Elecciones en Irak
Jugando con fuego
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Cierta calma reinante en la semana previa a la jornada electoral parecía presagiar la llegada de una tormenta. Debido al boicot sunita, a la persistente insurgencia y evidente descontrol de la situación, algunos se preguntan si es viable la exportación de la democracia.
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“El gobierno de Bush declarará que estas elecciones han sido un éxito, por definición. Pero la democracia no sólo es elecciones. Es también la ley, la libertad de expresión, el derecho de reunión, el desarrollo de instituciones civiles independientes, como los sindicatos. Hitler fue elegido. Hussein solía escenificar elecciones. Hablar de elecciones libres sin libertad de expresión, ni la seguridad necesaria para dicha libertad, es contradictorio”, aseveró siempre punzante el reverendo y congresista demócrata estadounidense Jesse Jackson, en una reciente columna de opinión.
Y si de escenificación se trata Sarah Leah Whitson, directora ejecutiva de la división de Oriente Próximo y Norte de África de la ONG Human Rights Watch, advirtió categóricamente –luego de denunciar en su último informe que las autoridades iraquíes torturan de forma rutinaria– que “al pueblo de Irak le prometieron algo mejor que esto después de que cayera el gobierno de Saddam Hussein. El gobierno interino iraquí no está manteniendo sus promesas de respetar los derechos humanos básicos. Tristemente, el pueblo iraquí continúa sufriendo un gobierno que actúa sin impunidad en su tratamiento a los detenidos”.
En ese contexto tuvo lugar la aparente calma de los días previos a la jornada electoral del pasado 30 de enero, cuando elegirían a los nuevos gobernantes de los golpeados habitantes de la actual Mesopotamia. Por cierto, el general Erv Lessel, un jefe militar estadounidense en Bagdad, advirtió a la cadena de noticias CNN que probablemente sería “una calma antes de la tormenta”.
Quizá ésta no se demoró en llegar. Cuatro días antes de las elecciones, Estados Unidos tuvo el día más negro en los casi dos años de ocupación al contabilizar 37 víctimas fatales: 31 efectivos murieron al precipitarse a tierra el helicóptero en que viajaban cerca de la frontera jordana, y otros seis soldados perdieron la vida en varios –y cotidianos– enfrentamientos con miembros de la insurgencia, dispuestos a hacer lo imposible para evitar la normal realización de esos comicios.
Ya el pasado 25 de enero el jordano Abu Musab al Zarqawi, líder de “Al Qaeda en el país de Rafidain
(Mesopotamia)”, amedrentó sin rodeo a quienes pretendían ir a votar, anunciando
que “los francotiradores adiestrados estarán listos para matar
a quienes vayan a las mesas electorales”.
ATOLLADERO
Pero si el propio secretario de Defensa de Estados Unidos, el cuestionado Donald Rumsfeld, reconoce que la violencia persistirá en Irak más allá de las elecciones, el conflicto iraquí claramente no está lejano en constituirse en un atolladero para las fuerzas ocupantes. Así las cosas, el espectro de Vietnam continúa siempre al acecho.
“Se
podría calcular que esta situación se extenderá hasta marzo, posiblemente
abril”, dijo Rumsfeld al referirse al tiempo que se necesitará para confirmar
los resultados y la designación de los miembros de la Asamblea Provisional, que
trabajará en una nueva Constitución que evite un explosivo desmembramiento de
lo que actualmente es Irak.
Según
The New York Times, la hiperpotencia reconoce que necesitará hasta el 2006 la
presencia en ese lugar de unos 120 mil soldados. Además, la Casa Blanca ha
solicitado 80 mil millones de dólares adicionales para que las tropas “puedan
abastecerse de lo necesario para protegerse y cumplir su misión”, declaró
George W. Bush, quien ya inauguró oficialmente su segunda administración.
Pero Estados Unidos se halla en un verdadero callejón sin salida. A juicio del ya citado Jesse Jackson, “si las fuerzas estadounidenses se retiran, la mayoría de los observadores creen que se produciría una escalada hacia la guerra civil. Si las fuerzas estadounidenses permanecen, serían una provocación constante, despojarían a cualquier gobierno iraquí de su legitimidad y la guerra civil se intensificaría”.
“NO HABRÁ TURBANTES”
Los cerca de 14 millones de electores inscritos optaron, luego de medio siglo de dictaduras, entre 223 listas y más de diez mil candidatos. De acuerdo a un sondeo de la consultora estadounidense Centcom –recogido por el especializado sitio en internet DebkaFile–, se proyectaba antes de la elección un 43,3% para la Alianza de Unidad Iraquí (del hasta ahora conciliador ayatollah Ali Al Sistani), un masivo 36,4% para la Lista de Unidad Kurda y un magro 8,1% para Acuerdo Nacional, del transitorio primer ministro Iyad Allawi.
La Alianza de Unidad Iraquí –que representa a la mayoría chiíta– ha intentado apaciguar los temores, asegurando que el próximo premier será un laico, no un clérigo musulmán. “No habrá turbantes en el gobierno”, precisó a The New York Times Adnan Ali, uno de sus principales dirigentes.
Evidentemente la administración Bush tampoco vería con buenos ojos la instauración por vía democrática de un nuevo régimen integrista, a semejanza de la vecina Irán. Lo que ocurra en el Kurdistán iraquí también puede desencadenar una nueva crisis, si no son satisfechos sus objetivos autonomistas.
El citado rotativo
neoyorquino precisó, además, que los principales candidatos a primer ministro
son Adil Abdul Mahdi, actual ministro de finanzas y líder del Consejo Supremo
para la Revolución Islámica en Irak; Ibrhaim Jofferey, cabeza del partido Dawa
(que también tendría respaldo de Irán); Hussein Shahristani, científico
nuclear, y el controvertido Ahmad Chalabi, personero de la confianza de
Rumsfeld y otros neoconservadores en Washington. Todos provienen de la Alianza
de Unidad Iraquí.
Consultado por Ercilla,
el politólogo de la Universidad de San Francisco Stephen Zunes cree que “así
como a las personas de Europa del Este ‘socialismo’ se convirtió en sinónimo de
dominación soviética y represión, me temo que ‘democracia’ se volverá sinónimo
para la población de Medio Oriente de dominación estadounidense y represión”.
En un reciente artículo aparecido en la prestigiosa Foreign Policy, Marina Ottaway y Thomas Carothers –del think tank Carnegie Endowment– precisaron que “la oportunidad de una abrumadora victoria electoral que le permitiría a los islamistas abrogar inmediatamente todas las libertades es remota en el mundo árabe. Durante la década pasada, partidos y candidatos islamistas participaron en elecciones en ocho países árabes (Argelia, Bahrein, Egipto, Jordania, Kuwait, Líbano, Marruecos y Yemén), siempre con modestos resultados”.
¿IRÁN O SIRIA?
Por su parte, el también siempre polémico Dick Cheney, reelecto vicepresidente de Estados Unidos, sabe captar la atención internacional. “Irán está en la cúspide de la lista de potenciales problemas”, declaró recientemente a la cadena televisiva MSNBC, evidenciando la preocupación de Washington por los alcances del programa nuclear de Teherán. En esas mismas declaraciones aventuró que Israel “podría decidir actuar”.
Bush como su aliado británico, el premier Tony Blair, no descartaron la acción militar en Irán, en lo que temerariamente se perfila como una burda copia del caso iraquí.
Aunque no cree probable otra invasión al convulsionado Oriente Próximo, el mencionado cientista político de la Universidad de San Francisco sí cree posible que Estados Unidos se involucre, con la asistencia de Israel, en una serie de ataques aéreos o de misiles contra ciertos objetivos estratégicos en suelo iraní.
Daniel Smith, retirado coronel del Ejército estadounidense reconvertido en analista en la materia en Washington, manifiesta a Ercilla que él vería “primeramente la posibilidad de Siria. Irán es muy grande... el triple del tamaño y población de Irak. El cambio de régimen en Damasco tendría un ‘golpe de efecto’ en el Líbano, que relevaría una amenaza directa a Israel. Pondría igualmente cierre a la ruta de los jihadistas para entrar a Irak”.
Smith cree, por otra parte, que en adelante las visiones neoconservadoras no se proclamarán tan vivazmente en Washington. “Esas opiniones serán disimuladas en un lenguaje realista, pero la política exterior no sufrirá cambio fundamental”, comentó.
Como advirtieron los expertos del Carnegie Endowment, “(...) la democracia no es una panacea para el terrorismo. Les guste o no, los esfuerzos más exitosos para controlar a los grupos políticos islamistas radicales han sido campañas antidemocráticas y represivas”.
Es por ello que conviene atender a las palabras del congresista Jackson, al puntualizar que “la libertad es una fuerza enorme, como dijo Bush en su discurso (el pasado 20 de enero al jurar en su segundo mandato). Pero deben conquistarla los oprimidos, no concederla los poderosos. El discurso de Bush sugería –sin mencionar Irak– que exportar la democracia era el eje central de su política. Pero la democracia a punta de pistola no es una política. Es una falacia desesperada”.
Andrés
Pérez González