Conflicto en Irak

Intereses ocultos

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Estados Unidos no quiere contrincantes y parece obsesionado en explotar, sin mayores consideraciones, la “guerra contra el terrorismo”. A pesar de no tener vínculos con los integristas de Al Qaeda, el régimen de Hussein se prepara para recibir la próxima ofensiva estadounidense. El control del petróleo y el emergente nuevo orden internacional están en juego.

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“¿Quién habría imaginado, hace un año, que sería el rostro afeitado de Saddam Hussein al que tendríamos que odiar, y no al barbudo Osama Bin Laden?”, precisa el crítico periodista Robert Fisk, en una reciente columna en el rotativo británico The Independent.

Y es que todo parece indicar que la controversial “guerra contra el terror” se asemeja a una muñeca rusa, escondiendo en su interior una serie de potenciales conflictos armados.

La preocupación se expande, inclusive, al interior de Estados Unidos. Nathan Brown, director de estudios sobre Oriente Próximo de la Universidad George Washington, se pregunta algo desconcertado: “¿Por qué Irak? ¿Existe una conexión lógica entre Irak, el 11 de septiembre y la guerra contra el terrorismo? El gobierno de Bush no ha hecho más que buscar una justificación para planes anteriores a los atentados”.

Según una reciente encuesta del diario USA Today y CNN, la población estadounidense dice estar más preocupada por la lenta recuperación del país que por una guerra contra Irak.

Así las cosas, el pasado 14 de enero el Pentágono azuzaba su presión belicista enviando a la zona dos flotas, compuestas por 14 buques de guerra, junto a otros cuatro portaaviones.  A fines de enero, Washington contará con unos 150 mil efectivos en el Golfo Pérsico, contingente que llegará a los 200 mil para el eventual enfrentamiento armado.

La prensa norteamericana ha advertido que debido a complicaciones logísticas la incursión militar no podría realizarse antes de fines de febrero o inicio de marzo. Mientras, la Comisión de Inspección, Vigilancia y Verificación de la ONU (Unmovic) y la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) anunció que sus funcionarios y expertos desplegados en la zona necesitan más tiempo para cumplir su misión.

El sueco Hans Blix, jefe de la Unmovic, junto al egipcio Mohamed Al Baradai, director de OIEA, tienen programado un viaje a Bagdad (entre el 19 y 20 de enero) para manifestarles a las autoridades iraquíes que el informe de 12 mil páginas que entregaron el pasado mes, no aporta mayor evidencia sobre la inexistencia de armas de destrucción masiva. Este 27 de enero deberán entregar al Consejo de Seguridad de la ONU un informe más definitivo.

Con cierto pragmatismo, Blix reafirma en una reciente entrevista su opción pacífica: “Nosotros (Unmovic) somos unos 250 ó 300 inspectores. Nuestros gastos anuales alcanzan unos 80 millones de dólares. Si triunfa la opción militar, estamos hablando de unos 100 mil millones de dólares, miles de personas muertas y heridas, un grave daño”.

Un creciente escepticismo ante una nueva operación militar en Mesopotamia se expande entre la población de los principales actores involucrados. El analista William Hartung, del World Policy Institute de Nueva York, expresa a Ercilla que “algunos funcionarios de la administración Bush, aún una minoría como el secretario de Estado Colin Powell, están abiertos a la posibilidad de que el desmantelamiento de la capacidad de Hussein para producir armas nucleares, químicas o biológicas puede ser visto como una forma de ‘cambio de régimen’, sin la necesidad de una guerra. Algunos estados árabes (por otra parte) han intentado persuadir al jerarca iraquí de que se exilie. Aliados de Estados Unidos, como Turquía, han puesto fuertes obstáculos para el despliegue de fuerzas militares en sus territorios, antes de una segunda resolución de Naciones Unidas que autorice explícitamente el uso de la fuerza”.

Según un reciente sondeo de opinión de The Washington Times, el 70% de los estadounidenses dice no estar convencido de las razones dadas por Bush para atacar Irak.

En su acostumbrado lenguaje y al margen de las reacciones civiles, el mandatario estadounidense declaró –el pasado 14 de enero– estar “cansado y aburrido” de los engaños iraquíes, y agregó que el tiempo para Hussein “se está terminando”.

 

PRAXIS IMPERIAL

 

De acuerdo a expertos internacionales, la conjunción de conceptos como guerra preventiva y unilateralismo conforman con propiedad una “praxis imperial”, de gravitación insospechada. En ese sentido, la eventual incursión militar en Irak le permitiría a Washington ocupar Asia Central (antigua zona de influencia rusa) y controlar cualquier hipotético avance de Beijing o Moscú.

Otro objetivo sería romper la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que es hoy la que pone los precios de este relevante hidrocarburo (el pasado 16 de enero, el crudo Brent alcanzaba un nuevo máximo en dos años al llegar a 31,65 dólares el barril, mientras que el crudo ligero de Estados Unidos subía a 33,80 dólares el barril). La OPEP provee el 38% del petróleo mundial, pero se calcula que en 2025 éste alcanzará el 51%.

Parece ajustado entonces el análisis de la influyente consultora neoyorquina Lehman Brothers, al advertir que una guerra en Irak podría disparar el precio del crudo hasta los 40 dólares el barril. Pero una pronta expectativa de victoria militar de Estados Unidos lo haría bajar. Esto impulsaría, según la consultora, el crecimiento de la economía norteamericana al reducir la inflación, los tipos de interés y elevar el valor de las acciones y los bonos.

“(George W.) Bush fue un hombre del petróleo. El vicepresidente (Dick) Cheney fue un hombre del petróleo, (la asesora de Seguridad Nacional) Condoleezza Rice fue una dama del petróleo. Y saber lo que esto significa se lo debemos al más derechista columnista del New York Times, William Safire, quien está muy bien conectado con la administración Bush y también, a nivel personal, con (el premier israelí) Ariel Sharon –según el ya mencionado Robert Fisk, quien lleva varias décadas siguiendo los acontecimientos en Medio Oriente–. En un notable artículo publicado en octubre, Safire delató la verdadera intención de nuestra próxima guerra en Irak. Escribió que ‘el gobierno de un nuevo Irak reembolsaría a Estados Unidos y Gran Bretaña mucho de lo que gastó durante la guerra y la implantación de un gobierno de transición, mediante futuros contratos y ventas de petróleo’”.

Irak es actualmente el segundo exportador de petróleo en el mundo y sus reservas energéticas rivalizan con las de Arabia Saudita (ver nota aparte), Rusia y México.

El ya citado analista William Hartung estima que “si Estados Unidos es la principal fuerza instalada en un Irak post Saddam, el gobierno estadounidense tendrá influencia sobre los recursos petroleros iraquíes, lo que le aportará a Washington un poder agregado en relación a Europa, Japón, China y Rusia”.

Pareciera que la administración Bush está decidida a demostrar su autoridad y nuevo poder global. Consultado por Ercilla, el politólogo Stephen Zunes –de la Universidad de San Francisco– cree que la razón de una eventual guerra contra Irak es para “extender la hegemonía estadounidense, sirviendo de ejemplo (Irak) para cualquier gobierno que trate de cambiar esta situación. Es el lado militar de la globalización, lo que el Fondo Monetario Internacional ni la Organización Mundial de Comercio pueden hacer, lo hará el ejército de Estados Unidos”.

Khatchik Der Ghougassian, especialista en seguridad internacional de la Universidad de Miami, sentencia que ésta sería “la forma más simple, más cruda y más inmediata de definir el porqué de ese apuro por ir a la guerra”.

Andrés Pérez González

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(RECUADRO)                       

ESTADOS UNIDOS-ARABIA SAUDITA: EL DERRUMBE DE LA ALIANZA

 

Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono también pusieron fin a sesenta años de buenas –aunque dificultosas– relaciones entre Washington y Riyad: 15 de los 19 integristas islámicos que secuestraron y estrellaron los aviones comerciales eran saudíes. Y el presunto autor intelectual de la operación y cabecilla de Al Qaeda, Osama Bin Laden, nació precisamente en las tierras originarias del Islam, aunque fue despojado de su nacionalidad y desterrado en 1996.

De cierta manera, Arabia Saudita ha pasado a constituirse en el epicentro de la odiosidad antiestadounidense. Más aún, cuando los servicios de Inteligencia de Washington han revelado que el primer productor petrolero continúa financiando presuntas organizaciones fundamentalistas.

La contraparte árabe denuncia el apoyo irrestricto de Estados Unidos a Israel, la incursión militar en Afganistán y la detención de un indeterminado número de prisioneros, con supuestas vinculaciones con los Talibán, en una prisión militar en Guantánamo. “Esto (la animadversión saudí) se refleja en la caída del turismo, en boicot a productos estadounidenses y el retiro de billones de dólares”, agrega el analista Josh Pollack en un extenso artículo publicado en septiembre pasado en el prestigioso Middle East Review of International Affairs.

En 1932, el “reino del Hidjaz, del Najd y sus dependencias” logró su unificación y pasó formalmente a llamarse Arabia Saudita, siendo el único Estado que lleva por nombre el de una dinastía. Ya a mediados del siglo XVIII, Riyad fue el centro del desaparecido emirato de Najd, ante la ambición de la familia Saud apoyada por la fanatizada secta wahabita, conocida como “los puritanos del Islam”.

Actualmente, el país es una monarquía absoluta liderada por Fahd Bin Abdul-Aziz al-Saud. Su población supera los 23 millones de habitantes, con un PIB anual de 10.200 dólares, aunque con un desempleo que ya bordea el 15%. No hay Parlamento ni partidos políticos. “La tortura y los malos tratos son generalizados. Las ejecuciones son habituales y las mujeres son objeto de violaciones de derechos humanos a causa de su género”, denuncia un reciente informe de Amnistía Internacional.

Indiscutidamente quien ha manejado los hilos bilaterales en las últimas dos décadas ha sido el príncipe Bandar Bin Sultan, confidente del rey Fahd y embajador en Washington desde 1983.

Horas después de la invasión iraquí a Kuwait, el 4 de agosto de 1990, el entonces mandatario estadounidense, George H. W. Bush, le reconoció al rey Fahd que “la seguridad de Arabia Saudita es vital para los intereses de Estados Unidos y realmente para los intereses del mundo occidental”, según el libro A World Transformed, escrito por el mismo ex presidente junto al ex asesor de seguridad nacional Brent Scowcroft.

Y es que Arabia Saudita sabe que es incapaz de defender sus propias fronteras. Esto ha significado la presencia de fuerzas estadounidenses, en mayor o menor grado, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, lo que ha crispado a algunos musulmanes que ven invadido por “infieles” el país de los lugares sagrados de La Meca y Medina.

Estados Unidos ha preferido evitar mayores dificultades y desplazó su enclave militar hacia Qatar, en vísperas del próximo conflicto contra Irak.

La desconfianza saudí es creciente. Riyad sospecha que el objetivo último de la incursión en Irak es volver a controlar las fuentes de petróleo, haciendo peligrar el dominio saudí en el mercado mundial del preciado “oro negro”.

Definitivamente, este matrimonio por conveniencia sufre una nueva crisis. A juicio del catedrático de negocios petroleros de la Universidad de Lausana y ex asesor de la OPEP, Zuhayr Mikdashi, “sin el petróleo saudí, Estados Unidos jamás se hubiera convertido en la potencia que es”.

No obstante las suspicacias, si la estrategia belicista sigue su curso se espera que Arabia Saudita continúe con su tradicional política doble: amigos de Estados Unidos hacia el exterior, crítico de los estadounidenses hacia adentro.

“La dinastía saudí tiene que irse. La única pregunta es si el régimen será depuesto por fundamentalistas o producto de una evolución democrática. Esto puede tomar cinco o diez años más”, expresa a Ercilla el analista William Hartung, del World Policy Institute de Nueva York.

Khatchik Der Ghougassian, especialista en seguridad internacional de la Universidad de Miami, cree por su parte que Washington brindará más ayuda a “los regímenes árabes para que opriman cualquier movimiento de protesta o estallido social”.

Estas tensas relaciones bilaterales alcanzarían ribetes inesperados, según el citado experto Josh Pollack, si Arabia Saudita acepta una propuesta al interior de la OPEP de cambiar la apreciación del barril de petróleo del dólar al euro. ¿Jaque al imperio?

A.P.G

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