Medio Oriente
Fin al statu quo
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La aceptada renuncia de Mahmoud Abbas y su reemplazo por Ahmed Qurea en el cargo de primer ministro, lo que se percibe como un golpe de mando del histórico Yasser Arafat, le significó al propio “raïs” quedar en primera línea de fuego. Israel ya decidió su “expulsión”.
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“Todas las revoluciones en el mundo han tenido éxito, menos la palestina, y ello ha sido porque tú eres nuestro líder”. Con esas palabras, el ministro del Interior designado, Nasser Yusuf, se colocó repentinamente entre los adversarios de Yasser Arafat, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Y eso no fue todo. De acuerdo a la agencia EFE, en cierto momento, Yusuf acusó al “raïs” de ser “el revolucionario más fracasado de la historia”.
La violenta disputa ocurrió el pasado 11 de septiembre en la reunión del Consejo Central de Fatah, el movimiento de Arafat, que debía aprobar el nuevo gabinete del entrante primer ministro palestino, Ahmed Qurea (Abu Alá), en reemplazo del renunciado Mahmoud Abbas (Abu Mazen).
Al finalizar la sesión, un contrariado Arafat habría nada menos que escupido a su insospechado detractor. La indignación del veterano líder palestino debió ser enorme, ya que Yusuf era considerado uno de los dirigentes más leales al presidente.
De acuerdo a algunos asistentes, la encendida discusión estalló después de que Yusuf le pidiera a Arafat que pusiera bajo su mando el control del principal organismo de seguridad de la ANP. El “raïs” no trastabilló, percibiendo en esa solicitud un golpe de facto en contra de su cada vez más cuestionada autoridad.
“ESTA ES MI PATRIA”
En un conflicto que escala en máxima tensión, ese altercado ocurrió horas antes de que el gabinete de seguridad de Israel acordara la deportación de Arafat, aduciendo que constituye “un completo obstáculo a cualquier proceso de reconciliación entre Israel y los palestinos. Israel trabajará en remover este obstáculo en la manera y el tiempo que elija”.
Al cierre de esta edición, aún se desconocía la fecha para hacer efectiva esa disposición, debido aparentemente a cierta presión de Estados Unidos que ve cómo la situación en Oriente Medio se torna un endemoniado polvorín.
“Esta es mi patria. Esta es Tierra Santa. Nadie me puede echar”, aseveró Arafat (74) al conocer la decisión israelí, dirigiéndose a unos siete mil adeptos –según el diario israelí Haaretz– que se agolparon esa misma jornada a las afueras de su cuartel central en Ramallah, conocido como la Muqata. Desafiante, este ex guerrillero manifestó: “pueden matarme. Ellos tienen bombas”.
El debutante Qurea salió al paso de la ofensiva israelí, advirtiendo que ésta “explotará en toda la región” y bloqueará sus esfuerzos para formar un nuevo gobierno que “imponga la ley y el orden”.
En declaraciones a CNN, el ex primer ministro israelí Shimon Peres –del moderado Partido Laborista– denunció por su parte que la deportación de Arafat sería un “error histórico que profundizará las hostilidades entre los palestinos y nosotros mismos”. Adujo que la figura de Arafat, fuera de Ramallah, se volvería “más efectiva y negativa”.
Ante una consulta de Ercilla, Gerald Steinberg –director del Programa de Administración y Negociación en Estudios Políticos de la conservadora Universidad Bar Ilan– manifiesta temerariamente que en la actual etapa del conflicto “el statu quo es intolerable y terminará”.
Esa determinación ya se veía venir. A principios de septiembre, el ministro de Defensa israelí, el “halcón” Shaul Mofaz, reconoció a la Radio del Ejército que podrían deportar al “raïs” antes de fin de año. Sus peculiares palabras apuntaban a que había llegado el momento de que Arafat “desapareciera de la fase de la historia”.
Pero un editorial del conservador rotativo The Jerusalem Post, aparecido un día antes de esta amenazadora decisión, dejó ese planteamiento más en evidencia: “el mundo no nos ayudará. Nosotros debemos ayudarnos entre nosotros. Debemos matar el mayor número posible de líderes de Hamas y la Jihad Islámica, lo más rápido posible, mientras minimizamos los daños colaterales, pero no permitiendo que esos daños nos paralicen. Y debemos matar a Yasser Arafat, porque el mundo no nos ha dejado alternativa”.
Siniestramente, la vida y la muerte no pesan mucho en Medio Oriente.
Pero The Jerusalem Post no es –obviamente– la única voz que clama por más incertidumbre. El experto regional Benny Morris, de la Universidad de Ben Gurion, concordó en que “no hay otra solución que la muerte (de Arafat). Todo este debate acerca de exiliarlo es una absoluta tontera. El será mucho más problemático si anda peregrinando por el mundo. Creo que la opción está entre matarlo o mantenerlo (recluido) en sus oficinas de Ramallah”.
El citado editorial del rotativo israelí llegó a aseverar que “la muerte de Arafat en manos de Israel no radicalizará la oposición árabe contra Israel. Justamente lo contrario. La actual Jihad (guerra santa) en nuestra contra ha sido encendida por la percepción de que Israel está bloqueada para tomar acciones decisivas en su propia defensa”.
Así las cosas, la ceguera de la actual administración hebrea contribuye en gran medida a mantener este círculo vicioso.
ATENTADO TRAS ATENTADO
“Mamá, estoy bien, estoy bien”, decía entre sollozos una mujer a través de su teléfono celular, mientras era transportada hacia una ambulancia el pasado 9 de septiembre (dos días antes de la decisión de deportar a Arafat), al salir con vida de otro atentado cometido esta vez en el Café Hilel de Jerusalén.
Pero el doctor David Applebaum (51) no tuvo la misma fortuna. Como director de la unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Sharei Tsedek de esa ciudad, muchos de sus compañeros de labores aguardaban su llegada, como muchas otras veces, para optimizar la atención de los primeros afectados por la acción suicida.
En esa ocasión, Applebaum había ido a cenar a ese fatídico lugar junto a su hija Nava, de sólo 20 años, quien al día siguiente contraería matrimonio. No hubo boda, pero las decenas de familiares y amigos provenientes de distintas partes del mundo debieron asistir a los funerales de padre e hija.
De acuerdo al relato de la camarera Miran Azran, “vi cómo el kamikaze sonrió y tanto él como el guardia (Alon Mizrahi) volaron por los aires”. Otro miserable golpe contra la humanidad.
Así, dos atentados terroristas sacudieron esa jornada del 9 de septiembre a Israel, dejando un saldo total de 15 víctimas fatales y casi un centenar de heridos. Horas antes de la explosión en Jerusalén, otro integrista palestino había terminado con su vida y con la de otras nueve personas frente al Hospital Assaf Harofe, al sur de Tel Aviv, en un paradero de buses repleto de reservistas israelíes que regresaban a sus hogares.
Esta nueva agresión reivindicada por el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas) puede sólo ser comprendida como represalia al fallido intento de Israel de asesinar, por primera vez, al parapléjico Ahmed Yassin, mentor religioso de estos musulmanes integristas.
Tras el fin de la tregua unilateral de las fuerzas palestinas –acontecido con el atentado a un bus en Jerusalén el pasado 19 de agosto, donde perecieron 22 personas–, el gobierno de Ariel Sharon declaró como objetivo de guerra a Hamas, sin distinguir su parte política y religiosa de la militar.
Otro objetivo de estos “ataques selectivos” fue Mahmoud Zahar, uno de los fundadores de Hamas. Al igual que Yassin, Zahar también resultó ileso, aunque su hijo mayor de 23 años y dos guardaespaldas perdieron la vida, ese 10 de septiembre, tras el estallido de los misiles dirigidos desde aviones F-16 contra su residencia en Gaza.
EL GOLPE
La relaciones de poder internas en la ANP se enturbiaron visiblemente con la renuncia del ya saliente primer ministro Mahmoud Abbas, ese sábado 6 de septiembre.
Y es que Abbas hizo precisamente lo que no debía hacer, resultándole caro su intento por desmarcarse del “raïs”. “Al igual que otros sucesores menos probables, como Ahmed Qurea (llamado Abú Alá, presidente del Parlamento palestino) y Marwan Barghouti (jefe de la milicia Tanzim, brazo armado de Fatah), Mahmoud Abbas cultiva un bajo perfil. No quiere resquebrajar la autoridad de Arafat, lo que sería considerado ‘traición’”, detalló en abril del 2002 Ercilla Nº3187.
Actualmente, Barghouti está detenido en una cárcel israelí y el restante Ahmed Qurea es precisamente el relevo de Abbas en el cargo. Para este último, las alabanzas de George W. Bush –tachándolo de líder de “visión y coraje”– le jugaron en contra.
A juicio del mencionado académico Gerald Steinberg, “Arafat ha demandado siempre el control total de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y de la ANP, y como muchos otros dictadores árabes ha removido del poder a cualquier potencial rival”.
En su declaración oficial, Abbas criticó la lentitud de Israel en la implementación de los acuerdos de la “Hoja de ruta”, patrocinada por Estados Unidos. A su juicio, ésta se vio agravada con el despropósito de la hiperpotencia para “ejercer la suficiente influencia” sobre Ariel Sharon.
Pero analistas internacionales han acusado, más bien, una solapada operación de desactivación política en las esferas de la elite palestina, ante el hecho de que Arafat se negó en reiteradas oportunidades a dejar en otras manos los estratégicos servicios de Seguridad.
“El problema es que tanto Abu Mazen (Mahmoud Abbas) como Abu Alá (Ahmed Qurea) no tienen bases de apoyo entre la población palestina. Ambos son mirados como políticos y no como combatientes. En una situación de guerra, como la que tenemos ahora, son los combatientes los que son admirados. Esa es la razón por la que Arafat continúa usando el uniforme militar”, manifestó el ya citado Benny Morris, experto en Medio Oriente en la Universidad Ben Gurion.
La complicación que se le presenta a Ahmed Qurea es tener que desmantelar el aparato militar de Hamas y los otros grupos radicalizados, flirteando peligrosamente con la inminencia de una guerra civil.
Para Gerald Steinberg, de la Universidad Bar Ilan, si Qurea no enfrenta la vía armada de los grupos palestinos, “la Autoridad Palestina será disuelta probablemente por Israel, reimponiendo el completo control israelí con el acuerdo de Estados Unidos y la Unión Europea (UE). Y eso puede ocurrir muy pronto”.
Esta vez, el gobierno de Sharon cuenta con que la UE declaró recientemente a Hamas organización “terrorista”, terminando con su distinción entre aparato político y militar.
El vicioso círculo de la obnubilación se entiende porque “Israel no hizo ninguna concesión que hubiera liberado a los palestinos para proceder con los lineamientos del proceso de paz; medidas como el congelamiento y desmantelamiento de algunos asentamientos o la apertura de los caminos –estima el investigados Benny Morris–. El problema es que Israel no hará eso hasta que sienta que sus colonos no están más en peligro. Y ellos estarán en peligro, mientras los grupos terroristas no sean desmantelados”.
Una opinión diametralmente distinta expresa a Ercilla el politólogo israelo-estadounidense Michael Dahan desde Jerusalén: “en primer lugar, George W. Buh debe asumir una postura firme respecto a Israel y Palestina, obligando a ambas partes a aceptar un compromiso basado en las fronteras de 1967 y en el desmantelamiento de los asentamientos (judíos) ilegales. Esto serviría de señal a toda la región, en el sentido de que Estados Unidos está de hecho interesado en la estabilidad regional y no solamente en el petróleo iraquí”.
Dahan remata asegurando que “irónicamente la escalada de violencia sirve de varias maneras a Sharon: cambia el interés puesto en los casos de corrupción (sobre sus hijos); fuerza al público a manejar hechos basados en el cortísimo plazo, en vez de permitirles ver claramente a largo periodo; la violencia paraliza la oposición a Sharon, por convertirse ésta en ‘antipatriota’; le da a Sharon una excusa para no avanzar en el terreno político y quita la atención pública de la crisis económica”.
Así, en este nuevo punto de inflexión, el conflicto palestino-israelí está lejos de reenmendar su rumbo. Más sangre correrá en Medio Oriente.
A.P.G.