente “no incluirá ninguna declaración de que el régimen de Hussein viole claramente sus obligaciones”.
El escenario es el siguiente: Si inesperadamente el texto de Blix y El Baradei vuelve a acusar a Bagdad de falta de cooperación, Washington y Londres solicitarán de inmediato una nueva resolución de la ONU que autorice el uso de la fuerza militar.
Si, de lo contrario, el texto advierte que las autoridades
iraquíes están colaborando y que no hay pruebas significativas de que existe
armamento de destrucción masiva, no se descarta un serio conflicto mundial. Y
es que tanto Bush como Blair ya han adelantado que podrían ir a la guerra –junto
con los aliados que se les sumen– sin autorización de
Naciones Unidas.
Antes de la presentación del informe
de la Unmovic y de la OIEA, los principales actores de esta crisis se hacían
eco de una información revelada el pasado 12 de febrero por la radio pública
belga, RTBF. Esta mencionaba, citando a un comité de expertos de la ONU, que el
régimen de Bagdad ha desarrollado en los últimos años una serie de misiles Al
Soumoud 2, cuyo alcance excede en 30 ó 40 kilómetros los 150 kilómetros
autorizados por Naciones Unidas al término de las operaciones militares de
1991.
De visita en el Vaticano, el viceprimer ministro
iraquí, Tarek Aziz, declaró al día siguiente que sus proyectiles se hallan
dentro del límite restringido por la ONU. Inclusive ironizó al
respecto, aseverando que sus “misiles no son peligrosos, tienen un alcance muy
corto y carecen de sistema de guía, hasta el punto de que algunas veces
terminan a 5 ó 10 kilómetros del blanco”.
Por otra parte, expertos en armas químicas de la Unmovic se trasladaron el pasado 12 de febrero al desierto iraquí junto a otros funcionarios locales para destruir 10 restantes cáscaras de artillería rellenas del letal gas mostaza. Al menos necesitaban cuatro días para cumplir con esta tarea, sin detallar el procedimiento. De todos modos, este hallazgo es parte de la misión inconclusa de los inspectores que debieron abandonar Irak en 1998.
Intentando congraciarse con Naciones Unidas, para evitar el inminente conflicto bélico, Bagdad anunció que ya están preparando la legislación correspondiente para evitar el desarrollo y la adquisición de armamento de destrucción masiva (químico, biológico y nuclear). El gas mostaza, en el caso anterior, es un líquido que quema la piel expuesta y daña gravemente el sistema respiratorio al inhalarse.
El pasado 10 de febrero, el embajador iraquí ante Naciones Unidas, Mohamed Aldouri, comunicó además que “los inspectores ahora tienen libertad de usar los U-2 norteamericanos”. Anteriormente, Bagdad había rechazado esa medida –necesaria, según los inspectores, para localizar las supuestas armas prohibidas– por considerarla una violación de su soberanía. A parte de esas naves, se aceptó el sobrevuelo de aviones franceses Mirages y de los rusos Antonov.
El mandatario estadounidense restó nuevamente importancia a la medida iraquí, denunciando las intenciones del jerarca por “ganar tiempo”.
París y Berlín dicen creer en la paz. Por eso, su alternativa a la guerra contempla la designación de un coordinador permanente de la ONU en Bagdad, un aumento considerable del número de inspectores y la creación de una especie de cuerpo de seguridad –que no serían los conocidos “cascos azules” desplegados anteriormente en Bosnia, por ejemplo–, dedicados a vigilar las instalaciones ya inspeccionadas.
El gobierno francés subrayó que el plan se enmarca en la resolución 1.441 y que no requiere de un nuevo pronunciamiento. China, quien cuenta con poder de veto en el Consejo de Seguridad, había recibido favorablemente la iniciativa. “Apoyamos todo esfuerzo tendiente a beneficiar una salida política a esta crisis”, manifestó el vocero de la cancillería, Zhang Qiyue.
Los promotores de la propuesta, que logró también el rápido apoyo de Moscú (otro país con veto al interior del Consejo), intentaban al cierre de esta edición conseguir la máxima aprobación entre los 15 miembros de la ese cuerpo especial de la ONU.
De acuerdo a versiones provenientes desde Berlín, sólo Londres, Madrid y Sofía apoyarían dentro del Consejo la posición estadounidense de que “el juego se acabó”.
Hans Blix no ocultó su escepticismo. En declaraciones a Radio Francia Internacional aseguró que “sí podemos usar más inspectores, pero lo que es más importante es la cooperación en lo sustancial. Si Irak declara, explica, presenta documentos y ofrece algunos testigos, eso es mucho más relevante”.
Colin Powell tildó la propuesta de “diversión”, mientras que su homólogo británico, Jack Straw, dijo que “ni siquiera la presencia de mil veces más inspectores en Irak puede garantizar que encuentren las armas de destrucción masiva” que el régimen de Hussein podría tener en su poder.
A juicio del mencionado académico Stephen Zunes, “si el grado de incumplimiento de Irak empeora o parece no mejorar en un determinado periodo, Francia y Rusia no vetarían el uso de la fuerza”. Ambos países no desconocen sus poderosos intereses en la zona.
BIN LADEN
Para el escritor británico de best sellers de espionaje John le Carré –en una polémica carta publicada a mediados de enero en The Times de Londres y difundida mundialmente–, esta inminente guerra “estaba planeada años antes de que atacara Osama Bin Laden, pero fue Osama quien la hizo posible”. Sarcásticamente advirtió que “sin Osama la junta de Bush seguiría intentando explicar asuntos tan peliagudos como la forma en que logró salir elegida; Enron; sus desvergonzados favores a quienes son ya demasiado ricos; su desprecio irresponsable por los pobres del mundo, por la ecología, y por un sinnúmero de tratados internacionales derogados unilateralmente. Quizá también tendrían que explicarnos por qué apoyan a Israel en su desprecio continuado por las resoluciones de la ONU”.
Y es que el “enemigo número uno” de Estados Unidos –presuntamente responsable del ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono– nuevamente captó la atención internacional. El pasado 11 de febrero la cadena de televisión satelital Al Jazeera difundió otra grabación atribuida al multimillonario saudí.
“El medio más efectivo para evitar el cometido de la fuerza aérea es cavando un gran número de trincheras y camuflarlas”, recomendaba la supuesta voz del cabecilla de la red integrista, quien hacía además un llamado a “la nación islámica para liberarse de la esclavitud de sus regímenes, que son esclavos de Estados Unidos”, refiriéndose a Jordania, Marruecos, Nigeria, Pakistán, Arabia Saudita y Yemen.
La Administración Bush no desaprovechó la oportunidad. El portavoz del Departamento de Estado, Richard Boucher, declaró que las grabaciones evidenciaban que Irak y Al Qaeda están “unidas por un odio común”.
Pero dicha alocución no reconoció contactos entre ambas partes. “La lucha debe ser solamente en nombre de Dios, no en nombre de ideologías nacionales, no para otorgar victoria a gobiernos ignorantes que rigen los estados árabes, incluyendo a Irak”, precisó la cinta radiofónica al referirse a Al Baath, la organización política de Hussein, considerada socialista y con claros tintes estalinistas.
De acuerdo a otra reveladora grabación también atribuida a Bin Laden –en manos de la agencia informativa islámica Al Ansaar, con sede en Birmingham–, éste habría dicho que “antes de mi fin, convoco a la Jihad (guerra santa) con estos versos: seguramente este año guiaré mi destierro y lanzaré mi alma contra uno de los objetivos”.
Según la CIA, la alocución reproducida por la cadena de TV qatarí era simplemente una “exhortación a sus seguidores” para desplegar prontamente ataques suicidas contra Estados Unidos. Ya desde el 7 de febrero, la Administración Bush había declarado el estado “naranja”, un grado menos al de máxima alerta, desplegando misiles antiaéreos Stinger en los más importantes centros de poder en territorio estadounidense. Mientras el premier británico dispuso el despliegue de un fuerte contingente militar en los alrededores del aeropuerto londinense de Heathrow.
INCIERTO PRECEDENTE
Ciertamente, no se puede precisar las consecuencias de una incursión militar angloestadounidense al margen de una autorización de Naciones Unidas. De ocurrir eso, estaremos “en una difícil y delicada situación después de la guerra, cuando se deba solicitar la asistencia de la ONU en la reconstrucción posbélica, como hemos hecho en Afganistán y en los Balcanes”, puntualizó William Hartung, experto del World Policy Institute de Nueva York.
“El espectáculo de Estados Unidos, preparado con sus armas de destrucción masiva, actuando sin la autoridad del Consejo de Seguridad al invadir un país en el corazón de Arabia y, si es necesario, utilizando su armamento de destrucción masiva para ganar la batalla –advierte Richard Butler, ex jefe de la Comisión Especial de Naciones Unidas (Unscom) para el desmantelamiento del armamento prohibido iraquí al finalizar la guerra del Golfo–, es algo que cambiará profundamente cualquier noción de imparcialidad en este mundo, por lo que sospecho firmemente que desencadenará fuerzas de las que luego nos lamentaremos seriamente”.
Para el especialista Amir Taheri –en un artículo aparecido el pasado 12 de febrero en Gulf News de Dubai–, la invasión a Irak debe responder a “la urgente necesidad de rescatar a la población iraquí de un régimen que es una amenaza para la región. La opinión pública internacional no hizo ninguna objeción cuando el ejército de Tanzania marchó para derrocar a Idi Amin en Uganda. Tampoco nadie derramó lágrimas cuando el ejército vietnamita avanzó dentro de Cambodia para liberarlos del Khmer Rouge (...) Utilizar la fuerza para lograr la liberación de regímenes detestables no es nada nuevo y no requiere justificaciones”.
Por el contrario, el citado politólogo Stephen Zunes expresa a esta revista que la inminente acción de Washington no tiene nada que ver con las “operaciones encubiertas realizadas anteriormente para derrocar gobiernos, violando las leyes internacionales. Una invasión a gran escala (las fuerzas angloestadounidenses ascienden a unos 200 mil efectivos en esa región) contra una nación soberana en el otro lado del globo, que objetivamente no constituye ninguna amenaza inmediata a Estados Unidos, será un hecho sin precedente”.
Irónicamente, agrega el especialista, esto significaría la renuncia de los principios de derecho internacional construidos durante el siglo pasado por mandatarios estadounidenses como Woodrow Wilson y Franklin Roosevelt, reemplazándolos por la temida Pax Americana.
En declaraciones a Ercilla, el experto regional Daniel Pipes –columnista de The Wall Street Journal y de The Jerusalem Post– cree que se pueden prever consecuencias como “una mayor renuencia de los otros (países) para ayudar en la rehabilitación de Irak, una disminución del papel europeo en la diplomacia árabe-israelí y en una ineficiente guerra contra el terrorismo”.
Por su parte, el politólogo israelo-estadounidense Michael Dahan manifiesta desde Jerusalén a esta revista que tal decisión “será considerada en el mundo árabe como otra prueba del imperialismo estadounidense en la región, particularmente con el apoyo a Israel y ante el hecho de que Estados Unidos ha estado ignorando las grandes violaciones humanitarias y la brutalidad cometida por Israel contra los palestinos”.
Gerald Steinberg –de la conservadora Universidad Bar-Ilan en Israel– dice en pocas palabras que “si Estados Unidos destruye el armamento y el régimen terrorista de Saddam Hussein, la comunidad internacional olvidará rápidamente su oposición a la guerra”.
Quien sí pareciera estar impregnado de un férreo pacifismo es el ex mandatario estadounidense Bill Clinton, mostrándose últimamente crítico a las políticas internacionales de Bush. “En los recientes cincuenta años, todas nuestras guerras fueron fracasos a corto, mediano y largo plazo. Me preocupa también el día después, el precedente para otros países”, expresó en el pasado Foro Económico Mundial, que se realiza anualmente en Davos (Suiza).
“Las armas de destrucción masiva de Sadam, si es que todavía las tiene, serán menudencias comparadas con lo que Israel o Estados Unidos podrían desplegar contra él en cinco minutos –estimó el ya mencionado escritor John le Carré en su ofensiva contra el actual gobierno republicano–. Lo que está en juego no es una amenaza militar o terrorista inminente, sino el imperativo económico del crecimiento estadounidense. Lo que está en juego es la necesidad de Estados Unidos de demostrar su enorme poder militar a Europa, Rusia, China y a la pobrecita loca de Corea del Norte, así como a Oriente Próximo; mostrar quién manda dentro de Estados Unidos y quién debe someterse a Estados Unidos en el exterior”.
Otra voz crítica provino del mismo The Washington Post. El periodista Michael Dobbs –en un artículo aparecido el pasado 13 de febrero– hizo hincapié en que “la implicación de Estados Unidos con Saddam Hussein en los años anteriores a 1990, cuando invadió Irak, y que incluyó el suministro de una gran cantidad de informes de Inteligencia y de bombas de racimo a través de una compañía chilena (se refiere a la empresa de Carlos Cardoen), facilitando además la adquisición de precursores químicos y biológicos, es un clásico ejemplo de la parte oculta de la política exterior de Estados Unidos”.
Y es que para Le Carré el actual mandatario ha realizado “uno de los grandes trucos de prestidigitación en relaciones públicas de la historia”, al trasladar el foco de atención desde Bin Laden nuevamente al “Carnicero de Bagdad”. Y lamentablemente, como puntualizó el afamado escritor, ese truco “le salió bien”.
Andrés Pérez González
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(RECUADRO) ¿SE QUIEBRA LA OTAN?
Francia, Alemania y Bélgica están en rebelión al interior de la cuestionada Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El rechazo de estos países al llamado de Estados Unidos para iniciar los preparativos para la defensa de Turquía –ante la eventualidad de una guerra en Irak– ha generado “el quiebre más serio en los 54 años de historia de esta alianza”, apuntó recientemente el semanario británico The Economist.
De acuerdo a estos tres países, la petición estadounidense llegó en mal momento, ya que ésta perjudicaría el proceso de negociación sobre Irak que al cierre de esta edición aún se desarrollaba en Naciones Unidas.
Evidentemente, las reacciones en Washington no se dejaron esperar. El embajador estadounidense ante la OTAN, Nicholas Burn, calificó como “lamentable” la determinación –dada a conocer el pasado 10 de febrero– “que mina la credibilidad de la Alianza. La crisis es seria”. Por su parte, el británico George Robertson, secretario general de la OTAN, reconoció que el bloqueo podría tener “serias consecuencias para la institución y los tres países que impiden un acuerdo”.
George W. Bush dijo, lacónicamente, sentirse “desilusionado, aunque no molesto”. El líder de la única hiperpotencia cree que la posición asumida por París es “miope” y que tiene un “efecto negativo” en la alianza atlántica. Sin embargo, desde los años de Charles De Gaulle, la política exterior gala se ha embarcado en continuos intentos por contrarrestar la creciente influencia estadounidense, impulsando ese tradicional “orgullo” francés.
La reacción de Turquía también fue inmediata. El único país de la OTAN colindante a Irak pidió la apertura de consultas –basándose en el artículo cuarto–, ya que considera que su territorio está “potencialmente amenazado”.
La propuesta inicial del Pentágono, entregada en diciembre pasado, contemplaba una participación más activa de la Alianza en la crisis iraquí, que la desempeñada en Afganistán. Entre otros puntos se solicitaba el libre acceso al espacio aéreo de los aliados, el uso de sus bases y puertos militares, el empleo de los aviones de vigilancia AWAC, una mayor ingerencia en la reconstrucción de Irak, así como una protección especial de Turquía con el despliegue de los aviones ya mencionados, de misiles antimisiles Patriot y del equipamiento necesario contra el hipotético uso de armamento químico y biológico.
El pasado 6 de febrero, la Administración Bush redujo su plan a lo referente a Turquía, intentando así convencer a sus socios del Viejo Continente que el objetivo era meramente preventivo. Pero el momento de la decisión no gustó en París ni en Berlín.
Indudablemente, Ankara continúa siendo un socio estratégico para Estados Unidos y el resto de Occidente. Es así que a principios del presente mes, el enviado estadounidense Zalmay Khalilzad; el subsecretario para asuntos exteriores del Departamento del Tesoro, John Taylor; y un equipo técnico del Fondo Monetario Internacional (FMI) visitaron el único país de mayoría musulmana de la OTAN. Haciendo frente a las dificultades de un conflicto bélico, Taylor intentó concretar un paquete de ayuda económico que podría ascender a 15.000 millones de dólares.
La mayoría de los 19 países miembros de la alianza atlántica esperan dar pronto por superado este impasse. A juicio del ministro de Defensa alemán, Peter Struck, los denominados países rebeldes se pronunciarían sólo luego del último informe que los inspectores de la ONU tienen programado para el 14 de febrero.
Y es que los atentados del 11 de septiembre de 2001 también afectaron esta organización de defensa militar, al igual que tras la caída del Muro y la desaparición de la Unión Soviética. Sólo el próximo año otros siete países del antiguo bloque oriental integrarán sus filas. Pero esto no significa, necesariamente, mayor poderío. Mientras Rusia (observador de la OTAN) se inclina hacia el eje París-Berlín; Polonia (socio desde 1999) y otros seis países favorecen los dictámenes de Washington y Londres.
En una reciente edición, The Economist recordó las clarificadoras palabras de Lord Palmerston –ex primer ministro británico durante la era victoriana–, para quien “no existen alianzas permanentes, sólo intereses permanentes”.
A.P.G