Poder y petróleo
Dos caras de la moneda
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El negocio petrolero parece ir de la mano de la política. Al margen de las abultadas donaciones al Partido Republicano, en Estados Unidos las compañías interesadas en el “oro negro” han superado el concepto de Realpolitik, posicionando declaradamente el de Oilpolitik.
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Originalmente, el aparatoso despliegue de efectivos militares en la antigua Mesopotamia iba a ser bautizado como Operation Iraqi Liberation. Pero sus siglas en ingles asustaron a los funcionarios de Washington: OIL significa precisamente petróleo en ese idioma. Intentando evitar mayores suspicacias, decidieron bautizarla Operation Iraqi Freedom.
Pese a que el controvertido secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha insistido en que la ocupación del territorio iraquí “nada tiene que ver con petróleo”, los cuestionamientos a las verdaderas intenciones del gobierno estadounidense van más allá de una cosa de nombres. Es sabido que el actual Vicepresidente, Dick Cheney, como la influyente Consejera Nacional de Seguridad, Condoleezza Rice, y el propio George W. Bush han tenido participación en el lucrativo negocio del “oro negro”.
Por otro lado, algunos aún tienen presente las jornadas de saqueos en Bagdad, desarrolladas a mediados de abril, cuando también se desvalijó el desprotegido Museo Nacional. Mientras tanto, el Ministerio del Petróleo estaba fuertemente resguardado por marines estadounidenses.
Por si fuera poco, “Estados Unidos utiliza internamente cerca de un cuarto de la producción total de energía en el planeta, pero tiene menos del 5% de la población mundial”, resaltó Bill Christison, quien fuera por 30 años analista de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
“Ya que (la región del Golfo Pérsico) posee las mayores reservas petroleras conocidas, es el centro de gravedad del imperio”, puntualizó Michael Ignatieff en un artículo para The New York Times Magazine, titulado “El imperio americano”.
DEMOCRACIA DESDE ARRIBA
La apuesta estadounidense es que a mediados de mayo ya puedan dar a conocer la conformación de un gobierno interino bastante sui generis, liderado por unas ocho o siete personas que representen a las distintas comunidades étnicas o religiosas.
Según Jay Garner, quien fuera por entonces máximo representante de Bush en ese país, los cabecillas iraquíes serían Massoud Barzani (líder del Partido Democrático del Kurdistán), Jalal Talabani (de la Unión Patriótica del Kurdistán), el retornado Ahmed Chalabi (del Congreso Nacional Iraquí, quien posee fluidos contactos con el Pentágono), Iyad Allawi (del Acuerdo Nacional Iraquí) y Abdul Aziz Al-Hakim, cuyo hermano mayor encabeza el grupo chiíta Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak, con estrechos vínculos con los ayatollas de Irán.
Esa instancia se ampliaría a un representante local de la pequeña comunidad cristiana y probablemente a otro dirigente musulmán sunita, excluyendo al Partido Islámico Al-Dawa –fundado en 1957 y reprimido sistemáticamente por el régimen del desaparecido Saddam Hussein– y al golpeado Partido Comunista Iraquí.
El mencionado Jay Garner no alcanzó a estar ni un mes en Irak, siendo reemplazo por Paul Bremer, quien llegaría a Bagdad a mediados de mayo. Éste es otro hombre de la pasada administración Reagan, donde sirvió como enviado especial sobre contraterrorismo. Trabajó 23 años en el servicio exterior e integró luego la consultora internacional del polémico ex secretario de Estado Henry Kissinger.
Para Fareed Zakaria, editor internacional de Newsweek, en su último libro The Future of Freedom, “el corazón de la construcción de una democracia liberal es (precisamente) construir las instituciones de la libertad, y no simples y rápidas elecciones. Construir las instituciones de la democracia no es el 50% del trabajo. Es el 90%. Así fue en la historia occidental, así en el este asiático y así será en Irak”.
“PIES DE BARROS”
“Los Estados Unidos atraviesan una etapa en la que son visibles sus pies de barro en forma de una crisis económica y social notable –estima el sociólogo español José María Tortosa en su reciente libro La agenda hegemónica. La guerra continúa–. Por otro lado, sus élites dirigentes andan metidas en un proyecto militarista y expansionista del que forma parte una reorganización del mapa petrolero en general y del Medio Oriente en particular, y del que probablemente tampoco ellos sean capaces de medir sus consecuencias a mediano plazo”.
Pareciera, entonces, que estaríamos en el límite de un caos institucionalizado. A juicio de este académico de la Universidad de Alicante, esto ocurre “posiblemente porque (los altos funcionarios de Washington) no piensan más allá de los plazos dictados por elecciones, consejos de administración y asambleas de accionistas. La agenda de estas élites tiene elementos novedosos, pero se entiende mejor cuando se la sitúa en el contexto de la que ha sido la agenda de sus clases dominantes: ser potencia hegemónica”.
Eso de los “pies de barro” de Estados Unidos comienza a develarse progresivamente. Otra señal en esa dirección fue la sorpresiva renuncia del director de Presupuesto de la Casa Blanca, Mitch Daniels, mientras el mandatario continúa intentando que el Congreso apruebe un profundo plan de recorte de impuestos, tendiente –a su juicio– a reactivar la economía. Algunos demócratas y republicanos moderados han hecho una firme resistencia, preocupados por un agudo déficit fiscal y las emergentes señales de deflación.
Por su parte, Dick Cheney confirmó que acompañará a George W. Bush a la reelección que se realizará en noviembre del próximo año, descartando rumores de que se retiraría posibilitando la frontal entrada en escena de Condoleezza Rice.
PRECIOS BAJOS
Otro paso en el restablecimiento de un orden institucional y económico en el Irak post Saddam Hussein –al cierre de esta edición aún no hallaban rastros ni de él ni de sus hijos Uday y Qusay–, las autoridades estadounidenses designaron transitoriamente, el pasado 4 de mayo, a Thamer Abbas Ghadban como Ministro de Petróleo en la segunda reserva internacional de ese hidrocarburo. Pero Ghadban no estará sólo, ya que Phillip Carroll, ex máximo ejecutivo de Royal Dutch/Shell en Estados Unidos, encabezará un comité asesor.
¿Continuará Irak integrando el cartel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)? ¿Qué ocurrirá con los negocios energéticos firmados por el extinto gobierno de Saddam?
Algunos especialistas creen que probablemente la compañía rusa Lukoil y la francesa TotalFinaElf serán las principales afectadas por este cambio de régimen, abriendo así “las puertas de las gigantes petroleras estadounidenses y británicas”, advierte una nota publicada el pasado 6 de mayo en The Washington Post.
En una entrevista a ese prestigioso matutino, el recién asumido Ghadban aseguró que su designación “no es un asunto político. Evitemos los asuntos políticos. Nos estamos concentrando en los aspectos domésticos de la industria petrolera iraquí, no en las exportaciones. Esos son asuntos para más adelante. No me pregunte sobre la OPEP o quién exportará. Esos son asuntos congelados”.
La administración Bush intenta no perder el tiempo, anunciando unilateralmente el término de algunas de las sanciones impuestas a Irak tras la Primera Guerra del Golfo, en 1991. Esa decisión –anunciada el pasado 7 de mayo por el secretario del Tesoro, Jack Snow– reactivará las exportaciones, entre otras medidas, a esa nación de 24 millones de habitantes. El 9 de mayo las autoridades estadounidenses tenían programado llevar la misma propuesta a un desacreditado Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Para Irwin Stelzer, editor del ultraconservador The Weekly Standard (publicación considerada lectura obligatoria para los devotos funcionarios de Washington), el mandatario estadounidense tiene en el conflicto en Irak una oportunidad para levantar la alicaída situación económica interna. “Puesto que él (George W. Bush) no pudo persuadir al Congreso para que le otorgue el recorte de impuestos solicitado, necesita un estímulo diferente: precios del petróleo bastante bajos mantienen a los consumidores en los malls, en las salas de venta de autos y en las oficinas de los agentes estatales”.
RELACIONES PELIGROSAS
Pareciera que Rumsfeld estaba en un error, cuando declaró que la pasada intervención militar en Irak no estaba relacionada con el petróleo. El Institute for Policy Studies, un progresista think tank de Washington, publicó el pasado 24 de marzo el documento “Cruda visión: cómo los intereses petroleros oscurecieron el foco del gobierno estadounidense sobre las armas químicas utilizadas por Saddam Hussein”. En la investigación se detallan los “intensos esfuerzos” de la administración Reagan –en la pasada década de los ochenta– por obtener la autorización de Hussein para la construcción de un oleoducto petrolero, cuyo costo ascendía a dos mil millones de dólares y estaría a cargo de la empresa Bechtel (recientemente se adjudicó un contrato por 680 millones de dólares destinados a la reconstrucción de Irak). De acuerdo a esos antecedentes, el finalmente abortado oleoducto partiría en los campos petroleros del Eufrates, en el sur iraquí, continuando hacia el oeste de Jordania y el Golfo de Aqaba.
Según archivos desclasificados en febrero pasado, la bullada visita de Donald Rumsfeld –como enviado especial de la Casa Blanca– a Saddam Hussein, en 1983, no trató sobre el uso de armas de destrucción masiva durante la guerra contra Irán. Rumsfeld abordó la construcción del oleoducto petrolero de Aqaba, propuesto por Bechtel. Por esos años, George Schultz había dejado la presidencia de esa cuestionada compañía para asumir como secretario de Estado, siendo entonces jefe directo del actual secretario de Estado. Se desconoce si existen iniciativas para reactivar ese proyecto.
Así las cosas, las gigantes petroleras vuelven a estar en el ojo del huracán. En su última edición de abril pasado, la siempre influyente Forbes recoge los “peligrosos lazos” de la compañía petrolera ExxonMobil con otros regímenes dictatoriales, como el caso de Angola. Según esta revista, a fines de los noventa le entregaron “cientos de millones de dólares al corrupto régimen de José Eduardo dos Santos, ayudando a prolongar la desastrosa guerra civil”.
Pero el autor del artículo, Daniel Fisher, no condenó necesariamente esos oscuros manejos. “Si diriges una gran compañía petrolera, tienes que negociar con déspotas o ver cómo tu empresa se liquida a sí misma”, aseveró.
El lobby petrolero también fructiferó en Chad, Guinea Ecuatorial y en Burma (Myanmar). En este último país –según la nota firmada por Michael Freedman, también de Forbes– el ejecutivo de Unocal Joel Robinson reconoció ante un funcionario del Departamento de Estado estadounidense que emplean a militares de ese empobrecido país como fuerzas de seguridad propias.
Contactado por Ercilla en Londres, el connotado analista petrolero Adam Sieminski, del Deutsche Bank, asegura que desde su perspectiva “el petróleo fue puesto bajo la tierra mucho antes que se dibujaran las fronteras, y que para responder a una demanda global se requieren compañías que operen globalmente. En nuestra opinión, la industria de petróleo intenta trabajar correctamente con los gobiernos que fijan los leyes donde se encuentra el petróleo”.
Dan Brook, profesor de sociología de la Universidad de California en Berkeley, cree que “el régimen dirigido por Estados Unidos en Irak, sea una dictadura militar o civil, promoverá indudablemente privatizaciones compulsivas. Por supuesto, en el plan central está el petróleo, pero también otros puntos estratégicos como transportes, comunicaciones, agua y otras materias primas e infraestructura”.
Durante la Primera Guerra del Golfo, el afamado columnista de The New York Times Thomas Friedman precisó que “Estados Unidos no envió tropas al desierto saudí para preservar principios democráticos. Esto es por dinero, para proteger gobiernos leales a Estados Unidos y para determinar quién fijará el precio del petróleo”.
Según Dan Brook, la “seguridad energética” pregonada desde Washington “no tiene que ver con controlar el petróleo, sino con que el precio del petróleo se mantenga en dólares estadounidenses y no en euros”.
En cambio, Adam Sieminski cree que “el interés principal de la coalición, respecto al petróleo iraquí, era parar ese flujo de dinero al régimen despótico, peligroso, destructivo y deshonesto de Saddam Hussein (...) y eso lo ve positivamente la población iraquí y los consumidores en todo el mundo”.
Una visión más radical mantiene la activista estadounidense Grace Paley, para quien “la única actividad humana que no puede ser hecha sin petróleo es la guerra”. Respecto a la política de Washington en Bagdad, el periodista Jim Valette –uno de los autores del citado documento del Institute for Policy Studies– se interroga: “¿Es ésta una búsqueda por petróleo o por configurar un imperio? Actualmente, son dos caras de una misma moneda”.
Andrés
Pérez González