Saddam Hussein

Crueldad y desconfianza

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En cierto sentido el jerarca iraquí puede ser considerado un sobreviviente. No es menor que hace 24 años ostente el poder absoluto de la segunda reserva mundial de petróleo. Frío, calculador y despiadado, ha sido apodado “el carnicero de Bagdad”.

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Se cuenta que en una entrevista un periodista europeo le preguntó a Saddam Hussein si era cierto que había torturado y ordenado la ejecución de sus rivales. Lejos de ofenderse, el jerarca iraquí le respondió: “Lógico, ¿qué otra cosa podría haberse hecho con quienes se oponen al régimen?”.

Desde entonces, nadie pone en duda su tristemente célebre apodo: “carnicero de Bagdad”.

Pero ni siquiera sus familiares han estado inmunes al terror. En 1996, el máximo líder ordenó el asesinato de sus yernos Hussein Kamel Hassan y Saddam Kamel Hassan, quienes cometieron el error de desertar a Jordania y regresar luego a Irak, bajo la promesa de que sus vidas serían respetadas. Tres días después de ser recibidos con honores, ambos fueron ejecutados bajo el cargo de alta traición.

Se dice también que quien se ha atrevido a contrariar las órdenes de Saddam ha terminado acribillado a balazos. Una anécdota cuenta que el líder iraquí asesinó a sangre fría a uno de sus cocineros –quien debía probar antes que él la comida para asegurarse de que no estuviera envenenada–, al quedarse dormido mientras el jerarca estaba con una de sus amantes.

A juicio de Efraim Karsh –profesor de Estudios Mediterráneos de la Universidad de Londres y coautor del libro “Saddam Hussein: una biografía política”–, otra característica, además de la crueldad, es la desconfianza. “Este rasgo quedó expuesto en 1996 cuando su primogénito Uday sufrió un atentado. En esa ocasión mandó a arrestar a su propia esposa y a sus tres hijas y tomó la decisión de aumentar la construcción de búnkeres para protegerse de ataques nucleares. Hoy se dice que cada noche duerme en un sitio diferente y que ha contratado a varios dobles para despistar a sus enemigos”, manifestó.

Saddam es además un tipo vanidoso. Se tiñe el pelo regularmente y evita caminar en público, para no evidenciar una ligera cojera. Incluso, practicaría todas las mañanas natación para reforzar la columna. En su tiempo libre es un poeta aficionado y ha confesado que uno de sus autores favoritos es Khalil Gibran.

A pesar de todo, Hussein ha logrado mantener su autócrata liderazgo con el argumento de que “nadie distinto a él habría podido cohesionar a una nación como él lo ha hecho, con los kurdos en el norte, los musulmanes sunitas en el centro y los chiítas en el sur”.

 

EL ASCENSO

 

Saddam Hussein nació hace ya casi 66 años en el pueblo de Al Ajwa, en las afueras de Tikrit, un asentamiento situado a 150 kilómetros al norte de Bagdad. En sus primeros años conoció la pobreza, sin poder ir a la escuela, ya que su padrastro lo forzaba a robar gallinas y ovejas.

Junto a su tío Khairallah Tulfah –uno de los primeros afiliados al Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baath)– abandonó a los diez años ese lugar para radicarse en la capital iraquí, donde aprendió a leer y conoció del panarabismo y esa visceral odiosidad hacia Occidente.

Tempranamente se ganó la fama de duro y despiadado. Se dice que el tío Khairallah lo habría impulsado a cometer su primer crimen político, enviándolo a Tikrit para asesinar a un alto personero comunista, partidario del primer ministro Abdel Karim Kassem, quien había destronado (y asesinado) al rey Faisal II por medio de un golpe de Estado. Kassem instauró una república nacionalista, antioccidental y prosoviética, aunque enemiga del panarabismo propiciado por el Baath.

Entre sus peripecias juveniles debió disfrazarse de mujer y cruzar nadando, herido de bala, el río Tigris, escapando a Siria en una mula. En Irak recibió en ausencia una sentencia a muerte, por su fallido atentado contra el primer ministro.

Pasó luego cuatro años exiliado en El Cairo, protegido por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser. En 1963 otro golpe militar colocó al Baath al mando de una coalición de gobierno que reemplazó a Kassem. Sin perder tiempo, Saddam regresó a Bagdad, donde contrajo matrimonio con Sajida Tulfah, hija de su estimado tío, con quien tuvo cinco hijos.

Sobreviviente de reiteradas pugnas de poder, organizó unas milicias que fueron determinantes en el Golpe de Estado de 1968, que consolidó definitivamente al Baath. Con 31 años, ya era diputado y comenzaba a preparar su ascenso al control total. En 1973 se convirtió en el hombre en las sombras, instalando en puestos de confianza a familiares, amigos y a miembros de su clan. En 1979 fue nombrado presidente.

 

PARADÓJICO APOYO

 

Saddam ha querido siempre situarse como el líder más importante del mundo árabe. Probablemente por esa razón es que atacó en 1980 a Irán, ocasionando una sangrienta guerra que sólo finalizó después de ocho años. Convencido de su triunfo, exclamó “la gloria del pueblo árabe se origina en la gloria de Irak”.

Paradójicamente, sus fuerzas militares fueron abastecidas por el mismísimo Estados Unidos, que estaba más preocupado del avance fundamentalista chiíta, liderado por el Ayatollah Jomeini. Incluso, en esos años, el actual secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, se entrevistó personalmente con Hussein.

Sin incomodarle el millón de víctimas fatales ocasionadas al término del conflicto, el jerarca iraquí lanzó un ataque con armas químicas contra la sureña ciudad de Halabja, donde unos 700 civiles –mayoritariamente chiítas– fallecieron debido a la inhalación de gas sarín y gas mostaza. Similar destino tuvieron varios poblados kurdos en el norte de Irak.

En 1990, su evidente afán expansionista lo llevó a invadir y anexarse Kuwait, creyendo que la comunidad internacional no intervendría. Una alianza de 27 países, liderados por Estados Unidos y con la autorización de la ONU, obligó al repliegue de las tropas iraquíes.

Otra vez, Saddam Hussein potencia su imagen de líder odiado por Occidente y admirado por el mundo árabe. ¿Volverá a sobrevivir?

A.P.G.

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