Operaciones encubiertas de EE.UU

Sadam en la mira

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George W. Bush desea la cabeza del jerarca iraquí, Sadam Hussein. Para ello, la CIA despliega cuestionadas operaciones encubiertas desde comienzos del presente año. Bastaría con poner veneno en un vaso de whisky; no obstante, el Pentágono aconseja una fulminante blitzkrieg que ponga fin al régimen.

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Minutos después de las 20 horas del pasado 19 de junio, las agencias de Seguridad estadounidenses estaban en alerta máxima. Un pequeño avión Cessna 182 cruzó el espacio aéreo de Washington a una altura no autorizada, provocando de inmediato la evacuación de los cientos de funcionarios instalados en la Casa Blanca. Durante tensos 15 minutos también se desalojaron las oficinas de edificios cercanos como el Departamento del Interior y la Reserva Federal, temiéndose que los sucesos del 11 de septiembre volvieran a ocurrir. "Todo indica que se trató de una equivocación", relató luego un vocero del servicio secreto, Jim Mackin, sin entregar la identidad del piloto.

Y es que ya nadie duda de la posibilidad de un "inminente" ataque integrista ante la alta tensión reinante en el país más poderoso del planeta.

Bob Woodward, quien saltó a la fama al ser uno de los periodistas del Washington Post que revelara el caso Watergate, entregó –en vísperas de cumplirse 30 años de ese escándalo- más antecedentes sobre la siguiente fase de la cuestionada "guerra contra el terrorismo": la ofensiva por derrocar al jerarca iraquí, Sadam Hussein.

RUINA Y MISERIA

A principios de año, Bush dio expresas instrucciones a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para utilizar "todos los instrumentos posibles", incluida la posibilidad de atentar "en defensa propia" contra la vida de Hussein, según el artículo aparecido en ese matutino el pasado 16 de junio.

George Tenet -director de la CIA- expresó, no obstante, que las probabilidades de éxito de una operación encubierta bordean entre el 10% y 20%, si no se acompaña con una fulminante ofensiva militar: una blitzkrieg (guerra relámpago).

Las cartas están echadas, aunque "cualquier operación en Irak es mucho más compleja que en Afganistán", puntualizó Tenet.

"Política y diplomáticamente, Estados Unidos sabe que no cuenta con el apoyo internacional para iniciar nuevas incursiones militares contra Sadam Hussein. Y la orden impartida a la CIA así lo demuestra", declaró en contacto telefónico con Ercilla Shiraz Paracha, periodista radicado en Londres y experto en Asia Central.

Tenet previno además que aun el debilitado arsenal ofensivo de Hussein –tras la Guerra del Golfo (1991)- es ocho veces más poderoso que el que tenía el régimen talibán antes de iniciarse la Operación Libertad Duradera. Y que el dictador iraquí cuenta con un alto apoyo entre los militares y la población, dificultando la captación de disidentes activos.

Pero el mandatario estadounidense tiene su decisión tomada: "La política de mi gobierno es que él (Hussein) se vaya", expresó en una entrevista el pasado 4 de abril.

La CIA continúa además en el centro de la polémica. A su controvertido papel durante los meses previos a los atentados terroristas, debe asumir también los reparos internacionales por impulsar las denominadas "operaciones encubiertas". Documentos desclasificados estadounidenses han confirmado la participación de sus agentes en el derrocamiento de gobiernos constitucionales, como fue el caso en 1960 de Patrice Lumumba en el Congo y en el Chile de los años setenta.

En consulta con esta revista, Paracha estimó que "este nuevo orden que lidera Estados Unidos traerá sólo más tensiones y conflictos, porque el uso de la guerra, de complots y conspiraciones reviven el periodo de la guerra fría, controlado por el juego de los servicios secretos. El ejemplo más reciente ha sido Venezuela".

No obstante, Bernd Beier -editor internacional del crítico semanario alemán Jungle World- precisó a Ercilla que a diferencia de los casos anteriores Hussein es "un déspota, un producto del catastrófico modelo de desarrollo de los Estados petroleros árabes, que hace a la población dependiente del absolutista aparato estatal".

Luego del enfrentamiento bélico contra el poder aliado de 32 países, Irak ha quedado en ruinas. La segunda reserva mundial de petróleo está sumida en un embargo económico que ha causado, según cifras del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), 1.600.000 víctimas fatales.

Esto se agrega a las terribles consecuencias del llamado "síndrome del Golfo", manifestado en el aumento del número de enfermos de cáncer y en las degeneraciones físicas dejadas por el uso de ojivas revestidas de uranio empobrecido. En esa guerra, Estados Unidos lanzó 944 mil proyectiles sobre la antigua Mesopotamia. Se calcula que en territorio iraquí hay 320 toneladas de esos residuos radiológicos, que seguirán activos en tierra, agua y aire durante 4.500 millones de años y con el que conviven a diario una población que alcanza los 25 millones de habitantes.

El jaque mate que preparan Washington y Londres contra Bagdad tendrá ciertamente consecuencias impredecibles.

SEGUIMIENTO

Tras el ataque contra Nueva York y Washington, el cabecilla iraquí expresó en una carta abierta sus condolencias al pueblo estadounidense -y no a sus líderes políticos-, arguyendo que la población es víctima del terrorismo ejercido desde la Casa Blanca.

Conociendo el siguiente objetivo, Bagdad ha desplegado una campaña diplomática de acercamiento con sus vecinos árabes y con la Unión Europea. Se reconcilió con Arabia Saudita en la Cumbre de la Liga Arabe, realizada el pasado 27 de marzo en Beirut, luego de que Ryad cediera algunas de sus bases aéreas a Washington, comprometiéndose además a no volver a agredir a Kuwait. Bruselas también ha escuchado a Sadam y mientras no se entregen pruebas de la participación de agentes iraquíes en los atentados del 11 de septiembre, no apoyará una nueva incursión contra Irak.

"Europa quiere hacer negocios con Hussein, especialmente Francia y también Alemania, que abasteció de tecnología para producir el gas venenoso que Irak utilizó contra la minoría kurda al finalizar la guerra contra Irán en 1988", comentó desde la capital alemana el periodista Bernd Beier. Durante ese sangriento conflicto, Washington no titubeó en ponerse al lado de Bagdad en contra del integrismo islamista de Teherán.

Ante ese escenario, la Casa Blanca y el Pentágono pasaron a la ofensiva. El artículo del Washington Post detalló que en los últimos meses la CIA ha estrechado la vigilancia del líder iraquí, actualizando los mapas de residencias, palacios y búnkeres para conocer sus "puntos vulnerables" (ver recuadro). "Sadam se ha vuelto totalmente paranoico", confesó una fuente de la adminstración Bush al influyente periódico.

Según el matutino, el vicepresidente Dick Cheney ha centralizado los preparativos en su cuartel general del ala oeste de la Casa Blanca. El alto funcionario cuenta además con el apoyo logístico del general Wayne A. Downing, asesor nacional de Seguridad para combatir el terrorismo, quien sería el encargado de establecer relaciones con los grupos opositores al cuestionado jerarca.

Ahmed Chalabi, líder del Congreso Nacional Iraquí con sede en Londres, es la principal carta para reemplazar a Hussein, una suerte de Hamid Karzai en Afganistán, quien ha contado con el beneplácito de Occidente para gobernar en Kabul.

Sin embargo, Chalabi provoca roces entre los altos funcionarios estadounidenses. En un artículo aparecido el pasado 18 de junio en The Jerusalem Post, Max Singer –miembro del Hudson Institute y del Centro para Estudios Estratégicos Begin Sadat de la conservadora Universidad Bar-Ilan en Israel- aseguró que el Departamento de Estado, liderado por Colin Powell, y la misma CIA acusan a Chalabi de ser "un oportunista y un playboy". Mientras, Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su segundo a bordo, el polémico Paul Wolfowitz, creen –correctamente a juicio de Singer- que es "el hombre con el carácter, la visión y la fuerza necesaria para convertirse en el líder que saque al mundo árabe de su senda antinorteamericana y de tiranías, hacia la modernidad y democracia".

NUEVA ESTRATEGIA

El petróleo, el auge del fundamentalismo integrista musulmán y el sensible equilibrio estratégico en Oriente Medio empujan a Bush a rematar el trabajo inacabado por su padre en la Operación Tormenta del Desierto.

Así, ante la ausencia de pruebas contra Hussein, la nueva guerra contra Irak toma un carácter más de venganza personal... o familiar. La nueva estrategia de Bush hijo –cargada de "unilateralismo"- no privilegiaría la vía de lanzar un ultimátum para que el jerarca iraquí permita el regreso de los inspectores de armamento -expulsados desde Bagdad en 1998 bajo acusación de espionaje-, sino realizar ataques preventivos contra supuestos arsenales nucleares y biológicos.

Scott Ritler, encargado de la misión de desarme de Naciones Unidas (ONU), declaró recientemente que al abandonar el país, "Irak estaba desarmado en un 99%". No se puede descartar que Hussein haya reanudado su programa bélico, si se tiene en cuenta el extenso armamentismo en la región. Pero todo pareciera decidirse en el exterior. "Estados Unidos y Gran Bretaña no pueden arriesgarse a que un nuevo equipo de inspectores demuestre que Irak no dispone de armas nucleares, químicas o bacteriológicas, ya que les privaría de un nuevo ataque", precisó también Ritler.

Según el iraquí Qais Noori, doctor en Relaciones Internacionales, Israel es la clave de la beligerancia de Estados Unidos contra Irak. "La influencia del lobby judío ha crecido en Washington (ver Ercilla nº 3.185). Israel quiere expandirse e Irak está gobernada por una filosofía nacional que no acepta la existencia del Estado de Israel, el único aliado de Estados Unidos en Oriente Medio. Tras la guerra de Irak e Irán (1980-88), Israel comprobó cómo Sadam salía fortalecido, con un poderoso Ejército y una gran influencia en la zona. Y pidió a Estados Unidos que parara esa amenaza", expresó el académico en Bagdad a la periodista Mónica Prieto, del diario madrileño El Mundo.

Tampoco se puede obviar la posibilidad de que Hussein salga fortalecido de una fallida intentona impulsada por Washington y Londres, captando el apoyo de la población árabe colindante. "Esa alternativa es mínima, si (la operación militar) se hace rápida y eficientemente, sin permitirle a Sadam que responda o ataque a Israel. Los líderes árabes entienden que Sadam es un peligro para ellos y para su sobrevivencia. Las calles no derrocarán a los líderes árabes en Jordania, Arabia Saudita o Egipto si los Estados Unidos demuestran total superioridad", expresó sin titubeos Gerald Steinberg, director del Programa de Negociación y Manejo de Conflictos en la Universidad Bar-Ilan, ante una consulta de Ercilla.

El Pentagóno ha adelantado que una invasión estadounidense requeriría al menos 200.000 efectivos y que no podría comenzar hasta el próximo año. Aunque si Bush se decide por lanzar algunos ataques selectivos, no tendría más que mover las piezas bélicas situadas en Afganistán y Paquistán. Además, cuenta con 425.000 soldados apostados en bases militares en Kuwait, Arabia Saudita, Omán, Emiratos Arabes Unidos, Turquía, Bahrain y Qatar.

Mientras se ultiman los preparativos para la nueva incursión contra Irak, la cercanía de la celebración del 4 de Julio tiene a los servicios de Inteligencia estadounidenses al borde de la paronoia. Y a su población atemorizada.

El funcionario de la ONU Scott Ritler no duda que el inicio declarado del conflicto se producirá a fines del presente año, posiblemente en la primavera (meridional). Algunos creen que el ataque definitivo podría empezar el próximo 11 de septiembre, sirviendo de poderoso golpe psicológico que hace presagiar efectos incalculados.

Andrés Pérez González

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UN OMNIPRESENTE DICTADOR (RECUADRO)

Quienes han visitado Irak dicen que es imposible recorrer 200 metros sin toparse con un rostro, busto, estatua o mural de Sadam Hussein, el omnipresente líder que rige desde 1968 a una sociedad orwelliana, la segunda reserva mundial de petróleo. "No nos importan las sanciones (tras una década de embargo), no comer ni beber: Irak y Sadam son lo más importante", confiesa Aptisaan, un joven iraquí de 22 años. Y el líder iraquí se sabe acorralado. Continúa durmiendo cada noche en un lugar distinto, obliga a probar la comida que le preparan sus cocineros y dispone, según altos diplomáticos, de dobles para responder a compromisos públicos menos relevantes. Sólo confía en sus hijos Uday y Qusay, dispuestos a pelear la sucesión si su padre no decide por ellos.

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